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Fernando Méndez
Domingo, 11 de diciembre de 2016
I PREMIO "LAS NUEVE MUSAS " DE RELATO BREVE - obra galardonada con el SEGUNDO PREMIO

Copirrai

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Noticia clasificada en: Artes Narrativa Relatos

Creo que fue la fiebre, o tal vez no... Bueno, el caso es que entre los gritos de mi hermano y los ladridos de Rex opté por seguir en el sarampión y no ascender a convaleciente. ¡Era maravilloso estar enfermo! Todos te dejan en paz y puedes decir cosas que estando sano sería, fijo, opositar a dos meses sin tele. Así que no les hice caso, eché un par de gritos y mamá, que siempre estaba alerta, los sacó enseguida de la habitación.

 

Pues eso, que no sé si fue la fiebre pero lo cierto es que volví a oír esa palabra; venía del mundo de los sanos:

 

¡Tonto!...

 

Pero sonaba distinta. Para los que habitamos el sarampión, el delirio nos cambia el gusto, la visión, el apetito y también la percepción de los sonidos. Todo se hace más grande. Por ejemplo: que te das un martillazo en un dedo, pues te duelo como si te arrollara un mercancías y ves que aquello se congestiona como un pimiento, y aunque gritas y te lamentas, en el delirio, tu queja es como un gritito, más un «perdone usted» que un «¡aparta, memo!». No sé si me explico...

 

Pues en esas andaba yo cuando escuché insultos (algunos que ni delirando deben citarse). Era como si todos los maleducados del mundo se hubiesen puesto de acuerdo. Los que más se oían eran los insultos comunes: imbécil, bobo, cretino, gilipollas, idiota, mamón..., aunque también los había eruditos, como estólido, necrófilo, mentecato; compuestos, como lameculos, abrazafarolas, pichafloja o cagabandurrias, y otros referidos a comparaciones humanas con animales: cerdo, gallina, babosa, foca...

 

Algunos me resultaron desconcertantes porque dichos en tono neutro no eran términos hirientes. Era el caso de almorrana, lactante o espinilla. Y recuerdo que había otros que sí, que eran insultos de verdad, y me preocuparon porque hacían referencia a los defectos del ser humano: estéril, gorda, feo, borracho...

 

 Todo aquello me intrigó.

 

No comprendía cómo a esa pandilla de maleducados con sarampión les quedaban fuerzas para ponerse a insultar.

 

Luego me di cuenta de que no era así: estaba pagando la novatada de ser un recién llegado a la enfermedad. Aunque no tardé en adaptarme. Al tercer día ya tuteaba a las calenturas tratándolas como si fueran de la familia, y fue entonces cuando descubrí que aquel vocerío no era una reunión de maleducados sino de palabras. En concreto, era la Comisión de Insultos y Vituperios (los más conservadores se hacían llamar PM “Palabras Malsonantes”).

 

Me quedé un rato en los 40º —luchando contra los efectos del antitérmico que me dio mamá— y comprobé que la cosa iba en serio. La discusión trataba sobre la apropiación de las palabras por parte del ser humano y el uso indebido que hacía de ellas. Casi nada.

 

Así pues, como el tema era apasionante y como nunca había visto palabras haciendo uso de su capacidad de discernir, me procuré una situación ventajosa a modo de oyente en aquel teatro literario. Subí hasta los 41º y allí ¡sí que sí!... No sé cómo explicarlo, pero notaba un agradable sopor que favorecía el entendimiento, entre sonidos amortiguados pero amplificados, prestando más atención a medida que me adormecía... Por poner un símil, era como dormir arrullado por el mar, aunque suene cursi.

 

A mi lado se sentaba una familia que no paraba de chillar y a la que, curiosamente, nadie hacía caso. Y como no me quitaba ojo, dado lo insólito de ver a un ser humano en aquel lugar, decidí presentarme:

 

—Hola, me llamo Iván —dije.

 

—Yo soy Intolerante —respondió la palabra, mirándome con ojos de loco. Y añadió, señalando al otro lado—: esta es mi prima, Irascible y aquellos son mis hijos, Obstinado e Intransigente; y este mi marido, Fanático.

