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Redacción
Miércoles, 3 de mayo de 2017
José Carlos Cataño

La vida figurada

Guardar en Mis Noticias.

Los diarios de José Carlos Cataño, aun permaneciendo como sustrato de La vida figurada (2008-2009), se ha convertido en tránsito asumido, en nomadismo.

La vida figuradaEn los entreactos de las vivencias, el tiempo y el espacio moldean una escritura que reescribe y reúne, como si fuera un río, los hechos de una vida.

 

Y lo hace a la vista de los destellos que emiten lo que no sobrevivirá ni en la memoria ni en la escritura. Solo permanecerá lo que se considera suficiente, aunque tantas veces esta categoría es relativa: se podrían haber anotado de otro modo los pasajes, las emociones.

 

Podría haber sido, también, otra vida, pero esa otra vida posible es la que en realidad da sentido a la vida escrita en estas páginas.

 

 

 

 

 

 

 

José Carlos CatañoJosé Carlos Cataño

 

José Carlos Cataño (La Laguna, Islas Canarias, 30 de agosto de 1954) es poeta, narrador y ensayista.

 

Colaborador en publicaciones internacionales como Fisura (Nueva York), Fractal (México), Letras Libres (México), Noaj (Jerusalén) y Vuelta (México), ha ofrecido conferencias y lecturas poéticas en Siracusa (Sicilia), Jerusalén, Montevideo, Museo de la Casa del Poeta Ramón López Velarde de México, D. F., VI Festival Internacional de Poesía de El Salvador, Lyon (Francia), Internacional Festival of Poetry Smederevo’s Poet Autumn (Serbia), Ex Border Festa della Cultura, Gorizia (Friul), Nueva York (Instituto Cervantes, Hofstra University, Cornelia Street Café).

 

Ha celebrado diversas exposiciones individuales de dibujos. Sus fotocollages han sido exhibidos en Espai d'Art Puntoaparte, Barcelona, 2013, TEA Tenerife Espacio de las Artes, Santa Cruz de Tenerife, 2015, y S/t Espacio Cultural, 2016, Las Palmas de Gran Canaria.

 

En enero de 2009 fue elegido miembro honorario de la Academia Canaria de la Lengua

 

Obra

Poesía:

Jules Rock. 1973, L'Oreille Qui Voit Tout, Santa Cruz de Tenerife, 1975

Disparos en el paraíso, Edicions del Mall, Barcelona, 1982

Muerte sin ahí, Edicions del Mall, Barcelona, 1986

El cónsul del mar del Norte, Editorial Pre-Textos, Valencia, 1990

A las islas vacías, Ave del Paraíso Ediciones, Madrid, 1997

En tregua, Plaza & Janés editores, Barcelona, 2001

El amor lejano. Poesía reunida, 1975-2005, Reverso Ediciones, Barcelona, 2006, Editorial Bruguera, Barcelona, 2008

 

Narrativa:

El exterminio de la luz, Ediciones Nuestro Arte, Santa Cruz de Tenerife, 1975, 2. ª edición: Taller Ediciones JB, Madrid, 1975

Madame, Ediciones Península, Barcelona, 1989

De tu boca a los cielos, Edicions del Mall, Barcelona, 1985, 2. ª edición: Anroart Ediciones, Las Palmas de Gran Canaria, 2007

 

Diarios:

Los que cruzan el mar. Diarios, 1974-2004, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2004

De rastros y encantes, Asociación de Amigos del Libro Antiguo de Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 20112

La próxima vez (2004-2007), Biblioteca de la Memoria, Editorial Renacimiento, Sevilla, 20143

La vida figurada (2008-2009), Biblioteca de la Memoria, Editorial Renacimiento, Sevilla, 2017

 

Ensayo:

Antología poética de Saulo Torón, Biblioteca Básica Canarias, Islas Canarias, 1990

Casi tal cual. La fotografía de Humberto Rivas, Lunwerg Editores, Barcelona, 1991

Escritos, colección Pasos Sobre el Mar, Las Palmas de Gran Canaria, 1994

Aurora y exilio. Escritos, 1980-2006, La Caja Literaria, Santa Cruz de Tenerife, 2007

Cien de Canarias. Una lectura de la poesía insular entre 1950 y 2000, Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2009

 

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Cataño en su horizonte vertical

