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José Pérez Montiel
Sábado, 28 de mayo de 2016
Sobre la Riqueza y la Pobreza de las Naciones

David S. Landes

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David Landes (Nueva York, 1924-Haverford 2013) se sumó al intento de dar respuesta al enigma que más inquieta a economistas e historiadores económicos: ¿por qué unos países son pobres y otros ricos?

David S. Landes

 

En La Riqueza y la Pobreza de las Naciones Landes hizo un uso erudito, aunque quizás excesivo, de la antropología para descubrirnos los factores que han determinado el desarrollo económico de las naciones en el largo plazo. Hoy os presento los tres primeros capítulos de la obra, en los que el autor trata de exponer las causas de la Gran Divergencia: por la Gran Divergencia se entiende la aumento en los niveles de progreso material y social que experimentó Europa con respecto a las demás civilizaciones del mundo libre, especialmente China, la otra gran región económica mundial, durante (al menos) los siglos XVIII, XIX y XX. En otras palabras, Landes trata de dilucidar porque en algún momento de la historia Europa se hizo rica mientras el resto del mundo siguió siendo pobre. Creo que con una breve exposición de los tres primeros capítulos, uno puede hacerse una idea general de lo que propone Landes y de su particular visión de la Riqueza y la Pobreza.

 

El debate sobre la Gran Divergencia se solapa, o mejor dicho se complementa con otra discusión sostenida en el tiempo entre diversos historiadores y teóricos económicos bajo el nombre de “La Transición del Feudalismo al Capitalismo”. La fecha exacta en que la economía europea empezó a distanciarse de la china, así como los factores que determinaron ese distanciamiento, se convierten obligatoriamente en los ejes centrales de los estudios sobre el desarrollo económico de las naciones, y eso hace que el debate sobre la Gran Divergencia coincida con la discusión sobre la Transición del Feudalismo al Capitalismo, ya que es precisamente en la aparición de la economía capitalista donde muchos economistas sitúan el origen de tal divergencia.

 

Landes considera que varios siglos antes de la Revolución Industrial los marcos institucionales, políticos y culturales en Inglaterra permitieron la urbanización, la evolución y ampliación de los mercados, el desarrollo financiero, el asentamiento de los derechos de propiedad, las mejoras en la productividad agraria, la protoindustrialización, y, sobretodo, la especialización y división del trabajo. Estos factores determinaron el crecimiento económico y el distanciamiento de Europa respecto del resto del mundo. Esta hipótesis se puede considerar institucionalista; sin embargo, la originalidad de la explicación de Landes sobre la Gran Divergencia radica en un determinismo geográfico parcial, por lo que creo adecuado situarla a medio camino entre la tradición puramente institucionalista y la puramente geográfica; aunque, como explicaremos, para Landes fue la geografía la que en última instancia determinó la creación de instituciones que favorecieron el crecimiento y el desarrollo económico en Europa:

 

En China, según Landes, la irregularidad de las lluvias monzónicas provocaban inundaciones y sequías, lo que significaba que en el sudeste asiático las obras de drenaje y acumulación de agua resultaran urgentes. Se requería una ingente mano de obra para aprovechar al máximo la temporada de lluvia y de grandes cosechas, lo que se traducía en una política reproductiva invertebrada (matrimonios tempranos y generalizados y gran número de hijos). Una gran densidad de población requería un gran número de alimentos (sobre todo arroz, cuya producción es intensiva en agua y mano de obra), que a su vez exigían trabajo humano, creándose una relación de retroalimentación entre crecimiento poblacional y producción alimenticia. Landes sostiene que  esta particularidad de las lluvias monzónicas provocó que se expandiera la población china de manera imparable. Por otro lado, el control del agua imponía la necesidad de una economía dirigida que requería un poder supralocal y reforzaba la autoridad imperial. El despotismo oriental, entendido como una reducida y poderosa élite rodeada de siervos y vasallos y gobernada por un autócrata, se correspondía a una hegemonía basada en el agua.

David S. Landes

 

