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Alonso Pinto Molina
Sábado, 13 de mayo de 2017
la presión del lobby científico

El mayor descubrimiento del mundo

Guardar en Mis Noticias.

La ciencia avanza constantemente y, de vez en cuando, incluso llega a alguna parte. Por desgracia, la mayoría de noticias que leemos en los periódicos sobre descubrimientos científicos no son descubrimientos, y una gran parte de las investigaciones carecen por completo de un interés real.

Con tal que nos digan que la investigación se llevó a cabo por profesores de la Universidad de Massachusetts, tanto nos da que la investigación tratara de determinar cual es la fórmula matemáticamente correcta para enrollar los espaguetis en el tenedor o cuánto aumenta la producción de serotonina en nuestro cerebro al eructar, pues ahí estamos nosotros diciendo «la ciencia avanza», satisfechos del progreso de la humanidad.

 

  Es la presión del lobby científico, el cual exige que se den salida a descubrimientos e investigaciones constantemente, sean éstas de buena, mala o nula calidad. Se trata de producir en masa descubrimientos tal como se puede producir mortadela o salchichón en una fábrica, poniéndole siempre la etiqueta «científico», que dispara debido a su marca el valor del producto, ya que en el ámbito de los descubrimientos la marca blanca carece por completo de valor.

 

Si nuestro amigo tiene un especial interés en contarnos cómo enrolla los espaguetis, y lo vemos anotando en una libreta sus avances con toda seriedad, lo más probable es que vayamos preparándonos para dar a su madre la terrible noticia de que su hijo está como un cencerro.

 

Pero una investigación llevada a cabo por la Universidad de Massachusetts es otra cosa; debe ser sin duda interesante y un avance para la humanidad, aunque sólo nos lo parezca por la autoridad y el renombre de los científicos y la úniversidad en cuestión. Y es que la veneración que el mundo moderno siente por la ciencia a veces es más supersticiosa que científica.

 

  La ciencia es ahora también un negocio y, como tal, debe promocionarse a toda costa y bajo cualquier motivo; las noticias  sensacionalistas sobre ciencia se suceden para "hacer tiempo" mientras los verdaderos avances científicos (curas de enfermedades, tecnología positiva y no sólo impositiva) llegan a un paso algo más lento de lo que demanda la desesperación de la gente. Porque existe un convencimiento general entre el pueblo de que si el presupuesto para el enrollador de espaguetis y el analizador de eructos, o para los desarrolladores de tecnología para el consumismo compulsivo, se destinaran a la investigación de enfermedades como el Cáncer, el día de la curación se encontraría más cerca. Y por eso los que estamos convencidos de ello bostezamos cuando aparece una nueva noticia de ficción-ciencia, tan ridícula y fuera de lugar como un telonero improvisado a última hora que intenta entretener al público porque la estrella del concierto se retrasa. No porque despreciemos a la ciencia, sino precisamente porque la apreciamos, no podemos venerar cualquier sucedáneo que se nos vende por ella.

 

  Pero sin duda a la telonera que más se recurre es a la astrofísica, por la cantidad de posibilidades y variables que la propia vastedad de su estudio implica, y por ser la que más recrea nuestra imaginación. En el periódico, a tres páginas de distancia de la noticia sobre la subida de la luz en un 3%, se nos informa que ha sido descubierto a tres millones de años luz un planeta con características similares a la Tierra, y que reúne por tanto las condiciones idóneas para albergar vida. Se le da al planeta un nombre alatinado como Sororium y acto seguido se tiran unos dados para apellidarlo con un número, quedando por ejemplo el sugerente nombre de Sororium 33. Y ya tenemos un planeta que moldear a nuestro gusto, llenándolo con los más exóticos paisajes y seres que se nos ocurra. Nuestra imaginación tiene carta blanca para hacer y deshacer a su antojo, creando un mundo maravilloso y bello en el que nuestro propio mundo, por comparación, tiene al parecer mucho que perder.

 

Porque imaginamos un mundo donde cada detalle es motivo de asombro, lleno de pinceladas maestras que nos inducen a pensar que hay un artista detrás de todo. Un mundo donde es imposible ser ateo, porque cada belleza particular y nuestra recreación en ella es un nuevo motivo para pensar que estamos hechos por un motivo. En el delirio de nuestra imaginación, podemos pensar en una flor fantástica que gira sobre sí misma para ver una estrella fugaz. O, por qué no, en un raro animal que sube a lomos de otro animal más grande que lo lleva a donde quiere. Podemos pensar en un ser vivo que crezca lentamente durante milenios y que se mantenga callado y quieto, sin pensar en nada, pero dando de respirar y de comer a los demás seres vivos. Cosas descabelladas y asombrosas que sólo podrían ocurrir en un mundo así, inalcanzable y ajeno. Allí podríamos dar las gracias por estar vivos, y esa misma gratitud sería la raíz de nuestra fe.

 

  No puedo evitar comparar ese planeta con una de esas cuevas a las que sólo se puede acceder buceando. El astronauta y el buzo no sólo se parecen en su equipamiento, sino que ambos se encuentran desterrados, o mejor sería decir desairados, envueltos en un silencio y una oscuridad oprimentes. El buzo asoma la cabeza y respira por fin en una cueva a la que ha tenido que acceder por un elemento hostil al aire y con movimientos muy parecidos al acto de volar, y nosotros nos imaginamos asomando la cabeza en aquel planeta de forma parecida (cambiando las estrellas de mar y las medusas por estrellas del cielo y nebulosas), y con la sensación de haber aguantado la respiración durante tres millones de años luz. Esta clase de pensamientos despiertan esas noticias sobre planetas lejanos hasta lo inconcebible, y con ellas vamos distrayéndonos un poco mientras se descubre algo más modesto pero importante. Cuando hayamos agotado las posibilidades, o simplemente nos hayamos olvidado de la noticia, un nuevo planeta habrá sido descubierto, sin duda también mucho mejor que éste, y así sucesivamente el nuestro acabará pareciéndonos el peor mundo posible.

 

  La ciencia a veces avanza realmente, otras veces sólo deambula, y otras veces se queda quieta o retrocede y nos parece que ha avanzado. Pero el mayor descubrimiento, quizás el único importante, no podrá descubrirlo nunca; sólo puede descubrirlo cada persona por sí misma, por una investigación interior, y más que un descubrimiento es un redescubrimiento.

 

Sólo cuando retrocedemos a la capacidad de sorpresa de nuestra niñez avanzamos hacia una noticia que los periódicos jamás anunciarán: el mayor descubrimiento del mundo es el mundo. Ese planeta asombroso que buscamos nunca lo encontraremos, porque no existe observatorio astronómico en la Tierra capaz de ver la propia Tierra. El mundo no es monótono, lo somos nosotros; es asombroso, somos nosotros quienes no nos dejamos asombrar; es maravilloso, sólo que no tenemos tanta imaginación como para maravillarnos por él. Y para apoyar esta verdad, basta con dejar de imaginar y mirar por un momento a nuestro alrededor. Porque aquellas descabelladas ocurrencias que pensamos sobre aquel planeta, y por las que estábamos dispuestos a maravillarnos y dar las gracias, se encuentran en nuestro mundo. Existe esa flor. Una flor con sus largas y amarillas pestañazas, siguiendo a esa estrella quieta que llamamos sol y que nuestro mundo hace fugaz; existe ese raro animal, que monta a lomos de otro animal imposible llamado «caballo» que lo lleva a donde quiere; y existe ese ser milenario que da de comer y respirar mientras crece y no se mueve, calla y da que cantar. Girasol, jinete, árbol. Nombres extraños para nombrar cosas extrañas y maravillosas. No quiero buscar por todo el universo una rara flor que sepa mirar a la luna como una ciega de nacimiento, sólo para poder llamarla «giraluna» y decir que la he descubierto. En su libro El hombre eterno Chesterton cuenta como su amigo George Wyndham, político y hombre de letras con una inteligencia y personalidad que ejercían magnetismo en todos cuantos le conocían, aseguraba que había visto despegar a uno de los primeros aeroplanos por primera vez y le había parecido maravilloso, pero no tan maravilloso como un caballo permitiendo a un hombre montar sobre él. Realmente no encontraremos en todo el universo algo tan maravilloso como un hombre o una mujer cabalgando a lomos de un caballo. En cuanto al árbol, es más fantástico que el ser vivo que describí en aquel planeta, pues no sólo puede ser milenario, no sólo es callado y quieto, no sólo nos da de respirar y de comer; un árbol sirve para subirse a él o dormir a su sombra, para alimentar un fuego, construir una barca, una casa. Es el maestro de vuelo y de canto de los pájaros, y en un gesto heróico se inmola por el bien del ser humano, atrayendo hacia él los rayos.

 

  Esta es la pequeña gran noticia que los periódicos jamás revelarán, el descubrimiento que la ciencia no puede descubrir. No es el nuevo planeta el que debe salir en las páginas de los periódicos, sino el girasol el que debe salir en portada: «descubierta una flor amarilla que gira al paso del sol», y en las siguientes páginas, un detallado estudio sobre ella. Entonces, cuando se descubran los girasoles, se organizarán excursiones a pie para admirarlos, y se valorarán de tal manera que, si se extinguieran, seríamos capaces de recorrer todo el universo para volver a encontrarlos. Sólo entonces llegará el día en que los periódicos no escriban en la portada una fecha minúscula, sino que toda la noticia de portada será parecida a esta: «Hoy es domingo 14 de mayo de 2017, día irrepetible y único. Descubierto esta mañana».

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