Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
►w_adblock_title◄

►w_adblock_intro◄

►w_adblock_explain◄

►w_adblock_closed_btn◄

Juan José Fermín Pérez
Lunes, 24 de julio de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Para todos los males (II)

Guardar en Mis Noticias.

Despedimos este largo capítulo dedicado a la salud con una traca final, repasando remedios que se quedaron en la bandeja de pendientes y que nos sirven, o eso esperamos, para curar todos nuestros males.

Si hiciéramos un estudio de todos los anuncios relacionados con la salud, con sus gráficos molones en Excel y sus cálculos estadísticos, es posible que los problemas relacionados con el aparato digestivo encabezaran todas las listas. La digestión preocupa mucho, en una época que no aún no ha descubierto la leche sin lactosa (sinónimo de salud indiscutible en nuestra época. Porque todo el mundo sabe que el ser humano es el único animal que continúa bebiendo leche de adulto. ¿Qué también somos las únicas criaturas en cocinar los alimentos o en ponerse ropa? Todo se andará. Sólo necesitamos una multinacional con ganas de hacer caja y una buena campaña publicitaria, para que todos vayamos en pelotas comiendo vegetales sin aliño. Pero volvamos al tema del asunto). En esos años existe la creencia que, teniendo el estómago apañado, se mitigarán los síntomas de cualquier enfermedad, desde la tisis al reuma. Por ello, encontramos en la prensa muchos remedios, tan milagrosos como la poción roja de un videojuego de rol. Un ejemplo, extraído de La Ilustración Española y Americana, de 22 de Febrero de 1892:

 

[Img #9403]

 

En el anuncio se menciona un principio activo, el salicilato de bismuto que, en efecto, se utiliza para tratar la náusea, la indigestión y la diarrea. Un remedio ideal para sobrevivir a un fin de semana en Benidorm, comiendo a dos carillos a tres palmos de la playa. Sin embargo, el anuncio juega con la redacción y la fuente de letra, dándonos a entender una eficacia que no tiene, para combatir enfermedades como el cólera, el tifus o la disentería. Es una versión embrionaria del SEXO GRATIS, visto en la puerta de un taller mecánico no hace mucho tiempo. Cuando nos acercamos, lo que realmente dice el texto es “Sea cual sea tu SEXO, revisión de neumáticos GRATIS”. Chafado o chafada te quedas pero, oye, con las ruedas en impecable estado de revista.

 

Un ingrediente muy habitual en aquella época era la peptona. En un anuncio publicado en La Iberia, de 5 de Diciembre de 1880, se nos explica en qué consiste. Por si no nos apetece mucho leer, resumo: es carne de vaca  parcialmente digerida, utilizando  una enzima de origen animal llamada pepsina. Al estar casi todo el trabajo hecho, nuestras tripas no tienen que esforzarse mucho para asimilar esta sustancia. Algo de agradecer si sufrimos algún desarreglo intestinal. Sobre el sabor de esa papilla no voy a especular. Con el aceite de hígado de bacalao ya llenamos el cupo de brebajes desgradables para toda esta década.

 

[Img #9404]

 

La pepsina fue descubierta por un médico alemán llamado Theodor Schwann, en 1836. Se obtiene de los estómagos de cerdos o vacas, y se usa para fabricar queso, tratar el cuero o, como hemos visto, ayudar a nuestro tránsito intestinal, en un mundo que aún no conoce los  yogures laxantes. En un artículo anterior, hablamos de los orígenes de Coca Cola y descubrimos que sus ingredientes más importantes eran precisamente esos, la cocaína y la nuez de cola. La Pepsi Cola, su marca competidora, nació en Carolina del Norte, en 1893, de la mano de un químico llamado Caleb Bradham. Este producto se llamaba así porque uno de sus ingredientes era, precisamente, la pepsina. Se deseaba crear una bebida que, además de ser estimulante, facilitara la digestión.

 

A veces, las enfermedades de la tripa pueden deberse a un huésped indeseado. Lo recordaba El eco de la provincia de Gerona, de 7 de Enero de 1883:

 

[Img #9405]

 

El siglo XIX es una época de tónicos y elixires milagros, cuyos ingredientes activos no son difíciles de intuir, en un tiempo en el que la cocaína es legal. Abundan los “purificadores de la sangre”, que “activan la nutrición y formación de los glóbulos rojos”, y garantizan cura para infartos, tumores, herpes, caries o asma. De todo hacen, como el programador junior de una empresa informática. Un ejemplo, de El globo, de 5 de Enero de 1882:

 

[Img #9406]

 

Una “enfermedad de la sangre” para la que se pretende cura es la diabetes. Se menciona por primera vez en un papiro egipcio fechado en el año 1500 AC, mes arriba o abajo. Un médico del templo de Inmhotep describe un mal que hace adelgazar a sus pacientes, aunque siempre tengan hambre, y les obliga a orinar con frecuencia. Diez siglos más tarde, en la India, en un texto llamado Ayur Veda Susruta, se describe un azote que afecta a los que comen demasiado. La orina de estos enfermos es pegajosa y con sabor a miel. Por eso, en China se  la denominó “enfermedad de la orina del azúcar”. En nuestro idioma, se llama diabetes mellitus, mezclando una expresión griega “que significa “pasar a través”, porque los líquidos parecen salir del cuerpo en forma de orina nada más entrar en el cuerpo, y una derivación del término “mellis”, que significa “dulce”.

