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Adriana Greco
Jueves, 19 de mayo de 2016
percepción múltiple del presente

La fábrica de presente o la tradición disruptiva

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Noticia clasificada en: Ensayo

En diciembre del 2006 Josefina Ludmer define como literaturas postautónomas a una serie de obras que en su conjunto, por sus particularidades formales, ofrecen una ardua tipificación de género.

En su ensayo las explica como aquellas que atraviesan las fronteras literarias para instalar las diversas formas de producción y circulación de lo real. Ese espacio donde ingresan incluye todo el amplio espectro de maquinaciones analógicas y virtuales que también construyen realidad: desde la tv, la radio, Internet, los mails, los blogs, y de un tiempo a esta parte, las redes sociales con su proliferación de comentarios, las comunidades de lectores, las revistas digitales, etc. Vale decir, estos textos integrarían lo que ella denomina la imaginación pública donde realidad y ficción no se diferencian entre sí ni se desmarcan para crear categorías propias de especificidad legitimada, antes bien, postulan una “fábrica de presente” donde todo puede ser leído sin las viejas ataduras de la literaturiedad.

 

Este concepto creado en los inicios del siglo XX por Jakobson, en el marco de la teoría y crítica literaria de los formalistas rusos, determina lo estrictamente literario de una obra, su especificidad artística o, dicho de otro modo, el predominio de la función poética del lenguaje, término acuñado a principio de los sesenta por el mismo Jakobson.

 

Pues, entonces, según Ludmer, tenemos ante nosotros una proliferación de discursos que no pueden ser encasillados por una lógica tradicional de autores, estilos y significados; en sí mismos están embebidos del hoy del mundo, de sus nuevas representaciones, de su velocidad e irrumpen al ritmo de la tecnología, la ciencia y los medios. Dice: “El sentido (o el autor, o la escritura) queda sin densidad […] sin metáfora, y es ocupado totalmente por la ambivalencia: son y no son literatura al mismo tiempo, son ficción y realidad”.

 

Pero esa notable ambivalencia mencionada se extiende, también, a los procedimientos. Ludmer da algunos ejemplos de la literatura argentina reciente que merecen ser analizados, pero me detendré brevemente en Gonzalo Garcés.  Este autor asume haber explorado la historia de su propia separación en su novela El miedo (Mondadori, 2012) que opera como una suerte de catarsis que, además, le sirve para cuestionar la falta de autenticidad que vincula a los escritores con sus textos (entre ellos varios popes del canon argentino). Apunta: “Me interesa la autoficción que hace una limpieza: limpieza de las estructuras cristalizadas de la ficción operática, algo muy artificioso donde el sobreentendido es que va a haber un artificio”.

 

Esas declaraciones de Garcés corren el eje mismo del punto de vista y el concepto diferenciador entre narrador/autor. Digamos que aparece una ambigüedad en la identidad de quien enuncia que ya no es solo un procedimiento estético de algunas obras, forma parte en todo caso, de una nueva concepción de la literatura en consonancia con un entorno que fluye y provoca, a la vez, un cambio en su estatuto. Digamos que la categoría de narrador no se circunscribe al campo de la realidad textual, por el contrario, trasciende los propósitos de verosimilitud para situarse en un modo de leer el propio entorno con todas las herramientas que este proporciona, pero sin quedar acorralado por las máximas que la institución establece como canon.

 

Más adelante en su reflexión, Ludmer afirma que la pérdida de autonomía de la literatura (asociada a pérdida de literaturiedad)  no es más que un menoscabo de su poder crítico ya que estos textos plantean a la vez el problema del valor literario: “Dramatizan cierta situación de la literatura: el proceso del cierre de la literatura autónoma, abierta por Kant y la modernidad. El fin de una era en que la literatura tuvo una ‘lógica interna’ y un poder crucial”. Dicho de otro modo, pierde la autoridad de lo específico, la legitimidad de un conocimiento y una práctica validada en su propia esfera y con normativa propia. Pierde, además, la verificación de la pericia.

