Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
►w_adblock_title◄

►w_adblock_intro◄

►w_adblock_explain◄

►w_adblock_closed_btn◄

Carlos Barbarito
Domingo, 30 de julio de 2017
la agitada respiración en el instante del viaje

Méliès

Guardar en Mis Noticias.
Noticia clasificada en: Cine

Hablo, sí, de Méliès, que, entregado a su arte, se hizo igual al ave que raspa la costra de la piedra para hallar, finalmente, el secreto revelado.

          El mago, no el que se contenta con trucos a los que rápidamente se les ve la enagua, recupera para nosotros el oro de la infancia. Hablo del capaz de hacernos volar —no de simular el vuelo—, de hacernos respirar bajo el agua –sin que seamos peces o, mejor, convirtiéndonos en peces-, de llevarnos a la Luna –no al yermo satélite terrestre del que hablan los libros de astronomía, sino al mundo mágicamente habitado al que llegaron también Cyrano y Wells-. Hablo del capaz de cargar al celuloide de escombros solares, de hadas libélulas de alas policromadas, de dioses con cayado y tridente, en fin: de poesía jamás convertida en mercancía, en simulación, en contrato con una desleída firma al pie que establece normas y jamás milagros. Hablo, sí, de Méliès, que, entregado a su arte, se hizo igual al ave que raspa la costra de la piedra para hallar, finalmente, el secreto revelado. Él, y algunos otros, pocos, supo fijar en la bruma de la luz la agitada respiración en el instante del viaje, el anhelo y temblor del que pretende aferrarse a la eternidad, el terror del hidrofóbico, la mirada desesperada del errante, el deseo sin límites del alquimista.

 

          ¿Cuándo supe de él? Me lo pregunto ahora. Seguro en la infancia, en lentos días en los que, en mis recuerdos, siempre llovía. Más allá de la casa con techos frágiles y paredes aun más frágiles, estaba mi puesto de lectura, un pequeño quiosco de diarios y revistas. Fue mi madre quien consiguió que, cada mañana, yo visitara el lugar para devorar lo que allí había. Allí me asomé a nombres y lugares, pasé la yema del dedo por el papel donde se reproducía un dibujo de Roberto Aizenberg, y entre esos lugares, París, entre esos nombres,  el de Méliès. Cada mañana caminaba anhelante y regresaba nutrido, una de esas mañanas con la noticia de un viaje a la Luna –el primero, luego vino Verne, y vino Cyrano, y Wells- y una imagen: un artefacto espacial en el ojo del astro –debo haber sonreído, superado el asombro inicial-. ¿Qué hubiese sido de mí, delgado y pálido como era, con una fuerte dosis de soledad muy arraigada y un más fuerte deseo de costas y horizontes, sin aquello?

 

Una tarde de sábado, la escena es tan real como imaginaria, me veo corriendo un poco una gruesa cortina, en uno de los tres cines de mi pueblo, y en la un tanto maltratada pantalla, en blanco y negro, una sirena. En el programa de mano, un nombre, otra vez, el de Méliès. ¿Por qué, ahora me pregunto, no cito ese momento cuando debo hacer un inventario de lo que me hizo poeta? Lo hago ahora y le doy las gracias a Marie Georges Jean Méliès

 

 

Los visitantes de esta entrada también se interesaron por...
Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios. Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios.
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress