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Carmen Teijeiro González
Sábado, 6 de mayo de 2017
EL ÁLGEBRA DE LA NECESIDAD

La agenda de los amigos muertos

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Noticia clasificada en: Crítica literaria

La agenda de los amigos muertos trata de un tema mucho antes desconocido, un poco antes tristemente conocido y ahora inexplicablemente presente y en patético auge.

La agenda de los amigos muertosSe trata éste de un fenómeno incomprensible porque, una vez que parte del mundo cayó en el cenagal llamado heroína, cuesta creer que todavía existan jóvenes conocedores de la pretérita hecatombe y se encadenen adrede —o por maquiavélica trampa inconsciente— a ella.

 

Y cuesta todavía más abrir un periódico y creerse que existe un repunte de esta sustancia cada vez más adulterada y, por ende, mortal, en las calles. Tal vez haya disminuido el volumen de picos en vena, pero aumenta ostensiblemente la mala costumbre de fumarse un chino en papel de aluminio al salir del colegio.

 

Se trata del mismo perro con distinto collar. Piensan muchos adolescentes que se estrenan en esto del caballo, que fumarlo entraña menos peligro por no compartir el uso de jeringas y, en consecuencia, por no exponerse al contagio de enfermedades vía endovenosa. Sin embargo, están errados en sus consideraciones.

 

La heroína atrinchera, limita, aísla, obnubila, hechiza, absorbe, extenúa, aflige, hurta, condiciona, duele, pervierte y mata.

 

Fumarla engancha y deteriora del mismo modo y lo peor es que se acaba, como escribía Ginsberg (poeta de la generación Beat), aullando por aquel colérico pinchazo que hizo célebres sus versos. 

 

Raquel Heredia es periodista, escritora, madre y abuela. No necesariamente por este orden. Su libro, con un pueril dibujo que despierta ternura y vaticina deceso ya en su portada, llegó a mis manos desde uno de tantos inframundos que existen.

 

Precisamente de allí, donde necesitan mucha ayuda y reina una neblina de silencio y marginación impuesta por esta sociedad, todavía llena de prejuicios respecto a lo que hoy sabemos que fue y es una penosa enfermedad.

 

Ésta no sólo destruye al consumidor, sino también a su familia o a cualquiera que se vincule emocionalmente con la persona afectada.

 

 

Leer sobre los destrozos de la droga es duro. Escribirlo es difícil. Vivirlo de cerca puede ser dramático.

 

Redacto, pues, recordando letras aún vigentes del malogrado Antonio Vega y colocando una mampara que me deje traspasar la crónica de estas letras sin miedo.

 

No puedo decir que todo fue visto. Puedo asegurar que fue más que suficiente.

 

Empezó vendiéndose en farmacias como jarabe para la tos, se utilizó en guerras para atenuar el dolor físico y psicológico de los traumatizados combatientes. Deambuló de variopintas maneras hasta aterrizar en una España pasmosamente desinformada de los desastres que había provocado con anterioridad en múltiples países.

 

En la década de los ochenta fueron demasiados los que perdieron la vida persiguiendo jinetes que desmadejaban su presente y futuro y el de sus seres queridos.

 

Raquel Heredia descubrió el vértigo, la agonía constante y un duelo que no ofrecía tregua con su hija Ada, la misma que tapiza sin saberlo el trabajo de su madre con el dibujo aniñado de un cementerio lleno de cruces y bañado en verde esperanza. Justo lo que mantiene firme a la escritora, que narra el declive de su hija bajo las garras de la implacable heroína.

 

Ada, como casi todos en aquella década, fallece. No desvelo nada imprevisible con este dato, pues figura en cualquier sinopsis a la que el lector acceda.

 

Lo interesante del libro es que la periodista se atreve a desnudar al sigiloso fantasma que se cobraba y cobra cientos de vidas, se arriesga a narrar el tortuoso proceso desde la perspectiva de una madre y, sobre todo, se crece lanzando al mundo un testimonio en el que ella misma lucha por exorcizar los traumas que perduran dentro de los que aman a un adicto.

 

Es una confesión valiente y un bálsamo para aquellos que comparten heridas con Raquel Heredia.

 

Uno de los hallazgos positivos que encaras cuando cierras las tapas de este libro es que, aunque a día de hoy siga siendo difícil salir, sabemos mucho más y podemos escuchar a supervivientes decirnos que al final todo dependía de que uno realmente quisiera lograrlo. Lo esperanzador es el conocimiento, los nuevos enfoques, los avances y el rotundo axioma de que, si uno verdaderamente desea desengancharse, hoy existen los medios para no seguir los pasos de Ada.

 

En este sentido, la sensibilidad del lector puede sentir un templado alivio que neutralice el desgarro de la lectura que nos ocupa.

 

Nada está perdido.

 

La agenda de los amigos muertos es un libro de prosa sencilla, lúcido, necesario para no olvidar tan temprano lo que un día fue abismo. Rezuma verdad y también agallas.

 

El almuerzo desnudo, de Burroughs, hacía referencia al sobreestimado pico, la letanía que amodorra el sexo, exprime el cerebro, rapta la palabra y esboza andares pesados.

 

De igual forma, este libro puede describir la huida de las veleidades a través del mudo bombeo de una jeringa en el brazo, por si quedase migaja de la basura que te arranca del vivir con los párpados abiertos.

 

Mi hija era una niña sensible y cobarde, no en el aspecto físico, sino en el moral. Cuando se sentía herida psíquicamente necesitaba refugiarse en la inconciencia y en la amoralidad. Con los años, y después de conocer muchos yonquis, he podido constatar que éste es un denominador común.

 

Viene a mi mente una película no muy conocida, pero sí muy recomendable: The Panic in Needle Park (Jerry Schatzberg, 1971). En ella, un jovencísimo Al Pacino interpreta a un heroinómano que se enamora de una chica. Ella, como es de suponer, acaba cayendo en idéntica trampa.

 

 

Al Pacino recuerda este papel como uno de los mejores de su carrera y el filme, como uno de los más relevantes a nivel personal.

 

Y es que retrocedamos al año 1971 o hagamos una cabriola que nos traslade directamente a 2014 y visualicemos el realismo de Heaven Knows What (Ben Safdie, Joshua Safdie), con una heroinómana Arielle Holmes - ahora renacida como musa del cine indie-, en el séptimo arte observamos que las calles siguen barnizadas en oscuros rincones a plena luz del día por aquello zaíno, blanquecino o medio gris que se vierte en cucharas gastadas y devora vidas y amantes de las mismas.

 

No existe idilio que sobreviva a la heroína. Ella se infiltra entre los que quieren quererse y asfixia cariño, dignidad y pasión. Todo se vuelve muerte. O sacrificio. O llanto.

 

No queda espacio para el amor cuando un adicto no desea curarse de su enfermedad.

 

Ni se sugiere, ni se intenta. La tortura consiste en contemplar si desde dentro nace esa metamorfosis, la repulsa por el macabro carrusel que gira y gira indolente sin reparar en nada ni en nadie alrededor.

 

Ada, la protagonista de nuestra historia, no quiso salir del pozo. Le lanzaron cuerdas y cuerdas, pero no quiso aferrarse a ellas. Se contagió de SIDA y, a pesar de tener unos hijos por los que luchar, tiró la toalla. Como Anders, protagonista de la extraordinaria Oslo, 31. August (Joachim Trier, 2011).

 

 

Nadie puede obligar a vivir a otro. Tampoco es justo que alguien deje de vivir por el que desestima su propia existencia.

 

¿Cómo podría surgir algo no tóxico del germen de la toxicidad misma?

