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Adriana Greco
Lunes, 18 de enero de 2016
Última actualización: Miércoles, 1 de junio de 2016 13:48

El tacto del texto

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Noticia clasificada en: Ensayo

Y llorando él lo hace. Primero hay dolor. Y después ese dolor se asimila a su vez, se transforma lentamente arrancado, transportado hacia el goce, abrazado a ella. […] El mar, informe, simplemente incomparable.

El tacto del texto

Si el crítico a palos que pergeñó Guillermo Piro se hiciera presente para darle a cada autor descarrilado su merecido, hace rato que  E. L. James hubiera recibido un suntuoso correctivo por contribuir con su desabrida saga Fifty Shades of Grey a uno de los más precarios clichés eróticos mejor promocionados, y a una fallida educación sentimental no apta para lectores con buen gusto literario. De los reiterados cubitos de hielo a los latigazos blandidos con dudoso cariño la mala narrativa y el cine supuestamente transgresivo están colmados; por ello, a modo de sex shop literario, dejamos un posible decálogo de libros para disfrutar bajo la canícula de enero.

 

1) Gracias al caligramático Apollinaire, llegaron las ediciones del siglo XX del desdichado prisionero de Charenton, que no es otro que el afamado Marqués de Sade que con Justine o los infortunios de la virtud (1791) y su Historia de Juliette o las prosperidades del vicio (1801) ofreció un análisis social y religioso disruptivo para su época, narrando la vida de dos hermanas como metáforas de la virtud y el vicio a partir del relato de sus respectivos descenso y ascenso social como forma de acceso a una contradictoria recompensa. Relatos que quieren dejar en claro que los problemas morales no son otra cosa que una extensión de los conflictos políticos, y que la demolición del remordimiento llega también al terreno de las sábanas en un tiempo signado por las mieles de la Razón.

 

Los primeros principios de mi filosofía, Juliette —continuó Mme. Delbène que estaba muy apegada a mí desde la pérdida de Euphrosine— consisten en desafiar la opinión pública; no puedes imaginarte, querida mía, hasta qué punto me burlo de todo lo que puedan decir de mí ¿Y, por favor, cómo puede influir en la felicidad esta opinión del vulgo imbécil? Solo nos afecta en razón de nuestra sensibilidad; pero si, a fuerza de sabiduría y de reflexión, llegamos a embotar esta sensibilidad hasta el punto de no sentir sus efectos, incluso en las cosas que nos afectan más directamente, será totalmente imposible que la opinión buena o mala de los otros pueda influir en nuestra felicidad. Esta felicidad debe estar dentro de nosotros mismos; no depende más que de nuestra conciencia, y quizás todavía un poco más de nuestras opiniones, que son las únicas en las que deben apoyarse las inspiraciones más firmes de la conciencia. Porque la conciencia —prosiguió esta mujer llena de inteligencia— no es algo uniforme; casi siempre es el resultado de las costumbres y de la influencia de los climas, puesto que es evidente que los chinos, por ejemplo, no sienten ninguna repugnancia por acciones que nos harían temblar en Francia.

 

2) De los muchos libros repugnados por los inquisidores, el Decamerón (1349-1351) de Giovanni Boccaccio ha gozado de gran popularidad incluso en nuestros días. Los cien relatos proferidos por diez narradores medievales en una villa salvada, efímeramente, de la peste que asoló Florencia en el cuarenta y ocho nos dejan el sabor de una prosa impecable y original que representa, además, un hito en la lengua italiana. Desdeñosos y desenfrenados, críticos de las hipocresías clericales como la de aquel religioso que impone un castigo al marido de la mujer que desea, los textos de las diez jornadas tienen títulos tan encantadores y humorísticos como los contados durante el reinado de Neifile: “Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él”.

 

Se levanta una abadesa apresuradamente y a oscuras para encontrar a una monja suya, delatada a ella, en la cama con su amante, y estando un cura con ella, creyendo que se ponía en la cabeza las tocas, se puso los calzones del cura, los cuales, viéndolos la acusada, y haciéndoselo observar, fue absuelta de la acusación y tuvo libertad para estar con su amante.

 

El tacto del texto3) Una aristócrata inglesa frustrada por las imposibilidades amatorias del marido y un guardia de coto son el puntapié inicial de la archiconocida novela prohibida El amante de Lady Chatterley (1928) del tardíamente exiliado D. H. Lawrence. Un clásico de la literatura que entremezcla el sexo con la conferencia filosófica, las almohadas y la conversación intelectual, tal vez, para neutralizar los tórridos entretenimientos de los amantes.

