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José Rico
Lunes, 17 de agosto de 2015
la perseverancia y la pluma

Rogelio Guedea

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa Poesía

Desde hace tiempo tengo la convicción de que México es una dictadura. Una dictadura como las que padecieron República Dominicana con Leónidas Trujillo, o Uruguay con Juan María Bordaberry, o Argentina con el terrible Videla, o Chile con

CARICATURA DE ROGELIO GUEDEA

 

ROGELIO GUEDEA (México, 1974) es poeta, ensayista, narrador y traductor.

 

Un escritor nunca es ajeno a la realidad que le ha tocado vivir. No puedo evitar comenzar esta entrevista sin preguntarle ¿qué pasa en México?: Ciudad Juárez, Iguala, periodistas asesinados, narcotráfico, corrupción, desaparecidos y una interminable —abominable— violencia que no cesa. ¿Cómo un país con un bagaje cultural tan vasto puede sufrir este inagotable goteo de horrores?

 

Desde hace tiempo tengo la convicción de que México es una dictadura. Una dictadura como las que padecieron República Dominicana con Leónidas Trujillo, o Uruguay con Juan María Bordaberry, o Argentina con el terrible Videla, o Chile con Pinochet. En México el dictador es la partidocracia, unida al crimen organizado. No hay un solo dictador, pues, sino muchos. Cada gobernador, alcalde municipal, etcétera, representa a un tirano. Él es la ley y toda la sociedad tiene que sujetarse a lo que este tirano diga. Como en las dictaduras, cualquier disidencia paga o con la muerte, la tortura o la desaparición. También, como en las dictaduras, el dictador es impune. No hay ley que lo castigue. Lo único malo de nuestra dictadura es que no se puede derrocar tan fácilmente. No puede venir un organismo internacional a presionar la caída del dictador, como ha sucedido en otras dictaduras, a llamar a elecciones y luego a empezar de nuevo. No. Nuestro caso es triste porque en México todo el sistema está podrido. Si derrocas a los que están y pones a otros, resultará lo mismo. Estamos en un callejón sin salida y la esperanza, lamentablemente, naufraga ya.

 

Casi medio centenar de libros, más de ochocientos artículos, traducciones, una larga lista de premios, todo ello con (perdón si me equivoco) 41 años, ¿cómo se consigue?

 

Trabajo, mucho trabajo. Disciplina, perseverancia, constancia. Esas cosas que ya sabemos. Porque hay que estar sentado muchas horas para eso vaya tomando cuerpo. Apenas me entero, sí, por ejemplo, que tengo más de ochocientos artículos. No lo dudo, tengo dos columnas que he venido escribiendo semanalmente desde hace quince años, sin parar, una literaria (Alvuelo), que publico en La Jornada Semanal, y otra política (Paracaídas), que publico en el importante portal informativo SinEmbargoMX. Es eso nomás: trabajo. Y le doy gracias al cielo (de verdad, y a Dios) que no me haya faltado, bien o mal, lucidez y creatividad durante todos estos años. Es lo único que sigo pidiendo que no se acabe.

 

Nace en Colima, una de las ciudades más antiguas de México y —dicen— con mejor calidad de vida que, junto a Mérida y Guadalajara, es Capital Americana de la Cultura. ¿Cómo transcurre su infancia?, ¿cuando aparece la vocación literaria?

 

Yo nazco en el barrio Los Viveros, al sur de Colima. Un barrio clasemediero rodado por un río y por la estación de tren. Un pequeño oasis del que no he salido realmente. Es la fuente de donde sale todo lo que escribo, porque esté donde esté siempre escribo desde ahí. Mi novela para niños “La mala jugada” sucede en ese barrio. Una novela autobiográfica, un tributo a la amistad y a la importancia de la justicia, tan desolada en nuestro país. A mis doce años me recuerdo, en la casa de Los Viveros, ensayando una poesía de León Felipe, “¡Qué lástima!”, para un concurso de declamación. Estaba en primero de secundaria. Yo sólo la ensayaba en mi habitación, frente a un espejo, como Dios me daba a entender. Como era un bala perdida, nadie creía que fuera a declamar nada, pero resulta que siempre tuve buena memoria, me aprendí la poesía en un abrir y cerrar de ojos, ensayé los movimientos tal como los sentía (ya desde entonces era capaz de vivir lo que otros habían sentido de la misma forma o más intensa de lo que ellos lo había sentido) y me presenté al concurso. Gané el primer lugar ante el asombro de todos contra los participantes del turno matutino de la secundaria. Luego gané contra los del turno vespertino, también ante el asombro de todos. Después gané el concurso municipal y, por si fuera poco, gané el concurso estatal, todo esto ante el asombro de todos, incluso de mí mismo. La directora me dijo que estaban a punto de correrme de la escuela, pero que por esa victoria obtenida me iban a dejar un año más. En segundo volví a ganar la estatal, pero ya la directora no pudo aguantar mis fechorías y con el dolor de su corazón me echó de la escuela. Terminé en un colegio salesiano, donde volví a concursar y donde volví a ganar el concurso de estatal de declamación, esta vez con un poema del gran poeta mexicano Juan de Dios Peza, “Reír llorando”. Al salir de la secundaria ya era poeta.