 

Raquel Heredia es rígida y severa con su hija en ciertos pasajes. Cuando se conoce mínimamente la problemática, uno entiende que tal vez es lo mejor que una madre puede hacer por su hija adicta. Mantenerse hierática, no ceder a la manipulación, ser pétrea ante la súplica incesante. No siempre se logra, pero algo te dice que imponer límites es la única herramienta útil desde el exterior. Aunque genere impotencia, del enfermo depende en última instancia la salvación.

 

Auscultando el meollo, a ver quién es el osado que batalla contra los intereses políticos y económicos que sigue suponiendo multiplicar adictos de la sucia mano de narcotraficantes que se lucran a costa de su debilidad.

 

Hace escasos días escuchaba con cierta indignación a Laureano Oubiña (conocido contrabandista que acaba de salir en libertad) atreverse a insinuar que era la simple adquisición de un pazo —léase, lo económico— lo que impulsó a aquellas desesperadas madres de adictos a librar su valiente y singular guerra contra el narcotráfico en la Galicia de la década de los ochenta.

 

El tráfico de drogas sigue representando una enredadera siniestra donde priman los intereses por encima de toda moral.

 

Se me ocurren ejemplos de notable coraje, como Carmen Avendaño, líder del movimiento antes citado y todavía alerta, a pesar de su jubilación. Su proeza inspiró una película a tener en cuenta: Heroína (Gerardo Herrero 2005).

 

 

En palabras de Burroughs (escritor heroinómano de la generación Beat): El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto.

 

Es un tinte de desamparo el que envuelve un entramado tan impecable como insufrible. La clave, una vez más, radica en la libertad del individuo y en la educación emocional e intelectual que el sujeto ha recibido.

 

La epidemia cesará cuando no existan adictos, enfermos, personas vulnerables.  

 

El declive de Ada no pudo prevenirse, así como muchos otros. Pero la combinación de un sistema educativo adecuado, un entorno familiar saludable y una férrea voluntad por parte del individuo, reforzará la prevención.

 

Si la persona se hallase ya en el centro del laberinto, hoy existe una red asistencial que puede ayudarla a salir si él o ella realmente lo desean con todas sus fuerzas.

 

Ahí radica la línea divisoria entre los que sobreviven y los que no.

 

Hago hincapié en poner una nota de fe, de creencia en que es posible. Tras pupilas como cabezas de alfiler y cabezas gachas de hastío se traza un horizonte de perspectiva y conocimiento que, quiero pensar, potenciará lo mejor de estos seres sensibles y pondrá cura a su enfermedad.

 

La del cuerpo y la del alma.

 

No existe la panacea. Sí existe la voluntad del adicto. Eso nadie puede arrebatárselo.

 

Raquel Heredia narra entre el desahogo y la resignación, como todos los que transitan ese túnel sombrío y acaban entendiendo que, desde el principio de la pesadilla, nada dependió de ellos. 

 

Hace tiempo paseaba por Oporto y me topé con el cadáver de un adicto en una zona llena de turistas. El chico-hombre (¿quién podía saberlo?) estaba tapado con una manta, tirado en plena acera. Solamente se le veían los zapatos. Mientras acudían al lugar policía y demás asistencia, los foráneos miraban el bulto inerte unos segundos y proseguían su camino entre risas. Con indiferencia, en cualquier caso.

 

Me sobrecogió lo lejos que podemos llegar a estar unos de otros.

 

Cada día me encuentro con docenas de ojos desesperados, suplicantes, necesitados de auxilio. En Oporto resulta especialmente llamativo por abundante, pero todas las ciudades tienen sus rincones consagrados a la perdición, al desgaste, al suicidio.

 

Concluyo este texto con una voz que se desintegra y solamente respira en la memoria de quien por afecto natural la retuvo: Madre, ¿no comprendes que en mi agenda no hay más que nombres tachados? Es la agenda de los amigos muertos…

 


 

 

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