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Juan José Fermín Pérez
Jueves, 8 de junio de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Ojos, oídos y dientes (Parte I)

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Esta semana haremos un viaje desde los ojos a las profundidades del sistema digestivo humano, como los protagonistas de un Viaje Alucinante. Intenta no respirar por la nariz.

Hace unos tres mil quinientos años, en Mesopotamia, se descubrió el método para fabricar el vidrio. Alguien más listo que los demás se daría cuenta que esos cristales tan bonitos, ideales para hacer vajillas o joyería,  también amplificaban la luz. Sin embargo, no queda constancia de que se usaran esas lentes primitivas para aliviar problemas de visión.  Hubo que esperar hasta el siglo XIII, década arriba o abajo, para que los monjes del norte de Italia popularizaran su uso. Al principio, se sujetaba la lente directamente con la mano, hasta que alguien le añadó un palo, creando así la primera lupa. Hacia 1300,  Alexandro della Spina, un monje pisano, unió dos lentes en una misma montura. Esas fueron las primeras gafas (de inmediato, supongo, se estableció la norma de llamar Cuatro Ojos a todo aquel que las usara. Que la gente siempre es puñetera, hoy y hace seis siglos).  El uso del que aquel ingenio se fue popularizando en los siglos siguientes. A finales del XIX, tenían el siguiente aspecto (revista El Álbum Salón, 28 de Noviembre de 1897):

 

[Img #9124]

 

No son gafas demasiado bonitas. Este modelo no lleva patillas, y se sujeta a presión en el puente de la nariz, lo que significa que tampoco serán demasiado cómodas. Por eso, tal vez nos interesen algunos métodos alternativos, como el siguiente remedio, que puede curar mágicamente cualquier problema de visión. Se anunciaba en el Eco de la provincia de Alicante, de 1 de Mayo de 1884:

 

[Img #9125]

 

Los milagros no sólo se aplican a la vista. En el último tercio del siglo XIX, se podían comprar medicamentos que permitían curar la sordera, como demuestra este anuncio de El diario de Córdoba, de 1 de Enero de 1882:

 

[Img #9127]

 

Este anuncio no es llamativo porque publicite un producto tan falso como la videoconsola Polystation de los bazares chinos. Lo interesante, es que sea uno de los primeros ejemplos de establecimiento comercial que acepte pagos mediante sellos de correos. En nuestros tiempos, los de Visa y Paypal, eso ya no se lleva. Pero en la época de los visigodos, hace unos treinta años, era un sistema de pago muy habitual, junto con la transferencia bancaria o el reembolso. Así pagaba yo los primeros libros que compraba por correos, en tiempos de Felipe González, cuando era un chavalín sin tantas canas. 

 

He rescatado otro anuncio de la época, escrito por un señor que tenía la cara tan dura como el turrón de Xixona, pero con un rara aptitud para la profecía, lo supiera él mismo o no. Se publicó en el diario La Época, de 17 de Febrero de 1852:

 

[Img #9128]

 

El texto parece describir un audífono moderno. Un instrumento de color carne, lo bastante pequeño y discreto para llevarse en el oído sin llamar mucho la atención. Sin embargo, volvamos a mirar la fecha del anuncio: se publicó a mediados del siglo XIX. Fue necesario esperar hasta 1898 para que  inventaran los audífonos. En aquella época, eran trastos grandes y engorrosos, que pesaban unos tres kilos. Se necesitaron otros cincuenta años de desarrollo para conseguir modelos tan ligeros y eficientes como los que describe el anuncio. Puede que tal instrumento fuera algún dispositivo hueco, destinado a amplificar el sonido, como las trompetillas. O (me inclino por esta opción), todos los infelices que mandaron la pasta aún están esperando que le manden ese milagroso invento, unas diecisiete décadas después. 

 

Hemos mencionado las trompetillas. Se inventaron a mediados del siglo XVI, y era un dispositivo muy simple: un embudo de metal, más o menos grande, que amplificaba los sonidos. El rey Juan VI de Portugal llegó un poco más lejos, en 1819. Hizo construir un “trono acústico”, que recogían y amplificaban el sonido mediante un sistema de tubos, y luego lo retransmitían a la altura de la cabeza. Sin embargo, ese mamotreto no le quitó espacio a la trompetilla, que utilizaba tanto el pueblo llano como personajes tan ilustres como Beethoven. Buscando información para escribir este artículo encontré un chiste publicado en El periódico para todos, de 25 de Enero de 1800:

 

[Img #9129]

 

Creo que hasta una persona sin salero como Mariano Rajoy podría contar chistes más graciosos. Pero en el reinado de Carlos IV, con Napoleón al otro de los Pirineos, cuando faltaban cinco años para la batalla de Trafalgar, tal vez el humor fuera muy diferente. No olvidemos que la broma más simpática de aquel tiempo, fue acabar coronando a un personaje como Fernando VII.

 

En el oído también está nuestro sentido del equilibrio y los problemas que aparecen cuando las cosas se mueven demasiado: el mareo. Para resolver ese inconveniente, teníamos este remedio propuesto por la revista Álbum de Salón, de 16 de Enero de 1899:

 

[Img #9126]

 

Es imposible adivinar qué ingrediente utilizaba ese producto. Tal vez fuera escopolamina, una sustancia descubierta en 1881 y que fue utilizada hasta mediados del siglo XX. Pero esa droga no sólo quita el mareo. También se la conoce como burundanga y, en dosis más altas, causa visión borrosa, temblores, alucinaciones e, incluso, puede anular la voluntad. Se ha hecho famosa porque la han utilizado (y la usan) muchos delincuentes y agresores sexuales para cometer sus crímenes. En la Segunda Guerra Mundial, los aliados buscaron una alternativa a la escopolamina. Porque un soldado que no ve al enemigo, o se lo inventa, no sirve para combatir. Se descubrió que un medicamento para tratar la alergia, el dimenhidrinato, también servía para aliviar el mareo. En 1952, un médico catalán llamado Joan Uriach, comercializó ese medicamento en España, con el nombre de Biodramina. Un remedio ideal para resistir un viaje en Seat 600 por las carreteras de la época o, ya que estamos, moverse por el metro de Madrid en los meses de verano, cuando se olvidan de conectar el aire acondicionado.

 

La próxima semana, saldremos del oído para explorar otras oquedades del cuerpo. Que suena feo expresado así, lo sé, pero promete ser divertido.

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