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Carlos Barbarito
Domingo, 25 de junio de 2017
EDUARDO MOSCHES

Poemas

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Noticia clasificada en: Poesía

Eduardo Mosches nació en 1944 en Buenos Aires. Salió de Argentina en febrero de 1976. Reside en México desde esa fecha. 

Poemarios publicados : Los lentes y Marx, Los tiempos mezquinos, Cuando las pieles riman, Viaje a través de los etcéteras, Como el mar que nos habita, Molinos de fuego, Susurros de la memoria, Avatares de la memoria(antología poética 1979-2006), El ojo histórico y Los enemigos del silencio. Ha publicado en prosa Caminos sin ruta. Ha sido editor en las editoriales  Folios, Plaza y Valdés y en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Dirige desde 1985 a la fecha, la revista literaria Blanco Móvil. Ha colaborado en revistas y periódicos en México y  Argentina, Chile, Estados Unidos, España, Israel, Alemania, Brasil, República Dominicana,  Ha sido traducido al alemán, portugués, italiano, inglés, hebreo, francés y catalán.

 

Cualquier esquina

 

Las esquinas se pueblan de figuras

humanas y delgadas

ancianas que duelen

 con esa mano extendida

obtener comida hacia la boca desdentada

(los recuerdos de una casa)

la olla perfuma la mesa y sus sillas

 una sonrisa de verano

 

La mano en su cintura tensa de ánimo y baile

dedos labrando figuras en los granos de maíz

montículos de días maduros

y ceniza tibia

tantas arrugas hendidas en la piel 

 injertadas por el tiempo

 en los surcos de alguna sonrisa memoriosa

La mujer queda olvidada

en esa esquina

cualquier esquina de esta ciudad.

 

Fugacidad

 

Penden las estrellas

como racimos cercanos a los ojos

pegados al deseo imposible de acariciarlas

la comba del cielo

 caverna aérea profundidad de lo oscuro

una suicidada estrella se desbarata

en línea fugaz después de miles de años.

 

El mar susurra a la luz

en su caída

 cocoteros guardan nubes de lluvia

escondidas en el ovalado refugio verde

 

Plañideras por piratas en este mar caribe

mientras las naves surcan en los libros de historia

en la memoria de mis cuentos infantiles

 

La luna se ha ocultado

mientras los perros ladran

a la luz perdida.

 

 

Crecen a pesar de nosotros

 

Las uñas crecen con la precisión que el tiempo otorga

las podemos roer si cierto instante de angustia nos invade

pueden romperse en algún movimiento un tanto brusco

también pueden comenzar a cantar en la piel del otro

en ese instante en que el cuerpo los cuerpos se atraen

giran susurran entre gotas que nacen de los propios ríos

surgiendo de las fuentes que el deseo hacia el placer formula

avanzan las uñas pintan un nuevo mapa que se extiende

lento entre los omóplatos crea círculos íntimos

discurre el movimiento sobre esa columna formada de pequeños huesos promontorios de sensaciones

que han sido la base de hacernos bípedos

los muslos se empapan de uñas que se aplacan para transformarse en dedos circulantes

acariciantes

pintan en un viaje de color blanco intenso murales musicales

el sonido y susurro de los cuerpos

el seno acaricia los labios en esa danza de lo meticuloso

el pene se convierte en vigía

aventurado viajero de lo que acontecerá

la lengua no discurre sólo canta sobre el clítoris

mientras el fuego nacido de leve chispa

agita

alza su cabellera se desparrama con el girar húmedo

como peces que salpican alegría

eslabones eléctricos sacuden los cuerpos

envueltos en su piel únicamente

torneados como recién nacidos

a veces flota la carne hay arrugas

el tiempo ha pasado y nos vuelve más cómplices.

 

Los cuerpos descansan

para seguir desnudos

las uñas siguen creciendo

a pesar de nosotros.

 

Pájaros y lunares

 

El otoño marca ternuras en sus lunares

observo sus formas

los dedos  escalan en la calidez de su piel

levedad

mi lengua se  entretiene en percibir  sabor

 en el mareo de los giros como el de este planeta

el sol del pubis

tibieza en mis dedos

lago  de calma     inicio del viaje

 

 Los lunares entretejen melodía en mis ojos

valle del descanso

empujo mi persona en su persona

ahondo  ahonda

                           miel de noche de otoño

 en las gotas de este verano interior

 

Los pájaros picotean  los granos

mas allá de la ventana.

 

El arpa enlaza el cielo a la tierra

 

Las dos manos entreabren sus dedos,

enhebran las primeras falanges a las cuerdas

 y enlazan  los sonidos a este telar de aire,

donde chisporrotean en el vibrar de nubes

a nivel de los ojos ,

 en resonancia  intensa juguetona ,

mientras el río discurre y nace

en medio de la habitación,

 inunda  los sentidos,

instaura  nuevos, mientras los dedos crean figuras  etéreas

hechas materia ligera: sonorizado aire,

en el deambular hipnotizado por la música.

 

El cuerpo de la arpista se mueve

al ritmo que cada arpegio crea la propia felicidad,

sus pies vibran y golpetean el suelo,

hace tierra la música en ecos de balsas soneras

que navegan el río ancho color madera seca,

 inundan  las aguas vertiginosas el cuerpo y las emociones

de aquellos que escuchamos,

crea otras felicidades .

 

Estas  cuerdas son portadoras de libertad,

 

No es maná lo que cae

                A la memoria de los 43 normalistas desaparecidos  y asesinados de  Ayotzinapa

 

Sopla el viento adusto en su frialdad,

los pantalones y camisas que penden de  los tendederos

se mueven  como en un caminar agitado de borracho,

las ramas se inclinan en un acto de casi sumisión

al embate húmedo de las  gotas gruesas

que derramarán los ruidos sobre la tierra seca y caliente.

 

No es granizo que cae

son cabezas cayendo ,

pegan  en el follaje de los árboles,

se abaten  sobre el techo de las viviendas,

se hunden con firmeza en la mezcla pegajosa de los basureros,

resbalan  y se sumergen en las ollas de guisado,

se  abrigan  y refugian angustiadas en las hojas de los calendarios,

algunos niños entre el  asombro y ferocidad juegan con ese balón de carne,

se maceran sin poder bucear en los ríos caudalosos

que  caen

 en las alcantarillas de alguna calle en la que todos viven.

 

Rebotan sobre la tela de los sentimientos de los que todavía caminan,

mexicanísima forma de morir y matar bajo el sol y  sin sombra ,

ruedan y ruedan como gritos que saltan desde las lágrimas  aéreas,

las cabelleras engendran delgadas colas de cometas, para ascender  lento

 y  caer desde el reclamo de la angustia.

 

Todo recién nacido en estos días, trae una cabeza bajo el brazo.

 

La sed del asco ha hecho eclipse en nuestro sol humano.

Las cabezas siguen cayendo.

 

Cada vez me cuesta más conciliar el sueño.

 

Dejando atrás

 

La ciudad se cubre los ojos,

respira agitada entre el temor y la angustia.

 

Las nubes se llenan de pájaros oscuros,

revolotean sobre los cadáveres que van a existir.

 

La letanía de los mensajes penetra por las uñas,

se desliza a través de las venas,

surca el cuerpo afiebrando al miedo.

 

Huir de los otros cuerpos,

no acariciarse,

los ojos esquivos,

mirar ese otro cuerpo, los otros cuerpos;

las manos y sus pies

con las náuseas del posible sufrimiento.

 

Las lajas de los cementerios

cubren con pesadez

el espíritu de los vecinos.

Las bocas respiran a través del tejido,

no hablar no comer no besarse.

 

Los caballos atraviesan el horizonte a trote cansino,

pisan pesadamente en las osamentas de los deseos,

el cerrojo de las prohibiciones abre su boca ávida,

hundir los dientes, revolotean los vampiros,

las alas se llenan de tabúes,

mientras las sotanas marchan y marchan

al sonido de los tambores del pasado.

 

La ciudad y su gente se revuelve

arrullada por las hojas de los árboles afiebrados,

una nube abre su ojo y la lluvia humedece

los hombros las cabelleras los huesos los tejidos,

todo flota sobre ese río de las nubes.

 

El sol entibia los cuerpos,

el mío y el de ella,

y jugamos a la rayuela del no me importa

mientras las pieles se sonríen,

se rebelan pintando nuevas pecas gozosas,

componen la música de los susurros y quejidos,

dejan atrás las letanías de las prohibiciones.

 

 

El ruido y el silbido

 

Las hojas de mariguana se entremezclan

con el lento girar de manos

almacenando cortinas de pasado

entre las grutas del acontecer

teñido de colores y pimienta

enrareciendo las yemas de los dedos   

con la fatiga del amanecer envuelto     

en pieles frías

                     suaves tristes

sin haber podido embellecerse

con el sonido

                    flauta y requiebro

flama lenta y casi constante

de un encuentro.