 

Un estremecimiento recorría el cuerpo del hombre y el flujo de la consciencia volvió a cambiar de nuevo de dirección, dirigiéndose hacia abajo. Y él no podía hacer nada mientras el pene, con ondulaciones suaves y lentas, se iba llenando, emergía y se elevaba, endureciéndose y quedando en alto, duro y victorioso, de manera curiosamente dominante. La mujer temblaba también ligeramente al observarlo. Y ella se estremeció y sintió cómo se diluía su mente. Olas cortantes y suaves de un placer indecible parecían recubrirla mientras él entraba en ella y comenzaba el curioso frote fundente que se ampliaba y ampliaba y la llevaba al último extremo con el empuje último y ciego.

 

4) El relato sincero, denso y cruel de una iniciación, y todas las revelaciones de la pasión y la carne convergen en la escritura de El amante de Marguerite Duras, novela ganadora del premio Goncourt en 1984 y traducida a cuarenta lenguas. Como todos saben, la historia describe la relación amorosa entre una adolescente de quince años (la propia Duras), en la Indochina francesa de 1929, y su joven amante oriental. El origen del goce, la sordidez de una atmósfera familiar asfixiante y la introspección de la mirada femenina sobre el deseo hacen prevalecer con una silenciosa intensidad la voz conmovedora de los amantes sin nombre.

 

Y llorando él lo hace. Primero hay dolor. Y después ese dolor se asimila a su vez, se transforma lentamente arrancado, transportado hacia el goce, abrazado a ella. […] El mar, informe, simplemente incomparable.

 

5) Un amor platónico y la concreción que lo descarta es el preámbulo de Las edades de Lulú (1989), luego vendrán la perpetuación del antiguo juego infantil y la ocupación completa por el sexo en la estrecha línea entre fantasía y realidad que vuelven extrañamente dócil y salvaje, a la vez, a su compleja protagonista ya adulta. El texto es la primera novela de Almudena Grandes, ganadora del XI Premio La Sonrisa Vertical.

 

"(...) Me quedé sentada encima de sus rodillas. Me rodeó con sus brazos y me besó. El solo contacto de su lengua repercutió en todo mi cuerpo. Mi espalda se estremeció. Él es la razón de mi vida, pensé. Era un pensamiento viejo ya, trillado, formulado cientos de veces en su ausencia, rechazado violentamente en los últimos tiempos, por pobre, por mezquino y por patético".

 

6) El polímata Georges Bataille, malquerido por Jean Paul Sartre, publicó en 1928 su Historia del ojo bajo el seudónimo de Lord Auch. Quiso el tiempo que su novela se convirtiera en un clásico de la literatura erótica, pero aquí ¿habría que hacer a un lado todas las interpretaciones que sobre la violencia colectiva, los ritos, el dolor, la depravación y sus interdicciones atravesaron la obra del francés?, convendría mejor centrarse en cierta herencia de Sade que abunda en sus páginas, en los usos profanos de los lazos humanos, en la desmesura extravagante de sus personajes cuando vemos a Simona y a George llevar a cabo una tras otra transgresión furiosa.

 

Sir Edmond contemplaba la escena con su característica expresión de hard labour (sic); inspeccionó con cuidado la habitación donde nos habíamos refugiado. Descubrió una llavecita colgada de un clavo.

—¿De dónde es esta llave?, le preguntó a don Aminado.

 

Por la expresión de terror que contrajo el rostro del sacerdote, Sir Edmond reconoció la llave del Tabernáculo. Al cabo de un instante regresó, trayendo un copón de oro, de estilo recargado, con muchos angelotes desnudos como amorcillos. El infeliz sacerdote miraba fijamente el receptáculo de las hostias consagradas en el suelo y su hermoso rostro de idiota, alterado por las dentelladas y los lengüetazos con que Simona flagelaba su verga. Se había puesto a jadear.

 

El tacto del texto7) Publicados originalmente en un blog bajo el seudónimo de Ramón Paz los Pornosonetos de Pedro Mairal tienen un lenguaje procaz que disuelve la sobria normativa, “Logré combinar ese bagaje clásico de soneto formal con una intención poética actual”, observó el autor durante una entrevista en el 2013. Publicados en papel por la emblemática editorial cooperativa Eloísa cartonera los sonetos que sumarían trescientos serían finalmente editados entre el 2003 y 2008 por la editorial Vox de poesía; su música no nos es ajena, tienen un tono singular que enlaza por momentos el humor de sus otros textos, pero no dejan por ello de ser originales en su experimentación. Mairal tomó notoriedad cuando ganó la primera edición del premio Clarín de novela con Una noche con Sabrina Love (1998).

