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José Ramón Ponce
Sábado, 10 de junio de 2017
FUNDAMENTOS DE HIPNOSIS IV

Época mesmérica

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Uno de los influidos por Paracelso fue Athanasius Kircher (1602-1680), sacerdote jesuita de Roma. Este, inspirado en el criterio del efecto del imán sobre enfermedades, realizó experimentos de alquimia.

Consiguientemente, el astrónomo vienés Maximiliano Hell (1720-1792), basándose también en la misma teoría sobre la influencia magnética de los astros, crea la varita mágica, considerando el hecho de que el magnetismo celeste se podía concentrar en dicho instrumento, el cual hacía pasar sobre los enfermos.

 

Paralelamente, eran conocidos los exorcismos del Padre Johann Joseph Gottfried Gassner, sacerdote católico tirolés y Consejero episcopal de Regensburgo, quien curaba las enfermedades por medio de la imposición de manos, la conversación, y los medios litúrgicos de la iglesia. Gassner provocaba además reacciones colectivas en quienes lo escuchaban, lo cual supone la acción sugestiva y contagio emocional; máxime en esa época de convulsión en Europa. Mitos, rumores y temores dentro de pueblos que salían del oscurantismo medieval y entraban en otro mundo para el cual no estaban aún preparados, servían de caldo de cultivo a estos acontecimientos psicosociales. Todo esto, desde luego, condicionaba la fuerza sugestiva de su influencia sobre las personas.

 

Estos fenómenos creaban cada vez mayor intriga dentro de la ignorancia de la época, lo que hizo mella en quien puede ser considerado la premisa principal en la concepción actual de la influencia neuropsíquica. Franz Antón Mesmer, el cual, según autores, es influenciado por las curaciones de Gassner, experimentos de Hell y las teorías de Paracelso.

 

Mesmer (1734-1815) nace un 23 de mayo, en la aldea de Izmang, situada al borde del lago Constanza. Es el tercero de nueve hermanos, e inducido al sacerdocio por sus padres, logra matricular en la Facultad de Teología de la Universidad jesuita de Ingolstadt. Pero después pasa a estudiar Derecho en Viena, para finalmente matricular medicina en 1760, la cual concluye en 1766 con la tesis De Planetarum Influxu (La influencia de los planetas) referida a las enfermedades humanas. Mesmer en esa tesis intenta explicar la acción de los astros sobre el hombre, y la existencia de un fluido desconocido que atraviesa el espacio y llega hasta el individuo.

 

Uno de los influidos por Paracelso fue Athanasius Kircher (1602-1680), sacerdote jesuita de Roma. Este, inspirado en el criterio del efecto del imán sobre enfermedades, realizó experimentos de alquimia.

 

En 1774, a Maximiliano Hell, en virtud de su fama en la utilización de imanes, le solicitan la confección de uno de estos objetos con el fin de aplicarlo terapéuticamente en un calambre estomacal. Esto llegó a oídos de Mesmer, el cual era amigo de Hell, lo que junto al hecho de estar previamente influido por la teoría de Paracelso, trajo como consecuencia que aquel encaminara sus pasos hacia estas prácticas con imanes.

 

Hell le comenta a Mesmer que se habían eliminado los trastornos estomacales, por lo que éste se motiva a experimentar con hierro magnetizado sobre los pacientes, obteniendo especial éxito en una mujer joven de apellido Osterlin. Así llega a la conclusión de lo que llamó fluido magnético, creando así la teoría del Magnetismo Animal.

 

En el 1775 envía Mesmer sus Veintisiete tesis a las diversas academias de Europa, fundamentando estos conceptos y exponiendo la analogía entre el magnetismo del imán y el de los animales, así como su útil papel en la curación de enfermedades nerviosas. Llega a la conclusión de que algunos seres eran mejor dotados que otros en la producción de dicha energía y que esta debía ser hábilmente transmitida, percibiéndose a sí mismo como uno los más capacitados para ello.