El humo se despereza

entre pulmones y lápices

afiebrado espacio inmóvil

de una noche degollada

en el tic tac circular

de este planeta

encaramado sobre las espaldas

de un elefante.

La boca de la botella se encima en el respaldo

de los labios.

 

Una cita adormilada                                                                                                           

cae en el ruedo

de toros degollados.

 

El vino desparramado

entre las sillas

se acuesta

a descansar del sueño.

Astillas atraviesan

las flores

mientras el polen

en pesadas nubes

se deposita

entre párpados cansados

un falo suspirante  

y las últimas noticias    

que no sólo trasmitió la vecina

sino el ruido acompasado

silbante

de un pulmón al ser     

atravesado por la bala.

 

 

Concierto

 

para Esther Seligson, siempre presente

 

La música desamarra

cajones de recuerdo

pan entre infancia y manteca

barriletes perdidos por azoteas vecinales

sonrisas descubiertas en los cabellos

              de mi   hermana

cruzan bicicletas en praderas de vaqueros

América grita y descubre a Colón

mi abuelo clava suelas de zapatos

escupiendo las tachuelas en ruso

se incrustan

en alguna calle perdida de los retratos

en el incesto muy deseado

         detrás de las cortinas

que alumbran combinaciones tatuadas

       en la piel

de tanta esquina envuelta en mis talones.

 

Recorrer del violín por los muslos del tango

manos acarician cortezas de niños

adolescente dibujo las caderas

en Susanas que siempre han dicho no

                   garganta eyacula veranos

incendio en las ingles

               mano de prima araña en mis raíces

y el sol con todo y rayos

humedece la espalda y una maceta

de sí mismo.

 

Entre arrugas

                    vulgar sismo de velas

miro a veces detrás de las respuestas.

 

 

Nubes y bruma

 

Las nubes tejidas en

 deshilados grises amenazantes,

encaramadas sobre el cerro

picoteado por el tiempo,

 avanzo en  ascensión difícil;

la respiración se desgarra

a través de mis dientes,

los árboles y sus raíces aéreas

forman  figuras que entrelazadas ,

crean una especie de techo protector

de los rayos del sol,

los cuáles sólo se vislumbran  al iluminar el agua

del riachuelo que humedece las gruesas  piedras

de esa larga escalera

que nos dirige al cielo de la pirámide.

 

La bruma, especie de embrión de nube,

envuelve mi marcha hacia el encuentro

de lo desconocido pero deseado,

mis pies pisan con cierta firmeza suave

la piedra desgastada,

por otros tantos pies de caminantes,

que fueron  a la  búsqueda

de otras nubes y otra pirámide.

 

El sonido de voces humanas

entrega cierta calidez diferente

a la ascensión .

en  este espacio donde la historia y la naturaleza

han descruzado sus rodillas pétreas

para enlazarlas

a las nubes que viajan.

 

Hay ciertos gorriones que hacen verano.

 

Los enemigos del silencio (fragmento)

 

XXI

La mirada fija

observa detenidamente las rugosidades

del  blanco techo raso,

 cicatrices en la piel de la casa, ahondar en ellas

de momento, hace posible viajar

al encuentro de un recuerdo doliente:

 las rugosidades  en las manos de mi abuelo,

el Justo se llamaba en idish, o sea Tzadik,

al cual abandoné por muchos años y en

angustiado reencuentro,

se llenaron mis narices con  el pesado,

 acre y  triste perfume de la vejez.

 

Su cara desnuda envuelta en piel correosa,

las arrugas navegaban en medio de una barba

plena  de púas blancas,

la imagen de la  abuela se encontraba prendida,  en sus

ojos tristes, la hamaca de mi adolescencia se balanceaba

al ritmo de pletórico egoísmo,

engarzado en la bandera de la libertad y el fin de la familia. 

Mientras hablaba  se hamacaba y monologaba de su mundo

cargado de pétalos de soledad ,

se rompía su voz como ese vaso que  cae al suelo

y los fragmentos se hacen lágrimas lentas.

Me fui y dedicado a salvar el mundo de la injusticia,

me olvidé del abuelo y sus manos de zapatero

y sus lágrimas que no se hicieron nube alguna.

 

¿ Esto del insomnio , será que ocurre     

para recordar todo aquello que se encuentra 

debajo de la alfombra de mi vida?

 

XXII

 

En  instantes de suma sequía amorosa

una  langosta se dedica

con precisa minuciosidad,

a mordisquear  la noche de mi sueño. 

