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Alonso Pinto Molina
Domingo, 11 de junio de 2017
inoculación de apostasía

Eudaimonía y capitalismo

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Noticia clasificada en: Ensayo Humanidades

Parece ser que la primera constancia que se tiene de una palabra que intentara significar lo que hoy conocemos por felicidad, se remonta a la antigua Grecia, a la época presocrática. Esa palabra es eudaimonía.

La palabra, etimológicamente, deriva de las palabras eu ( buen ) y daimon ( demonio, espíritu, duende ). Como bien apunta el filósofo Emilio Lledó, el eu daimon era un buen demonio, un demonio benefactor, que se entrometía en el destino de los hombres para hacerles más llevadera la vida. Era, originariamente, lo que hoy traduciríamos por " buena suerte ". Cuando alguien mejoraba económicamente, cuando alguien podía poseer más esclavos, ánforas, y otras posesiones materiales, se decía que poseía un eu daimon.

    

Con el tiempo, la palabra se sustantiviza y queda conformada la palabra eudaimonía que, aunque no puede traducirse literalmente por " felicidad " por la cantidad de connotaciones que se pierden en la traducción, si se puede equiparar. La palabra, sin embargo, queda ligada a la buena suerte y a las posesiones materiales. Sólo un tiempo impreciso después la eudaimonia se entiende conquistable y la voluntad del hombre entra en juego para alcanzarla.

    

Pero hay que esperar a la época postsocrática para que la palabra se vaya desligando de su connotación únicamente material. Es con Aristóteles que la palabra se " moraliza ". Las virtudes éticas y el término medio, la areté, el espíritu recto, son imprescindibles para alcanzar una felicidad interior, idealizada, más allegada a la idea de plenitud. Así la revolución socrática, su influencia, hasta la saciedad estudiada y nunca bien comprendida, trastoca, vuelca, como con todo, la idea de felicidad. En el libro primero de su Política, Aristóteles escribe respecto al dinero:

 

A medida que estas relaciones de auxilios mutuos se transformaron, desenvolviéndose mediante la importación de los objetos de que se carecía y la exportación de aquellos que abundaban, la necesidad introdujo el uso de la moneda, porque las cosas indispensables a la vida son naturalmente difíciles de transportar.  Se convino en dar y recibir en los cambios una materia, que, además de ser útil por sí misma, fuese fácilmente manejable en los usos habituales de la vida; y así se tomaron el hierro, por ejemplo, la plata, u otra sustancia análoga, cuya dimensión y cuyo peso se fijaron desde luego, y después, para evitar la molestia de continuas rectificaciones, se las marcó con un sello particular, que es el signo de su valor. Con la moneda, originada por los primeros cambios indispensables, nació igualmente la venta, otra forma de adquisición excesivamente sencilla en el origen, pero perfeccionada bien pronto por la experiencia, que reveló cómo la circulación de los objetos podía ser origen y fuente de ganancias considerables. He aquí cómo, al parecer, la ciencia de adquirir tiene principalmente por objeto el dinero, y cómo su fin principal es el de descubrir los medios de multiplicar los bienes, porque ella debe crear la riqueza y la opulencia. Esta es la causa de que se suponga muchas veces, que la opulencia consiste en la abundancia de dinero, como que sobre el dinero giran las adquisiciones y las ventas; y sin embargo, este dinero no es en sí mismo más que una cosa absolutamente vana, no teniendo otro valor que el que le da la ley, no la naturaleza, puesto que una modificación en las convenciones que tienen lugar entre los que se sirven de él, puede disminuir completamente su estimación y hacerle del todo incapaz para satisfacer ninguna de nuestras necesidades. En efecto, ¿no puede suceder que un hombre, a pesar de todo su dinero, carezca de los objetos de primera necesidad?, y ¿no es una riqueza ridícula aquella cuya abundancia no impide que el que la posee se muera de hambre? Es como el Midas de la mitología que, llevado de su codicia desenfrenada, hizo convertir en oro todos los manjares de su mesa.

