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Alfredo Llorens
Lunes, 28 de septiembre de 2015

12 horas en Yogyakarta

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Aún era noche cerrada y quizás por ello el taxi avanzaba sin atascos por Yakarta. Mi trabajo me había llevado hasta allí pero, como una muy desmejorada Cenicienta, debía volver pronto a mi rutina antes de que los aviones se convirtiesen en calabazas.

Un día más me quedaba de un viaje que apenas duraba tres. Un día que empezaba de noche, camino del aeropuerto mientras la ciudad dormía, si es que Yakarta duerme alguna vez.

 

Como buen europeo y viendo el aspecto del aeropuerto, recelaba yo un poco de la seguridad  del vuelo doméstico que me llevaría a Yogyakarta.

 

Dos horas después volaba cómodamente instalado, en un flamante Air-bus que ya desearía yo encontrarme en mis vuelos por  España. Era el comienzo del mágico día que  por casualidad me regalaba la vida.

 

Una espesa bruma cubría  la tierra como  un mar  cuya superficie, que acabábamos de superar,se extendía bajo nosotros hasta donde se perdía la vista, mostrando una falsa calma, una serenidad bajo la cual se adivinaban algunas oscuras sombras, arrecifes aéreos que desvelaban el atormentado paisaje oculto bajo la neblina. Y de repente, al contraluz emergió el volcán, el primero de ellos pues llegué a contar quizás seis u ocho más que se alzaban como desperezándose entre jirones de neblina, alguno de ellos diría yo que humeaba por sí mismo pero sin muchas ganas, como cumpliendo  de oficio con su papel en aquel evocador  espectáculo que Java me ofrecía. Me acordé del mítico Krakatoa, volcán terrible que estallaba  con regularidad por las tardes en las películas en blanco y negro de mi infancia. Supe luego que no era uno de aquellos colosos pues él, o mejor sus restos aún activos, se encuentran en el extremo occidental de la isla, próximo a Sumatra. De cualquier modo, luego supe que alguno de ellos , el Merapi, en 2010 mató a 28 personas.

 

Con suavidad aterrizamos en una pista de hangares bajos y grandes tejados bajo un sol que ya vencía a la bruma y empezaba a calentar haciendo patente sobre nuestras cabezas la proximidad del ecuador. Todos los aeropuertos se parecen pero este es el que más difiere de todos los que he visto nunca. Al llegar a la salida directamente me sentí inmerso en una de esas viñetas panorámicas de las historietas de Tin Tin.

 

INDONESIA_-_yogyakartaYogyakarta desplegaba de golpe ante mí todo el exotismo que para ojos de un europeo se puede presentar en una sola escena. Mujeres de piel tostada con rostros orientales, casi polinésicos  cubiertas con hiyab, otras con el cabello al aire, casi todas con las cejas fuertemente perfiladas, reinventadas diría yo, surcando sus frentes y desafiando cualquier  regla anatómica. Mujeres de aspecto hindú con sari,  hombres con uniformes, hombres con traje, hombres con camisas de batik, hombres con pantalones sarong, con turbantes, sonidos de aves, perros, plantas, sombrillas, alboroto, olor a especias... uno podría pensar que se halla ante un inmenso diorama para convencer al turista de que está en otro mundo pero cuando tomas el taxi y sales de allí te das cuenta de que no, que aquello era real y que se extiende por todas partes.

 

Circular en coche por Yogyakarta con una cámara en la mano es sencillamente desesperante. Allí donde poses la mirada encuentras una buena foto pero se suceden a tal ritmo que resultan inabarcables. El tráfico, sin ser muy rápido, es trepidante. A primera vista se percibe caótico pero pronto empieza uno a comprender que en realidad se trata de un complejo sistema en el cual cada actor que interviene, ya sea motorista, automóvil, camión, peatón, mercancía  o niño en bicicleta, ocupa en cada  momento el lugar preciso para formar parte de aquella cósmica danza sin resultar herido o quizás eliminado. Supongo que de vez en cuando algún elemento del sistema fallará con terribles consecuencias pero, en el día que pasé rodando por su asfalto, no hallé el más mínimo problema. Creí entender que la clave  es que cualquier espacio libre en la calzada debe ser ocupado por el primer elemento que llegue, sea cual sea su naturaleza. Así pude verme ocupando el centro de una calzada de dos direcciones, adelantando a algún camión mientras nos cruzábamos con otro en sentido contrario y acompañados de cerca por una moto cargada de jaulas para pollos, o invadiendo perpendicularmente un carril exclusivo para motos para tomar alguna calle secundaria obligando a parar a la mayoría mientras otros se cuelan casi rozando nuestro parachoques. Y todo ello sin violencia alguna y con a penas algún pitido, más de localización que de castigo.

 

Tomamos un copioso desayuno en un restaurante recomendado por nuestro conductor. Confieso que de encontrarme en España nunca hubiera comido en un lugar así pero al menos el constante trasiego de platos y cajas de "Take away" me aseguraba que aquella comida no podía estar allí retenida por mucho tiempo. Un plato muy especiado con arroz, pollo, una fruta que sirven desmigada y frita, de sanbor entre dulce y salado, y lo que me pareció más curioso, un trozo de piel de vaca. Pensé que con temperaturas siempre sobre los 30 grados, quién se plantea hacer cuero... Salimos de allí con la tripa llena camino del destino de nuestro viaje relámpago: Borobudur.


 


 

 

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