 

—Mucho gusto —asentí mirándolos a todos—. Yo he venido porque tengo sarampión —me justifiqué.

 

Sorprendido, uno de los hijos miró hacia el patio de butacas y gritó:

 

—¡Achacoso! ¡Achacoso! Aquí tienes otro enfermo.

 

Y desde abajo se oyó:

 

—¡Queréis dejarme en paz de una puñetera vez! ¡Lleváis todo el invierno dándome la lata!

 

Por suerte, Intolerante terció y los mandó callar (creo que le caí bien a pesar de su tozudez, aunque luego me di cuenta de que aquel no era el mejor sitio para buscar compasiones; el congreso de sentimientos quizás se celebrase en otras regiones de dolencias más graves).

 

De pronto, se hizo el silencio en el auditorio. El bullicio cesó cuando Alfeñique, que por antigüedad ostentaba la presidencia, tomó la palabra.

 

—Como todos sabéis –dijo con gravedad—, os hemos convocado porque consideramos que es necesario reflexionar sobre la utilización indiscriminada que de nosotros hacen los seres humanos.

 

—Indiscriminada e irrespetuosa —precisó Diplodocus, otro de los veteranos, señalando hacia las primeras filas donde Irrespetuosa asintió agradeciendo la alusión.

 

—Exacto —recalcó Alfeñique—. Desde que el español existe como lengua reconocida nunca hemos tenido una etapa tan denostada, tan negativa y de tanto menosprecio hacia las palabras —enfatizó su arenga levantando signos de admiración—: ¡Nunca, hasta este momento, hemos tenido la sensación de estar sometidos a vejaciones y abusos de utilización semejante! Creo que es un parecer unánime si digo que todos nos sentimos profundamente ridiculizados.

 

Ridículo, oculto entre las últimas filas, se deslizó un poco más en su butaca cuando las miradas se volvieron hacia él.

 

Alfeñique prosiguió:

 

—Y aunque mi condición de debilidad no sea de mucha ayuda, debo sobreponerme, ya que me habéis elegido para presidir esta comisión —señaló a sus compañeros de mesa—. Quiero agradeceros el que hayáis confiado en los insultos más viejos para constituir el comité técnico. En nombre de Diplodocus, Alcahueta, Eunuco, Infeliz, y en el mío propio, gracias, amigos. Os doy la bienvenida y espero que todos obremos bien y eficazmente por el bien de los insultos y de toda la lengua castellana.

 

El auditorio prorrumpió en aplausos al grito de: ¡Alfeñique! ¡Alfeñique!

 

Por turno, fueron interviniendo cada uno de los representantes sectoriales. Primero lo hizo Alcahueta en nombre de los insultos en desuso. Pidió la adopción de medidas para recuperar la elegancia a la hora de insultar, moción a la que se unió el representante de «Insultos Radicales», que junto a un nutrido grupo de correligionarios ocupaba el primer anfiteatro. Maricón levantó sus admiraciones para reclamar más horas de descanso, y su pintoresco grupo, ataviado con llamativas letras en cursiva, tuvo que ser acallado por el presidente.

 

Seguidamente intervino el representante de los Insultos Compuestos, en concreto: «Alcalde, cabrón, queremos tu dimisión». Dada su complejidad semántica, su oratoria era fluida y envolvente. Cautivaba la atención. Dijo algo muy cierto: «Como siempre nos utilizan en manifestaciones y muros, reclamamos que se nos reconozca el derecho a la imagen y que se sirvan de nosotros de manera racional. De lo contrario nos veremos obligados a adoptar medidas de fuerza como la de alterar deliberadamente nuestro significado». Y añadió que de no cumplirse sus reivindicaciones a corto plazo él mismo pasaría a denominarse: «Ala de carbón, quemo tu misión», para convertirse en una frase ininteligible.

 

Nuevamente, la ovación fue generalizada.

 

En eso, noté algo cálido y pegajoso en mi cara. Miré a Intolerante y vi que seguía instalada en la protesta; así que me dije que esa sensación tenía que provenir del mundo de los sanos. Descendí hasta los 38,5º y abrí los ojos: era Rex. Me dieron ganas de vomitar cuando en un esfuerzo de lucidez comprendí que mi perro me estaba lamiendo la mejilla con su áspera lengua y su baba de olor a galletas. Para quitármelo de encima llamé de nuevo a mamá, y al llegar me preguntó que qué tal estaba. Yo le respondí:

 

—Como un alfeñique.

