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Ramon Casalé Soler
Domingo, 21 de mayo de 2017
LA TRANSGRESIÓN DEL ARTE

Manolo Millares

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Noticia clasificada en: Pintura

La obra de Millares mantiene la vigencia porque trata temas como el drama de la guerra, de los refugiados, de la violencia que continúan presentes en la sociedad.

Manolo Millares

 

“Millares es un caso singular. En él se funden una de las más fuertes tradiciones del dramatismo racial hispánico, con una decidida apuesta por la vanguardia. Su permanente vigencia, nada devaluada con el paso de los años, es el mejor testimonio de su originalidad. Su lenguaje pictórico nos continua hablando hoy con la misma frescura, intensidad y contundencia con la que se expresó hace treinta años, cuando lo conocí en Cuenca o cuando coincidí con él en casa de Westerdhal en Santa Cruz de Tenerife o en la galería Juana Mordó de Madrid”

 

Daniel Giralt-Miracle. Crítica i  critiques. 2005

 

 

Manolo MillaresEl crítico de arte y comisario Daniel Giralt-Miracle  define perfectamente la sensación que puede experimentar el espectador cuando contempla la exposición de Manolo Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1926-Madrid, 1972) que se celebra actualmente en la galería barcelonesa Manel Mayoral, que sin duda es la más importante de las que se han realizado del artista canario en Catalunya, ya que no ha tenido el reconocimiento  que su obra merece, a pesar de ser uno de los artistas más influyentes del Grupo El Paso, creado el año 1957, que junto a Dau al Set –grupo renovador interesado por el surrealismo y el dadaísmo, que apareció en 1947 - formaron el núcleo principal de la vanguardia en nuestro país, en aquel momento alejado completamente de todo lo  que sucedía  en el continente europeo. Solamente hemos de pensar que a finales de los años 40 del siglo pasado, ya había aparecido el expresionismo abstracto en Estados Unidos,  y un poco más tarde lo hacía el informalismo en Europa. Su última exposición en Barcelona se realizó en la anterior sede de la Galería Joan Prats,  en el año 2006, aunque la más importante fue en la desaparecida galería Trece en 1976, pocos años después de su muerte.

 

La muestra antológica de  mayor incidencia acaecida en España  fue la que le dedico el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid en 1992, cuyo comisario era Juan Manuel Bonet, y que tuve la oportunidad de contemplar directamente. Allí se pudieron ver sus series más emblemáticas:  “Pictografías”, “Perforaciones”, “Muros”, Homúnculos”, “Personaje caído”, “Animal de fondo” y “Antropofauna” , entre otras. Asimismo, las diversas exposiciones que el Centro Atlántico de Arte Moderno de Las Palmas ha ido ofreciendo de manera regular, también han merecido atención.

 

La brillante idea que ha tenido Manel Mayoral de mostrar el trabajo del artista canario merece nuestro reconocimiento, aunque se trate de  obras de un determinado momento, posiblemente el más importante de su trayectoria plástica, como fue el período de 1957-1970,  hasta poco antes de su muerte,  y que reflejan perfectamente su obsesión por las arpilleras que, según la definición tradicional,  se trata de una pieza gruesa y áspera elaborada con diferentes modalidades de estopa, a modo de recubrimiento, o bien se empleaba en la  fabricación de sacos y piezas de embalaje.  De hecho, la estopa es un material muy maleable y humilde que puede manipularse fácilmente, añadiéndole otros materiales, caso de  la pasta pictórica, la arena y la cal, despedazándola y recosiéndola, hasta conseguir un aspecto antropomórfico, en la que Giralt-Miracle ve una obra que pone “en evidencia la miseria, la pobreza de espíritu, la disconformidad intelectual y moral del artista con todo lo que le envuelve”. Todo ello guarda relación con  la visión que tiene el artista de las momias envueltas en cuero animal y de harapos recosidos y atados. Pero no solo Millares se interesó por la arpillera, sino que el artista italiano Alberto Burri, uno de los principales protagonistas del informalismo europeo,  dentro de la tendencia matérica, la utilizaba habitualmente en sus composiciones abstractas. No obstante, el crítico Juan Bufill advierte que previamente a Burri, “la tela de saco la había empleado como porte pictórico, aunque de modo pasajero, el suizo Paul Klee”.

 

Manolo MillaresPero antes de entrar de lleno en esta exposición, creo que es necesario conocer cómo  fue su evolución creativa para  así  comprender mejor su trabajo, ya que antes de llegar a la abstracción matérica se inició en el surrealismo. Su interés por la arqueología, más concretamente por la canaria –los guanches como primigenios habitantes de las Islas Canarias fueron su principal foco de atención-, será su principal preocupación en sus primeros años artísticos. Su afición por el dibujo, aún siendo autodidacta, ocupará mucho de su tiempo, principalmente mientras de dedicaba a copiar los restos de la cultura indígena en el Museo Canario.

 

A los 22 años, o sea en 1948,  realiza una exposición individual centrada en el surrealismo asociándolo con la temática mágica proveniente del arte aborigen canario. En aquella época la influencia de Picasso y del poeta francés André Breton era bien evidente. Un año más tarde trabajó en una serie que llevaba como título Pictografías, alejándose ya de la figuración. Esta serie, según Juan Manuel Bonet, “se alimenta de una iconografía que viene de la prehistoria guanche, cuando el interés por este tema se centra también en la Escuela de Altamira”, y que también se relaciona con el trabajo de Paul Klee y Joan Miró, añadiendo que son obras “casi planas, y de calidades terrosas, como de barro cocido”.

