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Quiteria Méndez Fernández
Domingo, 25 de junio de 2017
PERCY H. FAWCETT

La ciudad perdida de "Z"

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El siglo pasado fue prolífico en exploradores y aventureros así como descubridores. En toda la historia de la humanidad el hombre ha vivido en la búsqueda de lo desconocido.

 

Un buen ejemplo es el Coronel Percy H. Fawcett y su búsqueda de la “Ciudad perdida de Z”. Seguro de su descubrimiento, el Coronel inició una búsqueda de la que jamás volvería, y que continúa hasta el día de hoy.

 

Percy Fawcett nació en 1867 en Torquay (Inglaterra), en una acomodada familia. Su padre, militar, nació en la India, cuya cultura le influyó profundamente a el y posteriormente a su hijo. Con 19 años fue destinado a la Artillería Real, en Trincomalee, Ceilán, donde conoció a su esposa. Allí aumentó su curiosidad por este país (entonces bajo dominio británico) lo que le llevó a  una curiosidad general por el resto del mundo. Era un lector empedernido con una gran biblioteca, consultada por personalidades de Ceilán. Allí desarrolló sus conocimientos sobre geografía y navegación, llegando a ser un gran experto, además de manejar magistralmente cualquier arma. Se interesó sobremanera en historia, arqueología, el budismo y los viajes donde encontró ciudades en ruinas aun no descubiertas en la India.

 

PERCY H. FAWCETT

 

Cambió de destino varias veces hasta que ascendió a Coronel. Estuvo años en el  norte de África, Malta… entablando siempre amistad con los arqueólogos y profesores locales. Hay que recordar que en aquellos años (inicio del siglo XX) la arqueología estaba en pleno apogeo, y por toda Europa había tanto expertos como aficionados buscando ciudades, antigüedades  o tesoros, así como investigando la historia del lugar. En Malta por ejemplo, estudió bastante topografía de mano de Themistocles Zammit, el padre de la arqueología maltesa, referente aun a día de hoy. De sus conversaciones, surgió en el Coronel una obsesión: viajar a Sudamérica, concretamente a la selva brasileña, donde suponía había ciudades aún por descubrir. A estas alturas, Percy Fawcett se había convertido en todo un erudito.

 

En 1906 por fin puso rumbo a Sudamérica como miembro de la “Royal Geographical Society” trabajando como delimitador de fronteras, fuente constante de conflictos, por orden del Gobierno Boliviano. Hay que destacar que, desde muy joven siempre llevó, hasta el fin de sus días, una libreta consigo, donde escribía y dibujaba sus impresiones y descubrimientos. En estos años escribió sobre aquellos estados emergentes:

 

“Estos mismos países están ahora en pleno vigor de la juventud y comienzan a ocupar su verdadero puesto en el mundo; los juguetes de la infancia y la pedantería de la juventud han sido ya dejados de lado para siempre y sus pueblos, una sola raza, aunque separados por fronteras políticas, adquirirán, inevitablemente, conciencia de unidad. La grandeza que les espera está solo un poco más allá del horizonte, si no se encuentra ya ante nuestra vista”

 

Durante aquellos años, además pudo explorar países cercanos como Perú, Brasil o Paraguay, convirtiéndose, como se ha visto, en un gran admirador de las culturas precolombinas.  En 1910 viajó a la meseta de Caparú, actualmente parte del Parque Nacional Noel Kempff, entre Brasil y Bolivia, lugar que le enamoró profundamente. En su interior, a día de hoy se encuentran las cataratas “Perry Fawcett” en honor al explorador.