    

Con la llegada del cristianismo, la felicidad del hombre queda postergada por una especie de deuda ex nihilo contraída con Dios. El hombre, para conseguir la felicidad eterna, debe pagar en vida con sus virtudes. La compasión, el perdón, la bondad, la solidaridad, deben ejercerse, ya que no por tendencia natural, por coacción moral. Y no era mala estrategia hacer creer en el bien a través del miedo o la esperanza a aquellos que de otra manera, por recapacitación, reflexión y noción moral, no podían; pero el cinismo con que procedió en los siglos venideros, la brutalidad de la inquisición, el genocidio de los nativos americanos, fueron dejando un vacío ejemplificante que acabaría desmitificando al cristianismo y generando en sus fieles una inoculación de apostasía que habrían de acabar heredando las generaciones futuras. Mientras tanto, sin sospecharlo, el cristianismo se había aliado con la religión que habría de reemplazarle; desde la Edad Media el capitalismo empieza a dar sus primeros pasos en lo que acabaría siendo el culto por excelencia. El capital, ese invento que ayuda a aligerar el trueque entre personas, ya no es, desde el siglo XX, una pieza más en el engranaje del sistema, sino que es el sistema mismo; los demás engranajes, entre ellos la ética, quedan relegados a un segundo plano.

    

Porque el hombre, al sentir perdido aquello en lo que depositaba su fe, siente un vacío inmenso que debe rellenar urgentemente. Cabe aquí recordar las palabras de Fernando Pessoa en su hermoso Libro del desasosiego:

 

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios.

    

Y enormemente interesante y certero es lo que escribe poco más adelante, en el citado libro:

 

Pero el criticismo ordinario de nuestros padres, si nos legó la imposibilidad de ser cristianos, no nos legó el contentamiento con que la tuviésemos; si nos legó la incredulidad en las fórmulas morales establecidas, no nos legó la indiferencia ante la moral y las reglas de vivir humanamente; si dejó dudoso el problema político, no dejó indiferente a nuestro espíritu ante cómo se resolvería ese problema. Nuestros padres destruyeron alegremente porque vivían en una época que todavía tenía reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruían lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiesen destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados.

     

El hombre, ciertamente, había derribado su raigambre cristiana, pero sin pensar en las consecuencias, ni saber dónde depositaría de ahí en adelante sus reservas de fe ni como la ética quedaría incolúmne sin una coacción. El propio Nietzsche, filósofo intocable para muchos aun cuando la originalidad de su obra reside tan sólo en su modo de expresarse ( su filosofía está enormemente influenciada por Shopenhauer y por Kant, y su famosa teoría del " eterno retorno " hunde sus raíces en los Pitagóricos ), se encarga de derrumbar el cristianismo. Pero el filósofo germano, si bien derrumba el viejo edificio moral en el que había estado sustentada la sociedad, deshecha también las piedras que pudieran servir para construir el nuevo edificio moral. De sobra es conocida su cruzada contra la solidaridad, la compasión, la igualdad, su repulsión a los débiles y su fe en la ley del más fuerte:

 

« Los débiles y los malogrados deben perecer: principio primero de nuestro amor por los hombres. ¿Qué es más dañino que cualquier vicio? El ejercicio de la compasión hacia todos los malogrados y débiles — el cristianismo...  » ( Nietzsche, El Anticristo )

 

Para el filósofo germano tales virtudes como la humildad y las anteriormente expuestas son un obstáculo para su concepción del Superhombre. A este respecto, escribe Antonio Machado en su Juan de Mairena:

 

Las convicciones —decía Federico Nietzsche— son enemigos más peligrosos de la verdad que las mismas mentiras. He aquí una de las proposiciones más escépticas que conozco. Confieso mi simpatía hacia ella. Pero ¿adónde irá un hombre sin convicciones, incapaz de convencer a nadie?

 

El mismo Nietzsche, después de esta confesión, se nos mostró terriblemente convencido de cosas muy temerarias y problemáticas: la voluntad de poder, el superhombre, el eterno retorno, etc., etc. Y son estas convicciones desesperadas, con que los escépticos pretenden compensar toda una vida de estéril rebusca de la verdad, las que más honda huella dejan en nosotros, si queréis, las más dañinas y que más confirman la tesis nietzschiana, como enemigas de esta misma verdad

 

La verdad es que Zaratustra, por su jactancia ético-biológica y por su tono destemplado y violento, está pintiparado para un puntapié en el bajo vientre, que le obligue a ceder el campo a otros maestros más hondamente humanos, que la misma Alemania puede producir, a otros maestros que nos enseñen a contemplar, a meditar, a renunciar...

    

Con perdón de los admiradores incondicionales de Nietzsche, su respuesta al cristianismo me parece una filosofía de " pollo sin cabeza ", representativa de la sociedad de su tiempo y el venidero. Sabe contra lo que reacciona, pero su contrapropuesta es más descabellada todavía y representa una respuesta extrema típica del que, como decía Fernando Pessoa  « destruye alegremente porque vive en una época que todavía tiene reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruía lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiese destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados ». De Nietzsche, se quiera o no, consciente o inconscientemente, derivó el nazismo, y ciertamente la brutalidad con que se trató a los judíos, a los " débiles " en aquel momento, reflejaba las ideas anticompasivas y antisolidarias del filósofo alemán.

 

Eudaimonía y capitalismo

 

El capitalismo hereda del cristianismo, como éste había hecho del paganismo, muchas de sus formas y liturgías, trastocadas para adaptarse al siglo XX y XXI. La gente ya no está obligada a acudir a misa los domingos, pero sin saber por qué, con una sensación de libertad teledirigida, acude ese mismo día a las ciudades para saciar su sed de comprar; ya no se rinde culto a las imágenes sagradas, crucifijos, y demás símbolos cristianos, pero los símbolos del capitalismo aparecen y son adorados en todas partes; ya no se cree en un Dios omnipresente, pero se sabe que el dinero está en todas partes; no se acude al confesionario para expiar nuestros pecados, pero se acude a las sucursales para rendir cuentas a un señor y avergonzarse ante los números rojos, prometiendo enmendarse, y aceptando la penitencia no de rezar más, sino de trabajar más. Uno de los primeros en darse cuenta y exponer las similitudes del capitalismo y la religión fue el filósofo alemán Walter Benjamin, quien en su maravilloso artículo El capitalismo como religión, publicado póstumamente, indica la naturaleza religiosa del capitalismo:

 

 «Hay que ver en el capitalismo una religión. Es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban antiguamente respuesta las denominadas religiones. La comprobación de esta estructura religiosa del capitalismo, no sólo como forma condicionada religiosamente (como pensaba Weber), sino como fenómeno esencialmente religioso, nos conduciría hoy ante el abismo de una polémica universal que carece de medida. [Y es que] no nos es posible describir la red en la que nos encontramos. Sin embargo, será algo apreciable en el futuro. No obstante, son reconocibles tres rasgos de esa estructura religiosa del capitalismo en el presente. Primero, el capitalismo es una pura religión de culto, quizás la más extrema que haya existido jamás. En el capitalismo todo tiene significado sólo en relación inmediata con el culto. No conoce ninguna dogmática especial, ninguna teología. Desde este punto de vista, el utilitarismo gana su coloración religiosa. A esa concreción del culto se vincula un segundo rasgo del capitalismo: la duración permanente del culto. El capitalismo es celebración de un culto sans trêve et sans merci (sin tregua ni piedad). En él no hay señalado un día a la semana, ningún día que no sea día festivo (en el sentido terrible del desarrollo de toda la pompa sacral) que constituiría el esfuerzo más manifiesto de quien adora. Este culto es, en tercer lugar, culpabilizante. Probablemente el capitalismo es el primer caso de culto no expiante, sino culpabilizante. Este sistema religioso se encuentra arrastrado por una corriente gigantesca. Una monumental consciencia de culpa que no sabe sacudirse la culpabilidad de encima echa mano del culto no para reparar esa culpa, sino para hacerla universal, forzarla a introducir en la consciencia y, [finalmente] y sobre todo, abarcar a Dios mismo en esa culpa para que se interese finalmente en la expiación. La expiación, por tanto, no debe esperarse del culto mismo, ni de la reforma de esa religión.Tendría que sostenerse en algo más seguro que en ella misma. Tampoco podría sostenerse en su rechazo. En la esencia de ese movimiento religioso que es el capitalismo [yace la idea] de resistir hasta el final, hasta la culpabilización final de Dios, hasta la consecución de un estado mundial de desesperación que es, precisamente, el que se espera. En esto estriba lo históricamente inaudito del capitalismo, que la religión no es reforma del ser, sino su destrucción».

