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Flavio Crescenzi
Domingo, 28 de mayo de 2017
no es posible escribir nada sin someterse a las leyes más o menos estables de la sintaxis

La sintaxis como marca estilística

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No es posible escribir nada sin someterse a las leyes más o menos estables de la sintaxis. En la escritura literaria existe un sinnúmero de variantes sintácticas capaces de producir efectos estilísticos.

Toda obra literaria que se construya a partir de un preciso trabajo sobre el lenguaje supone una ética de la escritura. Dicho de otro modo, escribir literatura, incluso en los momentos de mayor arrobamiento, es menos consecuencia de un don que del dominio de las artes del lenguaje, y soy de los que todavía creen que la Gramática es una de ellas.   

 

Un buen escritor sabe que la única realidad con la que debe enfrentarse es la realidad del lenguaje. Sabe, además, que lo que dice y la manera de decirlo son, en definitiva, una sola y misma cosa; pero también, que el valor de lo que dice radica fundamentalmente en el cómo y no tanto en el qué.

 

Ahora bien, no es posible escribir nada sin someterse a las leyes más o menos estables de la sintaxis. Tanto es así que incluso en los textos literarios más originales se filtran frases hechas o construcciones sintácticas que recuerdan a otros escritores —lo que de algún modo reduce la intensidad inicial que seguramente tenían esos textos—, y si bien es válido idear nuevas relaciones sintagmáticas, es evidente que esta posibilidad tiene sus límites.

 

Pese a esta aparente fatalidad, en la escritura literaria existe un sinnúmero de variantes sintácticas capaces de producir efectos estilísticos. A continuación, veremos cómo operan tres de ellas en algunas prestigiosas obras de la literatura de habla hispana.

 

I – El cambio en la lógica oracional

 

Si bien es cierto que en el idioma español la construcción de la frase no está sometida a reglas fijas, también es cierto que todas las alternativas posibles parten de un orden lógico específico: un sujeto con sus correspondientes modificadores (determinativos, adjetivos, aposiciones) y un predicado verbal con sus respectivos complementos (directo, indirecto, circunstancial). Tomemos por caso la siguiente oración, que justamente responde a la lógica que acabamos de plantear: «Paulina le preparaba el desayuno a su marido todas las mañanas». Pues bien, esta misma oración puede escribirse de esta forma: «Todas las mañanas, Paulina le preparaba el desayuno a su marido»; o de esta otra: «Paulina, todas las mañanas, le preparaba el desayuno a su marido». Estos cambios, correctos en todos los casos, obedecen a la necesidad de darle a ciertos elementos de la oración un mayor relieve expresivo, hecho que se traduce siempre en estilo.

 

En efecto, el cambio del orden oracional —al igual que la elección de los vocablos— forma parte de las posibilidades expresivas que ofrece nuestra lengua. El orden, por consiguiente, estaría sujeto a la importancia que adquieren en el espíritu del hablante las ideas que expresa. Vale decir que el orden dependería de patrones subjetivos y, naturalmente, estilísticos.  

 

En los textos literarios, los cambios del orden oracional son moneda corriente. Veamos, por ejemplo, la primera oración de este capítulo de El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias:

 

A las detonaciones y alaridos del Pelele, a la fuga de Vásquez y su amigo, mal vestidas de luna corrían las calles por las calles sin saber bien lo que había sucedido y los árboles de la plaza se tronaban los dedos en la pena de no poder decir con el viento, por los hilos telefónicos, lo que acababa de pasar.[1]  

 

O el comienzo del cuento «El aleph», de Jorge Luis Borges:

 

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.[2]

 

O el del cuento «El verano feliz de la señora Forbes», de Gabriel García Márquez:

 

Por la tarde, de regreso a casa, encontramos una enorme serpiente de mar clavada por el cuello en el marco de la puerta, y era negra y fosforescente y parecía un maleficio de gitanos, con los ojos todavía vivos y los dientes de serrucho en las mandíbulas despernancadas.[3]

 

Como podemos apreciar, en ninguno de los tres ejemplos el sujeto de la oración (tácito en la de García Márquez) aparece en posición inicial, sino que es precedido por otros elementos sintácticos. Esto, desde luego, no es obra de la casualidad, sino producto de la decisión de los autores y, tal como pudimos apreciar, el efecto estilístico de esa decisión es brillante en cada uno de los casos.

 

II – La construcción nominal

 

A fines del siglo XIX, quizá por influjo de la novela realista, la prosa española se aparta casi definitivamente del período largo, zigzagueante y elocuente que la caracterizaba desde el Siglo de Oro y termina por aceptar la oración breve, la frase elíptica, la cláusula jadeante. A partir de ese momento, comienza a experimentarse en la literatura de habla hispana un auge de la construcción nominal, que es aquella en la que el elemento verbal se suprime a favor de los sustantivos, adjetivos y determinantes.[4] 

 

Ahora bien, hay un tipo de construcción nominal que aparece con la elipsis del verbo. Con respecto a esto, vale decir que algunos autores dudan de que pueda haber elipsis en cualquier omisión verbal. Vossler, sin ir más lejos, en su libro Filosofía del lenguaje, cita un concepto de Karl von Ettmayer, según el cual «sólo debe admitirse en sintaxis la presencia de la elipsis en el caso que puedan señalarse con exactitud qué palabras se han suprimido elípticamente, pero no en aquellos casos donde sólo parece que falta algo sin que se pueda expresar con palabras»[5]. Ateniéndonos a este razonamiento, veamos dos ejemplos extraídos de la novela Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes:

 

  1. Como acción amaba sobre todo el andar; como conversación, el soliloquio. [6]

 

  1. Supe las relaciones del comisario con la viuda Eulalia, los enredos comerciales de los Gambutti, la reputación ambigua del relojero Porro.[7]

 

En la primera oración podemos reconocer el verbo elidido sin mayores esfuerzos. En la segunda, en cambio, nos resulta más difícil hacerlo (conjeturo que Vossler no admitiría que aquí hubiese un caso de elipsis). Con todo, el hecho de que en el primer ejemplo se sobreentienda la palabra omitida no significa que la omisión del segundo constituya una falta gramatical.[8] Por el contrario, podría decirse que simplemente se trata de una cuestión de economía expresiva.