Tarea que consiste en desmembrar algunos recuerdos

de la rama del árbol de las acciones y el desconocimiento,

selecciona  momentos nebulosos en el tiempo,

que al  desvelarlos este individuo sedentario y volátil,

la luz del recuerdo se  ilumina débil,

 una sonrisa se forma golosa

al pensar que rasguñar las piedras

crea  pinturas rupestres muy de adentro.

Esa langosta a veces se transforma en enjambre

dedicado  a destrozar  las paredes

que separan la noche de la luna,

carcomido   el acné de su superficie,

para trenzar los ruidos que la noche crea en su silencio,

y la langosta revolotea en la sonrisa de mis penurias,

que ya son historia gastada personal

de la cual puedo aprender algo todavía.

Confusión entre el dormir y la vigilia.

 

 La cantante muda

 

Al inicio fue el cuerpo

que cose hilo a hilo

la piel sudorosa

desorientada y tersa en su juventud

            las arrugas serán urdimbre

caída acumulada de granos de arena.

 

La respiración se hace angustia

duros latidos

espasmos cubren de nube

los ojos cargados de azul

                                        cielo en penumbras

observan detenidos en la trampa

la mirada busca inquieta

más allá de aquellos que la rodean.

 

Una mancha de humedad

destruye la monotonía  clavada en el techo

¿ las lágrimas vuelan?

 

El hueso del recuerdo es roído

por el azul doloroso.

 

La música le susurra    

teje el aroma

mueve su paso joven hacia otras caderas

el pie engarza pasos

que deslizan  sensualidad

de diferentes cuerpos

se desgranan junto al bandoneón.

 

Su propia voz  enlaza palabras

sobrevuelan

para anidarse en versos sencillos

animan sus mañanas y muy pocas noches

mientras el caballito de los sueños gira animado

a colores de golpes de hadas bastante callejeras.

 

Ciudad y puerto envuelta en palabras de vidente

la isla queda atrás de las muescas

(piel hecha nudos en las nubes petrificadas)

la rodea el agua profunda de los viajes

sin realizar.

 

La mancha húmeda se abre

corola en primavera

agiganta

mientras el dolor

prendido a sus corvas estalla

destila luz

como alcohol en la lengua prendido

angustia y  espasmo  cuece sus muslos

duele iluminar la sonrisa

la umbría cueva está por parir otros sonidos

carne tibia y piel ensangrentada.

 

La mancha disminuye

ante la luz del dolor.

 

El Ojo Histórico

 

En la localidad de Atacama, situada en el departamento de Río Hondo, ocurrió un episodio macabro que provocó la consiguiente alarma entre los pobladores. A esa altura las aguas torrentosas del río Dulce arrastraban cuerpos humanos en estados de descomposición y restos de esqueletos. Practicadas las averiguaciones del caso pudo comprobarse que el río a su paso por la población de Graneros, provincia de Tucumán, había arrasado el cementerio local, arrastrando consigo los restos humanos que alarmaron a los habitantes.

La Nación, Buenos Aires, 29 de enero de 1944

 

 

Los cuentos de hadas y de monstruos  llevan a viajes

trazados por nuestro propio hacer.

Las vueltas se hacen líneas de espera, mientras los colores balbucean con el recorrido de lo diario. El café caliente, oscuro, humea, mientras los labios se llenan de besos y resplandores en la nuca; algunas pilas de arrugas hacen alfombra en el vergel de los recuerdos, la mano acaricia con la justa dedicación que cierta muerte entristece,  mientras la carne se queja al calor de las brasas en el asador, crepitan las nueces de grasa y algún globo infantil se pierde por la puerta de cierta nube.

La obligación de lo cotidiano, uncir el lomo, fruncir la frente por las órdenes, la tos de las angustias se cuece en el horno tórrido y frío del desempleo. El cuerpo unido al otro, mueve la ternura y el ardor de la sensualidad, enfrascada en plena tarea con la búsqueda del arcoiris y el orgasmo. El bostezo parte en minúsculos fragmentos cualquier motivo de recuerdo o de nostalgia. Golpeó el puño con fuerza en la propia cara, ¿habría anarquistas o sólo cocineros entre los muertos? , El  reumatismo no fue flor quemante de la edad; sólo el rescoldo de las velas que se apagaban con el frío matutino en esa fábrica.

Decidieron los huesos salir a contar sus cuentos, las palabras eran la piel en sus historias. La magra carne no era asunto de ángeles ni usureros bancarios; los remiendos llenan de amaneceres las vidas transcurridas.

El porvenir  va río abajo.