Por su parte, Landes cree que Europa occidental “tuvo suerte”. Contaba con inviernos suaves que permitían cultivar todo el año pero lo suficientemente fríos para contener patógenos y plagas. La pluviometría es relativamente estable y distribuida a lo largo de todo el año. Este suministro de agua seguro y estable propició una pauta de organización social y política diferente a la imperante en las civilizaciones fluviales. “Pero la suerte no es todo”: Landes ve en la Edad Media un periodo puente entre el mundo antiguo clásico, enclavado en el mediterráneo, y una Europa moderna y vanguardista que se alejó del resto de civilizaciones. La caída del imperio romano y el vacío de poder que le siguió significaron saqueos, invasiones y cierta anarquía, pero a medida que los distintos pueblos europeos fueron aumentando su capacidad para organizarse y defenderse, los invasores se fueron “asentando y amansando” y los reinos sustituyeron a los campamentos de guerra nómadas. La fragmentación territorial del continente y, dentro de los reinos la división del poder entre la corona y las autoridades feudales, originó la competencia. La posibilidad de emigrar hizo que fuera necesario velar por los “súbditos buenos”, y en este sentido la garantía de los derechos de propiedad privada era una herramienta útil. Contrariamente a lo que postulan otros autores institucionalistas como Douglas North, Landes afirma que la propiedad privada tuvo un importante rol como derecho fundamental y universal en Europa. En cambio, en los imperios ecuménicos no temían la huida de sus ciudadanos buenos, pues se definían como el centro del universo, la cuna de la civilización, y consideraban tiniebla y barbarie todo cuanto les rodeaba. En China, el Estado Central[1] incautaba, extraía, supervisaba y reprimía sin miramientos. En la fragmentación política y la lucha por el poder de las sociedades europeas también se encuentra, según Landes, el origen de las Ciudades Semiautónomas, organizadas y dirigidas de forma igualitaria y comunal. Estas ciudades estaban construidas por y para comerciantes, no obstante pronto se transformaron en polos de atracción, refugios o centros de intercambio con el mundo rural: tenían potestad para conceder entidad y derechos de ciudadanía a sus residentes, lo que las convirtió en verdaderos focos de libertad en un mundo jerárquico regido por el vasallaje. La fragmentación y la disputa de poderes explican que los gobernantes europeos permitieran la creación de estas ciudades y les concedieran tanta autonomía: ocurre que en las sociedades jerarquizadas los mayores recelos se suelen tener con el estamento inmediatamente superior o inferior y no con los de más arriba o más abajo de la pirámide, así que los hombres libres (campesinos no vasallos y ciudadanos urbanos) se erigían como los enemigos naturales de la aristocracia rural, y en caso de conflicto apoyarían a la Corona y a los grandes nobles en sus disputas con los señores locales.

 

Pero las ciudades semiautónomas crecieron tanto que su funcionamiento escapó del control comercial y gremial. Los intentos de las autoridades gremiales por defender el monopolio local y la equidad social se vieron frustrados por la aparición de los suburbios, en los que las restricciones comerciales no tenían potestad. Allí se establecieron judíos, forasteros y aquellos oficiales cuyas tiendas habían crecido más de lo que el Gremio permitía. En este proceso tienen su origen el sistema putting out y la división del trabajo: fuera de la ciudad no estaba prohibido contratar a mujeres y niños, y algunos artesanos y comerciantes vieron en ellos la mano de obra ideal para realizar las tareas más tediosas y que requerían menos capacitación, por un salario, por supuesto, muy por debajo de su rendimiento y al margen de la regulación gremial, que exigía salarios justos. El trabajo a domicilio se expandió únicamente en Inglaterra, donde las autonomías políticas locales lograron impedir el apoyo de la corona a las demandas de los gremios de tejedores urbanos. Así Inglaterra (y posteriormente Europa) se convirtió en la principal nación exportadora del mundo. Las manufacturas británicas, con un elevado contenido de trabajo infantil y salarios de miseria, eran altamente competitivas en precios y rápidamente inundaron los mercados mundiales: la mano de obra barata rebajó los costes con respecto a la competencia extranjera, de modo que en el siglo XVI, un país que históricamente había sido principalmente exportador de productos básicos, estaba a punto de convertirse en la primera nación manufacturera de Europa. Era el mundo de Adam Smith, que iba tomando forma quinientos años antes de su época.[2] Mientras el resto de países productores de manufacturas estaban sometidos a las “rigideces” de los gremios (básicamente salarios decentes, seguridad social y condiciones de trabajo dignas), en Gran Bretaña, paralelamente a la actividad gremial, nació y se desarrolló una economía manufacturera intensiva en salarios bajos y trabajo infantil, lo que hizo que los salarios en conjunto descendieran y que Gran Bretaña se convirtiera en la Nación industrial más competitiva del mundo; y todo esto antes de que las innovaciones tecnológicas propias de la Revolución Industrial hicieran su aparición. La Revolución industrial no fue un cambio repentino sino la consecuencia de las transformaciones de la economía británica durante varios siglos.

 

La exposición de Landes es tan ingeniosa, erudita y extravagante que merece permanecer en solitario como una visión única y particular de la historia económica, por lo que animo a todo el mundo a leer La Riqueza y la Pobreza de las Naciones, un libro que interpreta el crecimiento económico de una manera completamente distinta a la convencional.

 


[1]Aunque en esta época todavía no se pueda hablar de Estados Nación como tal.

[2] Landes, pág. 55


 


 

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