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Alfredo Llorens
Lunes, 5 de junio de 2017
Aurea Mediocritas

Salomón o el equilibrio

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Noticia clasificada en: Ensayo

Salomón, Sócrates, Aristóteles, el Yin y el Yang, la Gestalt... hasta el mismísimo Bruce Lee debe tener a buen seguro, alguna gran frase alabando el equilibrio entre dos extremos.

Aurea Mediocritas es la denominación latina de la tendencia a buscar el término medio en las cosas. Al parecer el ser humano ama la moderación, la mesura y la equidad. Nos lo muestran  Salomón, Sócrates, Aristóteles, el Yin y el Yang, la Gestalt... hasta el mismísimo Bruce Lee debe tener a buen seguro, alguna gran frase alabando el equilibrio entre dos extremos.

 

 Esta tendencia a la moderación entre opuestos goza de tanto predicamento para el Homo Sapiens que ya los sesudos griegos consideraron la Mediocritas como un atributo necesario para la Belleza como cualidad basada en la armonía, la simetría y la proporción. Esa Mediocritas que aconsejó Dédalo a su hijo Ícaro para tener un vuelo seguro: ni tan bajo que las olas mojasen sus plumas ni tan alto que el sol derritiese la cera de sus alas.

 

 Como nos muestra el mito, la falta de moderación tiene siempre su castigo en el subconsciente colectivo. No en vano el legado escultórico más extendido que nos dejó la antigua Roma, más allá incluso de las propias esculturas, es posiblemente la arquetípica imagen de la Justicia como una señora muy seria con una balanza y una espada de doble filo. La balanza donde se pesa la razón de una causa frente a la opuesta y la espada de doble filo que advierte de que el castigo puede caer de cualquiera de los dos extremos. La venda en los ojos al parecer fue un añadido formal posterior para sugerir imparcialidad pero la carga iconográfica siempre se puso claramente en el equilibrio  y en el castigo ante su abandono.

 

Es quizás por todo lo expuesto que solemos asimilar la justicia con la equidistancia.  El equilibrio entre opuestos está tan hondamente enraizado en nuestro sentido común que no resulta extraño que al defender una postura  en una conversación, muchas veces lleguemos a desmarcarnos un poco o incluso atacar parcialmente lo que defendemos para dar esa imagen estereotipada de "moderación" que persuadirá a nuestros contertulios de que somos personas ponderadas, que sabemos repartir nuestras filias de un modo equilibrado y por tanto imparcial. Que no somos unos extremistas o unos exaltados y por ello nuestra opinión es altamente fiable y merece ser tenida en cuenta.

 

 La equidistancia forma parte del esqueleto comunicativo y social y nadie desea dar la apariencia de ser un lunático quebrantahuesos. El punto medio es pues, por antonomasia, el lugar donde radica la virtud pero la aplicación de este principio de apariencia tan razonable, tiene a menudo un efecto perverso al premiar precisamente las posiciones más extremas en detrimento no pocas veces de las más justas. Es un comportamiento comúnmente aceptado el hecho de forzar una posición previamente a la confrontación para arrimar así a nuestras posiciones ese punto medio que convencionalmente da la medida justa de las cosas. Se trata del clásico "Tira y afloja" que está muy bien para sacar mejor precio por nuestra bicicleta de segunda mano pero que llevado a temas mayores y no digamos ya si se aplica a conflictos geopolíticos, adquiere carácter de injusta monstruosidad. Se suele llamar erróneamente "decisión salomónica" a aquella que busca la equidistancia entre oponentes pero en realidad cuando la única medida de las cosas es la equidistancia, los más moderados y los inocentes siempre salen malparados.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     La vida y la historia nos demuestran paralelamente que si un individuo o un pueblo pacífico se ve asediado por alguien que lo invade, es muy posible que opte por oponer resistencia. Desde ese momento le serán aplicados salomónicos aforismos del tipo "Dos no se pelean si uno no quiere" y lo que en un principio es defensa pasará automáticamente a ser considerado como mera pelea. Una parte como cualquier otra de las dos o más que intervienen en el conflicto. Cabe decir que cuanto más extremado, irracional e hiperbólico sea el planteamiento inicial del agresor, más desplazará el punto medio de la equidistancia hacia sus posiciones alejándolo por tanto de la posición del agredido que pasará así, de ser considerado por todos como una víctima, a ser percibido como un oponente más en un  conflicto de intereses entre supuestos iguales. Si el invasor es lo suficientemente osado en sus planteamientos,  la víctima puede llegar a ser incluso percibida directamente como un agresor, desplazándose sobre ella la responsabilidad misma de su desdicha.

 

Cabe afirmar que cuando se dan por válidas las dos posiciones a confrontar en un conflicto sin someterlas a un juicio ético se las está exponiendo a un simple enfoque cuantitativo. Simplemente se tiene en cuenta su fuerza en una negociación, el poder de los apoyos con que cuentan cuando no simplemente el dinero o las armas que las respaldan. Es aquí donde se producen los atropellos y se enquistan las desgracias. La equidistancia crea un relato donde Salomón manda partir en dos al niño.

 

Pero todos sabemos que Salomón fue un rey sabio. Un rey justo que supo ver la importancia de establecer  una valoración ética de la cuestión y de los oponentes, Un rey legendario que, elevándose sobre la simple equidistancia, aportó lo que podríamos llamar un enfoque cualitativo al conflicto.

 

Salomón supo ver que no puede existir un punto medio entre la madre real y la impostora del relato. No se puede resolver un conflicto buscando el punto medio entre el interés legítimo y el espurio como a menudo se hace cuando se relativizan los valores. Porque en un mundo de valores relativos, la equidistancia se convierte en la única referencia moral y, como hemos comentado, se convierte en terreno abonado para el desaprensivo que,  por mor de esa supuesta moderación, sabe que sin importar lo irracional de su demanda, va a ser como mínimo parcialmente atendida por el mero hecho de plantearla y más ventajosa para sus intereses cuanto más extremada sea.

 

Y también sabe que su victoria no se completa cuando vence sino cuando se legitima.

 

 

Cabecera: Juicio de Salomón - Óleo de José de Ribera

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