    

Con el capitalismo, el concepto de felicidad sufre un retroceso de más de veinte siglos, volviendo a su concepción más irracional e instintiva. Sin embargo el hombre no es más feliz que antes, pues el capitalismo, como el cristianismo, no procura la felicidad del hombre sino que le proporciona motivos de fe y esperanza para alcanzarla: el cristianismo en otra vida; el capitalismo en esta misma vida, pero en un momento que nunca llega. Así mismo, los valores quedan invertidos y mientras el cristianismo, en su teoría originaria, promueve valores éticos, el capitalismo promueve tácitamente la falta de solidaridad, empatía, escrúpulos y vergüenza como medios para alcanzar el mayor capital y, por ende, la felicidad.

    

Esta nueva religión, recibida tan extrema e inconscientemente, tiene sus orígenes en una ruptura demasiado drástica con la religión que la precede. Como toda relación duradera, una ruptura sin transición puede provocar traumas. La relación de la humanidad con el cristianismo dura quince siglos y se derrumba en uno, y no existe una transición paulatina que permita a la humanidad encontrar nuevos cauces para su fe que no conlleve una crisis ética. Porque la fe, la misma fe del hombre que como una chispa recorre la mecha de la historia, desde Oriente hasta Egipto y Mesopotamia, pasando por Roma y extendiéndose al resto del mundo, sigue siendo el eje sobre el que la religión, ahora el capitalismo, gira. No sin fe puede un hombre creer que la acumulación indefinida de capital, de bienes capitales, puede proporcionarle la felicidad. Porque justamente en la indefinición, que es la eternidad solapada, y que no tenemos en esta vida, se encuentra la imposibilidad de la felicidad, y descubrimos entonces que nuestra fe ha estado siempre corriendo, como un hamster, en una rueda que se mueve pero no avanza. Sólo en una degeneración de nuestro instinto de supervivencia, es decir, en la enfermedad de un instinto, puede residir nuestra adhesión a una religión que promueve la acaparación de bienes materiales por encima de nuestra duración vital y que acepta que ese mismo acaparamiento repercuta negativamente en el prójimo. Por lo tanto el capitalismo, como religión, tiene su deidad en el capital y su mesías en el propio yo, haciendo del solipsismo su filosofía.

    

Y aunque el hombre compruebe repetidamente que no tiene saciedad de consumo, sino que su esperanza y su felicidad ponen su cuenta a cero al instante de conseguido lo propuesto, una fe antropológica le impulsa a pensar que la siguiente será la definitiva. Mientras tanto, no parece que vaya a surgir una nueva hornada de filósofos capaces de redirigir a la humanidad hacía cauces éticos ni, de haberla, sería escuchada. Antes bien, los economistas parecen ser por norma general los sofístas de nuestra época. Como dice Protágoras « Poder convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles ». Cualquier economista, valiéndose de su jerga, invalidará técnica, no moralmente, los argumentos de un lego en economía. Suelen tratar a la economía como un ser biológico que se reproduce indiferente al hombre, su creador. La causa de la crisis económica no es de la inflación, la burbuja inmobiliaria, o la especulación, sino del hombre. Esas definiciones son tan sólo los nombres de las enfermedades que el hombre transmite a la economía y que la economía le devuelve en forma de plaga, y los economistas que no tienen un enfoque humanista creen que curando la enfermedad de la economía acaban con la propia enfermedad, sin pensar que el hombre es el portador de la enfermedad y que la transmitirá a cuantos sistemas sean propicios a sus instintos más salvajes.

   

Porque el problema del capitalismo, como bien apuntaba el economista/humanista José Luis Sampedro, no es el capital, sino su sufijo ismo ( ismus, ισμός, doctrina o sistema ). De lo que se colige que la humanidad, habiendo inventado la moneda, asiste a su descontrol y acaba siendo adoctrinado por su propio invento. Es decir que había creado, sin saberlo, un sistema que potenciaría todos sus defectos y que a la vez se alimentaría de ellos: el egoísmo provoca la desigualdad, la desigualdad provoca el egoísmo; la avaricia provoca la corrupción, la corrupción provoca la avaricia. Y así cualquier defecto humano deja su impronta en el sistema y el sistema lo devuelve sobrealimentado.

   

Así, el hombre se encuentra en una encrucijada y, al volver la vista atrás, encuentra borrados todos los caminos que le han llevado hasta allí. Desconcertado, adentrado en un sistema heredado pero no elegido por él ni sus antepasados, acaba cediendo por instinto de supervivencia, amoldándose a la situación, entendiendo que ya no es sólo preciso, para alcanzar la felicidad, tener un eu daimon, sino que es preciso que él mismo se convierta en un demonio.


 

 

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