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Juan José Fermín Pérez
Viernes, 2 de junio de 2017
Ser un escribidor famoso es sencillo. Basta hacer el ganso en la casa de Gran Hermano

Certámenes literarios: ese infierno

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Nos adentramos en un mundillo tan sórdido y oculto como el pensamiento de Mariano Rajoy, el de los concursos literarios. Ponte la armadura, coge la espada y acompáñame en este peligroso viaje.

Ser un escribidor famoso es sencillo. Basta hacer el ganso en la casa de Gran Hermano, reunir millones de tontos incondicionales en el Youtube o ser tertuliano de La Sexta Noche. Te publicarán cualquier cosa que escribas, negro o no mediante, y estarás firmando ejemplares en la próxima Feria del Libro, a cuatro palmos de Pérez–Reverte. Si eres un simple pringao, de los que trabajan por cuenta ajena, las cosas no serán tan sencillas. Dice la leyenda que por cada copia pirata del Microsoft Word, existe un escritor vocacional. Eso significa mucha peña. Millones de Cervantes dándole a la tecla, y enterrando a editores y agentes literarios bajo muchas toneladas de manuscritos no solicitados. Para asomar la cabeza por encima de tanta masa, una opción son los certámenes literarios. A falta de una FP oficial (imagina poder presentarte con un: “hola, me llamo Federico, y soy técnico escritor de grado medio”), ganar un premio es una buena manera de certificar el talento.

 

No puedo contar qué trucos son necesarios para ganar uno de esos certámenes. Aunque tenga algunos metales en mi medallero, no he sido capaz de encontrar una estrategia válida para conseguir el triunfo. Los mismos relatos que no se comieron un rosco en determinados concursos, luego ganaron otros, de similar entidad y temática. ¿Por qué? Ni idea. Es un misterio tan profundo como las intenciones de Pedro Sánchez, o el número de corruptos que aún no han sido detectados por la justicia. No vengo a resolver esa ecuación, que escapa por completo a mis habilidades, sino a poner el codo sobre la barra, caña aquí, y a rajar un poquito. Eso sí que se me da bien.  

 

TEMÁTICA

 

Este es el primer monstruo de la mazmorra. A veces es un asunto muy simple. Quieren que la obra pertenezca a un género concreto. Pero hay certámenes muy puñeteros, que exigen escribir sobre el cultivo del abrojo en Saltamatas de Arriba o la mística del tintorro en vaso de cuello estrecho, o… qué sé yo. Me resisto a poner ejemplos reales, que no tengo dinero para abogados, pero te puedo garantizar que pueden ser muy retorcidos. Como es sencillo de adivinar, se trata de hacerle campaña publicitaria al ayuntamiento, asociación o empresa responsable de organizar la fiesta. Y no te fíes de la “temática libre”. Si el concurso lo organiza la Sociedad de Numismática de Villaviejos, por decir algo, tu relato sobre prostitutas androides del siglo XXX va a terminar en la papelera, sí o sí, aunque sea una obra maestra de la Ciencia Ficción.

 

EXTENSIÓN

 

Vale, quieres escribir sobre el roblón centenario de los Picos de Europa, tal y como obliga el certamen. Pero ojo. No le quites el bozal a esas musas todavía, chiquillo, y mira bien las bases. Siempre se exige una extensión mínima y máxima y un formato determinado. Por ejemplo, un concurso de microrrelatos puede imponer un límite de 250 palabras o de cinco o seis líneas. También te pueden pedir que se lo mandes en un DOC o en un PDF. Todo esto es bastante lógico y razonable. Pero hay certámenes que parecen redactados por un Groucho Marx enfermo de dislexia. Algo del estilo (copio y pego):

 

“mínimo de 5 y un máximo de 10 páginas, en formato de 21 x 29,7 cm (DIN A4), impresas a una sola cara, con interlineado doble, máximo 30 líneas por página, tres centímetros de margen a cada lado, tamaño de fuente 12 y tipo de letra Arial.”

 

¿Cómo se te queda el cuerpo? Dice la leyenda que si consigues crear un documento que cumpla todos esos requisitos, te convalidan cinco créditos de la carrera de Ingeniería Industrial.

 

MISMAMENTE TÚ

 

Este es el primer punto que deberías haber mirado. Porque después de pasarte un finde pensando un relato que cuadre en un determinado certamen, en cuanto a tema y a formato, te puedes llevar la sorpresa de que no puedas participar. Muchos piden una edad mínima o máxima, otros que pertenezcas a un país o localidad concreta o, incluso, que estés vinculado a la sociedad que lo organiza todo (por ejemplo, si se trata de una federación deportiva, que tengas su carnet y todas las cuotas al día). Es muy divertido invertir media tarde repasando la lista de certámenes literarios, para encajar ese cuento que escribiste en el insti después del primer porro, y descubrir que el único concurso disponible te rechaza porque no te hiciste, por decir algo,  la tarjeta de compra del Corte Inglés.

 

PREMIOS (EN METÁLICO)

 

Ves números de cuatro o cinco dígitos, y ya estás pensando en qué vas a gastarte la pasta. Nos pasa a todos; que la vocación literaria está muy bien, pero Endesa nos cobra la factura en euros, no con ilusiones.  Por ese mismo motivo, debemos imaginar que habrá miles de escritores, con el mismo apetito, dispuestos a disputarnos el premio. Por lo tanto, toma nota: cuanto más pasta, más chungo.

 

Además, ocurre algo curioso con los premios en metálico. Una pauta, que se puede comprobar a posteriori, cuando se conoce la decisión del jurado. Cuanto más gordo sea el premio, más famoso e importante será el ganador. No falla nunca. Rara vez da la sorpresa un novato absoluto, al contrario. Los certámenes más conocidos (sabéis a cuáles me refiero) parecen funcionar como simples campañas publicitarias al servicio de un autor determinado. A niveles más modestos, ocurre algo parecido. En vez de dar relevancia a autores aún desconocidos, los certámenes buscan el lustre que da el premiar a plumas más o menos consagradas.

 

Y esto es España, no olvidemos eso. El país de la Gurtel, del enchufe de nueve tomas, y de las charcas con diez mil ranas. Si el premio lo organiza un pueblecito de Teruel, por ejemplo, no importa que se denomine CERTAMEN INTERNACIONAL, y se abra al universo entero. El ganador será alguien de ese pueblecito de Teruel o de sus proximidades.

 

PREMIOS (EN ESPECIE)

 

Lotes de libro, trastos electrónicos, entradas para el cine o el teatro, noches de hotel… Las mismas reglas que aplican al dinero funcionan también en estos casos.

 

Un premio tan interesante como lleno de trampas es la publicación de la obra presentada a concurso. Si hablamos de una editorial importante, esto puede significar nuestro salto del anonimato a la fama, sin paradas intermedias. Pero, en algún caso, implica dar el control absoluto de nuestro texto, durante años. A veces gratuitamente, incluso, a cambio de “reconocimiento”, como si fuéramos becarios de una cocina de muchos tenedores. A cada cual le corresponde evaluar si ese pago compensa o no compensa.

 

Personalmente, valoro bastante las editoriales modestas. Aunque no tengan los medios de publicación o promoción de los gigantes, suelen anteponer los criterios literarios por encima de los económicos a la hora de organizar un certamen, y suelen tratar al escritor como si fuera una persona, y no un simple recurso. Sin embargo, hay que estar atento. Detrás de muchas “editoriales”, con comillas, sólo hay un señor bebiendo Coca Cola delante de su PC. Se limitará a reunir los relatos presentados a su concurso en un mismo volumen, sin filtros de ningún tipo, y lo subirá a una plataforma de autoedición, para luego vendérselo a sus propios autores. Publicar en estas condiciones es como los cursillos de CCC: sí, lucen un poco, pero… no.

 

OTRAS VARIABLES

 

Las fases de la luna, la cercanía de los Dioses Primigenios, las fluctuaciones del Nasdaq… Quien sabe qué factores deciden quien gana y quien pierde en un certamen literario. Pasa como en los Óscar: levantan estatuilla películas que nadie recordará al año siguiente, y se quedan en el asiento otras que pasarán a la historia del cine.

 

Si eres escritor, y este artículo no ha conseguido desanimarte (mira que eres cabezón), sólo puedo repetir la consigna que intento seguir cada vez que consulto la lista de certámenes literarios: erre que erre. No hay otra, como cuando se está en paro fastidiándole las estadísticas a Rajoy. Hay que seguir haciendo entrevistas y no desanimarse con los “ya te llamaremos”. Es decir, participa en tantos certámenes como te apetezca, sin tener en cuenta los fracasos. 

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