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Carmen Panadero Delgado
Domingo, 10 de abril de 2016
La Orden Militar de Calatrava

Caballeros y Monjes

Guardar en Mis Noticias.

Sus armas fueron la Cruz y la espada; sus vidas oscilaban entre la oración y la guerra. Los freires de las Órdenes Militares medievales se convirtieron en las espuelas de Dios.

Las Ordenes Militares siempre respondían raudas cuando de enfrentarse al musulmán se trataba: eran los freires los primeros en llegar, los últimos en abandonar y los más esforzados en la batalla. Desde mediados del s. XII actuaban en los reinos cristianos de España e hiciéronse indispensables en defensa de las áreas fronterizas y de los repobladores tras cada reconquista. Los monjes-soldados eran muy diestros en todas las disciplinas marciales; pese a ser servidores de Cristo no sentían reparos en arrebatar la vida del adversario. Freires y tonsurados gustaban de usar la maza ferrada mejor que la espada; creían seguir así el precepto divino de no verter sangre, aunque tampoco la maza perdonara vidas.

 

La Órdenes Militares participaron en hechos de enorme trascendencia, como las batallas de Alarcos y de las Navas, pero, sobre todo, jugaron un papel decisivo en las franjas fronterizas entre la España cristiana y la musulmana. Instituciones similares existían en al-Ándalus desde siglos atrás: las rápitas o rábidas. Eran, asimismo, centros musulmanes de carácter religioso-militar, situados también en los límites de sus dominios y en sus costas para vigilancia y protección del territorio. Idéntica misión que las Órdenes Militares cristianas, pero anteriores a ellas. Estas surgen inspiradas en aquellas, porque los enemigos se imitaban para poder enfrentarse con las mismas armas. Unas y otras lidiaban entre sí, y ambas contendían con la exigua población que habitaba las zonas limítrofes.

 

"Los escasos pobladores de esas tierras de nadie, junto a las fronteras, eran enaciados que actuaban como espías y confidentes; movíanse por allí como por su casa, yendo y viniendo entre caseríos y atalayas, disfrazados, esquivando las rápitas, husmeando y rapiñando los rumores hasta el más mínimo detalle, y luego vendían sus noticias al mejor postor. Llevaban las nuevas al cristiano, enriquecidas con intrigas de su propia cosecha, y al punto iban al musulmán con las mismas noticias, aderezadas con los pormenores fisgoneados en tierras cristianas" (La Cruz y la Media Luna).

 

Caballeros y MonjesAl sur de las tierras castellanas distinguiose, en especial, la Orden de Calatrava. Nació en la medina Qalãt-Rãhba (provincia de Ciudad Real), ciudad bienamada de los musulmanes españoles, de cuya pérdida en 1147 nunca se consolaron. La Orden se fundó cuando los Templarios que velaban por la ciudad la devolvieron al rey Sancho III de Castilla, en la certeza de no poderla defender, ya que la situación en la frontera era precaria y no conseguían liberarla del asedio a que era sometida incesantemente por los sarracenos. Se brindaron entonces para su custodia dos monjes del Cister, fray Raimundo Sierra, abad de Fitero, y fray Diego Velásquez, y lograron al fin en 1158 que los almohades levantaran el cerco. Muchos caballeros se les fueron agregando, y extendiose la Orden por todo el sur de Castilla, repoblando campos y fundando villas, castillos y conventos. Muerto fray Raimundo, los monjes tornaron a Fitero, pero los nuevos hermanos eligieron por Maestre a fray García, y la Orden, convertida en milicia al modo del Temple, se dotó de una regla en Capítulo General del Cister, que fue aprobada por el Papa Alejandro III en 1164, siendo ya rey Alfonso VIII. Y durante casi medio siglo, el Alcázar de la vieja ciudad fue castillo-convento de los caballeros-monjes de la Orden, su casa matriz.

 

Pero, tras la derrota sufrida por el rey castellano en Alarcos (1195), los muslimes recuperaron su emblemática ciudad, y los calatravos hubieron de aposentarse en Ciruela y en Zorita durante unos años, hasta que en 1198 el Maestre don Nuño Pérez de Quiñones decidió emprender la conquista de Salvatierra. Unas dos leguas al sur de la antigua ciudad de Oreto y a medio camino entre el Guadiana y el Guadalquivir, en las primeras estribaciones de la Sierra Morena hay un ancho desfiladero custodiado por dos fortalezas, frente a frenteSalvatierra a un lado y el castillo de Dueñas al otro. Estas dos plazas, situadas a ambos lados de una de las calzadas romanas (de Mariana y Oreto a Calatrava), jugarían su principal papel en el siglo XII y principios del XIII.

 

El Maestre de Calatrava envió a sus huestes contra Salvatierra, y un ejército de freires al mando del Comendador Mayor de la Orden, Martín Martínez, apoderose de dicha plaza, aislada en medio de territorio enemigo. En ella se encastillaron impávidos cuatrocientos caballeros-monjes y setecientos peones-legos, alternando episodios de correrías, conquistas y devastación de las plazas árabes vecinas, con otros en que hubieron de protagonizar verdaderas defensas numantinas. En esta etapa (1198-1211) pierde la Orden su nombre original y los monjes pasan a ser llamados freires de Salvaterra, según aparecen nombrados en documentos por Papas y reyes.

 

Caballeros y Monjes

 

Después de que dicha fortaleza viniera a sus manos la Orden fortificó el castillo y repobló su villa. "La fortaleza de Salvatierra, puesto avanzado, centinela y llave de las tierras fronterizas, mostraba un aspecto impresionante y transmitía sensación de inexpugnable. Se había edificado encajada entre dos enormes crestas rocosas, paralelas entre sí. El punto más elevado lo ocupaba el recinto central del castillo con la torre del homenaje, y sus alas laterales comenzaban a declinar hacia las laderas, según bajaban también los extremos de las dos crestas rocosas. Sobre estas prominentes paredes de piedra natural se encastraban buena parte de las murallas de la fortaleza y en algunos puntos esas paredes de roca eran las únicas defensas, allí donde formaban auténticos acantilados cortados a pico" (La Cruz y la Media Luna).

 

Al pie del gran muro Norte de roca, arranca la ladera del monte, de pronunciada pendiente, por la que se diseminaba la puebla, de cara a la vaguada y extendiéndose las casas hasta la base del cerro. Veíase un gran recinto rectangular sin techar, adosado al cuerpo principal de la fortaleza, murado también y con torres en sus esquinas: era la albacara o corral para el ganado, repleta de animales para el aprovisionamiento de los ocupantes.

 

Ese cerro abrupto de Salvatierra no es, sin embargo, la altura más importante en la zona, ya que mide 831 m. y se ve dominado por otros, como el cerro del Alacranejo (936 m.) frente a él y a escasa distancia, sobre el que se asentaba el castillo de Dueñas.  Pero los calatravos no dudaron entre los dos; tenían claro su objetivo porque hay que tener en cuenta que la elevación del monte no es el factor más importante a la hora de elegir emplazamiento para un castillo; otros valores estratégicos, como la posibilidad de defensa, el perímetro de murallas y la facilidad de aguada, son primordiales antes que la altura. La gran importancia que tenía la fortaleza de Salvatierra en aquellos momentos para los cristianos debíase, sobre todo, a que se había constituido en la llave de al-Ándalus, pues, hallándose los demás pasos en manos agarenas, era este el único acceso en las fronteras con los musulmanes que controlaban los cristianos. "Impresionaban la belleza y la solidez tanto del castillo como del cerro, que se acoplaban y entrelazaban el uno en el otro de tal modo que parecían formar un mismo bloque, como si el castillo hubiera brotado de forma natural en aquellos roquedales" (La Cruz y la Media Luna). Desafiaba a los adversarios, dando así origen al hecho histórico de mayor trascendencia entre los que se vivieron en ambas fortalezas.