 

Utiliza primero el imán en forma de varita como Hell, el cual desplazaba o colocaba sobre los enfermos. Posteriormente considera que el magnetismo podía trasladarse al agua y actúa en consecuencia, desarrollando lo que llamó Crisis salutarias, encontrando iguales efectos (realmente era provocar convulsiones espasmódicas en el paciente por medio de un acrecentado éxtasis de fe, tal como ocurre actualmente en algunos rituales religiosos de origen africano, sectas esotéricas o en diversos fenómenos grupales).

 

Finalmente, en 1776, se convence de que todo esto era innecesario y comienza a transmitir su supuesta energía por medio de caricias y pases de manos (no era la Imposición de manos pero evidentemente era influido por ésta práctica); en dichos pases el papel más activo radicaba en la superficie de los dedos. Llegó a magnetizar objetos, caños de agua y cuanta superficie tocaba, generando tras de sí la vehemente concurrencia de la gente. A partir de ese momento es que elabora plenamente la teoría del Magnetismo Animal. Para él ya magnetizar no era utilizar el imán, sino influir a través de la acción de los dedos sobre los nervios.

 

Sin embargo, a pesar de ello se percata del absurdo del magnetismo, y de hecho de la influencia de los astros, quedando entonces en la desconcertante interrogante del "¿qué es?" el supuesto fluido, pero teóricamente muy poco puede avanzar a partir de ahí. Toda su vida trató de encontrar y definirlo científicamente, el cual concebía como leit motiv de ínter-influencias entre seres vivos. Murió sin lograrlo por una razón elemental: no existía. Pero al mismo tiempo, y sin llegarlo a conocer, logró el encuentro con el componente más importante dentro de estos estudios de la vida mental: el proceso de sugestión y sus efectos en el sistema cuerpo-mente.

 

Mesmer ha sido descrito, por diferentes autores, como un hombre de elevada estatura, porte imponente, cuasi artístico, brillantes ojos azules, blonda cabellera rubia empolvada, al igual que la cara (a usanza de la época). Irradiaba ecuanimidad y serenidad, muy afable, e inspirando seguridad; características que contribuían al efecto sugestivo de ser manejadas hábilmente. Las condiciones en que trabajaba Mesmer eran altamente sugestivas: salón en penumbras, con alfombras, tapices, cortinas, silencio, perfume de flor de naranjo, música de Mozart (era amante de la música de Mozart y amigo de él y del padre de éste). En esas condiciones los pacientes se situaban en torno a la cubeta de agua magnetizada y formaban la Cadena magnética. En un momento dado Mesmer entraba en el salón con una larga capa de seda de colores brillantes, con aplomo y muy ceremonioso. Así creaba las crisis que algunos observadores han descrito como mezcla de reacciones violentas, rugidos, lloros, espasmos, convulsiones, y muy probablemente alguna que otra alucinación.

 

Mesmer excluía de su tratamiento a mutilados, pérdida de la razón, infectados en la piel, y epilépticos, declarando que no podía hacer milagros. Atendía tanto a pobres como a ricos y generalmente no cobraba honorarios (tener en cuenta que su origen y casi toda su vida fueron muy adinerados). Comprendía y alimentaba el valor de la fe y la confianza ilimitada del paciente hacia él.

 

En Munich logra importante éxito en un caso de parálisis del Consejero Académico de Ostewald, logrando por ello el reconocimiento de la Academia de Augsburgo en 1776, sin que ello no dejara de despertar el rechazo de parte de hombres de ciencia ya previamente recelosos de sus planteamientos.

 

Mesmer tuvo una vida profesional escabrosa. No fueron pocas vicisitudes en Viena, y en 1778 marcha a París (algunos dicen que fue expulsado de la ciudad mientras otros que fue invitado por el rey Luis XVI). La reina María Antonieta le brinda protección en Francia, así como masones franceses. Aunque el médico de la familia real se inclinaba a su favor, el rey observaba con escepticismo. Estas interrogantes hicieron que la corona nombrara una comisión especial, compuesta, entre otros por Benjamín Franklin y Antoine L. Lavoisier, para evaluar concepciones y experiencias. La conclusión a la que se arribó quedó plasmado en un informe oficial, el cual exponía que estos fenómenos se debían a la imaginación. Si bien es cierto que la comisión no aprobaba los postulados teóricos que se estudiaban, también es cierto que se reconocía el papel de lo psíquico en las enfermedades.

 

Mesmer escribe en 1779, en la prensa francesa, el artículo Disertaciones sobre el descubrimiento del magnetismo animal.

 

Allí trata de demostrar el carácter científico de sus trabajos y reconoce las lagunas de información en torno a los hechos observados, pero defiende la rigurosidad objetiva de estos. Logra mayor reconocimiento a partir de la publicación de un folleto que hace un médico seguidor de sus criterios, Charles Delson, con referencia a la curación de parálisis en una dama de la corte de María Antonieta. En 1784 la Academia francesa, en nuevo estudio de su teoría y técnica, pone de manifiesto nuevamente el papel de la psique, aunque aún sin relación con lo físico.

 

En 1792 Mesmer sale de París huyendo de las convulsiones sociales de la Revolución Francesa, pero regresando años después. Muere en 1815 en Meersburg, en el olvido, el abandono y la miseria.

 

Se pone de manifiesto la analogía de las prácticas mesmericas con el exorcismo medieval y sus bases en las concepciones sobre la influencia magnética de los astros en sus inicios, pero es evidente también la evolución del pensamiento de su autor y su intención de aplicar enfoque científico a lo creado y que ni él mismo logró explicarlo satisfactoriamente. Quería ver erigido en ciencia su descubrimiento y solo trataba de abordarlo desde este prisma. Es probable que siguiera llamando magnetismo al proceso que se ponía en marcha con estas prácticas debido a la imposibilidad de conocer la verdadera naturaleza de lo que ocurría.

 

El mesmerismo no consistía más que en inducción hipnótica por medio de influencia sugestiva, complementado con factores interpersonales, pero a esas conclusiones no podía llegar el autor en su época.

 

Armand Marie Jacques de Chastenet de PuységurUno de los discípulos de Mesmer fue Armand Jacques de Chastenet, marqués de Puysegür (1751-1825). Oficial de artillería como sus hermanos militares, residía en su castillo de Buzancy, cerca de Soissons. Allí pasaba las horas en un laboratorio de su propiedad, haciendo experimentos de Magnetismo.

 

El marqués llegó a comprobar que con un simple adormecimiento de la persona se lograban iguales efectos que con las técnicas mesmericas. Un día magnetizó a un campesino llamado Víctor Race, el cual sufría trastornos respiratorios. Este hombre llegó un momento en que contestaba las preguntas pero adormilado, y sin crisis mesmericas; finalmente mejoró la disnea. Estas prácticas llevan al convencimiento al marqués de que no eran necesarias las complejidades de su maestro para lograr los objetivos curativos en el paciente, lo que trajo severos altercados entre ambos. Mesmer no admitía un criterio diferente al suyo.

 

Se destaca en el trabajo de Puysegür el contacto verbal, el cual no era considerado importante por Mesmer, aunque mantenía la varita mágica. El Marqués señaló además la relación entre el sonambulismo y la hipnosis.

 

En la época frecuentaba los círculos aristocráticos de Francia e Italia José Custodio de Faría (1755-1819), conocido como el abate Faría. Este era un sacerdote portugués que había regresado de la India y hacía gala de su poder de magnetización el cual, afirmaba, lo había aprendido de los brahmanes de dicho país. Desarrolla la técnica de Fascinación o Donatismo, según él mismo la llamara. Contemplaba las concepciones de Mesmer pero de hecho se le oponía en tanto rechazaba la teoría del Magnetismo Animal. Con su técnica miraba fijamente a los ojos al individuo y con brusquedad le ordenaba ¡duerma!

 

Independientemente de lograr más o menos resultado de esta manera, esta acción se basaba en el reflejo pasivo-defensivo del cerebro, y sobre lo cual abundó Ivan Pavlov en el siglo XX. Reacción similar que puede hacer entender más fácilmente este hecho se observa en las consecuencias de traumas psíquicos agudos como estados de obnubilación de la conciencia, o el simple atontamiento en que queda una persona ante una sorpresa súbita e insólita; estos hechos elevan considerablemente la sugestionabilidad. Faría consideraba además que estos efectos no dependían del inductor sino del propio individuo sometido a ellos.

 

 

Imagen de cabecera: Franz Mesmer.

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