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Juan José Fermín Pérez
Miércoles, 5 de julio de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Para todos los males (I)

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Despedimos este largo capítulo dedicado a la salud con una traca final, repasando remedios que se quedaron en la bandeja de pendientes y que nos sirven, o eso esperamos, para curar todos nuestros males.

Si algo nos duele, lo normal es acudir al doctor. Por ejemplo, a este consultorio médico–quijúrgico, anunciado en La Correspondencia  de España, de 1 de Septiembre de 1895:

 

[Img #9278]

 

Sin embargo, una consulta del siglo XIX no se diferencia mucho de una moderna: hay que esperar lo indecible, mientras los ancianos comentan sus operaciones de vesícula, y cien niños aburridos corretean a nuestro alrededor ignorados por sus padres. A veces, es mejor atajar, acudiendo directamente a la farmacia. Si nos doliera la cabeza, pongamos por caso, podríamos comprar este remedio, anunciado en la revista El domingo, de 27 de Diciembre de 1896:

 

[Img #9277]

 

¿Qué será la migrainina? Ni idea, pero observemos el anuncio con cuidado: ¡bastan diez minutos para superar el dolor de cráneo y aprender a tocar la guitarra!

 

Sin embargo, a veces el problema tiene un origen mucho menos definido. Tenemos cansancio, abatimiento y pocas ganas de vivir, como si nos hubiéramos tragado enterito el debate sobre el estado de la nación. Un sinvivir.  Para estos casos, El álbum salón, de 16 de Mayo de 1898, nos recomendaba esto:

 

[Img #9279]

 

Quizá alguno de nuestros  lectores, con estudios psiquiátricos, nos pueda comentar qué tipo de desequilibrio es necesario para vender un producto (¿de baba de toro? ¿De verdad?) con ese entusiasmo. Pruébalo, por el amor de tu madre, que este tío nos mata a todos si le llevas la contraria.

 

En El eco de Barcelona, de 17 de Junio de 1883, encontramos un anuncio casi tan psicótico como el anterior. Una “maravillosa pomada cuyo nombre pasará a la inmortalidad” y "compuesta de sustancias electro-vegetales" :

 

[Img #9280]

 

Frente a estos remedios tan dudosos, sería lógico recurrir a medicamentos que nos resultan familiares, porque se siguen utilizando en nuestra época, como el aceite de hígado de bacalao. El anuncio pertenece a La Ilustración española y americana, de 30 de Marzo de 1893:

 

[Img #9281]

 

Es un aviso un poco embustero, porque promete curar enfermedades como la tisis o el reumatismo. Sí sería correcto decir que el aceite de hígado de bacalao es bastante rico en vitaminas A y D y ácido graso omega 3, y ayuda a prevenir problemas relacionados con la piel, los huesos, el corazón y  el sistema inmunitario. No hace mucho tiempo, las madres nos hacían tragar una cucharadita al día de este brebaje cuando éramos pequeños, para favorecer nuestro crecimiento. Sabe a fritanga de chiringuito playero y concentrado de sardina. Un sabor tan asqueroso que, a finales del siglo XIX, ya se ironizaba sobre ello en las revistas, como Barcelona cómica, de 18 de Abril de 1896:

 

[Img #9282]

 

En 1841, un médico inglés llamado John Hughes Bennett, documentó el uso de la grasa extraída del hígado de bacalao en ciertas comunidades de Noruega y Alemania, para tratar el raquitismo, la gota y otros males. El químico holandés Ludovicus Josefo de Jongh se animó a comercializar esta grasa en 1846, pero él mismo tuvo que admitir que el olor y el sabor de ese producto dejaba mucho que desear. Por algún misterioso motivo, el paladar humano no tolera bien el extracto de un pescado crudo, aunque sí sea capaz de ingerir brebajes más mucho más repugnantes, como el calimoxo. Fue el empresario Alfred Browne Scott el que consiguió mejorarlo (sí, amigos y amigas. Se supone que este aceite nauseabundo es una versión mucho más agradable de la fórmula original). En 1873, en Nueva York, este emprendedor empezó a comercializar su Emulsión Scott. Tuvo tanto éxito que, en menos de veinte años, consiguió  abrir fábricas en varios países, y comercializar su producto por toda América, Asia y Europa.

 

De esa época procede también un remedio bastante utilizado en nuestros días:

 

[Img #9283]

 

El anuncio pertenece al periódico Crónica de Cataluña, de 2 de Agosto de 1882. No intentaremos reproducir el texto entero, porque es tan largo como mi último informe psicológico. En esencia, la vaselina es un producto mágico, que puede curar cualquier afección de la piel o emplearse como crema de belleza. La historia de este producto empieza a mediados del siglo XIX, cuando el químico norteamericano Robert Chesebrough investigaba las propiedades del petróleo. Con frecuencia, la maquinaria para extraer el crudo se ensuciaba con un residuo pastoso, similar a la parafina. En vez de maldecirla, como hacían sus obreros, Chesebrough se animó a estudiarla. Muy pronto, se dio cuenta que esa sustancia era muy útil. Por ejemplo, podía usarse como base para la creación de pomadas (en aquella época, se utilizaba manteca de cerdo, un producto que se estropeaba con rapidez y no era el más adecuado para tratar heridas). El buen hombre patentó su descubrimiento en 1872, con el nombre de jalea de petróleo, aunque más tarde lo llamaría vaselina, que procede de mezclar un término alemán (agua) y otro griego (aceite). Se cuenta que Chesebrough se cortaba o se quemaba la piel en demostraciones públicas, para demostrar las propiedades curativas de su invento. Un poco radical, sí, pero eso le hizo rico.

 

En el siglo XIX hubo remedios mucho más famosos que la vaselina que, sin embargo, no sobrevivieron al tiempo. El mejor ejemplo son las píldoras y ungüentos Holloway, que se anunciaron por primera vez en la prensa española en 1847, y desaparecieron en `los días de las Segunda República. El siguiente aviso procede del periódico El Áncora, de 18 de Octubre de 1850:

 

[Img #9284]

 

Thomas Holloway nació en 1800, en Inglaterra. El “profesor” Holloway era secretario, intérprete y, por supuesto, un águila capaz de ver un negocio a varios kilómetros de altura. En aquella época, las boticas llenaban hasta reventar sus cajas registradoras con la venta de productos milagrosos, y Holloway decidió crear su propio producto, en 1837. Le copió la fórmula, dicen las malas lenguas, a un italiano que malvendía sanguijuelas y otros remedios a pie de calle. Holloway no contaba con mejores medios, porque sus primeras píldoras salieron de la cocina de su casa, pero sí tenía espíritu emprendedor. Comprendió que la publicidad era esencial para garantizar el negocio, y gastó nada menos que cinco mil libras para incluir su producto en todos los periódicos. Tanto se endeudó que tuvo que visitar la cárcel, pero sus píldoras se vendían estupendamente y, a mediados de siglo, ya gastaba unas cincuenta mil libras anuales en publicidad. Sobra decir que, con tanto bombo, alcanzó fama mundial durante varias décadas.

 

Holloway murió en 1883, cediendo gran parte de su dinero a causas benéficas. En cuanto a sus remedios, una investigación realizada a principios del siglo XX, demostró que contenían jengibre, azafrán, canela y ruibarbo, entre otros ingredientes…. Y ningún principio activo

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