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Alfredo Llorens
Lunes, 5 de octubre de 2015
12 horas en Yogyakarta

Borobudur

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Borobudur es una maravilla de roca volcánica negra, enclavada en lo que antaño fuera una frondosa jungla y hoy es un parque al uso para el tránsito de turistas. Con trenecito y todo.

Se trata de una preciosa y enorme estupa, que es una construcción budista para contener reliquias, que tiene planta cuadrada, de algo más de cien metros de lado. Visto desde arriba, Borobudur es un mandala, que es una bella representación simbólica y espiritual del cosmos, ahí es nada.

 

 IMG_0995Para realizar semejante delicia, allá por el año 800, los antiguos javaneses eligieron una colina enclavada en una llanura entre escarpadas montañas cuyas crestas de aspecto desgarrado dan una precisa idea de la gran actividad volcánica de la zona, enclavada entre dos volcanes. Uno de ellos el mencionado Merapi, que además de las 28 víctimas obligó a cerrar el templo al público durante más de un año.

 

 Borobudur, por más exótico que nos suene, no se escapa a las bondades del turismo. Uno quisiera llegar allí  machete en mano, abriéndose paso entre la maleza pero en lugar de ello la llegada se realiza a través de unas taquillas donde los extranjeros pagan como diez veces más que los nacionales. Luego se te invita, vayas de corto o de largo, a cubrirte ciñéndote a la cintura una especie de pareo para poder invadir el templo con el debido respeto. Una vez ataviado te ofrecen un té de unos termos y ya puedes subir al trenecito para recorrer los quizás trescientos metros de parque que restan para llegar al templo.

 

 Un colorido enjambre de turistas ascendiendo por el pasillo central divide en dos mitades la negra y preciosa mole de roca labrada. Los turistas por lo general queremos llegar pronto a la cumbre, al meollo del lugar visitado para hacer la foto y para hacer eso en Borobudur hay que hacer caso omiso al sentido del monumento y tirar por el camino de en medio.

 

 IMG_0809En teoría hay que entender la visita como un peregrinaje, recorriendo primero los pasillos inferiores, rectilíneos y llenos de relieves narrativos y ascendiendo progresivamente hasta alcanzar la zona superior donde las formas se vuelven circulares. Allí encontramos las preciosas estupas que albergan en su interior estatuas de Buda y rodean a la gran estupa central. Desde esta zona el espectador, que ya ha ascendido por los niveles inferiores atendiendo a las escenas en relieve talladas en las paredes ,puede extender la mirada a lo lejos, sobre la selva, los montes y los volcanes. Desconozco, por falta de tiempo, el sentido exacto de este sublime espacio pero me resulta evidente la mística y la espiritualidad que irradia, muy por encima del uso que de él hacemos los turistas con nuestro ruído, nuestras cámaras, gorras, zapatillas y prisas. Sobre todo nuestras prisas.

 

La empinada escalera central estaba llena de gente escogiendo el camino corto para llegar al cielo. Turistas locales, japoneses, algunos anglosajones, chinos... la  guinda la ponía un grupo de escolares con gorras. Entre todos teníamos el templo invadido, sometido bajo nuestros pies sin que pudiera hacer otra cosa que mirarnos a través de los miles de ojos de sus esculturas. Sus impotentes leones guardianes, sus gárgolas, sus relieves y, ya en la parte alta, sus herméticos budas que, sin duda aburridos, nos miraban desde el interior de sus acampanadas estupas de piedra calada. Cada estupa tenía su familia o su jovencita local con hiyab o su extranjero posando. Hacíamos todos nuestros selfies para poder demostrar a nuestros amigos que habíamos alcanzado el nivel supremo en aquel templo milenario.

 

Los únicos peregrinos, una fila de siete u ocho jubilados orientales que juntaban las palmas de sus manos, trataba en perpendicular de abrirse paso por entre nosotros. Musulmanes, cristianos y quizás algún judío, las tres religiones del libro unidas al fin aquella mañana en la tarea de entorpecer el peregrinaje de aquellos budistas que, actuando de oficio que para eso son budistas, nos miraban compungidos pero pacientes y detenían su ascenso para que pudiéramos tomarnos esa foto que todos buscamos, esa foto en la que congelamos a los que nos rodean para que parezca que estamos allí solos, y que acabamos de soltar el machete...

 

Como el calor iba ya apretando deambulé poco. Mis acompañantes me dejaron triscar un poco y pude pasear por los pasillos inferiores, admirar la construcción de piedra tallada y encajada sin mortero, las gárgolas, los relieves y las hornacinas con Budas.

 

Siendo escultor no podía menos que maravillarme por la cantidad de trabajo realizado. Evidentemente muchas manos habían intervenido, muchos escultores trabajando pero sin diferencias estilísticas apreciables, sacrificando cada uno su individualidad expresiva para alcanzar la armonía del conjunto. Una de dos, hace falta mucha sabiduría o quizás mucha ignorancia entre ellos para lograr esa ausencia de ego, esa uniformidad, esa renuncia a lo individual de cada uno para alcanzar un resultado superior, como músicos ejecutando una sinfonía de roca volcánica. Si juzgamos por el maravilloso resultado, la duda se disipa pronto.

12 horas en Yogyakarta: Borobudur

 

La vuelta se realiza a lo largo de un itinerario marcado. Un gran mercadillo lleno de camisetas, vestidos y camisas del omnipresente batik, juguetes, souvenirs y comida va flanqueando el camino del turista que va siendo citado por los vendedores como en un encierro pero, a decir verdad,  manteniendo cierta distancia, sin acoso, con mucho más respeto que en otros lugares donde he puesto los pies.

 

Mentiría si dijera que no vi pobreza en Yogyakarta, Yogja para los amigos. La hay y mucha. Volviendo hacia el aeropuerto mientras atardecía observaba el hervidero de gente que iba y venía buscándose la vida, los talleres de esculturas, de carpintería, de cerrajería, los puestos callejeros de comida, los jirones de selva que se entremezclaban, los campos de arroz que se abrían paso desdibujando aquella ciudad sin límites mientras todo se iba volviendo dorado, luego cobrizo y finalmente azulado.

 

 En Yogyakarta la belleza se entremezcla con la pobreza. Hay chabolas y cobertizos pero sus tejados son altos y estilizados como pagodas, como en las lujosas y muy elegantes casas de regusto colonial que se ven de tanto en tanto. Casas elegantes como los turbantes, los hiyabs o los pareos que llevan los pobres. Porque en Yogyakarta, hasta la pobreza es elegante.

 

fotografías: autor del artículo

 

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