 

—¿Y eso qué quiere decir? —quiso saber ella, sorprendida.

 

—En México es una pieza de artesanía, pero en España se utiliza normalmente como insulto; aunque está en desuso.

 

Mamá me tocó la frente y me destapó un poco. Luego me susurró dulcemente al oído:

 

—Descansa, cariño.

 

A la hora de comer mamá me trajo un plato de sopa. Si tuviera que definirla diría que estaba asquerosa, aunque por solidaridad con los insultos preferí decir nauseabunda (que se usa menos). Lo mismo pasó con el pescado a la plancha y el yogur, todo tenía un sabor metálico. Pensé incluso que mis papilas gustativas se habían aliado en extraña coalición metalingüística con los insultos para funcionar incorrectamente, pero no, enseguida comprendí que era por culpa de la fiebre.

 

Al terminar estuve un rato inspeccionando la habitación pero me aburría de mirar siempre lo mismo, y decidí que la siesta sería una buena excusa para darme otra vuelta por el mundo enfermo; además, Rex había salido con mi hermano y mi madre se había ido a trabajar, y como Carmen, la canguro, se pasaba las tardes mirando su móvil, pues nada... Regresé.

 

Al llegar conocí algunas palabras invitadas que nada pintaban en aquella reunión. Era el caso de Recaída, que resultó ser tan pesada que no logré desprenderme de ella hasta varios días después. También andaba por los anfiteatros un señor mayor que casi no se movía y una niña, Raquel, que por su desparpajo supuse que llevaría el doble de tiempo que yo habitando el sarampión. Ella fue quien me informó de las novedades:

 

—Han presentado nuevas acepciones. Contenedor, por ejemplo; dicen que se empleará para definir a alguien que le gusta la «comida basura».

 

—¿Las hamburguesas y todo eso? —pregunté.

 

—Sí.

 

—Pues a mí me gustan las hamburguesas y no soy un contenedor.

 

—Bueno, hombre, es un decir —trató de explicarme Raquel—... Tampoco nadie se parece a un reloj y sin embargo le han dado la bienvenida a «Reló Suach», que se utilizará en el futuro para definir a las personas que pierden su tiempo leyendo correos electrónicos inservibles.

 

Desde luego, capacidad de trabajo no le faltaba a la comisión.

 

Le dije a Raquel que todo aquello estaba muy bien pero que no me imaginaba yo a los seres humanos acatando dictámenes de las palabras. Si no somos capaces de reprimir un escupitajo ¿cómo haríamos para contener un subidón de adrenalina? Y me hizo gracia pensar en dos conductores en pleno atasco de tráfico diciéndose: «¡No tienes ni ramera idea de conducir!», a lo que el otro respondería: «¡Anda y que te copule un pez!».

 

En realidad no me había perdido mucho. Tras la euforia inicial, el debate se contagió del sopor que caracteriza a eventos similares en el mundo sano. Lo mejor, me dijo Raquel, fue «la hora del silencio», algo así como el tiempo que en mi cole dedicamos al estudio, solo que en este caso me sonó a cosas serias: «La hora del silencio»... Y resulta que era para reflexionar y preparar conclusiones. Raquel me contó que como los insultos abusaban de los signos ortográficos, la Presidencia había presentado una moción para que, en lo sucesivo, se liberase a los signos de semejante exceso de actividad, es decir, que se siga insultando, sí, pero sin tanta vehemencia, con menos admiraciones y entrecomillados irónicos; con menos insidia en los interrogantes y menos puntos suspensivos... Por contra, se dijo que hacían falta más puntos y aparte, que relajan mucho.