 

Preparando su primera expedición para explorar aquella selva, llegó la Primera Guerra Mundial, y tuvo que incorporarse a filas por su condición de militar. Al acabar, y siendo padre ya de tres hijos, volvió en 1921 a su amada Caparú. Aunque era difícil en aquella época investigar de primera mano, su tesón tuvo su recompensa y pudo acceder a bibliotecas y archivos de varios gobiernos. Así llegó su punto culminante. En un año indeterminado hizo un curioso hallazgo a partir de tradiciones locales brasileñas. Encontró un documento inédito escrito por un militar portugués llamado Francisco Raposo, que en 1793, intentando llegar a las minas Muribeca (interior de la selva brasileña) buscaba su particular dorado, basándose también en antiguas leyendas. Raposo  contaba que buscaba unas ciertas y fabulosas riquezas escondidas allí, aunque primero había que superar una especie de “maldición”, pues se contaba que aquel que entrase en aquella región de Matto Grosso, jamás volvía. Sin embargo, después de comenzar una aventura que duró 10 años, encontró junto a sus compañeros de expedición, una ciudad en ruinas desconocida en un entorno verdaderamente inapropiado para la vida. Aquella crónica encontrada por Fawcett, fue escrita por uno de los 18 expedicionarios que partieron y volvieron al cabo de 12 años, el canónigo J. de la C. Barbosa. Aquel también contaba que anteriormente, otra expedición partió en busca de lo mismo y jamás regresaron, aunque ellos mismos los buscaron, no encontrado ni un resto.

 

La ciudad perdida de "Z"

 

Según la crónica, por cierto encontrada en la sección de Obras Raras de la Biblioteca Nacional de Rio de Janeiro, bajo el impreciso nombre de “Documento 512”, la ciudad que encontraron (bautizada “Z” por el Coronel) era bellísima, hecha de cristal y al parecer, abandonada súbitamente, puesto que no encontraron a nadie pero si animales domésticos, como gallos. Siguiendo un venado blanco al día siguiente llegaron a lo que era la verdadera ciudad, montaña arriba, con un arco triple de entrada, casas blancas, y de trazado regular, con alcantarillado, plazas, una columna de metal exenta en medio de una plaza y una escultura de un hombre apuntando en una dirección con el dedo con cierto paralelismo con el mundo romano. Esa ciudad si parecía abandonada hacía mucho tiempo. En la crónica están dibujados las letras y bajorrelieves que encontraron allí, una escritura desconocida.

 

El documento continua contando como pasaron los días, intentando encontrar a alguien que pudiera contarles algo de aquellas ciudades, sin éxito. Siguiendo el curso de un rio, finalmente llegaron a las codiciadas minas, en las que no encontraron nada, sino algunos clavos de plata abandonados fuera de ellas. Entraron con cuerdas y pasaron innumerables riesgos, pero nada de oro o tesoros. Sin embargo hay que resaltar un rasgo de todas las maravillas, templos y piedras labradas que encontraron en aquellas abandonadas ciudades: por la noche se iluminaban artificialmente sin que los expedicionarios supiesen como, ya que dentro de las casas no había luz alguna.

 

Al volver, escribieron sus crónicas que fueron enviadas a los gobernadores correspondientes y por lo visto, solo esta sobrevivió. El Coronel Fawcett dio un 100 por 100 de veracidad al relato y a las leyendas locales que contaban una historia parecida, y después de varios años de estudio del mismo manuscrito, consiguió establecer las coordenadas que había seguido la expedición de Raposo. El, como tantos otros de la época, estaba convencido, tanto de la veracidad de la historia como de la idea de que en tiempos antiguos, en Sudamérica habían existido civilizaciones mucho más avanzadas que las europeas, incluyendo, que aun podían seguir existiendo. En su cuaderno escribió:

 

“ Yo soy probablemente el único que posee ahora el secreto, y lo obtuve en la dura escuela de experiencia de la selva, apoyada en un cuidadoso examen de todos los documentos de valor en los archivos de la República, así como también en otras fuentes de información, de ninguna manera fáciles de conseguir”

 

Esto último es cierto. En todos sus viajes leía todo lo leíble sobre el lugar, interpretaba mapas, hacia dibujos y fotografías y los enviaba a los mayores expertos a fin de saber más sobre el lugar, y sobre todo, tenía largas e intensas charlas con los lugareños. De hecho organizó varias expediciones a lugares inexplorados pero habitados, donde ciertamente sí que estuvo a punto de morir en varias ocasiones, pero donde pudo hablar con aquellos indígenas que le confirmaron la existencia de aquellas ciudades y algunas más. De hecho no parecían sorprenderse por las preguntas del Coronel.

