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Flavio Crescenzi
Sábado, 5 de agosto de 2017
Un órfico ejercicio sinestésico

Elogio del simbolismo

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Es probable que el simbolismo haya sido la primera escuela poética verdaderamente moderna. Al menos, está claro que gran parte de la literatura del siglo XX no existiría sin Baudelaire, Rimbaud o Mallarmé. Recordaremos aquí su obra y su legado.

I – Efemérides de un cincuentenario

 

En 1936, se conmemoró en París el cincuentenario del simbolismo. Hubo una gran exposición, celebrada en la Biblioteca Nacional (con muestras de libros, revistas, retratos y documentos de la época) y diversas conferencias y artículos, que superaron los límites de la conmemoración histórico-literaria habitual, hasta el punto de que algún desprevenido visitante hubiera podido considerar que aquel inefable movimiento seguía vivo.

 

Para subrayar esto mismo, uno de los supervivientes del simbolismo, Édouard Dujardin —autor de la novela Han cortado los laureles, en la que Valéry Larbaud descubrió los orígenes del monólogo interior—, no dudó en afirmar que el Ulises de Joyce era la última y más triunfal consecuencia de la estética que aquí glosamos. Quitémosle a esta afirmación aquello que bien pudiera contener de vanidad (pues sabido es que Dujardin estaba al tanto de las declaraciones de Larbaud) y aceptemos lo que sí tiene de cierto, me refiero al innegable influjo del simbolismo en buena parte de la literatura del siglo XX.

 

Varios hechos pueden ayudarnos a sustentar esta hipótesis. En principio, la hegemonía que tuvo durante la primera mitad del pasado siglo el poeta y ensayista Paul Valéry, flor tardía del simbolismo, panegirista y continuador de Mallarmé. Luego, el polémico interés que logró mantener a lo largo de dos décadas un movimiento como el surrealismo, cuya poesía, en algunos de sus puntos, y contrariamente a lo que pueden indicar las apariencias, muestra, cuando se indaga en ella, notorios influjos simbolistas.[1]

 

Elogio del simbolismoPodemos señalar otro indicador más: el estudio que abre el libro El castillo de Axel, del crítico norteamericano Edmund Wilson. Como preámbulo al análisis de los siete escritores que considera más representativos de las literaturas inglesa, norteamericana y francesa, desde 1870 a 1930 —que son, a saber, W. B. Yeats, James Joyce, T. S. Eliot, Gertrude Stein, Marcel Proust y Paul Valéry—, Wilson realiza un estudio encomiástico del simbolismo. A su vez, afirma que la obra de dichos escritores es «una continuación o extensión del simbolismo», y añade: «La historia literaria de nuestro tiempo es, en gran parte, el desarrollo del simbolismo y su fusión o conflicto con el naturalismo»[2].

 

Y es que la innovación que supuso el simbolismo tanto en poesía como en narrativa fue tan poderosa que, a pesar de nuestro lógico empeño por declararlo hijo exclusivo del siglo XIX, no podemos negar la marca que dejó en el siguiente. El simbolismo es ya historia, pero, al mismo tiempo, no deja de ser actualidad. No en sí mismo, claro, sino en virtud de sus ecos y continuidades. Ello podrá comprobarse si trazamos sucintamente un cuadro de evocación retrospectiva, en el que se revisen algunos de sus rasgos más característicos.

 

II – El simbolismo en su tiempo

 

El simbolismo se da a conocer de manera oficial el 8 de septiembre de 1886, cuando Jean Moréas publica en Le Figaro su célebre manifiesto; sin embargo, el origen de esta escuela bien puede remontarse a Baudelaire, especialmente, al soneto «Correspondencias», incluido en Las flores del mal (1857). En estos versos, Baudelaire explica que el lenguaje secreto del universo se haya oculto detrás de un «bosque de símbolos», símbolos que sólo el poeta es capaz de descifrar mediante un órfico ejercicio sinestésico. El simbolismo, sin duda, debe su nombre a este poema.

