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Alonso Pinto Molina
Domingo, 7 de mayo de 2017
El pragmatismo son las ganas de existir del Diablo

El ser humano y la humanidad

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Noticia clasificada en: Narrativa

La humanidad se extinguirá antes que el ser humano. Debe catalogarse ya como en peligro de extinción. La humanidad, no el ser humano.

         Éste sigue multiplicándose a un ritmo frenético y es quizá una de las causas del deterioro y principio de desaparición de la humanidad. La población humana crece a un ritmo inversamente proporcional al de la humanidad. Las razones de esta correlación son difíciles de alcanzar y sólo nos queda la hipótesis, que es la hermana soñadora de la razón. Quizá, originariamente, nuestra empatia estaba hecha para el alcance de una familia, más tarde para el de una pequeña tribu, y su radio de acción se reducía a un treintenar de personas, de prójimos. Esa empatia, que en un principio era un instinto familiar, y que venía configurada en nuestra memoria genética, aguantó hasta que pudo la proliferación de la especie, el ensanchamiento del animal humano, y a la vez que se estiraba, repartiéndose, perdía calidad; cada vez que se dividía perdía consistencia.

 

      Pero el hombre había hecho algo excepcional: hacer de la empatia, que era un instinto como puede ser el miedo, o la reproducción, un postulado ético que tuviera un valor por encima de su utilidad. Lo mismo hizo con la solidaridad, la tolerancia, el respeto, y otros instintos de convivencia que se convirtieron en virtudes. El hombre había superado, por lo tanto, su propia idea de ser orgánico, trascendiéndose a sí mismo, extrayéndose la humanidad de su ser, cual un Dios creando una nueva especie. Me vienen ahora aquellas palabras de Senancour que Miguel de Unamuno tanto recordaba: « El hombre es perecedero. Puede ser, mas perezcamos resistiendo, y si es la nada lo que nos está reservado, hagamos que esto no sea justicia».

 

      Si la vida es un intersticio entre dos nadas, si estamos llamados a desaparecer algún día, lo más sublime que podemos hacer es crear algo que tenga un valor universal; algo que nos trascienda y que pueda ser admirado por encima de nosotros, que sorprenda haber sido ideado por una raza tan imperfecta; un legado que haga de la eternidad, si existe, algo prescindible; que haga de la eternidad, si no existe, algo innecesario. Algo que haga que a Dios le den ganas de existir para sentirse orgulloso. Ahora que el utilitarismo escoge otros derroteros, ahora que los valores de la humanidad son improductivos, es la hora de la reivindicación. El pragmatismo son las ganas de existir del Diablo.

 

       Escribo esto desde la habitación para dos encajonada en los pasillos de esta casa de enfermos mentales. La tormenta empapela de luz azul las paredes de los pasillos y luego, en una desgarradura rápida y perfecta, las deja otra vez desnudas detrás de la oscuridad. Miro por la ventana enrejada cómo la tormenta lanza instantáneas a la calle, y entonces pienso: la tormenta es una turista que fotografía este yacimiento arqueológico de la humanidad. Las calles son los pasillos, y las casas y comercios las salas donde yace con vida el ser humano, resto herrumbroso de aquella casi extinguida humanidad. Aún por el día puede verse algún resto vivo de humanidad, siempre cambiado de pasillo, de sala, para sorprender al visitante ―la tormenta, la lluvia correosa, Dios jubilado―; pero ahora es el tiempo de la madrugada. Hay una inundación de luz en la casa de la noche que ésta intenta achicar. También entra la luz en las casas de los seres humanos; hace muecas delante de los espejos, entra en las habitaciones y se posa en los párpados cerrados, y tal vez dentro del sueño se despliegue e ilumine con vagos resplandores el doble fondo de la vastedad.

 

                                                                                                            Post tenebras spero lucem

                                                                                       

Rafael Cossío, Cuadernos del manicomio


 

 

 

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