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Fran Vega
Domingo, 17 de abril de 2016
concierto para instrumento solista

La sinfonía concertante de Mozart

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Noticia clasificada en: Música clásica

Mozart tenía 23 años de edad cuando la compuso y se encontraba en uno de sus frecuentes y largos viajes por Francia y los territorios alemanes, periplos artísticos de los que no siempre saldría emocional e intelectualmente ileso.

La sinfonía concertante de Mozart

 

Antes de introducirnos en la Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart, parece necesario aclarar qué es eso de «sinfonía concertante», pues es un término musical prácticamente en desuso que respondía a una estructura clásica del siglo XVIII. Podríamos decir que es una forma que se asemeja a lo que hoy llamaríamos «concierto para instrumento solista», que en la época de Mozart solía ser más de uno.

 

Sin embargo, está más cerca de una sinfonía que de un concierto, pues los movimientos no se apoyan tanto en los instrumentos solistas, si bien estos interpretan pasajes de forma individual a lo largo de toda la obra. Así, esta pieza podríamos denominarla, en nuestro lenguaje de oyentes del siglo XXI, «sinfonía para violín y viola» o «concierto para violín y viola», del mismo modo que Beethoven eligió la fórmula «triple concierto» (piano, violín y violonchelo op. 56) y Brahms optó por la de «doble concierto» (violín y violonchelo op. 107). Pero como Mozart vivió en su siglo y no en el nuestro, la seguiremos llamando «sinfonía concertante para violín y viola».

 

Mozart tenía 23 años de edad cuando la compuso y se encontraba en uno de sus frecuentes y largos viajes por Francia y los territorios alemanes, periplos artísticos de los que no siempre saldría emocional e intelectualmente ileso.

 

No obstante, eran periodos en los que el compositor componía sonatas, variaciones, serenatas, minuetos... piezas que en ocasiones dejaba casi arrinconadas posteriormente para involucrarse en obras mayores. Pero entre el frío de los caminos y la soledad de las posadas surgió también la Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, que probablemente finalizó en Salzburgo en 1779.

 

El autor ya había experimentado con la forma «concertante», pero en el momento de escribir esta tuvo en cuenta las complejas estructuras orquestales que había tenido ocasión de escuchar durante su último viaje. Sin ninguna duda, la competencia musical era muy elevada en la segunda mitad del  siglo XVIII y Amadeus no estaba dispuesto a verse superado por otros compositores, así que escribió la obra para violín y viola solistas, dos oboes, dos trompas y cuerdas. Una orquestación aparentemente sencilla a la que añadió dos secciones de violas entre las cuerdas y a la que incorporó la técnica de la scordatura —un cambio de afinación en una o varias cuerdas de un instrumento— para resaltar el contraste entre el violín y la viola. Así, los pasajes solistas de la viola están escritos en re mayor, en vez de en mi bemol mayor, y adquiere medio tono ascendente, lo que le otorga un sonido más brillante.

 

A la edad en que la compuso, Mozart era ya un experimentado maestro que sabía cómo atrapar al oyente desde casi el inicio de cualquier obra, por lo que la sinfonía concertante arranca con un allegro maestoso que logra captar la atención antes de que el violín y la viola den comienzo a un intenso y en ocasiones delicado diálogo que culmina en una impresionante cadenza. El diálogo de seducción entre violín y viola se prolonga durante el andante, cuyo final se encuentra entre las páginas más hermosas del compositor. El tercer y último movimiento, presto, ofrece un juego entre los instrumentos que cierra algo más de treinta minutos de música mozartiana en estado puro, sin un resquicio ni un minuto perdido en esa danza fantástica que interpretan los protagonistas de esta sinfonía concertante.

 

Es probable que en el momento de su composición Mozart pensara en el violinista Ignaz Franzl y en sí mismo para la interpretación de la viola, un instrumento que entonces ocupaba un lugar secundario respecto al violín pero que el maestro de Salzburgo supo elevar de categoría, pues se encontraba entre sus preferidos.

 

Cuando escribió la última nota de esta obra, a Mozart le quedaban tan solo dieciocho años de vida. Aún tendría tiempo de dejarnos maravillosas partituras, pero la de esta sinfonía es una por la que merece la pena detener el tiempo.

 

En la grabación enlazada, Nikolaus Harnoncourt dirige a la Wiener Philharmoniker y a dos solistas de excepción: Gidon Kremer, violín, y Kim Kashkashian, viola. Disfrútenla.

 

 


 

 

 

 

 


 

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