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Antonio José Gil Padilla
Miércoles, 27 de enero de 2016
DE AQUELLOS POLVOS, ESTOS LODOS

EL ASUNTO CATALÁN

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Una parte significativa de la ciudadanía catalana reivindica, como ya lo hiciera en otras ocasiones, la independencia, y anuncia la proclamación de un nuevo Estado en régimen de República.

La actual situación política en Cataluña coincide con una peculiar situación global tras las elecciones del 20 de diciembre. A mi modo de ver, la reivindicación tiene un carácter más emocional que económico y social. La clase política ha sido capaz de encandilar a un elevado número de personas que no ven mucho más allá de ese deseo de emancipación sin pararse a pensar en el modelo político que les espera, si esto llegara al fin deseado. El bloque independentista mayoritario representa al sector neoliberal más radical, que va más allá, incluso, de la oligárquica y tradicional burguesía catalana de finales del 19 y comienzos del siglo 20. El paro, la precariedad, los recortes en los servicios sociales y la explotación laboral no serán eliminados con ese soñado deseo independentista.

 

La medida planteada no deja de tener una evidente carga de egoísmo e insolidaridad con otros pueblos del Estado menos afortunados por su situación, su desarrollo y, por qué no decirlo, su discriminación respecto a los catalanes. La reivindicación, en contra de lo que ellos pudieran pensar, puede ser tildada de provincianismo y contrario al principio progresista de internacionalismo. Lo deseable, desde la óptica de la clase trabajadora, es la creación de amplios espacios del planeta donde sea posible la lucha unificada por la emancipación de la clase, y no del “terruño”.

 

No sabemos lo que este proceso puede dar de sí, ni cómo acabará, aunque no iremos muy descaminados si pensamos que no se producirá la, tan deseada por algunos, independencia, aunque bien es cierto que el enredo se alargará, distrayendo a la ciudadanía de asuntos más relevantes.

 

España se ha destacado a lo largo de la historia por la falta de unificación real como Nación, siempre en manos de reyes ineptos o de dictadores. Es conveniente remontarse a los siglos 14 y 15 para entender que estos lodos son consecuencia de aquellos polvos.

 

Retrocediendo a esos tiempos, aportaremos algunos datos que nos ayudarán a entender los anhelos de secesión de un número importante de ciudadanos y ciudadanas de este país.

 

La casa de Trastamara era una dinastía que reinó en Castilla entre 1369 y 1504, en Aragón de 1412 a 1516, en Navarra entre 1425 y 1479, y también en Nápoles de 1442 a 1516. Con la muerte de Isabel I en 1504, y posteriormente de Fernando en 1516, finaliza su reinado y comienza una nueva etapa de monarcas de origen extranjero.

 

Para reinar en Castilla Isabel tuvo que vencer la oposición de una parte de importante de la nobleza castellana, principalmente la alta nobleza, que prefería la alianza de Castilla con Portugal, por lo que se pusieron de parte de Juana, llamada despectivamente la Beltraneja, lo que acabó en un enfrentamiento armado. Tras la batalla de Toro (1476), las Cortes de Castilla, reunidas en Madrigal de las Altas Torres, proclamaron reina a Isabel I.

 

A la muerte de Juan II, su hija Leonor heredó Navarra y su hermanastro Fernando, llamado el Católico, la Corona de Aragón, a la que pertenecía el territorio de la actual Cataluña. El matrimonio de Fernando con Isabel I de Castilla, celebrado el 19 de octubre de 1469, estableció la unión entre estas dos Coronas.

 

Una vez que Isabel se afirmó en el trono de Castilla, reanudó la conquista del reino de Granada. Aprovechando que dicho reino se encontraba en una crisis dinástica entre el Sultán, su hermano el Zagal y su hijo Boabdil, comenzó la guerra por la conquista de este reino.

 

A pesar del matrimonio de los Reyes Católicos en 1469, ambas Coronas, Aragón y Castilla, conservaron sus  instituciones políticas, se mantuvieron las Cortes, las leyes, las administraciones públicas y la moneda, aunque unificaron la política exterior, la hacienda real y el ejército.

 

Aparentemente, mediante pactos de interés o invasiones, se intentó la unificación territorial de España, pero la realidad es que se mantuvieron las identidades de cada uno de los reinos que conformaban las coronas de Castilla y de Aragón. Sus fueros y sus derechos fueron respetados.

 

Muerta Isabel en 1504, se atravesó por un periodo de sombras. Se inició una etapa de sucesiones y regencias: Juana, Felipe I, Fernando, Cardenal Cisneros, etc. Tras la muerte de Fernando en 1516, el trono recae finalmente en su hija Juana, conocida como Juana “la Loca”. Pero unos meses más tarde, Carlos, el hijo de Juana y de Felipe “el Hermoso”, se autoproclama desde Flandes rey de Castilla y Aragón.

 

Así, se inició un largo periodo dominado por reyes extranjeros, algunos de los cuales eran desconocedores de la realidad política de los diferentes reinos que configuraban la península, incluido el de Portugal. Primero los Habsburgos y después los Borbones. Pero la situación socioeconómica y política de ese largo periodo desborda los límites de este escrito.

 

Cataluña ha mantenido una cierta autonomía desde el siglo 14, aunque la  autonomía  de entonces no tiene mucho que ver con la idea actual. En 1716, a raíz de la guerra de Sucesión, Felipe V, tras la promulgación del Decreto de Nueva Planta, derogó las leyes y las instituciones catalanas.  Cataluña, con altibajos ha mantenido la autonomía durante un largo periodo de tiempo, pero, según las investigaciones de expertos historiadores, Cataluña nunca ha sido legalmente independiente.


 

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