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Antonio José Gil Padilla
Lunes, 14 de diciembre de 2015
el sector social mayoritario es el de la clase trabajadora

LA CLASE MEDIA NO EXISTE

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En una sociedad capitalista, es posible clasificar a sus componentes de varias formas. Desde la óptica puramente marxista los individuos se dividen en propietarios de los medios de producción y poseedores de fuerza de trabajo.

LA CLASE MEDIA NO EXISTE

 

Los medios de comunicación de masas se han encargado de envenenar a la sociedad y, en connivencia con el poder real,  crear un diccionario maldito con términos tales como revolución, lucha de clases, subversión, comunismo, antisistema, radicalismo y otros tantos a los que, en tono despectivo, se les identifica con la agresión, la violencia, el vandalismo, la agitación y el extremismo. Por el contrario, se generan nuevos términos de carácter virtual que son potenciados por los instrumentos al servicio del sistema y, desgraciadamente, asumidos sin reparos por amplios sectores de este tipo de sociedades.

 

En una sociedad capitalista, es posible clasificar a sus componentes de varias formas. Desde la óptica puramente marxista los individuos se dividen en propietarios de los medios de producción y poseedores de fuerza de trabajo.

 

Con mayor concreción, desde el mismo punto de vista, en explotadores y explotados. Caben, a mi entender, otras clasificaciones, quizás menos científicas: grupos privilegiadas y no privilegiadas, ricos y pobres o patronos y trabajadores, pero, en cualquier caso, las partes siempre se organizan en torno a un binomio antagonista, si bien es cierto que, dentro de cada grupo, aparecen subgrupos, algunos de reciente aparición, tal como veremos más adelante.

 

Hasta hace muy pocas décadas, superada sobradamente la fase de explotación salvaje de comienzos de la era industrial, en la época en que el trabajo era considerado como un derecho, el esquema social era claro y respondía a una forma de producción clásica. Una clase dominante, propietaria de los bienes de producción, necesitaba la fuerza de trabajo de un elevado número de personas que se agrupaban en otro grupo social, más o menos complejo: la clase trabajadora. A pesar de darse unas condiciones de explotación evidentes, la estabilidad y los derechos adquiridos otorgaban a la gran masa trabajadora de los países más desarrollados las mínimas dosis de dignidad y de sosiego que todo ser humano se merece. Los intereses de unos y otros eran bien diferentes, dando lugar a un permanente conflicto, aunque a veces éste no se manifestara de forma visible. Esta dinámica respondía a una lógica marcada por la historia y parecía que caminaba lentamente hacia nuevas formas en las relaciones de producción, con la esperanza de transformar en el futuro la organización social y de mejorar el trato al entorno natural. Ese camino hacia un cambio a favor de los menos favorecidos y del medio ambiente  se ha visto truncado, desembocando la anterior situación en un mundo laboral enloquecido como el que en la actualidad sufrimos y un espacio natural cada vez más deteriorado. Las mejoras sociales y económicas de unas generaciones que abandonaron la penuria de sus ancestros no encuentran continuidad en las nuevas generaciones.

 

Para eludir las verdaderas contradicciones del sistema, se acuñaron expresiones tales como estado de bienestar y clase media a la que, intencionadamente, se le otorga un grado de ambigüedad tal que les sirve a los de arriba para  designar con este eufemismo a ciertos sectores de la clase trabajadora, bien sea por cuenta propia o por cuenta ajena, dando a entender que el progreso, a lo largo de la historia más reciente, ha sido por igual para unos como para otros.

 

Pues bien, ni el centro es una ideología política, como hemos señalado en otras ocasiones, ni la clase media es un grupo social real. Sin embargo, el adoctrinamiento por reiteración es tan eficaz (el mensaje es el masaje) que, a título personal, los individuos se autoubican en ese grupo, renunciando a su verdadera condición social. El poder ha conseguido desmovilizar a los trabajadores y ha logrado que pierdan por completo la conciencia de clase.

 

A pesar de la apreciación personal y de la consideración formal que se le otorgue, el sector social mayoritario es el de la clase trabajadora, aunque ahora unos tengan empleo y otros no. En otros tiempos había una cierta homogeneidad entre los individuos de este sector, si bien es cierto que con algunas diferencias salariales en función  del grado formativo, que solía corresponderse con el nivel del puesto de trabajo. En algún momento se llegó a hablar de la “aristocracia” obrera para diferenciar a los trabajos cualificados de los no cualificados, que eran los más numerosos.

 

En la actualidad, esa citada homogeneidad se ha roto, encontrando enormes diferencias entre unos trabajadores y otros, dentro del mismo nivel de formación o con la misma trayectoria profesional. La desigualdad no sólo se da entre el norte y el sur del planeta, sino que se ha instalado en el ámbito laboral de cada uno de los países “ricos”. Ahora esto es como una especie de casino en el que algunos tienen la suerte de encontrar un puesto de trabajo acorde con su perfil. Las diferencias en la actividad laboral pueden oscilar entre empleos estables bien remunerados, del orden de tres o cuatro mil euros mensuales, hasta contratos por horas y salarios de miseria. Por lo tanto, la clase trabajadora, sin perder su condición, se difumina paulatinamente dando lugar a la aparición de grandes sectores desempleados, abocados a la exclusión y a la indigencia, o a la existencia de trabajos precarios inestables y mal remunerados.

 

Podríamos incluir, en consecuencia, a la mayoría de los trabajadores en ese grupo de no privilegiados, en oposición a esos otros que gozan de los privilegios que el sistema les otorga. Existe una correspondencia casi biunívoca entre grupos privilegiados y grupos o individuos instrumentalizados. Porcentualmente, estos grupos, suponen una minoría y, por lo tanto, no pueden ser considerados como una clase peculiar. Por sus escandalosos ingresos, sus ventajas y su función cabría situarles como un sector más de la clase alta o clase dominante. Son, principalmente, grupos privilegiados, además de los gestores de grandes capitales, los deportistas, actores y cantantes de élite, algunos presentadores de los medios de comunicación y la casta política. Todos estos, como decimos, instrumentalizados para embelesar y distraer de su verdadera realidad a la ciudadanía. Y bien que lo consiguen.

 

Huyendo de ambigüedades, pensamos que una muestra evidente de la división “digital” de las clases sociales, sin zona neutra, es la línea que los de arriba dibujan, limitando sus relaciones con quienes consideran que se encuentran en su misma situación de riqueza o fama, confirmando, así, que esta es una sociedad clasista. No cabe duda de que, de una manera más o menos encubierta, existe un desprecio hacia aquellos que consideran que no están a su altura, lo que, por cierto, pone de manifiesto esa indiscutible pobreza humana que impide que esta especie nuestra progrese intelectualmente, que desaparezca la tremenda desigualdad y, en consecuencia, que caminemos hacia un sociedad sin clases.



 

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