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Luciano Russo
Lunes, 11 de abril de 2016
En jaque Argentina

La vuelta del conservadurismo a la región

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La implicancia de Estados Unidos en los golpes de estado que sucedieron en  Latinoamérica durante el siglo pasado, no es una novedad. Es por dicho motivo que la visita del presidente de dicho país a Argentina, en un día tan particular puede ser calificada, al menos, como polémica.

Rodolfo Walsh

 

Rodolfo Walsh fue un periodista argentino destacado por su lucha contra el terrorismo de Estado. El 24 de marzo de 1977, fecha del primer aniversario de la dictadura más violenta que padeció su país, denunciaba mediante una carta abierta a la Junta Militar, no solo los crímenes de lesa humanidad perpetrados, sino también la intención del gobierno de facto de instaurar un plan económico de corte neoliberal, al cual calificaba de ser la mismísima “miseria planificada”.

 

El 24 de marzo de este año, en Argentina se cumplían 40 años de aquel Golpe de Estado; organismos de derechos humanos, en conjunto con distintos sectores de la sociedad, en particular organizaciones sociales y sectores obreros-sindicales, conmemoraban a las víctimas de la dictadura militar en el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia. Ese mismo día, paralelamente, transcurría la visita de honor del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien brindó su apoyo explícito al gobierno conservador del presidente recientemente electo, Mauricio Macri.

 

La implicancia de Estados Unidos en los golpes de estado que sucedieron en  Latinoamérica durante el siglo pasado, no es una novedad. Es por dicho motivo que la visita del presidente de dicho país a Argentina, en un día tan particular puede ser calificada, al menos, como polémica.

 

Sin embargo, dejando de lado el debate sobre lo correcto/incorrecto u oportuno/inoportuno de su visita, cabe destacar la relevancia de la misma en términos geopolíticos y económicos. En una de las frases que dejó el flamante  presidente de Estados Unidos en su paso por Argentina, destacó que: “Argentina está retomando su papel de líder en la región”. Dicho esto en el marco de un gobierno que acaba de iniciar su mandato, y que pretende introducir profundos cambios en materia de política económica (cambios que implican un vuelco hacia el liberalismo económico, con la intención de corregir los denominados desequilibrios macroeconómicos, estableciendo una economía de pleno mercado, y achicando así la presencia del estado) la frase adquiere mayor relevancia. Pareciera ser que, de esta manera Estados Unidos, por medio de su presidente de turno, bendice el plan económico ortodoxo del nuevo gobierno argentino y su alineamiento con el maistream económico. La declaración, además, implica el posicionamiento de la superpotencia norteamericana en la región y su respaldo a la asunción de gobiernos conservadores que terminen con la amenaza de los gobiernos denominados populistas.

 

En el caso argentino, luego de doce años de gobierno kirchnerista (2003-2015), primero con el mandato de Néstor Carlos Kirchner y luego con el doble mandato de Cristina Fernández, mucho se habla de la pesada herencia que recibió el nuevo gobierno de Mauricio Macri en el momento de su asunción en diciembre de 2015. Al comienzo de su gestión, el  nuevo Ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, puso el foco en una cuestión importante a corregir en la economía argentina: el denominado cepo cambiario. Y si bien se pueden enumerar varios problemas económicos que padece el país (fundamentalmente, los procesos inflacionarios recurrentes, la dificultad en la generación de empleo y el problema de deuda externa), el cepo cambiario pareció la cuestión más urgente a resolver por parte del nuevo gobierno.

 

Haciendo un repaso de lo que fue el cepo cambiario, en simples palabras se trató de un sistema de intervención del mercado cambiario (impuesto por el gobierno kirchnerista, a partir de fines de 2011 aproximadamente), el cual solo permitía la compra de una determinada cantidad de moneda extranjera (dólares), a quien tenga un permiso para hacerlo, emitido por la autoridad fiscal correspondiente. Se trató, concretamente, de un sistema de administración de divisas, para facilitar el sistema de flotación sucia en el mercado cambiario. La relevancia de la medida estaba fundamentada en el hecho de que Argentina padece de la llamada restricción externa, entendida como una escasez permanente de divisas, que impide culminar con un proceso de crecimiento-industrialización de los distintos sectores productivos del país. En este sentido, el cepo cambiario fue solo un reflejo coyuntural de un problema estructural en la economía.

 

En jaque Argentina

 

La restricción externa argentina podría asegurarse que fue el problema económico de fondo que padeció el país durante gran parte del siglo XX. Hasta la crisis de 1930, Argentina era un país esencialmente dedicado a las actividades agroexportadoras; como productor de carnes y granos, se ajustaba perfectamente a la división internacional del trabajo, basada en el principio de ventajas comparativas y de libre comercio. Pero luego del shock del ´30, se debieron hacer modificaciones en la economía interna, debido a la caída de la demanda externa de productos agrícolas. A grandes rasgos, la alternativa que surgió como respuesta al modelo agroexportador, fueron los modelos de sustitución de importaciones. La idea es sencilla: apostar por la industrialización del país (al menos en sectores clave), generando un mercado interno fuerte que funcione como elemento dinamizador de la economía, tanto en términos de demanda interna de bienes como en generación local de empleo. No obstante, este proyecto económico precisa de gran cantidad de divisas, como factor clave para la importación de bienes de capital que sirvan a la industrialización. Es aquí donde entra en juego el concepto de restricción externa, refiriéndose al hecho de que el sector exportador no es capaz de generar suficientes divisas para la demanda de bienes de capital que precisa el sector industrial.