 

Asimismo, no se observa en algunas de estas escrituras (no en todas, claro está) un carácter que las diferencie como entidad artística, como objeto de la ciencia literaria, distinguible de cualquier otra materia tal como afirmaban un siglo atrás los formalistas; se destacan sin embargo, por su percepción múltiple del presente y la cotidianeidad. Plasman la realidad en un formato integral muy heterogéneo (el diario íntimo, la autobiografía, la crónica, el reportaje periodístico) llevado adelante por un sujeto de la enunciación que pareciera, por las decisiones que lleva a cabo, no renunciar a un designio literario, aunque estas mismas decisiones lo alejen de un proyecto programático.

 

Pienso también en Martín Glozman y su Help a mí (Milena Caserola, 2012) donde el yo poético de a ratos se enmascara, aunque  se exhibe sin pudores y constituye, de manera directa, una propuesta estética. El narrador de Grozman enuncia toda la sustancia de su experiencia y materialidad (por ejemplo, el acento en los olores) a través del formato del diario que inicia en el 2004 y culmina dos años más tarde. No hay trama en el sentido clásico, probablemente todo sea la trama misma, compleja en su inmediatez. Sin embargo, desde el título hay una referencialidad ineludible que quizá explique la operación del autor.

 

Fogwill en 1982 escribe Help a él (En Pájaros de la cabeza, Catálogos, 1985) iniciando un juego de palabras que bien podría tomarse por un anagrama donde parodia El aleph de Borges (Losada, 1949). La historia de Fogwill narra un aleph erótico que dura en el tiempo aún más que la experiencia que el narrador del aleph vivencia en un escalón del sótano en el barrio porteño de Constitución; por momentos, ese vínculo sexual llega a lo perverso y escatológico, donde se apuesta nodalmente a lo sensorial disolviendo giros poéticos, y desliza de paso una crítica al realismo literario, a las muestras de ingenio mediadas por el lenguaje y a una concepción conservadora del artista.

 

Todo eso le sirve para disolver la aspiración a la pureza de las representaciones sin desestimar las posibilidades de narrar. Grozman al igual que Fogwill desanuda el lenguaje en su aleph personal (pensar en “help a mí” como “mi aleph”), sobre todo en la escritura de los primeros días del mes de enero del 2004. Por momentos hay un fárrago de ideas, sensaciones y pensamientos superpuestos que recuerdan la condición de simultaneidad del aleph borgeano. Abunda el soliloquio y destroza por instantes el signo lingüístico a partir del amor, la locura, el capricho y las pretensiones sobre la escritura. La disparidad de sentidos del ánimo se inserta en la página caóticamente, por momentos, abruma la incoherencia.

 

Un poco más formal y menos caótico el Monserrat de (Mansalva, 2010), que menciona Ludmer en su trabajo, se acerca a un yo que no se bifurca narrativamente ni se desordena en el entramado textual. Hay por momentos una aparente desconexión entre las partes narradas que no entrega un sentido de totalidad (los sentidos son parciales), tal vez, debido a la exposición de los sucesos en formato calendario que transcribe en la continuidad de los días, ejerciendo la autobiografía a un grado extremo, puesto que muchos de los relatos del diario son entradas de su blog Linkillo (cosas mías) que agrupó para la edición del libro en cuestión. Sin embargo, una trama insospechada casi delirante irrumpe para desencadenar episodios relatados con un humor irónico que no escamotea la revisión de viejas polémicas literarias.

 

Todo este muestrario de vidas cotidianas y sus posibilidades de narración acompañan el clima de las reinvenciones sociales, tienen su misma temperatura. Imágenes innumerables, vertiginosas como las concentradas en la figura del aleph de la calle Garay, diaspóricas, como las llama Ludmer, y vociferantes, señalan en su mucha o poca voluntad de autoevocarse (de pertenecer o no a un sistema de referencias extra e intratextual), nuevos contextos de producción y recepción de las obras que habilitan nuevos pactos de lectura.

 

Desde el sur del Sur escribe Adriana Greco.


 

 


 

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