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Antonio José Gil Padilla
Sábado, 6 de mayo de 2017
la memorización y el sometimiento

Acceso a la función pública

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En una acción a la desesperada, el Gobierno español va a convocar un elevado número de plazas para cubrir puestos de trabajo en la función pública.

.La minoría parlamentaria le obliga a llevar a cabo, entre otras indecentes maniobras, este tipo de acciones con la intención de obtener la mayoría suficiente que le permita aprobar los Presupuestos Generales del Estado, y demás disposiciones legislativas que requieran el apoyo de otras formaciones.

 

Los procesos de  selección para el trabajo y, en particular, el acceso a la función pública guardan una relación directa con la práctica formativa, basada en la memorización y el sometimiento. En el caso de las empresas privadas, la experiencia laboral, al menos en el pasado, era un elemento fundamental para la admisión de trabajadores a determinados puestos de trabajo; sin embargo, en el acceso libre (e incluso en las restringidas) a las Administraciones no es ese un requisito que se tenga en cuenta, siendo única y exclusivamente la superación de unos ejercicios escritos u orales lo que da paso al puesto de trabajo al que se opta. En cualquier caso, empresas privadas o administraciones, las pruebas de selección solamente miden la capacidad de retentiva de los aspirantes, sin que se realicen pruebas que valoren las capacidades específicas (habilidades y destrezas relacionadas con la ocupación) y, de manera más completa,  la capacidad intelectual global, o la madurez y estado emocional y psicológico.

 

El  acceso a la función pública, tan codiciada por una amplia mayoría, está cargada de tópicos y de rutinas anquilosadas que se concretan en lo que se conoce con el manido nombre de “oposiciones”. El término, y su contenido, han adquirido tal magnitud y tal implantación social que parece imposible, a corto y medio plazo, que estas fórmulas vayan a ser revisadas. El opositor, cargado de paciencia, prepara los temas que serán la base de los exámenes por los que tendrá que pasar. Estas pruebas tienen una forma y un contenido totalmente teórico, la única facultad en juego, como digo, es la memoria. El aprobado o el suspenso dependen de una serie de factores totalmente subjetivos. La calificación es concedida por un tribunal formado por  individuos que, por lo general, ya forman parte del colectivo al que se quiere acceder. La decisión está condicionada por el estado de ánimo de los miembros de ese tribunal, del puesto en que toque intervenir y de otras tantas circunstancias, adquiriendo una especial importancia el “enchufe”. De esta forma, adquirir una plaza pública se convierte en una lotería o en la suerte de acertar un pleno en una quiniela o en un casino,  sabiendo, a veces, de antemano la combinación ganadora. Con estas medidas lo único que se garantiza, en el mejor de los casos, es que el aspirante opositor ha sido capaz de retener durante unos meses o unos años el contenido teórico de unos temas que, por lo general, ya han sido estudiados anteriormente en su periodo formativo. Como es natural, esos conocimientos se olvidan de manera inusitada una vez superadas las pruebas, conocimientos que suelen ser absolutamente irrelevantes para el desempeño laboral, o que podrán ser adquiridos consultando la documentación disponible, si es que en alguna ocasión se necesitan.  En ningún momento se miden, como señalo, ni las habilidades del pensamiento, ni las capacidades de búsqueda y selección de la información, ni la integridad mental, ni la respuesta emocional, ni tantas cosas que son necesarias para ejercer una función, a veces, de tan alta responsabilidad. De esta manera, contamos con jueces, economistas, inspectores de hacienda, médicos, profesores, notarios y otros colectivos que influyen tanto en nuestras vidas sin que sepamos cuáles son sus capacidades, sus limitaciones o su salud mental.

 

Personas que han estado perdiendo sus mejores años encerrados en lugar de adquirir la experiencia y la profesionalidad que no les proporcionó el tiempo que pasaron en su periodo formativo. 

 

 Capítulo aparte merece el caso de los políticos —agrupados en “clase política” o, en un tono más peyorativo, en una “casta”— cuyo único mérito consiste en afiliarse a un partido, ser fiel a sus superiores y esperar… El sistema sólo requiere de ellos, de la mayoría de los políticos, fidelidad a  la oligarquía, que le sirven de barrera de contención y fuerza de choque para que frenen y asuman todos los males que aquejan a esta atormentada sociedad. Todo ello a cambio de una posición laboralmente cómoda y económicamente desahogada. Como en el caso de esas otras ocupaciones de alto nivel, es posible que nuestros representantes en los gobiernos, en las cámaras y en los ayuntamientos sean unos ineptos, unos ignorantes, unos perturbados o unos corruptos; nada sabemos porque no se aplican instrumentos, ni normas, que permitan medir sus capacidades intelectuales  o mentales.

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