 

La idea de industrialización como medio para el desarrollo en Argentina, fue reactivada en el período kirchnerista, luego de un gran proceso de neoliberalismo que se inició con la dictadura de 1976, y que culminó con la crisis de deuda externa en 2001. Y si bien la nueva fase sustitutiva de importaciones tuvo éxitos parciales durante el gobierno kirchnerista (una reactivación económica inicial, con crecimiento ininterrumpido a tasas chinas  durante aproximadamente ocho años, acompañado de un importante decrecimiento de la tasa de desempleo, y un importante aumento de la cobertura en protección social a partir del otorgamiento de transferencias a sectores más vulnerables, que también sirvió para mantener en elevado nivel la demanda efectiva interna); el modelo quedó trunco desde 2011, a partir del segundo mandato de Cristina Fernández, cuando la restricción externa se tornó más palpable (con la disminución de las reservas del Banco Central de la República Argentina). Puede decirse que, en primer lugar, el proceso de sustitución de importaciones comenzó a tener ciertas falencias, pues en muchos sectores de la industria no se logró una plena industrialización que consolidase dicho sector, y más aún, que lograse un nivel de competitividad adecuado para la proyección en el mercado internacional. En segundo lugar, el proteccionismo impulsado desde el estado para fomentar el desarrollo de sectores industriales, en muchos casos terminó siendo contraproducente; pues, generó una falta de incentivos en los empresarios industriales para invertir, hecho que terminó agravando el proceso inflacionario en el país. Además, por otro lado, el proceso de desendeudamiento que hubo, en paralelo con la falta de acceso al crédito internacional por parte del gobierno (dado el problema con los holdouts) y la falta de garantías y condiciones para el ingreso de IED (inversión extranjera directa), terminaron por agravar el problema de restricción externa.

 

Con el nuevo gobierno de Mauricio Macri, el dichoso cepo cambiario fue levantado a pocos días de su asunción. Y si bien la consecuencia de esto fue una inmediata devaluación de la moneda, que arrojó como resultado la aceleración del proceso inflacionario (dado el aumento de costos de importación en algunas industrias y la relación entre el precio de ciertos bienes de la canasta básica alimentaria con el tipo de cambio) y posterior caída del salario real; el gobierno macrista parece anotar como éxito este sinceramiento de los números de la economía. El combo de medidas económicas del nuevo gobierno incluyó medidas de ajuste que perjudican directamente las capas medias y bajas de la sociedad. La quita de subsidios a tarifas de servicios públicos (gas, luz, transporte público), la revisación y quita de presupuestos en ciertos programas sociales (desde programas educativos hasta programas de vivienda), sumado a los despidos del sector público, son algunas de las medidas económicas más controversiales. Sin embargo, la postura ortodoxa denomina a esto sinceramiento de la economía, no ajuste. Según la posición oficial, las medidas son tomadas en pos de garantizar mayor eficiencia del estado, como así también lograr el mejor funcionamiento del mercado. De todos modos, parece no tomarse nota de la caída del nivel de actividad consecuente de estas políticas de austeridad. A partir de los primeros meses de 2016, la recesión se hace inminente. Pero el hecho de comenzar un período recesivo, no parece preocupar al macrismo; se sigue confiando ciegamente en que el reajuste de mercado concluirá en un equilibrio próspero para la sociedad. Es así como para el nuevo gobierno argentino, los sacrificios iniciales son necesarios y propios de los reajustes. La teoría del derrame, entonces, se establece nuevamente en Argentina. Es fácil darse cuenta de que, en realidad, el problema del desarrollo y la restricción externa en Argentina no son un problema para los gobiernos conservadores, ya que en el horizonte no se visualiza la intención de crecer, modernizar e industrializar. Por el contrario, la perspectiva del gobierno actual es simple: dejar la economía librada a las fuerzas del mercado, lo que implica un retroceso hacia el modelo neoliberal del pasado, en el cual aquel equilibrio de mercado tan ansiado, no parece ser más que la misma resignación a ser un país cómodamente subdesarrollado.

 

Es así como el apoyo de Barack Obama a un gobierno conservador como el de Mauricio Macri, que trae bajo su manga un plan económico ortodoxo, alineado con el establishment mundial, recuerda a aquella denuncia de Rodolfo Walsh. En esencia, Estados Unidos parece apoyar siempre a gobiernos que impongan modelos de “miseria planificada”, sean o no democráticos.


 

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3 Comentarios
Fecha: Viernes, 15 de abril de 2016 a las 20:24
Luis Peinado
Desde hace años la situación político-económica de Argentina es, digamos, crítica. Una pena con las riquezas que tiene el país y lo bien preparada que estan sus gentes. Esto tendría solución con políticos capaces y honrados pero encontrarlos es de suma dificultad.
Fecha: Martes, 12 de abril de 2016 a las 21:05
Victoria Fabre
Coincido plenamente con esta mirada. Como argentina me alegra que se difunda en este semanario internacional
Muchas gracias!
Fecha: Martes, 12 de abril de 2016 a las 16:20
Martha Alicia
A pasos veloces llegaremos al punto en que todo se fue al precipicio: 2001. Me gratifica hoy día, 12 de abril de 2016, ver la gente que sale a la calle y se sacude el letargo que la llevó a dar su voto a otro Golem de la corporación neoliberal. Algunos se benefiaciaron prontamente, los otros todavía están esperando las medidas que en su delirio asombrado prometía el actual presidente: Nos merecemos algo mejor, yo cuidaré de ustedes, los quiero, los amo. Y bailaba malamente música de los sectores que jamás tuvo ni tendría en cuenta: cumbias y similares. Los desocupados se apilan, la inflación se acrecienta, la mano de obra barata crece, y todo por el estilo. Gracias por publicar esta Nota.
Admiro profundamente a Rodolfo Walsh. Es uno de mis modelos ideológicos.

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