 

Por fin, cuando Alfeñique dio por concluido el tiempo de meditación tomó la palabra:

 

—Amigos —miró con solemnidad al auditorio—… Tras este fructífero debate, la comisión técnica ha acordado someter a votación la siguiente propuesta: restringir el uso de los insultos a lugares, situaciones y acontecimientos en donde sea estrictamente necesaria nuestra utilización, y advertir a los seres humanos que desde ahora cada uno de nosotros dispondrá de la propiedad intelectual de su nombre, una norma que nos permitirá ejercer las pertinentes acciones en defensa de nuestros derechos de uso. En una palabra —aclaró—, se trata de tener copyright. Así los obligaremos a insultar lo menos posible y no sufriremos más explotación en nuestro trabajo.

 

Yo no entendí muy bien eso del copirrai, pero debía de ser algo fabuloso, pues todos empezaron a dar vítores y aplausos y salieron de allí en tropel como una bandada de estorninos, insultándose entre risas.

 

Raquel, el señor que no se movía y yo nos quedamos un rato observando la inmensidad de aquel teatro vacío. Nos miramos incrédulos, y sin decir nada nos despedimos con un movimiento de cabeza.

 

Cuando tres días después, desayunando, le conté a mamá esta historia, ella me dijo que era normal, que cuando uno tiene sarampión pasan cosas así.

 

—Es por la fiebre —me sonrió—. ¿A que ahora ya no tienes esos pensamientos?

 

—Pues no —respondí, engullendo un buen trozo de tostada.

 

—Venga, cariño, se hace tarde —me apremió mamá—. Termina y recoge tus libros.

 

 

 

Al lunes siguiente, la encontré en aquella sala de estar. Estábamos mi madre y yo, y enfrente, Raquel y su madre. Los dos nos mirábamos con la distancia de quienes se conocen pero no se atreven a saludarse. Nos separaba un estado saludable, una mesa llena de revistas, de esas horribles que tienen los abogados, y un florero con ramas secas que utilizamos a modo de parapeto para espiarnos mutuamente. Resulta incómodo conocerse en el sarampión, porque luego cuando te ves en el mundo sano todo se vuelve imperfecto; yo, por ejemplo, tenía más vergüenza y había perdido la capacidad de flotar en el aire, y con ella, la posibilidad de huir al instante. Sólo una cosa permanecía invariable: la belleza de Raquel.

 

En eso se abrió una puerta y un señor de traje y corbata llamó a mamá. Como habíamos acordado previamente, ella entró sola y yo me quedé leyendo el cuento que me dejó la chica que cogía el teléfono. Entonces sentí el mismo desasosiego que cuando me llevaban al médico o al dentista, solo que aquel señor no curaba ni recetaba jarabes. Al cabo de un rato me hicieron pasar. Vi que mamá tenía los ojos enrojecidos. Su bonita melena rubia estaba algo despeinada. Me miró desde su asiento con la sonrisa de los que intentan disimular el llanto, pero yo me di cuenta. Y entonces, cuando el señor del traje empezó a hacerme preguntas, comprendí que estábamos allí para hablar de papá: que si alguna vez me había pegado, que si me dolió, que si vi cómo le pegaba a mamá, que si me insultó... Y, claro, yo le dije a todo que sí.

 

Solo cuando me preguntó qué clase de insultos decía mi padre le contesté que a eso no podía responderle.

 

—Debo respetar el acuerdo —afirmé.

 

Pude ver que mamá hacía un gesto, al que el señor del traje respondió asintiendo.

 

—Dile todo lo que recuerdas, Iván —me insistió ella.

 

—¿De dentro o de fuera del sarampión?

 

—Antes, hijo, antes. Cuéntale a este señor lo que pasó hace quince días en casa de la abuela, antes de que enfermaras.

 

Pero no lo hice.

 

Me daban ganas de volver al mundo enfermo para que me dejaran en paz, como pedía Achacoso. No dije nada. Solo me acordé de cuando papá me llevaba al parque y jugábamos al fútbol, y también de cuando comprábamos nubes de algodón de azúcar en las fiestas del pueblo. Pero aquellos recuerdos me quedaban lejos, a mucha más distancia del sarampión y de la casa de la abuela.