 

No obstante, desde la aparición de Las flores del mal hasta la publicación del manifiesto de Moréas, se dieron a conocer una sucesión de expresiones ligadas al simbolismo, sólo que aún no reconocidas como tales. Al conjunto de estas producciones se las identificó con el nombre de «decadentismo», nombre contra el cual se alzó el mismo Moréas el 11 de agosto de 1885 en un artículo de la revista XIXe. Siècle. El rechazo estuvo bien fundado, ya que el nombre surgió con intenciones paródicas. En efecto, ese mismo año había aparecido un volumen de versos titulado Les déliquescences, poèmes décadents d’Adoré Floupette, y fechado burlescamente en Bizancio. Hubo quienes tomaron el título de este poemario en serio, y así, Anatole Baju, lanzó un año después, en 1886, una revista titulada Le Décadent, y René Ghill, otra, denominada La Décadence. Pero la mayoría rechazó ese distintivo y se acogió a otras publicaciones, tales como Le Symboliste, La Vogue y La Revue Indépendante.[3] Mención aparte merece Los poetas malditos (1884), de Paul Verlaine, tal vez, la primera obra crítica que intentó dar a conocer a los exponentes de esta escuela.[4]

 

Veamos ahora los rasgos más esenciales de su teoría. Y para ello, nada mejor que acudir a Mallarmé, la cabeza pensante de la escuela. «Nombrar un objeto —escribía en 1891— es suprimir las tres cuartas partes del goce que consiste en adivinarlo poco a poco para mostrar un estado de alma o, inversamente, escoger un objeto y desprender de él un estado de alma, mediante una serie de desciframientos…»[5]. Jean Moréas, por su parte, en el ya mencionado manifiesto, escribía lo siguiente: «Enemiga de la enseñanza, de la declamación, de la falsa sensibilidad, de la descripción objetiva, la poesía simbólica pretende revestir la idea con una forma sensible, la cual empero no constituye su fin…»[6]. Podemos observar que la poesía que defiende Moréas posee las mismas enemistades que denunciaron los patrocinadores de la poesía pura cuarenta años más tarde. El parecido se vuelve incluso más evidente cuando el autor del manifiesto embiste luego contra «el color local de la historia, el mito endurecido por una interpretación seudofilosófica, la idea sin la perfección de las analogías, el sentimiento visto en la anécdota…»[7].

 

Muchos años después, teorizando sobre la poesía pura, Valéry lograba quizá una de las mejores definiciones del simbolismo:

 

Lo que se bautizó como simbolismo —dice— se resume muy sencillamente en la intención, común a varias  familias de poetas (por lo demás enemigas entre sí), de recobrar de la música lo nuestro. El secreto de este movimiento no es otro. La oscuridad, las rarezas que tanto se le reprocharon; la apariencia de relaciones demasiado íntimas con las literaturas inglesa, eslava o germánica; los desórdenes sintácticos, los ritmos irregulares, las curiosidades del vocabulario, las figuras continuas… Todo se deduce fácilmente tan pronto como se reconozca ese principio.[8]

 

Mencionaba luego a Wagner, cuya influencia fue muy considerable en aquellos años. Sin embargo, no fue Wagner, sino Debussy el que resultó ser la expresión musical más lograda del simbolismo.

 

III – Lo que el simbolismo le dejó al siglo XX  

         

Albert ThibaudetComo de algún modo ya se ha expuesto, muchos de los logros del simbolismo fueron aprovechados —y, a veces, redoblados— por la literatura del siglo XX. Albert Thibaudet destaca especialmente tres: en primer lugar, el verso libre; en segundo lugar, la poesía pura, cuya relación con Valéry ya hemos sugerido, y, en tercer lugar, el concepto de revolución crónica en la literatura. Esto último, en efecto, es importantísimo, pues prefigura uno de los aspectos más considerables de las vanguardias poéticas. El mismo Thibaudet comenta al respecto: «El simbolismo acostumbró la literatura a la idea de revolución indefinida, a un derecho y un deber de juventud que consiste en sacudir a la generación precedente, en correr hacia lo absoluto»[9].