 

Caballeros y Monjes

 

El fin de las treguas y las provocaciones de sus adversarios habían movido al emir almohade al-Nasir (Miramamolín) a acudir a al-Ándalus, en respuesta a las llamadas de socorro que le dirigían desde las tierras saqueadas en las algaras de los cristianos. El rey de Castilla y su hijo, por un lado, y los caballeros-monjes de Salvatierra, por otro, no cesaban de hostigar a los muslimes. Sobre todo los caballeros de la Cruz, que se habían hecho fuertes en esa plaza aislada en medio de territorio musulmán, habían logrado aterrorizar a toda la comarca, porque se aventuraban hasta el Wadi-al-Qabir, "El río grande", asolando a su paso e imponiendo sus cruces. Y el emir resolvió convocar la guerra santa.

 

Su visir Ben Gâmea era partidario de expulsar de aquel castillo a los caballeros de la Cruz antes de ir contra Alfonso. No olvidaba que en esa vaguada y frente a frente, se alzaban dos plazas antes musulmanas y por entonces (1211) en manos de los calatravos: los castillos de Talŷ (para los cristianos, castillo de Dueñas) y Sarbatera (arabización). Unas columnas ascendieron la pendiente del cerro del Alacranejo y tras breve porfía se les rindió el castillo de Talŷ en la primera jornada; allí se acomodó el Emir con sus visires e instaló su cuartel general. El campamento sarraceno se situó a lo largo de la vaguada y a los pies de ambos castillos. En torno a Salvatierra alzáronse cuarenta máquinas de asalto entre almajaneques y algarradas, apretando el cerco. Pasaron las semanas y vinieron las lluvias y los fríos, pero Salvatierra no se entregaba.

 

Caballeros y MonjesLos asediados no perdían la esperanza de recibir ayuda, sobre todo aguardaban al príncipe D. Fernando, el heredero de Alfonso VIII, que por su extrema juventud deseaba con pasión emprender grandes gestas. Suponían que, cuando el infante lo supiera, al punto acudiría con sus huestes a liberarlos apenas concluyera su incursión por Montánchez (donde se hallaba). Pero el príncipe heredero retornó de su campaña extremeña aquejado de un extraño mal. Los reyes, sus padres, recibieron en Toledo nuevas de la enfermedad del hijo, que se encontraba muy postrado y arrebatado por aguda fiebre en la villa de Madrid. Mientras ellos se ponían en camino enviaron por delante a sus físicos Arnaldo y Abraham ben Al-Fakkar. Pero el mal avanzó inexorable y, a pesar de la denodada lucha de su naturaleza joven y fuerte, rindió el alma a su Creador con apenas veintidós años. Cuando los reyes don Alfonso y doña Leonor llegaron a Madrid, el infante ya había fallecido.

 

Murió el heredero, don Fernando, el 12 de octubre de 1211, y nada cierto llegó a saberse de la naturaleza de su mal. Se habló de unas fiebres contraídas durante su algara por Montánchez y hasta llegó a circular el rumor de un envenenamiento, aunque no existía fundamento alguno para creerlo. En Salvatierra ya no esperaban refuerzos porque, al dolor infinito del rey, se sumó el hallarse inmerso en los preparativos de la gran empresa de las Navas, que ya estaba en marcha. Salvatierra estaba sentenciada.


 

 

 

 

 

 

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2 Comentarios
Fecha: Domingo, 17 de abril de 2016 a las 23:49
Carmen Panadero Delgado
Gracias por sus palabras, que animan a proseguir en el empeño. Procuraré ofrecerles mis aportaciones, si no todas las semanas, sí con cierta regularidad. Traeré hasta ustedes páginas de Historia o, a veces, relatos de ficción histórica que, desde la fidelidad a las fuentes, brinden un punto de vista diferente y con un lenguaje propio que facilite la ambientación.
Fecha: Viernes, 15 de abril de 2016 a las 20:17
Luis Peinado
Un placer la lectura de este texto. Historia pura y dura y para muchos (como yo) desconocida. Más de esto.

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