 

La diabetes se produce cuando el páncreas no es capaz de generar suficiente insulina, la hormona responsable de procesar la glucosa. La acumulación de azúcares puede resultar bastante nociva, afectando los órganos y los vasos sanguíneos. En casos muy extremos, produce daños irreparables en los ojos o los miembros inferiores. Hasta 1778, no se descubrió cuál era el origen de esta enfermedad, cuando un médico llamado Thomas Cawley realizó la autopsia de un diabético, y comprobó que tenía el páncreas atrofiado. Un siglo más tarde, en 1889, dos médicos de Estrasburgo llamados  Joseph Von Mering y Oscar Minkowsky, confirmaron esa hipótesis, dañando o extrayendo el páncreas a un montón de animalillos vivos, y comprobando que desarrollaban diabetes (así se avanzó en el camino para salvar a millones de personas, pero…) No fue hasta 1921 cuando dos médicos canadienses, Frederick Banting y Charles Best, consiguieron aislar la insulina y usarla para tratar a los enfermos. Les premiaron con el Nobel  de Medicina, un par de años más tarde. Hoy en día, la insulina sigue siendo el principal remedio para tratar la enfermedad, junto a la dieta y el ejercicio.

 

De toda esta parrafada, quedémonos con una idea: a finales del siglo XIX aún no existía un medicamento eficaz para la diabetes. Ninguno. Rien de rien. Pero no faltaban espabilados que aseguraran lo contrario. Uno de los ejemplos más extremos era el vino uraniado, nada menos. Anuncio de La correspondencia de España, de 11 de Junio de 1890:

 

[Img #9407]

 

Pues eso. Cantidades más o menos respetables de uranio, el material empleado en las bombas de fisión, el mismo que convirtió Chernobyl en el escenario de un Apocalpsis Zombi, dentro de  una botella de vino peleón. Prometía reducir “un gramo por día el azúcar diabético”, signifique lo que signifique eso. No he conseguido encontrar referencia alguna a los efectos que producía este brebaje en sus consumidores, pero si alguien dispone de esa información, que me lo haga saber y estaré encantado de añadirla.

 

Otros productos son aún más fraudulentos. Atentos a este anuncio que se publicó en La correspondencia de España, de 4 de Mayo de 1888:

 

[Img #9408]

 

Como todos sabemos, la sacarina es un edulcorante. Nos alegra el café sin aportar las calorías ni la glucosa del azúcar. Pero es evidente que no cura ni el cáncer, ni la diabetes ni tampoco es “un poderoso antiséptico”. De todos los anuncios recopilados hasta la fecha, que han sido unos cuantos, éste puede ser el más embustero de todos.

 

En ese tiempo, se descubren medios de prevención eficaces para otros “males de la sangre”, como la viruela, el tétanos o la rabia. Hablamos de las vacunas, ese milagro de la Medicina que algún sector del público pretende denostar por peligrosas (personas que, seguramente, cambiarían de opinión si recopilaran los recuentos de fallecidos en el pasado, debido a enfermedades erradicadas, precisamente, gracias a esas vacunas. Pero oye, que cada uno crea lo que quiera. También existe mucha gente que defiende la idea de una Tierra plana, en 2017, y no me meto con ellos. Bueno, no mucho). Anuncio de El diario de Córdoba, de 1 de Junio de 1882:

 

[Img #9409]

 

A finales del siglo XVIII, se observó que las vacas sufrían una versión bastante suave de la viruela. Al transmitirse a los humanos, los inmunizaban contra la variante más peligrosa de la enfermedad. Un médico inglés llamado Edward Jenner, con mucha curiosidad y ningún escrúpulo, decidió confirmar esa idea utilizando un niño de ocho años. Eso son huevos, y no los que yo compro en el Carrefour. Le vacunó, es decir, le inoculó la enfermedad de las vacas. Algún tiempo después, le inyectó la viruela (la auténtica y genuina, con una mortalidad casi garantizada. Los hindúes la llamaban “fácil muerte”. Si la pillas, la espichas). La cobaya humana sobrevivió, y la idea de las vacunas estuvo rondando las mentes científicas durante todo un siglo, hasta que Louis Pasteur, el eminente médico francés, se puso a trabajar en 1880. Empezó a experimentar el virus del antráx, con mucho éxito  y, en los años siguientes, desarrollaría vacunas para la rabia, la difteria, el tétanos o la peste. Las vacunas, ese demoníaco invento creado por las farmacéuticas, han erradicado enfermedades que exterminaron  a millones y millones de personas a lo largo de la Historia. Muchas mueren todavía, porque viven en zonas demasaido pobres para obtenerlas. Aún falta una vacuna para la idiotez, pero creo que todo se andará. En la imagen, Pasteur ensayando el virus de la rabia, según La Ilustración Española y americana, de 8 de Junio de 1884:

 

[Img #9410]

 

Cerramos este largo capítulo sobre enfermedades y remedios, útiles o inútiles.  Siempre es interesante observar el camino recorrido desde entonces, y saber de dónde proceden algunos productos de uso cotidiano. En la revista Alrededor del mundo, de 16 de Junio de 1899, se preguntaban “Por qué tienen mala letras los médicos”. La repuesta, según ellos, es que “no  conviene  que  el  enfermo  se  entere  de  muchas  cosas  que  aquéllos   escriben   en  las  recetas”, porque muchos medicamentos son peligrosos (nitroglicerina para tratar males del corazón, veneno de serpiente de cascabel para la escarlatina, arsénico como purificador de la sangre…) Concluye el texto diciendo que estas sustancias salvan más vidas de las que destruyen, y eso sigue siendo verdad, doce décadas después. Aunque aparecen en el camino muchos vendedores de crecepelos, y haya medicamentos que provoquen casi el mismo daño del que pretenden curar, la ciencia médica avanza y, con ella, nuestra calidad de vida.

Los visitantes de esta entrada también se interesaron por...
Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios. Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios.
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress