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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 25 de junio de 2017
la dureza del corazón de los hombres

Creer a Dios en el siglo XXI

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Creer a Dios es una cuestión de confianza personal. Creer en Él, un culto colectivo cada vez más laberíntico y desesperanzador.

 La Providencia a solas con Él es una virtud para la reflexión necesaria y un lenitivo que mitiga la angustia de esta realidad manifiestamente cruel que es el mundo y su aparente concepción, basada en la dicotomía de la depredación y la supervivencia. Un orbe envuelto en el torbellino del desorden generalizado y la relatividad de la conciencia que da por bueno lo execrable y denuesta los valores tradicionales que hicieron posible la existencia de las civilizaciones, hasta el declive por la derrota de los principios morales. Sin más desaparecen los esplendores de cientos de años,  porque toda civilización borra la huella de su magnificencia cuando se abisma en propósitos de amoralidad tan parecidos a los que hoy en día imperan sin freno, desmedidamente inculcados, tóxicamente, contra generaciones que asimilan la insignificancia como base de convivencia y progreso.

 

Se ha extraviado la guía que facilitaba el consenso de los principios y los valores que desarrollaban una convivencia cívica, con el equilibrio de los derechos y los deberes para con la sociedad y sus integrantes. No existe norte al que encaminarse siquiera para corregir los excesos que devenga la reversión de la instrucción de la cultura-cuesta entender cómo los mediocres han hecho de sus estulticias una cultura considerada- la tradición y la enseñanza, porque está ausente la consciencia del error autodestructivo ; el que se expande sin reticencia ni reconciliación con el sentido común.

 

Pero pese a este infierno de despropósitos que previsiblemente empeorará no está de más regresar al origen de la existencia y al interrogante sobre un Creador de este fin mundanal. Más allá de la religión, incluso, subyace un Dios creador hecho a imagen y semejanza de Él siendo nuestra humanidad un sucedáneo imperfecto de una generosa voluntad.

 

Vivimos tiempos en que toda religiosidad está enfrentándose al balance histórico de una razón de ser cuestionada,  cuando solo árbol bueno puede dar frutos buenos y hiede el tufo de putrefacción que conlleva la batuta humana al dirigir los designios de un dios demasiado terrenal. Son tiempos de revelación donde caen las máscaras y enmohecen las riquezas acrecentadas en nombre de un Creador; cuando no se ensangrientan los tesoros oxidados del fanatismo por extender una violencia globalizada con tintes apocalípticos.

 

Es la era del arqueo de los fracasos acumulados por la dureza del corazón de los hombres. La disfunción de la religiosidad por la degeneración de las formas aunque persistan los fondos. Son estos tiempos de vorágine en que el progreso espiritual se ha contravenido por la aparición de un relativismo moral que cuestiona tanto la doctrina histórica como la fe eternal. Tiempos de confusión que constituyen una perversión de los valores espirituales, por la misma aversión farisea que deduce una construcción del mundo bajo dogmas equívocos.

 

Si además no hay guías fiables, la desorientación se desparrama por la imposición de la creencia. Contemplamos el resultado de un mundo crecido con raíces tóxicas; no por la consustancial legitimidad de la voluntad divina, sino por la interpretación errática de la intención evolutiva del espíritu.

 

Quizá es tarde para enmendar un orbe desde la conciencia impura que se ha generalizado como una plaga, pero no por ello se ha de perder el norte del propósito existencial que nos sobrepasa desde la perspectiva menguada de la disolución terrena. Hay mucho más por entender y deducir más allá de la limitación mundanal.

 

Antes ha de vaciarse un odre viejo y sustituirlo por uno renovado si debe aprovechar el vino nuevo. Tal vez esté todo atado y bien atado a pesar de este caos sin freno. Merece la pena, constatado el fondo perdido de la Humanidad, redundar en los beneficios de la Fe. 

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