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Enrique Fernando Arauz
Domingo, 12 de marzo de 2017
Las nubes son la alberca del viento

LAS NUBES VISTAS DESDE ARRIBA

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Noticia clasificada en: Poesía

Vistas desde abajo las nubes son velas desplegadas sobre mi herida garganta, corazones tristes que palpitan en una mecedora de viento, buscando ser el techo casual de la lentitud del día.

Las nubes, vistas desde arriba, parecen, a lo lejos, un gran silencio blanco, algodón hecho de prisa por las manos celestiales de algún niño en pleno vuelo, desentrañando arrugas de la túnica del sonido de un beso, cubriendo de frágil requesón un momento eterno, pero, por otra parte, las nubes, vistas de cerca, pero, siempre desde arriba, simulan un mordisco de un hombre hambriento, una jarra vacía esperando la enardecida nieve del pensamiento, un mar de leche escurriéndose entre mis dedos, la pantalla del cine de mi pueblo, plastilina sin pasado, los bigotes de “paloma” mi samoyedo que está en el cielo o de “panela” la gata de raza desconocida que a diario quiero mandar al cielo… Las nubes son la alberca del viento, la espuma de una luna en fuga, ruta de escape de mis recuerdos.

 

Las nubes vistas desde arriba parecen entre otras cosas, un gran jardín de marfiles, un gordito nadando de muertito, o bien el lomo de un perro que duerme a los pies de un extraterrestre, la libertad que a mis ojos toca, el milagro de Dios, el retrato de una muchacha, cambiantes formas armando las líneas de un imaginario paisaje sobre una isla que gravita hacia su centro, mordisqueado agujero de negra azúcar; de repente, una pausa, las nubes dejan ver un diminuto fragmento de la cresta de un real recuerdo, entre ellas, aparecen rastros de árboles que he dejado en el camino, un apacible caserío, señales de labranza: la tierra, con sus parcelas, junto a sus casas enraizadas en sus órbitas cotidianas, la espalda del agua abandonando el pretencioso verde que nunca fue suyo, serpenteante sendero hacia la pastosa lengua de una ciudad sedienta, mientras, la franja de cielo es su estancado lecho, escamas de historia nadando dentro de un río maquillado con el viscoso plasma de las vértebras que la ausencia en su centro deja, parpadeo de nubosas olas que rebasan los huesos de mis manos y que cubren el sol de la memoria con gotas que provienen de un palpable espejismo a la intemperie, cruel frontera que, en el suelo, termina, pues, vistas desde abajo, las nubes son solo elefantes que maúllan, paredes de una olvidada muela, niños huérfanos que lloran de hambre, olvidado polvo de unas alas que dejó de prisa un inmigrante, un crepúsculo de coca, sal de los ahogados, una guerra llena de ojos en blanco, indecisas olas que en las rocas se inmolan.

 

Vistas desde abajo las nubes son velas desplegadas sobre mi herida garganta, corazones tristes que palpitan en una mecedora de viento, buscando ser el techo casual de la lentitud del día.

 

Entre el azul que las viste y me envuelve, las nubes, a lo lejos y de cerca, siempre vistas desde arriba, son albas abejas alrededor del silencio, el músculo de los ángeles y el tibio horizonte de mis efímeros huesos.


 

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