 

Del mismo modo, la construcción nominal puede aparecer en contextos más caóticos que en aquellos que, por lo general, involucran a la elipsis. En la mayoría de estos casos, la evocación cruda de un suceso y el riguroso registro de objetos desiguales son los que motivan el recurso. La segunda oración de este párrafo de Francisco Umbral sería un claro ejemplo de lo que acabamos de esbozar:

 

En reposo, tendido boca abajo, vencidos ambos, veía yo, con un único ojo abierto, un antebrazo de muchacha, las huestes curvas del vello, la pinada delgadísima ocupando una loma, y luego el hombro, redondeado como un mundo, equinoccial, denso. Y el camino del cuello, el reposo de una tensión, la oreja rizada, bordada en la carne, con sus canales, sus remansos, el lóbulo como una playa dorada, la orfebrería de los rebordes, su interior de concha marina, un paisaje rosa, unos fragmentos de persona, una porción mineral, un segmento del cuerpo humano. Nada tenía que ver la oreja, flor rara, de la muchacha con su historia de libertad y persecución, como había pensado yo contemplando los muslos de Guill.[9]   

 

III – El anacoluto  

 

Llamamos anacoluto a la ruptura de la construcción sintáctica que se produce cuando se omiten las correlaciones y subordinaciones necesarias entre sus miembros, independientemente de que éstos sean correctos de manera aislada.[10] Algunos autores confunden el anacoluto con el solecismo[11]; no obstante, aunque ambos fenómenos responden a casos de inconsistencia sintáctica, la principal diferencia reside en que el primero, casi siempre, exige reelaborar la redacción.

 

El término anacoluto viene de su par griego anakólouthon,  que significa ‘inconsecuencia’, es decir, ‘lo que no sigue’, ‘lo que no tiene continuidad’. En términos gramaticales, esa «inconsecuencia» o «falta de continuidad» se refleja cuando un sintagma no logra conectar sintácticamente con el resto de la oración en la que aquél está inscrito. La coherencia sintáctica es, por lo tanto, lo que «carece de continuidad», lo que sufre el anacoluto.[12] Veamos un ejemplo:

 

El Sr. Sánchez, sus empleados irán a la huelga.

 

Lo correcto aquí hubiera sido escribir Los empleados del Sr. Sánchez irán a la huelga, o sustituir el sus por un enlace distinto, como cuyos, en el supuesto caso de que tuviésemos más información para usar como predicado. Ejemplo:

 

El Sr. Sánchez, cuyos  empleados irán a la huelga, se mostró muy irritado por la medida de fuerza sindical.

 

El anacoluto fue considerado durante siglos como un recurso retórico más y, en efecto, abundan ejemplos de su uso en muchos de nuestros clásicos. Este fragmento de santa Teresa de Jesús bien puede ser uno de ellos: «Así el alma que por su culpa se aparta desta fuente y se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor, todo lo que corre della es la mesma desventura y suciedad»[13].

 

En nuestros días, los anacolutos se manifiestan casi con exclusividad en contextos conversacionales; sin embargo, por el descuido de ciertos «literatos», de la oralidad pasan con frecuencia a la escritura. Lo cierto es que el anacoluto no es recomendable en ningún caso, salvo que el escritor recurra a él para reflejar las singularidades lingüísticas de alguno de sus personajes, pues aquí ya no lo estaría percibiendo como figura del discurso, sino como simple pintoresquismo sociológico.  

 


[1] Miguel Ángel Asturias. El Señor Presidente, Madrid, Alianza Editorial, 2008.

[2] Jorge Luis Borges. El aleph, Buenos Aires, Debolsillo, 2015.

[3] Gabriel García Márquez. Doce cuentos peregrinos, Buenos Aires, Random House, 2015.

[4] Véase María Moliner. Diccionario de uso del español (2 vols.), Madrid, Gredos, 2007.

[5] Véase Karl Vossler. Filosofía del lenguaje, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1941.

[6] Ricardo Güiraldes, Don segundo sombra, Madrid, Cátedra, 1990

[7] Ricardo Güiraldes, Óp. cit.

[8] Véase Emilio Alarcos Llorach, Gramática estructural, Madrid, Gredos, 1990.

[9] Francisco Umbral. Las europeas, Barcelona, Ediciones GP, 1975.

[10] Véase Leonardo Gómez Torrego. Hablar y escribir correctamente. Gramática normativa del español actual (vol. II), Madrid, Arco Libros, 2007.

[11] El término solecismo proviene del griego soloikismós con el que se aludía a la ciudad de Soli, en Sicilia, en la que, según la tradición, se hablaba mal el griego. A diferencia de los barbarismos, los vulgarismos u otras imprecisiones léxicas, los solecismos no afectan a palabras aisladas, sino a sintagmas, oraciones o períodos; por consiguiente, consisten en incorrecciones de naturaleza sintáctica, como pueden serlo las faltas contra las reglas de concordancia, de régimen o de construcción verbal, entre otras.

[12] Véase Eugenio Gascón Martín. Manual de buen uso del español, Madrid, Castalia, 1999.

[13] Santa Teresa de Jesús. Obras completas, Madrid, Editorial Apostolado de la Prensa, 1956.


 

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