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Carlos Barbarito
Sábado, 13 de mayo de 2017
Hemaitlos

Triza

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Noticia clasificada en: Crítica literaria Poesía

Triza contiene poemas sin ambages, sin rodeos ni circunloquios. Van desde el vamos directamente al hueso. Y, sin embargo, no se agotan a la primera lectura sino que exigen otras.

Triza de Valeria Pariso             En 1919, T.S. Eliot escribió: La poesía no es una emanación libre de la emoción, sino una escapatoria de ella; no es la expresión de la personalidad, sino un escape de la personalidad. Esta afirmación materializa lo que, un lado de mí, sentía de un modo difuso y se opone al otro lado de mí que, de manera difusa, creía lo contrario. Y así, oscilando todo el tiempo, con el agravante de que el implacable fantasma de T.S. ahora se hizo presente para encarnarlo, vivo mis días como escritor de poemas. No me decido. ¿Deberé aceptar la convivencia con ambas propuestas? Quise comenzar mi texto sobre el libro más reciente de Valeria Pariso dejando sentada mi incertidumbre que, lo digo de una vez, subyace y sobrevuela lo que escribo. Porque son estos contrarios, irreconciliables, hay otros de los que aquí no hablaré, los que conforman mi mirada, dual -claro- sobre lo que escribo y leo. Y con esta incertidumbre a cuestas, hablaré un poco sobre esta reciente publicación.

 

          Virginia Woolf, que fue amiga de Eliot, en alguna conferencia, dijo: Palabras. Las palabras inglesas, en las casas, en las calles, en los campos… No dijo diccionarios. Digo lo mismo y no: amo bucear en los diccionarios, por curiosidad y, sobre todo, porque me recuerdan mi niñez, a los seis, leyendo un ajado y descosido Sopena para descubrir palabras extrañas y al conocerlas, adquirir quién sabe qué poder. Otra contradicción. La propia y amada Virginia dijo también en aquella ocasión: Lo nuestro es unir viejas palabras en un orden nuevo para que subsistan y creen la belleza para que digan la verdad… ¿Y lo nuestro, amiga Valeria? ¿Qué es lo nuestro? Miremos un poco a nuestro alrededor: el vacío avanza, el desierto avanza y las palabras pierden valor y carga. Lejos de crear nuevas palabras, se hace urgente rescatar y nutrir las viejas palabras. Esto no significa que no se puedan inventar palabras. Significa que hay aquí y ahora una batalla urgente y más que necesaria.

 

          El niño que fui regresa y busca en el diccionario la palabra triza. Porque este es el título del libro de Valeria. Leo: Pedazo pequeño o partícula dividida de un cuerpo. Es común decir se hizo trizas que es hacer menudos pedazos una cosa; pero no sólo trizas, la resultante final, los menudos pedazos, luego de la aplicación de una fuerza, pienso en una piedra, en un martillo. En un poema, tal vez el eje del libro, aparece esa palabra: triza. Cada cual tiene su propia versión de lo que lee, incluso el autor. Y, me parece, aquí hay, nítidos, un asumir y una huida. Aquí, asumido, lo terrible del amor; aquí, porque es terrible, una invocación al olvido para que lo conjure. Y decir conjuro es decir quietud, que es decir petrificación seguida de un desmenuzamiento y, finalmente, la transformación en un mero dato. Al escribir esto, siento muy próxima a Valeria, su poética, porque de estos asuntos hablan muchos de mis poemas. Pero estoy hablando de la poesía de Valeria y no de la mía. 

 

Este libro contiene poemas sin ambages, sin rodeos ni circunloquios. Van desde el vamos directamente al hueso. Y, sin embargo, no se agotan a la primera lectura sino que exigen otras.

 

De los muchos ejemplos al respecto, elijo uno y lo transcribo: Ese viento que te tocó la cara / ¿cae? / ¿Cae y vuelve a subir?/ ¿Con qué piedras golpea,/ con qué historia? / Ese viento que ahora mismo / mueve una flor frente a tus ojos, / ese viento, digo, /qué se lleva / y qué te deja puesto / que no sepas. Aquí hay viento, algo central que se ignora, aquí hay preguntas. Quien pregunta espera que algo o alguien la traiga la respuesta. Son tiempos en los que muchas veces preguntamos y en vez de respuestas nos llegan los ecos de nuestras propias voces. Sólo eso.

 

         

          Me arriesgo bastante y pronuncio una palabra griega: hemaitlos. Extranjero, sin patria ni hogar. Como se sentía Rilke. Esto siento al leer este libro, porque más allá de un lugar en el mundo, una casa, amistades y amores, un jardín en el frente, pan, leche y vino, algo de miel, aquí hay, subyacente, profundo y secreto, aquello de voz clamando en el desierto. Otra vez, por último en este comentario, preguntas al viento que el viento transporta lejos, muy lejos: ¿Quién nos quitará el don de la dureza?/ ¿Quién se llevará el fruto de la espera? / ¿Quién sabrá cuánto nos duele? / ¿En qué pozo se grita para decir estamos listos?

 

 

CabeceraFotografía de la autora (en la librería Saint Exúpery) por Pachu Villar

 

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