 

Derecho y Literatura: ¿combinación explosiva? (El crimen de los Tepames)

 

Sí, la mejor de las combinaciones. Soy abogado criminalista. Me gusta mucho el derecho penal. Trabajé en el Ministerio Público, de la Procuraduría General de Justicia, en una mesa investigadora. En varias, en realidad. Declaré homicidas, violadores, ladrones, etcétera. Cinco años de entrenamiento duro, que en su momento aborrecí y que ahora añoro. La forma de volver a eso ha sido mi narrativa policial, que me encanta escribir. Especialmente El crimen de Los Tepames, pues en ella despliego una de mis pasiones: la cultura popular, que me fascina.

 

Su primera novela, “La mala jugada” nació para el público infantil: ¿qué dificultades plantea este género?

 

“La mala jugada” no fue mi primera novela, en realidad fue mi primera novela para un público infantil. No fue un reto en realidad, sino un placer escribirla. Yo tenía en mi cabeza esas voces, esos personajes (amigos reales de mi infancia) e incluso todas esas historias, y lo único que hice fue escribirla. La escribí, en realidad, porque un día nos dimos cuenta de que mi hijo Bruno se había quedado sin libros en español para leer acá en Nueva Zelanda, y como siempre procuramos que lea en español para que no lo pierda, entonces decidí que escribiría un capítulo por semana para que él lo fuera leyendo, y así lo hice, aunque después tuve que escribir un capítulo casi diario porque a él le parecía divertido el juego de leerlo, darme sus recomendaciones (sobre lo que debía cambiar, añadir, qué tendría que hacer tal o cual personaje, etcétera) y eso nos metió en una dinámica muy interesante.

 

Vive en Dunedin donde imparte clases en la Universidad de Otago, ¿qué supuso integrarse en una cultura tan diferente como la de Nueva Zelanda?

 

Es difícil y no creo que me haya “integrado”. Yo sé que hay personas que pueden, pero conmigo es difícil. Soy muy mexicano. Mi casa, como decía Juan Gelman, “es mi país”. Aquí como tacos, se escucha a José Alfredo Jiménez, se ve cine y programas mexicanos, es un México chiquito. Es difícil así integrarse a otra cultura. Tienes que dejar la tuya, y yo la verdad es que no puedo. Vivo contento así, sin embargo, porque Nueva Zelanda es muy generosa con los inmigrantes, una sociedad multicultural, etcétera, pero la decisión de ser otro es de cada quien y yo he decidido permanecer el mismo, aunque ya sé muy bien que ese es un artilugio para no aceptar que, en realidad, ya no soy el mismo. Luego de casi once años viviendo en Nueva Zelanda ya no soy el mismo. Lo sé.

 

Todos los premios son importantes y ha obtenido muchos, el Amado Nervo y el Rosalía de Castro entre otros, pero ¿qué sintió el joven Rogelio Guedea al ganar el Adonáis con Kora en el 2008?

 

Nunca me esperé ganar este premio. Tan no me lo esperé que cuando salió la noticia de que lo había ganado (la habían anunciado en Televisa, en cadena nacional), yo no lo supe. Fue una amiga mutua y mucha gente la que llamó a casa de los papás de mi mujer, que era donde estábamos, allá en Colima, para decirme que había ganado el premio Adonáis. Entré al internet y efectivamente me di cuenta de que me lo había ganado. Fue una noticia que me puso enormemente feliz porque cuando viví en España el Premio Adonáis representaba una consolidación  de una carrera como poeta. Un privilegio tenerlo, la verdad. Ahí tengo todavía la estatuilla en mi biblioteca personal. La veo todos los días, aunque ahora ya con un poco de distancia y nostalgia.

 

¿Para cuándo su próxima obra en las librerías?