 

Decidido totalmente a seguir los pasos de Raposo y ver aquellas maravillas con sus propios ojos, pidió financiación a varias sociedades científicas de la época de varios países, consiguiendo los fondos suficientes en 1924 gracias a su fama como militar y explorador. La vida del Coronel, aparte de estar muy documentada por todos aquellos que pasaron a su lado, sus fotografías y su eterno diario, puede ser seguida por las cartas que regularmente enviaba a su hijo menor, Brian, con el que tenía una gran comunicación.

 

La ciudad perdida de "Z"

 

En 1925 comenzó su expedición, viajando, incomprensiblemente, solo con dos personas totalmente inexpertas: su hijo mayor Jack, y un amigo de este, Raleigh Rimmel, dos muchachos, aparte de dos perros y ocho mulas.  El Coronel confiaba plenamente en sí mismo para sobrevivir a cualquier avatar, y partió sin miedo. Lo único que se le exigió a cambio de la financiación fue que enviase crónicas periódicas informando de sus avances, cosa que hizo hasta el final. Partieron en febrero y tuvieron mala suerte, ya que fue uno de los años más lluviosos que se recuerdan. En primavera tuvieron que parar del camino marcado ya que Raleigh tenía las piernas totalmente ulceradas. Aun así, retroceder no era una opción.

 

El 29 de mayo de 1925, el Coronel Percy Fawcett, militar y explorador experto envió su última crónica, en la que afirmaba que seguirían en el camino que él había trazado y consideraba correcto, indicando siempre las coordenadas donde se encontraban. Nunca más se volvió a saber de ellos. Jamás.

 

Aunque en su diario y en cartas anteriores había prohibido expresamente que si le pasase algo, fueran a rescatarlo, fueron muchas las personas que siguieron sus pasos para buscarlo. Todos volvieron con las manos vacías. Ni animales, ni equipaje, ni un solo rastro de sus pasos. Ni tan siquiera sus cadáveres. Uno de los más destacados en su búsqueda fue Orlando Villas-Boas, en 1952, quien hizo el camino varias veces sin éxito.

 

Al cabo de los años el y sus acompañantes fueron declarados muertos y despedidos con honores. Su tumba y diarios pueden consultarse en su ciudad natal. Hoy en día también puede leerse, con las debidas precauciones, el “Documento 512”, la crónica de Raposo.

 

Destaquemos que el propio Steven Spilberg no tuvo reparo alguno en reconocer mil veces que el Coronel fue su inspiración a la hora de crear a Indiana Jones. A día de hoy su historia sigue interesando a jóvenes que quieren seguir sus pasos. Incluso National Geographic hizo una expedición en 1995 basándose en las notas del Coronel, pero la naturaleza le negó, literalmente, el paso.

 

No me gustaría terminar sin recordarles que hace un par de meses se estrenó en el cine una película basada en la vida de Perry Fawcett, “LA CIUDAD PERDIDA DE Z”, que aunque no tuvo el éxito esperado, es bastante fiel a la verdad, aunque le da demasiada poca importancia a la crónica de Raposo, que fue lo que realmente impulsó al Coronel.

 

Pero no todo está perdido. En su día, varios indígenas volvieron, años más tarde, y contaron que el coronel y sus dos acompañantes, estaban vivos,  viviendo entre indígenas después de encontrar lo que buscaban. Como la imaginación es libre y no tenemos otra prueba, yo prefiero creerlo. Me gusta imaginarlo en su ciudad perdida de Z…

 

 

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