VER EN VERSION CLASICA
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
►w_adblock_title◄

►w_adblock_intro◄

►w_adblock_explain◄

►w_adblock_closed_btn◄

Anna Rossell
Miércoles, 4 de enero de 2017
  MIRAR DESDE DENTRO

LA PRADERA DE LOS ABEDULES

Guardar en Mis Noticias.
Noticia clasificada en: Crítica literaria Narrativa

¿Cómo hablar del Holocausto? ¿Cómo no se debería poder hablar del Holocausto? Pocos episodios de la historia han generado una reflexión tan dolorida, tan constante, tan grave, sobre los límites del lenguaje artístico para hablar del mundo.

 AUSCHWITZ-BIRKENAU. LA PRADA DELS BEDOLLS / LA PRADERA DE LOS ABEDULES

 


  MIRAR DESDE DENTRO

Los límites de hecho: hasta dónde llega la capacidad del lenguaje para contar cosas, hasta qué punto hay cosas que no se pueden llegar a narrar, a explicar, porque son en el sentido íntimo de la palabra inexplicables, innombrables, inconmensurables. Los límites morales también: qué cosas tenemos derecho a hacer y qué tenemos la obligación moral de no hacer, en relación no sólo con el peor rostro del mal, sino también con la dignidad de la memoria y con el dolor, la de los supervivientes y sobre todo la de los muertos. Ante la memoria del Holocausto, la reacción de la sensibilidad humana es paradójica. Por un lado, tendemos a relacionarnos con el mundo a través de palabras y de imágenes, confiamos en ellas para cauterizar el mal, para mantener la memoria viva, por ser plenamente humanos. Hablar es la forma humana de vivir. Pero, al mismo tiempo, por otro lado, notamos casi físicamente la existencia de unos límites que en el fondo invitarían al silencio. La paradoja entre la necesidad de hablar y la dificultad de hablar.

 

Desde la misma nota introductoria, sabemos que Anna Rossell inicia su aproximación literaria y poética al mundo del Holocausto desde la plena conciencia de esta tensión entre el silencio y la palabra. La tensión entre la afirmación de Adorno de que no hay poesía posible después del Holocausto —que incluye, implícitamente, la afirmación de que no hay poesía posible sobre el Holocausto— y la necesidad vital de gritar la palabra poética a la que nos empuja el dolor y la compasión. Y como ocurre siempre, la salida de esta tensión es estrictamente individual, cada uno encuentra el lugar para su propia voz. Es posible el silencio. Nada que objetar. Pero también es posible la palabra. Lo que no es posible es cualquier palabra. Quien decide, con todo el derecho, hablar del Holocausto ha decidido obviamente que se puede hablar de él, pero en general ha decidido también que no se puede hablar de él de cualquier manera. Que hay maneras posibles e imposibles. Cada uno fija las suyas. Pero todo el mundo es consciente de que las debe fijar. Que hay que pensar cuáles. Y esta no es una elección sólo literaria, es una elección moral. Es el caso de Anna Rossell, diría, que se enfrenta a esta cuestión con un grado particularmente alto de conciencia y de sensibilidad. Hablar del Holocausto no dicta sólo un tema. Dicta también una forma.

 

Anna Rossell ha elegido una expresión, en sus poemas, austera, seca, esencial. Sabe que en estas formas de hablar del Holocausto hay límites peligrosos. La evocación del mal y del dolor rehúye el uso de la retórica, la construcción barroca, el énfasis sentimental. Se debe evitar, diría, la poetización del Holocausto: que aquellos abedules, aquellas llanuras, aquellas nieves, se nos acaben convirtiendo en un paisaje poético en el sentido tradicional del término, poseedor de una hermosura que consuela. Se debe evitar la morbosidad, porque el exceso de detalle difumina el conjunto. Pero se debe evitar también la generalización estadística, la mirada a vuelo de pájaro, porque un drama de seis millones de personas son de hecho seis millones de dramas, cada historia individual es un drama completo, los números sólo son estadística, se necesitan nombres y personas, situaciones. Diría que Anna Rossell encuentra lo que busca y que es tan difícil de encontrar: construye poemas breves, precisos, como relámpagos o instantáneas paradas en el tiempo, capaces de penetrar en la gente. No es el poema de quien mira. No es una narración. Es un flash, una fotografía interior, siempre con sabor a fragmento. Si quien decide hablar del Holocausto sabe que no se puede hablar de cualquier manera, Anna Rossell encuentra su manera. Y consigue que la hagamos nuestra, que la compartamos. Con todos los sentimientos que incluye y que evoca.

 

Diría que el libro de Anna Rossell está escrito desde la compasión. Sé que la utilización del término es peligrosa. A menudo va asociado a un tipo de discurso edulcorado y moralizante: si así fuera sería empalagoso. No lo es en absoluto. Compasión en el sentido de ponerse en la piel del otro. De ser el otro. De aceptar y querer ser el otro. La mirada compasiva es aquella que se pone en el lugar de la persona, que no la observa desde fuera, desde la piel, sino desde la entraña misma. Tal vez por eso algunos poemas están escritos en primera persona, como si estuviera allí. Porque está allí. Escribe para estar allí. No para evocar el sufrimiento del otro, sino para compartirlo. Para ser el otro por un instante. También esto es la compasión. La pasión compartida. Anna Rossell ha escrito un libro de poemas honestos, que no rehúye el problema inicial, la tensión entre la necesidad de hablar y el riesgo de encontrar la manera. Busca y encuentra su manera. Por eso no es una voz superflua ni redundante ni intrusa. Es una voz sincera, de emotividad contenida, de conocimiento y de inteligencia. De humanidad. Porque en el fondo el tema del Holocausto es el tema de la humanidad. La capacidad humana de hacer el mal. El sufrimiento humano. La capacidad de cada persona de ser todas las personas. No es un libro sobre ellos, antes y allá. Es un libro sobre nosotros, aquí y ahora.