 

Cuando salimos Raquel seguía allí, leyendo el cuento. Su madre tenía los ojos igual de rojos que los de mamá. Las dos se levantaron y nosotros fuimos hacia la puerta que amablemente ya nos había abierto la chica del teléfono. Yo caminaba con la cabeza vuelta hacia atrás. Raquel dejó el cuento y me miró. Posó sus ojos en mí y en ese instante mamá me cogió del hombro, sin darse cuenta de que con ese gesto me impedía seguir mirando a Raquel... Y ya fue demasiado tarde: primero noté el frío del pasillo, luego leí «Abogado» en una placa, el ascensor traqueteó y la otra mano de mamá me acarició la cabeza para guiarme en la evasión. Entonces, con la puerta a punto de cerrarse y la chica del teléfono concluyendo su sonrisa, oí decir al señor del traje:

 

—Pasen ustedes.  


 

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13 Comentarios
Fecha: Miércoles, 2 de noviembre de 2016 a las 17:00
Elisa
Coincido con los demás comentarios. Técnicamente, me parece un relato bien estructurado, con ritmo y muy original en su planteamiento argumental. En cuanto al mensaje yo destacaría la gran carga emocional que transmite al presentarnos a un protagonista indefenso ante el mundo (su edad y la enfermedad acentúan aún más su desprotección), y también resaltaría la actualidad de tema que trata. En resumen, hace que todos nos podamos sentir identificados. Finalmente, el respeto y la exquisitez con que narra los párrafos de los insultos me parece de un autor o autora que domina notablemente la técnica de la escritura. Voto por Copirrai.
Fecha: Domingo, 30 de octubre de 2016 a las 02:31
Aída
Tienes razón, Asdrúbal: es un bello relato.

Es notable que se logra hacer creíble el mundo de ensoñación y que se construye con humor (la selección de insultos es diversa y divertida).

Pero todo ese humor y esa fantasía no son gratuitos sino que están al servicio de hacer cómplice al lector del tránsito que hace el protagonista de la realidad a la fantasía, una fantasía que al final, resulta más fácil de sobrellevar que las decisiones de la realidad que otros toman y que afectan a este niño (y a Raquel).
Fecha: Martes, 25 de octubre de 2016 a las 22:11
Asdrubal
Entonces, para que valga, mejor comento "Copirrai" con más precisión (y no porque conozca al autor o autora, que andamos suspicaces).

El relato entreteje el sueño febril y la realidad, que en la imaginación del niño y del lector se hacen igual de reales. El relato logra que el lector vea el mundo percibido-fantaseado a través de los ojos del protagonista. Y padece con él lo que significa la separación de los padres.

Y ni el niño ni el lector tienen el copirrai del taco necesario para poner el apelativo justo a la situación.
Fecha: Martes, 25 de octubre de 2016 a las 00:30
José Rico - Director
Sinceramente no se explicarme mejor, el que los lectores se crucen acusaciones no proscribe un relato. Simplemente esos comentarios no se tendrán en cuenta para la valoración; ejemplo el que acabas de hacer Ninnette (y ahora que no se interprete que no se pueden hacer toda clase de comentarios).
1º.- se hará una selección con los relatos que tienen comentarios
2º.- entre estos se seleccionarán los 20 MEJOR VALORADOS (con argumentación).