 

Cogíamos felices cada jueves / los Beatles en tu cuarto repetían / su nothing’s gonna change my world y hacían / que parecieran fáciles y leves / los días de ese año ese segundo / esa risa esa tarde que ahora gira / y sé que el estribillo era mentira / porque todo al final cambió mi mundo / el viento se llevó todo al carajo / los besos los abrazos los secretos / y quedaron apenas los sonetos / las fotos del cajón de más abajo / no pasó tanto tiempo y sin embargo / ayer cuando te vi seguí de largo.

 

8) Las abluciones de don Rigoberto como preludios amatorios, su fascinación por el arte erótico, las fantasías monstruosas y las infracciones morales de su monomanía, reconcentrada en las curvas maduras de Lucrecia, y el desequilibrio creciente por el vínculo entre su mujer y su precoz hijo acercan a Elogio de la madrastra (1988) a una revisión de los conceptos y tópicos sadianos, en la turbia lentitud de los excesos. Esta novela del nobel Mario Vargas Llosa fue reeditada en el noventa y tres como parte de la colección erótica de La Sonrisa Vertical, y en el noventa y siete en la colección Fábula de Tusquets.

 

Acaba de oficiarse una ceremonia excitante, de reverberaciones deliciosas y crueles y lo que ves son sus vestigios y sus consecuencias. Lo sé porque he sido la dichosa víctima; también, la inspiradora, la actriz. Esas manchas de rubor en las patas del diluviano ser son mi sangre y tu esperma manando y helándose. Si, vida mía, aquello que yace sobre la piedra ceremonial (o, si prefieres, el decorado prehispánico), esa hechura viscosa de llagas malvas y tenues membranas, de negras oquedades y glándulas que supuran grises, soy yo misma. Entiéndeme: yo, vista de adentro y de abajo, cuando tú me calcinas y me exprimes. Yo, erupcionando y derramándome bajo tu atenta mirada libertina de varón que oficia con eficiencia y, ahora, contempla y filosofa.

 

el libro de los placeres prohibidos9) “El mal erotismo es mucho peor que la buena pornografía”, afirma Federico Andahazi prolífico novelista y autor de El libro de los placeres prohibidos (2012). La rapaz invención de Gutenberg como herramienta de la falsificación y no como posibilidad de encarnar el alto ideal humano que permitiera la masificación de la lectura durante el siglo XV, el mundo de los libros y los burdeles, las abadías y los crímenes de bellas prostitutas, los mitos del placer y el horror de la iglesia por el mítico libri voluptatium proibitorum que conducía a una sabiduría sobre el goce en estado puro son los caminos que hacen de este libro una exquisita experiencia literaria, carnal e intelectual.

 

Gutemberg quedó sin habla. Antes de sacar una conclusión debía descifrar la intrincada anatomía de la novia. No resultaba sencillo comprender cómo se distribuía aquella humanidad, por llamarla de algún modo, dentro del vestido. Donde debía haber concavidades había convexidades; donde tenía que haber planicies surgían promontorios.

 

10) De atmósferas claustrofóbicas y borracheras sublimes el autodestructivo Henry Chinaski está saturado; de la obsesión por las mujeres y la escritura, entre la culpa por la liberación del ejercicio atroz de la Segunda Guerra y el desarrollo consciente de su precariedad están signados los días de este personaje creado por Charles Bukowski en Factotum (1975). El realismo brillante de su escritura convierte los actos más vulgares y decadentes en perlas de gran lirismo opresivo.

 

Estaba desesperada y a la vez era selectiva y, en cierto modo, hermosa, pero no tenía detrás a tantos hombres locos por ella como para tenérselo tan creído. Una de sus tareas era traerme una copia de las órdenes de envío después de haberlas mecanografiado. Los empleados tomaban otra copia de las mismas órdenes de la cesta y las rellenaban cuando no estaban esperando clientes, luego yo las emparejaba antes de empaquetar el material. La primera vez que vino con las órdenes llevaba puesta una ajustada falda negra, zapatos de tacón, una blusa blanca y un pañuelo dorado y negro alrededor del cuello. Tenía una nariz respingona muy atractiva, un trasero maravilloso y unas tetas cosa fina. Era una chica espigada. Con clase.


 

 


 

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