 

El Ojo Histórico

 

Fue asaltado el pueblo de Metepec. Una gavilla compuesta por 25 hombres, encabezada por Rubén Jaramillo, asaltó ayer a este pueblo. La plaza principal estaba llena de gente, por ser domingo, cuando los bandoleros hicieron irrupción disparando sus armas sobre todo el mundo. Dominada la débil resistencia que los vecinos hicieron, los bandidos saquearon las casas de negocios y se llevaron cuantioso botín.

24 de febrero de 1944, El Universal, México

 

Tocaron campanas con su voz  grave

Los niños jugaban al círculo del nunca encontrarse

El aroma a maíz asado revoloteaba

entre nubes de egoísmo

el fragmento helado  resbaló en la barbilla infantil

Los cigarros se prendían al ritmo de las vueltas a la plaza

las miradas se encaminaban con un toque de lujuria casi hipócrita

observar la geometría de la sensualidad

Círculos , curvas y líneas  paseaban como brasas.

Saltó destrozada la paz aparente de los domingos

llegaron a balancear la historia de los sufridos

con el estruendo asfixiante de las balas

Algunos se quejaron por la pérdida de dinero

otros se sonrieron

y las palomas siguieron volando en círculos

a la espera de la ruleta de los girasoles.

Semillas de esperanza se refugiaron en el viento.

Otro día despanzurrado

en la liturgia de la pobreza.

 

 

Un viaje de reconocimiento

 

Pasaron treinta años para reencontrarme, con la ciudad donde nací. Franqueada la aventura del vuelo, aterricé del otro lado del río,  pisé la pasarela del buque y me senté frente al amplio ventanal de la sala  para ver pasar las olas alebrestadas, ondeando con fuerza, como si se creyeran mar.  Surcaron las olas muchas veces y varias horas, comencé a ver algunas construcciones de la costa. La primera idea que  me asaltó fue pensar, que a ese mismo puerto llegaron mis abuelos, muchos años atrás, un siglo por lo menos, lo cual no es poco decir. En otras condiciones, sin tanto ventanal ni edificios  horizontales que los recibieran.  Llegué a puerto y ahí inicia ese pequeño proceso de reconocer, reconocerme, en pedazos vivos de mi ciudad.

Una ciudad armada con los hilvanes ligeros de la memoria, ese trazado idealizado por la distancia que el tiempo, inexorable, desdibuja, crea otros, los árboles han crecido, los perros han muerto y el ladrido ya no se escucha, los amigos se han ocultado detrás de sus arrugas y tazas de café , han nacido sus hijos, que hace un tiempo largo les ha cambiado la  voz y hasta tienen hijos propios.

Ha quedado el recuerdo un poco ajado y los edificios  se van acomodando en los circuitos memoriosos, mientras sus apellidos aparecen en la realidad de los paseos, juntos con las estatuas, que cabalgan cansadas y cagadas por años de palomas, que han muerto y renacen en su revolotear.

Mis calles de la infancia en apariencia han cambiado poco, el adoquinado persiste casi igual, el número 4443 sigue firme al frente de lo que fue mi casa. Los gritos y los juegos se han disuelto, esfumado, entre las grietas de las paredes, mis rodillas ya no recuerdan los juegos, sólo algún que otro dolorcito.  Apenas veo las espaldas de la gente, no encuentro  cara conocida, nadie tampoco llega a reconocerme, todo se ha disuelto, exactamente, como el helado que comí, muchas veces, cuando niño,  en la heladería , a la salida del cine Júpiter, ese planeta de la imaginación que  ya no existe, que  se fue hacia algún rumbo de la vía láctea.

Para abarcar un poco más en el tiempo, caminé en un giro más amplio, para regresar a mi punto de partida, y en ese deambular sin demasiada precisión , me topo con la dureza visual de un cártel, en letras de colores, que sólo dice: Garage Olimpo, lugar de secuestro y exterminio. Ahí a dos cuadras de lo que fue mi casa de la infancia, donde salté, reí , reímos, lloré,  me mojé con la lluvia de otoño y me dolieron los pies al caminar en invierno por las mañanas. Ahí , a metros de mi infancia crearon gritos y angustias, dolor encaminado a crear respuestas de dolor,  duele tanta infancia destrozada de otros, tanta juventud orillada y lanzada al vacío húmedo del río, donde flotaban poco y se hundían hasta agotar toda la luz.

Sí en ese mismo río, donde llegué en buque hace unos días, regresando a mi país después de treinta años.

 

 

 

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Las nueve musas
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