 

A principios de los años cincuenta presenta sus pictografías en la península, concretamente en Madrid y Barcelona, en las galerías Clan y Jardín, respectivamente. En 1951 participa en la I Bienal Hispanoamericana. Pero será en la serie El muro,  donde podrá observarse un cambio importante en su trabajo, tanto por la temática,  como por los materiales empleados, caso de la arpillera. En 1955 ya se instala en Madrid con su mujer Elvireta Escobio, y cerca de su amigo el escultor canario Martin Chirino. En esta época los cuadros se configuran desde una óptica que él mismo denomina como de “construcción y destrucción”, donde los colores protagonistas son el negro, el blanco y el rojo, en que “todo es blanco y negro como una tensión en la vida y la muerte”. Son colores que ponen de  relieve la crudeza y la potencia expresiva de la materia.

 

Manolo Millares

 

A finales de los cincuenta aparece la serie Homúnculos , que tiene diversas interpretaciones, entre ellas la representación de unos “hombrecillos”, o más bien, una especie de personajes parecidos a los humanos, pero de origen artificial. Para Millares son cuerpos torturados, destrozados y descompuestos, manchados de sangre, siendo “uno de de los fenómenos sociales más inquietantes del arte contemporáneo”. Probablemente sea su obra más violenta y comprometida, donde la idea de la muerte está siempre acechando. En 1961 incorpora objetos de desecho a las arpilleras, por lo que cada vez más su obra se acerca al concepto tradicional de la escultura, al ser casi tridimensional, aunque hay una pieza que se exhibe que se puede considerar como escultórica, caso de Artefacto para la paz 3/Artefacto al 25, que sobresale por su monocromismo.

 

En la década de los sesenta trabaja en diversas series, partiendo del momento de la disolución de El Paso en 1960 hasta el momento de su muerte a principios de los setenta. En ellas se concentra tanto en el pasado como en el presente, o lo que es lo mismo,  desde la curiosidad e interés por las culturas primitivas a los problemas candentes de una sociedad que, no lo olvidemos, coincidía con la época franquista, por lo que la sensación de falta de libertad era bien palpable en aquellos momentos. Por ello sus pinturas representan el compromiso y respeto que le ofrece el ser humano, así como la sociedad en general, de la que él también se siente partícipe, mostrándose plenamente identificado con sus problemas.

 

Respecto a la exposición de Manel Mayoral,  las 17 piezas que se exhiben son arpilleras de gran tamaño, que lleva como título Construyendo puentes, no muros.

 

Los comisarios son Alfonso de la Torre  -autor de los catálogos razonados de la pintura y la obra gráfica de Millares - y Elena Sorokina –reconocida historiadora del arte que actualmente trabaja para la próxima Documenta de Kassel-.

 

En esta muestra el público encontrará las obras más representativas de su madurez y plenitud creativa. De todas ellas, solamente tres  se encuentran a la venta, ya que el resto pertenece a diversos coleccionistas. Merecen destacarse tres piezas, de las ocho  que se exhibieron en la Bienal de Venecia de 1958, ya que demuestra la calidad y singularidad de las obras expuestas, entre ellas Cuadro 32 (1957-58), que forma parte de la serie Homúnculos, donde Millares señala que “mis cuadros están cada vez más rotos, pero que no se trata, como podrás suponer, de preocupaciones estéticas espaciales, lo que me empuja son los vacios psíquicos  que me apuran”.

 

Manolo Millares

 

Otra pieza de la misma época, Cuadro 37 (1958) se expuso un año más tarde en la Sala Gaspar, en su antigua ubicación de la calle Consell de Cent de Barcelona, dentro de la muestra 4 pintores del Grupo El Paso (Rafael Canogar,  Luis Feito, Manolo Millares y Antonio Saura).

 

La obra Personaje caído (1967) expresa la opresión y la angustia existencial que tanto preocupan al artista y que no deja de ser la pura realidad de lo que siente una persona  sensible delante de cualquier conflicto. En este cuadro se percibe una figura humana con el  cuerpo troceado, en que se adivinan ciertas partes del mismo. Sobre un fondo blanco y  negro se observa en primer plano una gran acumulación de materiales recosidos que sobresalen de la arpillera. Lo más preocupante es que han transcurrido cuatro décadas  desde la aparición de esta obra, y el mundo se sigue moviendo dentro de las mismas coordenadas, que como advierte Elena Sorokina, la “obra de Millares mantiene la vigencia porque trata temas como el drama de la guerra, de los refugiados, de la violencia que continúan presentes en la sociedad”.

 

Finalmente la exposición se complementa con una serie de libros, catálogos, documentos y material fotográfico que permiten adentrarse en el mundo interior de Millares, desde sus orígenes artísticos hasta su  relación con Catalunya, debido a sus continuas visitas a personajes relevantes de la cultura catalana que influyeron en su devenir creativo. Algún ejemplo de ello lo podemos observar a través del intercambio de cartas que mantuvo en 1950 con Modest Cuixart, considerado uno de los principales protagonistas de Dau al Set.  También el  crítico Rafael Santos Torroella,  hermano de la pintora surrealista Ángeles Santos, demostró un gran interés  por su trabajo. En 1959 conoce  a otro miembro de Dau al Set,  el poeta y artista conceptual Joan Brossa. Más tarde se relaciona con el crítico Juan Eduardo Cirlot y con el editor Gustavo Gili, entre otros. De estos contactos surgidos en Barcelona, Alfonso de la Torre señala que “durante estos años Barcelona representa la modernidad artística frente a la oscuridad que se respira en la capital de España”. 

 


 

 

 

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