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Juan José Fermín Pérez
Jueves, 4 de mayo de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Esos pelos

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Tener pelillos de más o de menos siempre ha preocupado a la humanidad, incluyendo la que vivía en la España del XIX. Hubo (ojo, chiste malo) que esperar un pelín para que los calvos se pusieran de moda.

Repasando la prensa de la época, podemos encontrar opiniones como la de El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, de Febrero de 1834, afirmando que: “Una linda cabellera es sin duda uno de los atributos más esenciales de la hermosura" y que su caída se produce "por efecto de la enfermedad".

 

En La Risa, de 21 de Mayo de 1843, se comenta que: "aparte de las [calvas] que nacen de enfermedades [...], las hay  también originadas del excesivo estudio y del mucho discurrir, lo cual diz que seca y consume el jugo del cerebro, de que resulta caerse el cabello al símil de las plantas cuando les falta el jugo de la tierra."

 

Y La Ilustración ibérica, del 15 de Agosto de 1885, remata diciendo: “el pelo es una parte integrante de nuestro ser, una parte esencialísima sin la cual no hay hombre ni mujer que sea suficientemente agradable a la generalidad de las gentes

 

 

[Img #8843]

 Peluquería Maison Peyru, en Buenos Aires. Revista Caras y caretas, de 2 de Diciembre de 1899 

 

 

Hoy en día, si el follaje escasea, basta raparse el cráneo para presumir de calvicie o, si tenemos el día tonto y mucho dinero que gastar, pagarse unos implantes. Sin embargo, no faltan espabilados que intenten (perdón, otro chiste malo) tomarle el pelo a sus semejantes, con soluciones tan milagrosas como inútiles. ¿Creéis que los crecepelos se inventaron con la teletienda? De eso nada. Con Isabel II en el trono, en la prensa se podían encontrar anuncios como el siguiente (La Epoca, 29 de Septiembre de 1852):

 

 

[Img #8838]

 

 

El engaño era tan evidente que los redactores del Almanaque enciclopédico español, de 1863, comentaban: "un amigo nuestro [...] gastó seis botellas sin que hasta hoy le haya nacido un solo pelo". También nos destacaban que: “siendo el inventor de esta agua prodigiosa, [el doctor Lob] ostentaba una calva tan venerable como la de San Pedro".

 

Hablemos de la Roma de Julio César (al que sus propios legionarios llamaban “putero calvo”) o de la España de los mil casos aislados de corrupción, estos productos saben protegerse de las iras del cliente insatisfecho con una argucia muy simple. El vendedor te dirá que, si un frasco no te funciona, pruebes con otro. Y, si dos no te hacen efecto, que vayas a por el tercero. Pero, ay. Es posible que una calva tan pertinaz como la tuya, mi alopécico amigo, necesite de cinco frascos. O de siete. Por supuesto, llegará un momento en que no podrás gastar más dinero, porque cada dosis vale una fortuna, pero eso no es culpa del producto. ¡No me seas tan pobre, por favor!

 

 

[Img #8846]

 Dibujo sin fechar, alrededor de 1900 

 

 

En el diario El País, de 18 de Septiembre de 1887, encontramos un ejemplo típico. El anuncio nos promete el crecimiento del cabello, sí o sí, siempre y cuando nos gastemos un mínimo de 15 pesetas (el precio de suscribirse al periódico durante 15 meses, unos 450 ejemplares). El vendedor reconoce su afán de lucro sin demasiados ambages, y con el mismo rubor (o sea, ninguno) destaca su filantropía:

 

 

[Img #8839]

 

 

Personajes que ya hemos mencionado en otras entregas, como el doctor Ayer, no pierden de vista el filón y proponen sus propias recetas:

 

 

[Img #8840]

 La Hormiga de Oro, de 15 de Abril de 1891 

 

 

 

[Img #8847]

 Vigor del cabello, del doctor Ayer. Cromolitografía sin fechar, entre 1870 y 1900 

 

 

 

[Img #8841]

 La Moda Elegante, de 14 de Octubre de 1899 

 

 

Otra manera de disimular la ausencia de follaje es el peluquín. Todo el mundo lo notará, pero es el único remedio garantizado. Un anuncio de la Guía del peluquero y barbero, de 1 de Septiembre de 1880:

 

 

[Img #8849]

 

 

Si no somos calvos, podemos tener el problema contrario. Es decir, tener más pelo que la papelera de un barbero, las ingles de un babuino o el escenario de un festival heavy. Como pasa en nuestra época, en el XIX está bien que el hombre acumule el vello suficiente para rellenar un colchón de matrimonio, pero no es así en el caso de las mujeres. El siguiente anuncio, del Álbum de Salón, de 2 de Enero de 1898, nos propone un posible remedio. De paso, constituye uno de los primeros ejemplos de la técnica publicitaria del Antes y del Después:

 

 

[Img #8842]

 

 

 

El colmo es encontrarse un anuncio que nos soluciona el roto y el descocido. Dos por uno, tú. Puedes tener el cráneo desnudo de un Mister Proper, o más pelo que un enano del Señor de los Anillos, según tu capricho:

 

 

[Img #8844]

 La Ilustración Artística, de 20 de Julio de 1891 

 

 

En el siglo XIX, los hombres debían afeitarse con navaja. Esas herramientas eran caras, engorrosas de mantener y difíciles de manejar (torpes y cosas que cortan: ya sabes). Un vendedor norteamericano, llamado King Camp Gillette, se olió el negocio. Quizá, después de intentar afeitarse en el lavabo de esos trenes que debía usar a menudo por razones de trabajo, y convertirlo en el set de rodaje de una nueva Viernes 13. Era necesario inventar una cuchilla barata, que fuera desechable y mucho más segura. Gillette se puso a trabajar en la idea y, en 1901, registró su primera patente. Las cifras de ventas fueron engordando, del escaso medio centenar de unidades vendidas en 1903 a los 70 millones de 1915. Por supuesto, el invento no tardó en llegar a España, como demuestra la publicidad de la época:

 

 

[Img #8848]

 Revista Nuevo mundo , de 30 de Noviembre de 1905 

 

 

[Img #8845]

 Revista Actualidades, de 26 de Mayo de 1909 

 

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