Vicenç Villatoro (Traducción al español de Anna Rossell)


 

MIRAR DES DE DINS

 

Com parlar de l’Holocaust? Com no s’hauria de poder parlar mai de l’Holocaust? Pocs episodis de la història han generat una reflexió tan adolorida, tan constant, tan greu, sobre els límits del llenguatge artístic per parlar del món. Els límits de fet: fins on arriba la capacitat del llenguatge per explicar coses, fins a quin punt hi ha coses que no es poden arribar a narrar, a explicar, perquè són en el sentit íntim de la paraula inexplicables, innombrables, incommensurables. Els límits morals també: quines coses tenim dret a fer i quines tenim l’obligació moral de no fer, damunt no tan sols del pitjor rostre del mal, sinó també de la dignitat de la memòria i del dolor, la dels supervivents i sobretot la dels morts. Davant la memòria de l’Holocaust, la reacció de la sensibilitat humana és paradoxal. D’una banda, tendim a relacionar-nos amb el món a través de paraules i d’imatges, confiem en elles per cauteritzar el mal, per mantenir la memòria viva, per ser plenament humans. Parlar és la manera humana de viure. Però, al mateix temps, de l’altra banda, notem gairebé físicament l’existència d’uns límits que en el fons convidarien al silenci. La paradoxa entre la necessitat de parlar i la dificultat de parlar.

 

Des de la mateixa nota introductòria, sabem que Anna Rossell inicia la seva aproximació literària i poètica al món de l’Holocaust des de la plena consciència d’aquesta tensió entre el silenci i la paraula. La tensió entre l’afirmació d’Adorno que no hi ha poesia possible després de l’Holocaust –que inclou, implícitament, l’afirmació que no hi ha poesia possible sobre l’Holocaust- i la necessitat vital de cridar la paraula poètica a la que ens empeny el dolor i la compassió. I com passa sempre, la sortida d’aquesta tensió és estrictament individual, cadascú troba el lloc per a la seva pròpia veu. És possible el silenci. Res a dir. Però també és possible la paraula. El que no és possible és qualsevol paraula. Qui decideix, amb tot el dret, parlar de l’Holocaust ha decidit òbviament que se’n pot parlar, però normalment ha decidit també que no se’n pot parlar de qualsevol manera. Que hi ha maneres possibles i impossibles. Cadascú fixa les seves. Però tothom és conscient que les ha de fixar. Que hi ha de pensar. I que aquesta no és una elecció només literària, és una elecció moral. És el cas d’Anna Rossell, diria, que s’hi enfronta amb un grau particularment alt de consciència i de sensibilitat. Parlar de l’Holocaust no dicta només un tema. Dicta també una forma.

 

Anna Rossell ha triat una expressió, en els seus poemes, austera, eixuta, essencial. Sap que en aquestes maneres de parlar de l’Holocaust hi ha límits perillosos. L’evocació del mal i del dolor admet malament la retòrica, la construcció barroca, l’èmfasi sentimental. S’ha d’evitar, diria, la poetització de l’Holocaust: que aquells bedolls, aquelles planes, aquelles neus, ens acabin esdevenint un paisatge poètic en el sentit tradicional del terme, posseïdor d’una bella que consola. S’ha d’evitar la morbositat, perquè l’excés de detall difumina el conjunt. Però s’ha d’evitar també la generalització estadística, la mirada a vol d’ocell, perquè un drama de sis milions de persones és de fet sis milions de drames, cada història individual és un drama complet, els números només són estadística, calen noms i persones, situacions. Diria que Anna Rossell troba el que busca, i que és tan difícil de trobar: construeix poemes breus, precisos, com llampecs o instantànies aturades en el temps, capaços d’entrar dins de la gent. No és el poema de qui mira. No és una narració. És un flaix, una fotografia interior, sempre amb gust de fragment. Si qui decideix parlar de l’Holocaust sap que no se’n pot parlar de qualsevol manera, Anna Rossell troba la seva manera. I aconsegueix que la fem nostra, que la compartim. Amb tots els sentiments que inclou i que evoca.

 

Diria que el llibre de l’Anna Rossell està escrit des de la compassió. Sé que el terme és perillós de fer servir. Sovint va associat a una mena de discurs endolcit i moralitzant: si fos així seria una cosa empallegosa. No ho és en absolut. Compassió en el sentit de posar-se en la pell de l’altre. De ser l’altre. D’acceptar i voler ser l’altre. La mirada compassiva és aquella que es posa en el lloc de la persona, que no se la mira des de fora, des de la pell, sinó des de l’entranya mateixa. Potser per això alguns poemes estan escrits en primera persona, com si hi fos. Perquè hi és. Escriu per ser-hi. No per evocar el patiment de l’altre, sinó per compatir-lo. Per ser l’altre, per un instant. També això és la compassió. La passió compartida. Anna Rossell ha escrit un llibre de poemes honestos, que no defuig el problema inicial, la tensió entre la necessitat de parlar i el risc de trobar la manera. Busca i troba la seva manera. Per això no és una veu supèrflua ni redundant ni intrusa. És una veu sincera, d’emotivitat continguda, de coneixement i d’intel·ligència. D’humanitat. Perquè en el fons el tema de l’Holocaust és el tema de la humanitat. La capacitat humana de fer el mal. El patiment humà. La capacitat de cada persona de ser totes les persones. No és un llibre sobre ells, abans i allà. És un llibre sobre nosaltres, ara i aquí.

Vicenç Villatoro


 Anna Rossell es Jefe de Sección de Crítica Literaria en nuestro semanario

 

 

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress