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Carlos Barbarito
Lunes, 5 de junio de 2017
A Edna Pozzi, en memoria

Último inventario

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Noticia clasificada en: Poesía

Alrededor de las 21:00 del domingo 7 de mayo, falleció a los 91 años la poeta y prosista Edna Pozzi.

Último inventario

 

Je suis enfin sorti de mon sommeil, je vis.
Paul Eluard.

 

La luz en la grava, cuando ella anda bajo la única estrella. El libro, del que otra vez levanto la mirada para ver el alba. La tierra y su límite, hasta allí la raíz, el tallo y el vástago. El puro vibrar de la cuerda tensada hacia deseo y verdad. Quien la pulsa, de entre los vivos, descalzo y desnudo. Ciertas palabras, regaliz, fontana, cimiento, en una madera. Quien las grabó, con punzón, un instante antes de la lluvia. La luz en el agua, cuando ella bebe en el instante inefable. Lo que llamamos la belleza y, al fondo, caballos. El polvo que levantan sus patas camino a Bizancio. La casa del marino y la casa del orfebre. Un puerto. Un artificio, dicen, que llegará al cielo.  Una gota de sangre en un pétalo. Una gota de rocío. Una moneda dorada. El viento otoñal. Olas. Estrellas fugaces. La hierba. Avellanas. Aromas. El sabor del vino y las lágrimas.

 

Edna

         

 

Tenés facilidad para las palabras… me dijo alguien alguna vez. Quiso decir que las palabras –yo tendría entonces diez u once- brotaban de mí de modo natural, sin esfuerzo alguno. Tal idea provenía de mis cuadernos de escolar, donde, con lapicera con cartucho, en aquellos días la birome no estaba permitida, yo había escrito alguna composición y había obtenido algún premio –me recuerdo ante familiares y vecinos, solo en un escenario de madera, leyéndola; al terminar, en medio de los aplausos, huí, tropecé y alguna maestra me recibió en sus brazos y me salvó del golpe-. Yo, por entonces, era flaco y pálido. Pasados los años, poco he cambiado. Años más tarde, algo poderoso y urgido, me hizo escribir un poema -¿por qué un poema si yo hasta entonces había leído cuentos y novelas?, tal vez el culpable haya sido Manzoni, profesor de música del secundario a quien se le ocurrió leer un poema de Borges, El mar, ante mi asombro y deslumbramiento-.

         

Al escribir aquel poema primero descubrí de que lo que menos dispone alguien que escribe –aún hoy, luego de tantos años, me niego a llamarme escritor, por pudor- es facilidad. Todo lo contrario, se escribe con dificultad, con enorme dificultad, y cada cosa que se escribe es una victoria (siempre transitoria) sobre esa dificultad. Y al decir esto, regreso a mis años de artista cachorro, en aquellos días empleado en una oficina, no me resisto a emplear un adjetivo usado una y mil veces: kafkiana, cuando, terminada lo más velozmente posible la cuota diario de expedientes, tecleaba poemas. Fue allí donde escribí lo que sería mi segundo libro, poemas vallejianos, que tuvieron la fortuna de ganar un premio organizado en homenaje a Alejandro González Gattone –de quien alguna vez hablaré porque fue él uno de los culpables de mi elección por la literatura, cuando vivía y, luego, en espíritu-. Y al ser avisado de la distinción, era 1984, aunque ya conocía a Edna Pozzi, puedo decir que aquel encuentro, en su despacho de jueza de trabajo, fue el primero de tantos-. Claro, debo confesarlo: estar allí, ella sentada en su sillón, y yo, del otro lado del escritorio, con mi timidez habitual –bajo una capa de locuacidad, de jovialidad, soy muy tímido-, no me fue fácil. Tartamudeé, sentí que se trababa la lengua, tuve ganas de salir corriendo, pero Edna, quien, estoy seguro de ello, se dio cuenta de mi situación, me calmó, me habló suavemente, dijo cosas muy agradables de mis poemas. ¡Salvado! –diría el poeta. Fue Edna quien prologó, sin firmarlo, mi libro; fue ella quien organizó la presentación en el Colegio de Abogados; me veo firmando ejemplares, veo todavía los rostros de los amigos entre el público.

         

A treinta y tres años de aquellos días, enterado de la desaparición física de Edna, la querida Pocha, quise dejar este texto en su memoria. Afuera, cae la lluvia y sopla el viento, aquí, donde escribo, centenares de libros aguardan a sus lectores en los estantes y, desde la sala contigua, llegan risas y voces de adolescentes, y, en entre esas voces y risas, la voz de Edna: Han dicho que en ceniza y oscura greda se convierte… Pero ni tú ni yo creemos que está muerto.

 

Carlos Barbarito

Biblioteca Miguel Cané, San Miguel

8 de mayo de 2017

 


 

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 5 de junio de 2017 a las 15:32
Carlos Barbarito
Gracias! Un gran abrazo!

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