Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
►w_adblock_title◄

►w_adblock_intro◄

►w_adblock_explain◄

►w_adblock_closed_btn◄

Fran Vega
Viernes, 8 de julio de 2016
insólito final

Los adioses de Haydn

Guardar en Mis Noticias.
Noticia clasificada en: Música clásica

La amplia producción musical de Joseph Haydn, nacido en 1732 en Rohrau, cerca de Viena, incluye más de cien sinfonías y decenas de composiciones de cámara entre sonatas, tríos y cuartetos, de modo que siempre resulta difícil elegir una pieza representativa de su repertorio.

Los adioses de Haydn

 

Sin embargo, quien sería considerado después padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda tiene en su catálogo una obra que retrata muy bien al autor, a la época en que la compuso y a los motivos que le llevaron a hacerlo: se trata de la Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor Hob. I.45, titulada en alemán Abschieds, término que en la discografía de Haydn suele traducirse como La despedida o Los adioses.

 

El músico tenía 40 años cuando la compuso y llevaba seis al servicio de los Esterházy, la familia de terratenientes que en 1766 le había contratado como maestro de capilla. Su vida, por tanto, discurría entre las obligaciones propias de su cargo y el descubrimiento de nuevas formas musicales que le permitieran seguir expresando su indiscutida genialidad.

 

Durante el verano, toda la familia y su corte se instalaban en el palacio de Fertöd, en Hungría, llamado el Esterháza y también el Versalles húngaro por ser el edificio de estilo rococó más importante del país. Pero los veranos podían ser muy largos y los músicos que acompañaban a Haydn se veían obligados a estar separados de sus familias durante varios meses. De modo que el maestro de capilla se las ingenió para hacerle saber a su patrón, el príncipe Nikolaus Esterházy, que había llegado el momento de regresar. Y lo hizo del mejor modo que sabía: con una sinfonía.

 

La obra comienza con un allegro assai en fa sostenido menor muy característico del Sturm und Drang, el movimiento artístico que tuvo lugar en los territorios de influencia germánica durante la segunda mitad del siglo xviii. Arpegios menores descendentes en los primeros violines y acordes mantenidos por los vientos anuncian una forma sonata que pronto adquiere innovaciones formales en el desarrollo de los temas. El ímpetu de Haydn en el comienzo de muchas de sus sinfonías cede paso a un adagio en la menor que también reviste la forma sonata y que en algún instante anticipa la lentitud romántica mediante la alternancia entre tonos mayores y menores.

 

El tercer movimiento, un minueto en fa sostenido mayor, aporta a la sinfonía un pasaje de fragilidad y de transición hacia el último, que se inicia con un presto en tonalidad menor que mantiene la intensidad rítmica hasta que un nuevo adagio resurge de modo inesperado, algo inusual en las sinfonías clásicas.

 

Haydn utiliza esta última parte del cuarto movimiento para que los músicos abandonen la orquesta, un claro mensaje que Nikolaus Esterházy comprendió de inmediato. Algunos de los instrumentistas interpretan un pequeño solo antes de dejar el atril en riguroso orden: primer oboe y segunda trompa, fagot (sin solo), segundo oboe y primera trompa, contrabajos, violonchelos (sin solo), segundos violines y viola (sin solo). En las últimas notas, tan solo permanecen en su puesto dos violines a cargo del propio compositor y el concertino.

 

Como era de esperar, el insólito final que Haydn había preparado fue impactante para la audiencia palaciega, que no dudó en aconsejar a los príncipes que dieran por finalizada la temporada de verano y permitieran que los músicos regresaran a sus casas. Y es muy probable que pronunciaran la frase que se les atribuye: «Si todos se van, tal vez nosotros debamos irnos también».

 

Los adioses de Haydn

 

Desde entonces, la sinfonía Los adioses se sigue interpretando y representando del mismo modo, pues es imposible entenderla sin que cada intérprete deje su sitio vacío y sin que al final de los casi treinta minutos de audición los espectadores vean el escenario vacío con tan solo dos violinistas ejecutando su instrumento. No hay duda de que mucho antes de que la revolución industrial que entonces comenzaba ideara diferentes formas de protesta, el ingenio de Joseph Haydn dejó para la historia un título perfecto para ejecutarlas: La despedida.

 

La pieza se cuenta entre las más grabadas del catálogo de Haydn y numerosos directores han accedido a «interpretar» el adagio final, que requiere necesariamente un estado de complicidad y, en ocasiones, cierto sentido del humor, como Daniel Barenboim se ha encargado de demostrar al dirigirla en diferentes ocasiones.

 

En el siguiente enlace pueden escuchar la sinfonía completa, y presenciar los adioses, a cargo de la Chamber Orchestra Affrettando dirigida por Anna Rakitina.

 


 

Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios. Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios.
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress