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José Rodríguez Infante
Martes, 20 de junio de 2017

Birulas (Y3)

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—¿Cómo está tu madre?

—¡Bien!, pero no te preocupes, ya sabes que ella es valiente y sabe salir adelante.

—Lucía, yo lamento…

—Papá, ahora no es momento de culparse por nada, vosotros decidisteis llevar otra vida.

—Lo sé, es cosa nuestra, pero en estos meses que estoy como estoy le doy muchas vueltas a la cabeza.

—No le des tantas vueltas que no sirve de nada, lo importante es tu recuperación ¿estás bien atendido? ¿Te falta algo?

—Me falta tu presencia, a la ausencia de ella ya me he acostumbrado.

—Yo tengo mis cosas, papá, mi trabajo, mis idas y venidas.

—Lo entiendo, Lucía, pero son tantas horas las que paso inactivo, sin poder moverme a gusto que la cabeza no para, es como si tuviese una lima que me va moldeando las entrañas.

—Ya verás como al final te quedará un mueble precioso, siempre tuviste buena mano.

—¿Qué dices?

—¡Nada! Yo me entiendo.

—Si aquel hijo puta…

—¡Eh,eh! Aquello ya pasó, papá, no demos pasitos para atrás, ya lo sabes, te lo dice tu doctor. Estás aquí, hoy mejor que ayer y mañana mejor que hoy ¿me equivoco?

—Pocas veces.

—Entonces seamos prácticos y echémosle un pulso al destino, tú eres más recio de lo que te crees ¿has hecho tus ejercicios?

—Claro.

—¿A que hora te llevan al gimnasio?

—¿Qué gimnasio?

—A la rehabilitación, de sobra sabes a que me refiero. ¿Te digo una cosa? Hoy vas a cambiar de chofer.

—¿De qué me hablas?

—Hoy te voy a llevar yo.

 

A Abdón se le transmutó la cara, sus ojos destellaban como dos luciérnagas en mitad de la noche. Hizo un esfuerzo, recompuso su figura y se quedó en el filo del sofá a la espera de que su hija lo ayudara a incorporarse. Fuera llovía y el chapoteo de los coches circulando de un lado a otro componía una música a la que Abdón ya se había acostumbrado.

 

La revista cayó en sus manos como tantas otras veces, leyó los titulares, se fijó en las fotos y fue pasando las páginas sin prestar demasiada atención, llegó a la contraportada y la tiró en el sofá. Al rato pasó Viorica en una de sus muchas idas y venidas, se fijó en la posición de Abdón y la de la revista y a continuación dijo:

 

—¿Ya vio la revista señor Abdón?

Éste levantó la mirada, arrugó el entrecejo y contestó:

—Sí, ya le he visto.

—¡Ah, qué bien! ¿Y no tiene nada que decirme?

—¡Sí!

—¿Y qué?

—Que si no tienes mejor cosa que hacer que saber mi impresión sobre las tonterías que se dicen en ese panfleto de colorines.

—Está bien señor, me pondré a preparar el almuerzo.

 

Viorica se fue a la cocina y Andón se quedó pensando en las palabras que había cruzado con la muchacha. Se incorporó de su asiento, comprobó que la pierna no le molestaba demasiado y que el brazo le respondía mejor de lo que pensaba. Agarró la revista y fue pasando sus páginas, ahora con mayor parsimonia y fijándose mejor en los detalles que antes había pasado por alto. En la cocina se oía el trajinar de Viorica. Y de repente saltó a su campo visual un recuadro en el que se informaba sobre las posibilidades de adaptación que se podían realizar en los ciclos para que pudiesen ser manejados por una persona con dificultades motoras. Leyó con atención, anotó el teléfono y la web de aquel anuncio y volvió a incorporarse. Poco a poco fue tirando de su pierna derecha hasta llegar a la puerta de su habitación, allí se acomodó en la silla giratoria y encendió el ordenador. Viorica seguía en la cocina. Nada más terminar de comer Abdón se levantó del asiento, se fue al cuarto de baño y al salir en lugar de coger en dirección a su habitación, como tenía por costumbre, tomó camino de aquel otro cuarto, clausurado durante años. La muchacha no podía creérselo, retiraba la cubertería de la mesa a pasos tan lentos que el propio Abdón lo hubiese hecho antes. Éste giró la llave y empujó la puerta, se puso la mano en la boca y la nariz y quedó inmóvil. Ella aguantó la respiración y sin mirar centró todos sus sentidos en comprobar cual sería la siguiente reacción.

 

En ese momento sonó el teléfono, los platos que Viorica sostenía volaron, se oyó un grito y Abdón alzando la muleta a modo de cimitarra, vociferó:

 

—¡Por todos los santos del cielo! ¡Quieres coger el teléfono!

La muchacha así lo hizo.

—Es…es…

—¡Déjalo! Ya voy yo.

—Es su hija.

 

La puerta del cuarto maldito había quedado de par en par, dejando salir todo el aire viciado que contenía y aquel olor a neumáticos que Viorica masticaba cuando hacía limpieza por el pasillo. Las paredes no tenían un color propio de una tabla de colores, podía escribirse en ellas, las arañas reinaban como especies dominantes, las herramientas permanecían a salvo de cualquier depredador, inmóviles, adoptando posturas de reposo, y ellas, las máquinas colocadas en sus respectivos posaderos tenían el aspecto de una cuadrilla de mineros recién acabado su trabajo. Un par de salamanquesas corrían de un lugar a otro sin saber que estaba pasando. La poca luz que entraba por la persiana dibujaba arabescos en el techo y en la pared de enfrente. Las losas del suelo tampoco entraban en la paleta del pintor, al menos mientras no las librase alguien de esa pátina de carbón que las recubría. Abdón colgó el teléfono. Le pidió a Viorica un paño y una mascarilla para taparse la boca y la nariz. Se remangó la camisa y se metió en aquella caverna dispuesto a enfrentarse con su presente y su pasado. Allí consumió muchas horas, arrastró su pierna dañada, estiró el brazo herido y recurrió a la muchacha cada vez que no podía llevar a cabo alguna tarea. No tenía prisa, ahí se pasaba gran parte del día al tiempo que su cabeza de ingeniero iba proyectando ideas sobre las paredes cada vez más limpias, sobre los folios, sobre el teléfono y el acceso a interné. La más preciada de sus monturas, la de la tecnología punta para la época, fue colocada en el banco de pruebas y comenzó a llevar a cabo sobre ella una serie de modificaciones encaminadas al ensamblaje idóneo hombre-artilugio. Los pedales, el sillín, el manillar, los cambios, los frenos, todo fue modificado hasta conseguir una especie de minotauro de la era moderna capaz de moverse por vías urbanas.

 

Los pómulos de Abdón mostraban un color naranja desacostumbrado, su charla se volvió más amena y a pesar de que Lucía y Viorica trataron de disuadirlo de su idea, él había encontrado por fin un buen motivo para ver el mundo desde su prisma y estaba convencido de que podía llevar a cabo su proyecto de reencontrarse un día con sus viejos amigos de cabalgadas, aunque su ritmo fuese distinto, aunque dejase de constituir el punto de referencia del grupo, lo que a él le importaba era seguir disfrutando de aquello que le había dado tantos momentos felices a lo largo de toda su vida, bajo otra perspectiva, adaptado a su yunta, pero abriendo el horizonte sin persianas de por medio, calándose los huesos con el trino de la calandria.

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