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Juan José Fermín Pérez
Jueves, 22 de junio de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Ojos, oídos y dientes (Parte II)

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Seguimos nuestro viaje por el interior del cráneo, valiéndonos de la publicidad del siglo XIX como vehículo.

Ya hemos estudiado los problemas de la vista y los oídos, pero nos vamos a detener en una zona mucho más problemática. Me refiero, como podría haber escrito Góngora, a esa cajita de perlas que escondemos entre labio y labio. Cuando miramos esas series históricas que emiten por Netlfix, comprobamos todo el mundo sonríe con dientes tan blancos y bien alineados como las teclas de un Casio. Pero eso nunca fue así. En el pasado no existían los modernos métodos de higiene. Los habitantes del Paleolítico se libraban de los paluegos con toscos mondadientes; en Egipto inventaron una pasta de dientes que incluía piedra pómez molida, sal, pimienta, hojitas de menta y huevo; en Grecia, no les importaba enjuagarse con orina; en Roma se frotaban con un trapo empapado en vinagre, miel, sal y cristal machacado. Pero en muchas regiones y épocas, los métodos para limpiarse los dientes eran aún más primitivos, o no existían en absoluto, así que serían muy frecuentes los dientes tan negros como el alma de un recaudador de la SGAE. Para redondear ese festival de la caries, tengamos en cuenta también que no existían los antibióticos ni los sedantes. Si horrible era sufrir un dolor de muelas, más terrorífico aún podía ser el tratamiento.

 

[Img #9189]

 Grabado de Lucas van Leyden, 1523 

 

Fue en siglo XIX cuando las cosas empezaron a cambiar. El anuncio de pasta de dientes más antiguo que he podido localizar en la hemeroteca pertenece al Diario de avisos de Madrid, de 30 de Septiembre de 1842. Se habla de un “dentífrico de rosa para blanquear, fortificar y conservar la dentadura, a 4 reales la caja”. No se dice qué ingredientes contiene esa pasta de dientes, pero es probable que contuviera elementos abrasivos, como la sal, la tiza o el ladrillo triturado, que ayudaran a eliminar las impurezas pegadas al diente, además de sustancias aromáticas. En el Heraldo de Madrid, de 23 de Marzo de 1850, encontramos tres anuncios en la misma página:

 

[Img #9190]

 

En el primer anuncio, arriba a la izquierda, se nos habla de “agua y polvo de quinina”. En el anuncio de abajo, nos prometen un elixir que “calma los dolores más fuertes de las muelas” y, además “preserva de los crueles estragos de la caries”. En el último anuncio, a la derecha, al nada económico precio de 20 reales el frasco, se nos propone la “Odontina”, diseñado por un tal J. Pelletier, “inventor del sulfact de quinina”. Efectivamente, ese personaje existió. Su nombre completo era Pierre Joseph Pelletier, y fue un químico y naturalista francés, que vivió entre 1788 y 1842 (por lo tanto, no estaba vivo cuando se publicitaban las excelencias de su odontina. Suponiendo que él la inventara y que ningún listo se limitara a usar su nombre para vender más). Este científico fue el primero en sintetizar un alcaloide llamado quinina, a partir de la corteza de la quina, un árbol de Sudamérica. Esa sustancia tiene propiedades analgésicas, que sí, pueden aliviar una boca inflamada por la caries. Sin embargo, su propiedad más interesante es que inhibe la reproducción del microorganismo responsable de  provocar la malaria, y con ese objetivo fue utilizada durante más de cien años, hasta que aparecieron compuestos más eficaces. De Pelletier hay que destacar que también fue el inventor de otra sustancia muy interesante: la atropina. Es un derivado de la belladona, que puede neutralizar los efectos de las armas químicas que afecten al sistema nervioso o los músculos como el corazón. La mayor parte de los ejércitos lo usan todavía como antídoto, en entornos donde puede ser probable un ataque de esa naturaleza.

 

Si avanzamos un poco más, encontramos anuncios como el siguiente, publicado en el periódico El Guadalete, de 22 de Marzo de 1888:

 

[Img #9191]

 

O este otro, también de El Guadalete, en su edición de 30 de Agosto de 1887:

 

[Img #9192]

 

Se considera que la moderna pasta dentífrica, con su sabor a detergente mentolado y su textura viscosa, fue inventada por el odontólogo norteamericano Washington Sheffield, hacia 1870. En aquella época, el producto se presentaba en tarros de cristal, como la mermelada o el betún. El hijo de Sheffield, Lucius, también era dentista, y en el transcurso de un viaje a París, en 1878, se fijó en los tubos de pintura que utilizaban los artistas, y comprendió que aquel sistema sería muy práctico para contener la pasta de dientes. Podemos verlo en el siguiente anuncio, del New York Tribune, de 1 de Marzo de 1885:

 

[Img #9193]

 

Además de pasta dentífrica, necesitamos un cepillo para utilizarla. Si bien, en el periódico El Nuevo avisador, del 8 de Septiembre de 1844, se nos dice que “cuando la dentadura está muy abandonada se dan [los polvos dentífricos] con un cepillo, y cuando no lo está tanto es bastante con el dedo; sin que importe nada el tragarse algunos polvos”:

 

[Img #9194]

 

Fue el empresario inglés William Addis el que inventó el moderno cepillo de dientes, en 1780. Cuenta la leyenda que fue encarcelado por participar en unos disturbios callejeros y que, viendo a un recluso barrer el suelo con una escoba, se le ocurrió que algo similar, a pequeña escala, sería perfecto para limpiarse los dientes. Diseñó su primer prototipo con un hueso de pollo, al que pegó unas cuantas cerdas.  Empezó así un negocio que le hizo millonario, y que su familia mantuvo durante doscientos años, hasta 1996. Aquellos primeros diseños no eran muy fiables. Utilizaban cerdas de animal que no siempre habían sido debidamente limpiadas y, además, solían acumular bastantes bacterias entre uso y uso.

 

[Img #9196]

 Publicidad en calendario de 1890 

 

Mientras se buscaban cepillos más higiénicos y pastas de dientes más eficaces, se desarrollaba la industria de los enjuagues bucales, ya fuera como complemento o como sustituto. El británico Josehp Lister, doctor de profesión, estaba seguro de la importancia de la higiene, en una época en la que el peligro de los microorganismos patógenos aún se ponía en solfa, y desarrolló un antiséptico para esterilizar las salas de operaciones. Algunos años más tarde, 1879, el doctor Jordan Wheat Lambert decidió aplicar la fórmula de Lister a la odontología, creando un compuesto que decidió llamar Listerine. Nacía un producto que aún continúa en nuestros cuartos de baño. Sin embargo, en la España de finales del XIX, el enjuague bucal que triunfaba era el Odol, de origen alemán, desarrollado en 1895. Esa marca también continúa existiendo hoy día.

 

Anuncio de Odol, del El correo español, de 2 de Marzo de 1899. El texto que figura al pie de la imagen (tan largo que no he decidido reproducirlo), acusa a las pastas de dientes de ser “unas pobres  e inofensivas aguas perfumadas o pastas,  del  todo  impotentes contra la marcha de la caries” y asegura que el Odol es el único producto capaz de eliminar la verdadera causa de las caries, que son “millones de animaluchos llamados microbios o bacterias, que eligen su domicilio en las hendiduras y huecos entre los dientes”.

 

[Img #9195]

 

El Listerine, en cambio, no se publicitó en la prensa hasta la segunda década del siglo XX. Un ejemplo, del periódico EL sol, de 31 de Mayo de 1918:

 

[Img #9197]

 

Si estamos a finales del siglo XIX y, a pesar de todas nuestras precauciones, sufrimos problemas dentales, podemos recurrir a ésta clínica (por ejemplo), anunciada en El diario de Córdoba, de 3 de Junio de 1881. Allí se ofrece “esmalte y relleno de dientes cariados, volviéndolos a su estado natural

 

[Img #9198]

 

¿Nos hará sufrir mucho un dentista de 1880? En realidad, no. En esa época, la odontología estaba razonablemente avanzada, y ya no era la cámara de horrores con la que se torturaba a la humanidad, medio siglo antes. Entre otras cosas, porque se usaba anestesia. Hasta mediados del XIX, todas las operaciones se realizaban en crudo. A lo vivo. Ya fuera la amputación de un miembro debido a la gangrena, arrancar un tumor visible en cualquier parte del cuerpo o, por supuesto, drenar encías infectadas o arrancar dientes podridos. Muchos pacientes no resistían el dolor, y morían en la mesa de las operaciones. Eso sin contar las complicaciones posteriores, debido a la infección. En 1772, el científico Joseph Priestley descubrió el óxido nitroso, pero no le vio ninguna utilidad práctica. Diecisiete años después, otro científico, el químico Humpry Davis, se animó a probarlo en sí mismo, descubriendo que le hacía reír. Pero al muchacho tampoco se le ocurrió seguir experimentando. Hubo que esperar hasta 1844. El dentista Horace Wells se animó a usar aquel "gas hilarante" para anestesiar a un paciente. Descubrió que podía arrancar una muela sin causar la más mínima molestia. Casi en la misma época, se experimentaban con otros analgésicos, como el éter o el cloroformo, y algún tiempo más tarde se desarrollarían los derivados del opio.

 

Por esta semana, podemos cerrar la boca y esperar, sin anestesia de ningún tipo, al siguiente artículo.

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