 

Pero más allá de los logros del simbolismo, convendría echar un vistazo a quienes los ejecutaron, por ejemplo, a Mallarmé. Marcel Raymond, que ha hecho el mejor balance de la época, celebra en Mallarmé «su destino de poeta puro, de clerc que exhibía gustosamente su incongruencia sobre todo lo que no fuera absoluto»[10]. Y agregaba: «Su heroísmo, templado de ironía, no ha cesado de seducir las imaginaciones, y su obra, que se motejaba de estéril, ha dado frutos»[11]. Buscando otra salida, Rimbaud quiso evadirse en el espacio: «Tuve razón en todos mis desdenes: ¡y es obvio al ver que me evado!»[12], escribió. Y así como Mallarmé representa la conciencia artística estimulada hasta el límite, Rimbaud personifica la conciencia vital en su máxima expresión de rebeldía. Del primero, se ha seguido el ejemplo de sublimación literaria; del segundo, su violento ademán subversivo contra la conciencia y el mundo de la insulsa burguesía.

 

Luego, en el orden real de influencias, siguen no tanto los que realmente la tuvieron en su época —como Verlaine—, sino otros que, en cierto modo, fueron los poetas «raros» del simbolismo. Por ejemplo, Lautréamont, cuyos Cantos de Maldoror han dejado una huella innegable en el surrealismo.[13] Del mismo modo, fueron canalizados el metaforismo casi jeroglífico de Saint-Pol Roux, la burla descomunal de Jarry, el misterio del primer Maeterlinck, el dandismo de Laforgue, etc., etc. 

 

En suma, si el simbolismo como estética específica de una época caducó a fines del siglo XIX, algunos de sus gérmenes siguieron fructificando a lo largo del XX. Desaparecieron, lógicamente, todos los elementos relacionados con el «fin de siglo»; es decir, sus ribetes decadentistas y exóticos, su prurito preciosista, su delicuescencia lunar. Sin embargo, quedaron intactos el concepto de poesía pura, la permanente búsqueda de originalidad expresiva y la tendencia, de clara estirpe mallarmeana, a plasmar lo absoluto en cada obra.

 

(Cabecera: Stéphane Mallarmé)


[1] Véase Flavio Crescenzi. Leer al surrealismo, Buenos Aires, Editorial Quadrata, 2013.

[2] Edmund Wilson. El castillo de Axel, Barcelona, Ediciones Destino, 1996.

[3] Vale aclarar que el vehículo mediante el cual el decadentismo —al menos, sus primeros rasgos exteriores— llegó al gran público fue la novela de Huysmans, Á rebours (1884), en cuyas páginas tal estado de espíritu encuentra personificación en su protagonista, el famoso Des Esseintes.

[4] Una lluvia de revistas caracteriza aquellos fértiles años. Tan numerosas fueron que Rémy de Gourmont, en Les petites revues (1900), llegó a catalogar no menos de ciento treinta. Pero todos estos datos pertenecen a la «pequeña historia» del simbolismo. De ahí que su sola bibliografía exterior o anecdótica sume hasta la fecha una impresionante colección, habiendo llegado inclusive a suscitar una tesis universitaria tan copiosa como la de André Barré, Le Symbolisme (1912), que cuenta con más de quinientas páginas. 

[5] Stéphane Mallarmé. Variaciones sobre un tema, México D. F., Ediciones Heliópolis, 1993. 

[6] A. M. Schmidt. La literatura simbolista, Buenos Aires, Eudeba, 1960.

[7] Ibíd.

[8] Paul Valéry. De Poe a Mallarmé, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2010.

[9]Albert Thibaudet. Historia de la literatura francesa. Desde 1789 hasta nuestros días, Buenos Aires, Losada, 1957.

[10] Marcel Raymond. De Baudelaire al surrealismo, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1960.

[11] Ibíd.

[12] Arthur Rimbaud. Una temporada en el infierno/ Iluminaciones, Madrid, Alianza, 2001.

[13] Véase Flavio Crescenzi. Óp. cit.

 

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