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Carlos Barbarito
Sábado, 13 de mayo de 2017
Poesía entera (Acerca de un libro del poeta platense Guillermo Pilía)

Ainadamar

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Noticia clasificada en: Crítica literaria Poesía

Ainadamar, en árabe fuente de las lágrimas. Es la acequia que tantos ojos contemplaron desde hace más de diez siglos, incluidos los del poeta en su paso por Granada.

        La referencia a las lágrimas se debe a que en la superficie se observan pequeñas burbujas que suben desde el fondo. El poeta se llama Guillermo Pilía, es el nombre de la milenaria fuente lo que da título a su pequeño –gran- libro, recientemente publicado. Antes, en varias ocasiones, hablé de la poesía del poeta platense y, cada vez, traté de obviar el hecho de que nos conocemos él y yo desde hace varias décadas, cosa que a esta altura —me atrevo a decirlo— resulta algo anecdótico, hasta obviable: la obra de Pilía va más allá por su calidad y peso específico. Es más, si no nos conociéramos y este libro significara la primera noticia de la existencia del poeta, esta reseña hubiese tenido el mismo contenido. Éste que ahora ofrezco al lector.

 

          No me olvido de decir que el libro inicial de Pilía, Arsénico, ejerció en mí, en los años setenta, una profunda e indeleble influencia. Desde entonces, su poética, que ha ido madurando con el paso del tiempo, me sigue emocionando. Porque emoción es lo que me produce leer cada poema, a los que no dudo en calificar de auténticos, como bien definían los griegos —de cuya lengua proviene este adjetivo—: señor de sí mismo, que obra por su propia autoridad. Quiere decir esto, o creo que quiere decirlo, que la obra, en este caso la de Pilía, no necesita de elementos extraliterarios, por lo general espurios –según el diccionario, falsos, contrahechos-. Para ello, me consta, Pilía debió superar cansancios, desmayos, ajenas indiferencias, la tentación de obedecer a tal o cual moda, para cumplir con aquello de lo que, alguna vez habló Lezama Lima, elaborar una poesía que al asomar su cuerpo no pierda –o le pierdan- la cabeza.

 

          A esta poesía entera pertenece el libro que reseño. Libro que manifiesta las obsesiones del poeta —perder la memoria, incluso abolirla, como una defensa propia ante la acechanza del tiempo, la ulcera debajo de una piel en apariencia sana, vista como ulcera y también como veneno, inventarios de objetos simples pero en el pasado amados, en las mesas de luz de los enfermos, que se tornan cada vez más lejanos, inútiles— con marcas generacionales, la nuestra, la de los que comenzamos a escribir y publicar en los ochenta, que, me parece, aparecen claras en versos como: Dios ausente, las celdas de castigo; La lluvia arranca este día las hojas/ perennes, aquellos que no debían,/al menos en este año, perecer… 

 


 

 

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