NOTA: evidentemente aquellos que, aunque estén bien valorados pero contengan faltas graves de ortografía (que se hayan escapado a la primera selección que se hizo para llegar a los 103) serán penalizados.
Fecha: Martes, 25 de octubre de 2016 a las 00:06
Ninette
Tampoco creo que sea justo proscribir un relato porque los lectores se hayan cruzado acusaciones aprovechando la oportunidad que les ofrecía la posibilidad de hacer comentarios.
Lo que sí es cierto, desde mi punto de vista, es que al tener prioridad para la selección los relatos más comentados, se ha abierto un poco la veda del amiguismo.
¿Cómite federal o militantes?
Fecha: Lunes, 24 de octubre de 2016 a las 17:24
José Rico - Director
Por poner un ejemplo con este mismo relato. En estos momentos lleva 8 comentarios (incluido este) pues bien el Jurado solo tendrá en cuenta 2. No es necesario señalar cuales son pero si espero que sirva como detalle de lo que entendemos "más comentados y valorados"
Fecha: Lunes, 24 de octubre de 2016 a las 17:21
José Rico - Director
No, para nada ha sonado suspicaz, Asdrubal, simplemente quise aclarar un poco la postura que va adoptar el Jurado. Efectivamente es posible que se "provoquen" esos comentarios por parte de los autores o amigos, pero el jurado sabrá captarlos igualmente que tú. Cuando se habla de "más valorados y comentados" no necesariamente un relato con pocos comentarios quedará fuera de su selección. Entre un relato con 30 comentario de los cuales 15 son negativos, 10 no son comentarios argumentados y 5 son positivos frente a otro relato con solo seis comentarios y todos ellos positivos (argumentados) este último quedaría por delante. He visto algunos relatos con muchos comentarios pero con gran cantidad de discusión que nada tiene que ver con la crítica al relato en sí; estos comentario, obviamente, no serán tenidos en cuenta.
Fecha: Lunes, 24 de octubre de 2016 a las 16:23
Asdrubal
Si he sonado suspicaz respecto a la Revista, no ha sido esa mi intención; por el contrario, celebro que se haya abierto este espacio para lectores y escritores.

Con 'marketing literario' me refiero a que es posible que los autores o sus amigos generen comentarios polémicos para que los lectores respondamos a ellos, aumentando el número de comentarios en una proporción superior a la calidad de los relatos; mientras que otros relatos, sin estrategas ni dolientes, como este, permanecen en el anonimato. Y no necesariamente porque tengan menos calidad.

Por eso abogaba porque el criterio de selección no fuera solamente los comentarios, sino que se tomara en cuenta también la calidad de los relatos.
Fecha: Domingo, 23 de octubre de 2016 a las 11:24
Vásquez
¿Qué entiendes por marketing literario, Asdrúbal?
Fecha: Viernes, 21 de octubre de 2016 a las 12:11
José Rico - Director
Como secretario del Jurado, simplemente comentar que (asumiendo que todos los concursos tienen sus carencias) que hablamos de "los 20 relatos más comentados y valorados por los lectores pasarán a las deliberaciones del Jurado". Evidentemente entendemos por valoración la crítica argumentada, aquellos comentarios que no cumplan este requisito no serán tenidos en cuenta. Ciertamente es un riesgo dejar en manos de los lectores la primera valoración de las obras presentadas a un concurso, pero he de decir que este Semanario tiene (por encima de razones de marketing) la misión de fomentar la lectura y la crítica. En este sentido debo indicar que, salvo excepciones, ha habido críticas de relatos tan bien argumentadas como las que pueda hacer cualquier miembro del Jurado.
Fecha: Viernes, 21 de octubre de 2016 a las 04:50
Asdrubal
No sé si me parece buena idea que el número de comentarios tenga tanto peso en este concurso, puesto que es difícil que un lector desprevenido tenga el tiempo para leer 102 relatos y comentar los que a su criterio lo merezcan. (Por demás, la página no facilita leer los menos recientes).

Sospecho que el azar (cuando no, el marketing literario) ha tenido más peso en que unos textos sean comentados y otros no que la calidad literaria.

Por ejemplo, es una pena que Copirrai no haya sido más leído y comentado. Se trata de un relato honesto, bien narrado y auténtico. Enhorabuena a su autor o autora.

No los he leído todos y también he caído en la trampa de acudir a los más comentados. Entre los que he leído, recomiendo tres: "Aspas como brazos", "Copirrai" y "Objetos personales". Ojalá en la selección final se tome en cuenta la calidad y no solamente los comentarios.
Fecha: Lunes, 10 de octubre de 2016 a las 14:36
Santino
Pues sí que mereceser leído. El niño se evade de la terrible realidad familiar en su mundo de enfermedad. El narrador sabe llevarnos con cierto humor, poco a poco al triste desenlace. Y lo hace muy bien
Fecha: Lunes, 10 de octubre de 2016 a las 09:29
UlisesVidales
Este relato aborda el drama familiar a través del humor y el absurdo. Para el personaje el absurdo constituye una vía hacia la evasión. Para el lector humor y absurdo lo enganchan y lo llevan, inadvertidamente, de la sonrisa a la compasión.

Este relato merece ser leído.

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