 

Vienen pronto varios libros: un par de novelas, un libro de ensayos, etcétera. El más próximo es el segundo volumen de una “Historia crítica de la poesía mexicana” que publica el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en coedición con el Fondo de Cultura Económica. El primer volumen fue publicado el mes pasado y este nuevo es posible que aparezca en septiembre. Es una obra que me tiene muy contento porque por primera vez reúne dos siglos de crítica sobre poesía mexicana, que tanto se necesitan para entender este fenómeno que es la tradición poética mexicana.

 


Rogelio GuedeaEs licenciado en Derecho por la Universidad de Colima y Doctor en Letras Hispánicas por la Universidad de Córdoba (España), además de contar con un Postdoctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de  Texas A&M Es  autor de más de cuarenta libros.

 

En poesía de: Los dolores de la carne (Praxis, 1997), Testimonios de la ausencia (Praxis, 1998), Senos sones y otros huapanguitos (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2001), Mientras olvido (Follas Novas, Premio Internacional de Poesía Rosalía de Castro 2001), Ni siquiera el tiempo (Instituto Mexiquense de Cultura, 2002), Colmenar (LunArena2004), Razón de mundo (Instituto de Cultura de Nayarit, Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2004), Fragmento (Instituto Sonorense de Cultura, Premio Nacional de Poesía Sonora 2005), Borrador (Cedma, 2007),  Corrección (Praxis, 2007), Kora (Rialp Ediciones, Premio Adonáis de Poesía 2008), Exilio. Poemas 2001-2010 (Rilke Ediciones, 2010), Campo minado (Aldus, 2012) y Si no te hubieras ido/If only you hadn’t gone (Cold Hub Press, 2014).

 

En antologías de Los decimonónicos. Antología poética colimense del siglo XIX (Universidad de Colima, 2001),  Árbol de variada luz. Antología de poesía mexicana actual (Universidad de Colima, 2003), A contraluz. Poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005), Cruce de vías: una mirada oceánica a la cultura hispánica (Aldus, 2011) y El canto de la salamandra: antología de la literatura brevísima mexicana (Ediciones Arlequín, 2013) y la Historia crítica de la poesía mexicana (Conaculta-FCE, 2015).

 

En microrrelato de Al vuelo (Mantis Editores, 2003), Del aire al aire (Thule Ediciones, 2004), Caída libre (Editorial Colibrí, 2005),  Para/caídas (Editorial Ficticia, 2007), Cruce de vías (Menoscuarto Ediciones, 2010), Pasajero en tránsito (Ediciones Arlequín, 2010), La vida en el espejo retrovisor y otros cuentos portátiles (Lectorum, 2012) y Viajes en casa (Ediciones del Ermitaño, 2013).

 

En ensayo de Poetas del Medio Siglo: mapa de una generación (UNAM, 2007), Oficio: leer (Aldus, 2008), Reloj de pulso: crónica de la poesía mexicana de los siglos XIX y XX (UNAM, 2011, colección Poemas y ensayos), Tiempo quebrado: la poesía de Jaime Sabines (Lectorum, 2014) y La brújula de Séneca: manual de filosofía para descarriados (Grupo Editorial Almuzara, 2014),

 

En novela de Conducir un trailer (Random House Mondadori, 2008/Premio Memorial Silverio Cañada 2009), 41 (Random House Mondadori, 2010/Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor 2012), Vidas secretas (Ediciones B, 2012), El crimen de los Tepames (Random House Mondadori, 2013) y La mala jugada (MacMillan-Ediciones Castillo, 2013); de la traducción del libro Azul amarillo (Cedma, 2007), del poeta neozelandés Rond Ridell.

 

Su obra literaria ha sido traducida al italiano, francés, inglés y portugués. Actualmente es columnista de los periódicos mexicanos La Jornada Semanal y SinEmbargoMX y director del Departamento de Español de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda).

 

POESÍA NEOZELANDESA: colección por Rogelio Guedea

 

PREMIOS

 

Premio BAN! Películas de Novela 2014, El crimen de Los Tepames (finalista)

Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor 2012,

41. Premio Memorial Silverio Cañada 2009,

Conducir un tráiler. Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen 2008,

Anotación (Mención Honorífica) Premio Adonáis de Poesía 2008,

Kora. Premio Nacional de Poesía Sonora 2005,

Fragmento. Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2004,

Razón de mundo. Premio Internacional de Poesía Rosalía de Castro 2001, Mientras olvido


 

 

 


 

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