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Anna Rossell
Domingo, 1 de mayo de 2016
EL ÉXITO DE VENTAS DEL ÚLTIMO SANT JORDI

La hija del capitán Groc

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Noticia clasificada en: Crítica literaria

Alguien ha escrito que La hija del capitán Groc es el relato de un episodio de la primera guerra carlista "visto a través de los ojos de una niña". Nada más lejos de la realidad.

La hija del capitán Groc

 

Estos errores se dan cuando ese alguien, sin haber leído la novela, hace pretendidamente un resumen de ella dejándose llevar por el título. Ciertamente, el título lleva a engaño y corrobora la impresión que el buen lector -el lector crítico- se lleva de la lectura. Claramente el título se ha elegido para captar la atención del posible comprador del libro sugiriendo una idea que no se corresponde con el contenido. Porque la hija del capitán Groc es para su padre, protagonista de la novela, evidentemente el personaje más entrañable, pero objetivamente es sencillamente un personaje más.

 

Dividida en dos partes, Víctor Amela (Barcelona, ​​1960), periodista y novelista, narra un episodio de la primera guerra carlista en la comarca del Maestrazgo, centrada en el carismático personaje histórico de Tomás Peñarrocha, apodado El Groc (El Amarillo) por el color mazorca de sus cabellos, hijo del pueblo de Forcall, donde se convirtió en un mito, todavía vivo. La historia relata tres años y medio de una guerra que, tras la derrota de las tropas del general carlista Ramón Cabrera, en 1840, Peñarrocha siguió manteniendo apoyado por un puñado de hombres fieles a su causa conservadora -Dios, Patria y Rey- contra los isabelinos, defensores de la constitución liberal de 1837, liderados por el general Juan de Villalonga.

 

Tal y como nos cuenta Amela en el Epílogo del autor sobre sí mismo (Barcelona, ​​noviembre de 2015), cuyos antepasados ​​provienen de Forcall, él concibió el proyecto de la novela cuando un niño de esta localidad del Maestrazgo despertó su interés al hablarle del Groc y por el hecho de que supo que él mismo era nieto de Pep el Bo, uno de los personajes principales de la historia, hijo del "décimo y último de sus hijos, de nombre Víctor Amela". El libro, pues, es fruto de una disposición a la investigación autobiográfica que converge, por azar pero afortunadamente en tanto que ofrece material épico, con un periodo de nuestra Historia que aúna ingredientes atractivos tanto para el autor como para los lectores. Sobre todo cuando aún resonaba el merecido éxito de Victus de Albert Sánchez Piñol sobre la Guerra de Sucesión en Cataluña, aprovechar la ocasión para proseguir el hilo de los acontecimientos, como los del periodo 1840-1844, podía resultar seductor y asegurar la buena acogida de la novela. Sin embargo, lo que probablemente se pensó como una ventaja se vuelve en su contra. Porque voluntaria o involuntariamente el lector se siente empujado a compararlas, invitado también por el aparato formal con el que el propio Amela presenta el libro. Como en el caso de Victus, Amela acompaña el texto del mapa donde se ubica la acción, de una relación de los personajes reales y de una bibliografía en la que pretende basar su documentación, algunas veces de dudosa justificación. La novela de Víctor Amela no tiene la consistencia ni el interés de Victus. La trama gira en torno a Peñarrocha y sus fieles amigos, y es casi siempre desde su perspectiva desde la que vivimos los hechos bélicos, aunque la voz omnisciente sea la narradora y deje entrever de vez en cuando, para compensar, la crueldad ejercida por el bando carlista contra los isabelinos, gente sin principios y ávida de poder. Los hechos no se presentan nunca con perspectiva y se agotan en la anécdota. El grueso de la novela -toda su primera parte, capítulos 1 al 48- está dedicado fundamentalmente a narrar los episodios de la obstinada lucha a muerte del carlista, que, feroz con el enemigo y tierno con los niños, sabe ganarse reputación de héroe invencible por su inteligencia natural y su valentía y honradez. El hecho de que acabe siendo asesinado por la traición de los suyos acentúa aún más su heroicidad y contribuye a justificar el mito. La segunda parte -capítulos 49 al 52-, que extrae sinópticamente la moralidad de los hechos sangrientos que hemos visto en la primera y pretende compensar repentinamente la parcialidad anterior, se convierte, como un deus ex machina teatral, en una apología pacifista.

 

Sería injusto no destacar los aspectos positivos de la novela; los tiene: La hija del capitán Groc es un libro de prosa fluida y bien escrito; especialmente remarcable es el catalán de la franja valenciano-aragonesa que hablan sus protagonistas, un placer leerlo en la versión catalana. También los personajes están bien construidos, son verosímiles y tienen su justificación, salvo uno -el suizo buscador de tesoros-, que no encaja en absoluto en la trama y desentona. Pero estas cualidades no hacen una novela tan destacable como para recibir el Premio Ramon Llull 2016 y haber sido uno de los libros más vendidos de Sant Jordi este año. Ya sabemos que las ventas son fruto de una publicidad estratégica y nada tienen que ver con la literatura.


Víctor Amela

La hija del capitán Groc

Traducción de Víctor Amela

Ed. Planeta, Barcelona, ​​2016, 420 págs.


 

 


 

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