…el horizonte que no quita nada…
JRJ

Quizá deba, para escribir sobre La próxima vez (2014), segunda y nueva entrega de los
diarios de José Carlos Cataño, ir à rebours y remontarme unos trece o catorce años
atrás, hacer memoria y recordar releyendo mis propios diarios. A finales del siglo pasado
y comienzos de éste, yo era un joven estudiante de filología, tímido y algo melancólico,
en La Laguna; esta pequeña ciudad llena de tiempo, húmeda, conventual; pero también
tentadora a su manera. Tenía clases por la tarde y, antes de entrar o cuando salía, me
paseaba por El Cuadrilátero o las calles de La Carrera, Viana, Heraclio Sánchez o San
Agustín. Entonces ya escribía y comenzaba a dar los primeros pasos en periódicos y
revistas literarios, donde iba publicando poemas y artículos. Recuerdo haber visto en
unas pocas ocasiones, a la entrada del Hotel Aguere, del Nivaria y en una mesa del
Ateneo, a un hombre elegante, sofisticado, muy bien vestido, de maneras educadas, y
fino bigotito que quizá subrayaba una época pretérita y mejor. Este hombre, que llamaba
la atención por su aspecto, no me era del todo desconocido pues había leído algunos de
sus libros, Disparos en el paraíso(1982) o Muerte sin ahí (1986). Ese señor misterioso
era, por supuesto, José Carlos Cataño, y desde hacía tiempo estaba encarmelado en
Barcelona como un «pijoaparte» isleño y transterrado. José Carlos, como ahora, era un
ave de paso en la isla, la que seguía siendo la suya. Me hubiese gustado acercarme a él
y conocerlo en aquel momento; pero su elegancia me apabullaba: «ya conocéis mi torpe
aliño indumentario», diría recordando a don Antonio Machado, y nunca encontré un
motivo suficiente para el saludo. Nuestro encuentro sólo se produjo muchos años más
tarde durante un mediodía soleado en la terraza del Hotel Nivaria.

 

Uno, primero como lector; escritor tanteante después, y encima filólogo por vocación
para rematar la faena, ha estudiado el diario encasillado en su compartimento estanco
de subgénero de la biografía y, aún más ajustadamente, como subgénero de la
autobiografía, como lo es el poema en prosa con respecto a la poesía vista desde una
perspectiva tradicional, y que ya desde el Romanticismo alemán y mediados del siglo
XIX adquirió carta de naturaleza y una inmediataa aceptación en Francia con los
célebres Gaspard de la nuit (1842), de Aloysius Bertrand; y el Spleen de París (1869),de
Baudelaire. En lengua española luego, tuvo iniciales y fantásticos cultivadores como el
venezolano Ramos Sucre. Muchos autores y estudiosos del tema están de acuerdo en
que para que haya diario, además de una escritura fragmentaria y sostenida con cierta
regularidad, basta la fecha, la datación cronológica de la escritura como una huella o un
trazo en el tiempo vivido, que allí se preserva y nos resguarda con la precariedad de
todo lenguaje y memoria. Confieso que he vivido (1974) tituló sus memorias Neruda, y
así era; aunque yo veo las memorias como un diario idealizado, tramposo, falsamente
totalizador, quizá con más olvidos que recuerdos, por invertir el título de otras memorias
que también se leen en las aulas universitarias: las de Francisco Ayala.

 

Podríamos empezar, proponer un incipit, preguntándonos por qué, con qué fin y en base
a qué tentación, fuerza o debilidad, se escribe un diario en este siglo XXI. Entiendo, y
habla alguien que empezó escribiendo uno a los quince años y aún persiste en su error,
que un diario se escribe como verdadera cédula de identidad, como consuelo y placer
propios, hasta onanista si me apuran. El diario es una práctica no menos íntima que una
masturbación, un ensayo de modesta eternidad que de alguna forma nos proyecta hacia
el futuro como una nave espacial, y que también nos defiende y nos dignifica un poco
con respecto a los ojos del que vendrá a interrogarnos luego. De veras creo que
solemos ser injustos y parciales con el que fuimos, y nunca somos bastante generosos
perdonándonos. Se puede entender y leer un diario de muchas maneras; pero, ante
todo, el texto, el papel que defiende su blancura y donde uno se confiesa, es un
participante que siempre nos dirá que la vida fue hermosa o triste, valiosa o dura, que
puede y debiera seguir siéndolo, y que nos hemos confesado ante un oído que no usará
esa información para juzgarnos y condenarnos más tarde, como escribió Michel
Foucault en Vigilar y castigar (1975): estoy pensando en la confesión religiosa como
violencia y maquillado abuso de poder. El diario es un conversatorio con nuestro silencio
hablador, un participante paciente y memorioso: un Funes angustiado por la riqueza
latina de la minucia.

 

Si como pensaba Paul Valéry, la poesía es el desarrollo de una exclamación, quizá no
sea descabellado plantearse la posibilidad de que el diario sea la prolongación o la
extensión de una agenda, de un dietario de vida que empieza por llenarse de planes
hasta que esos planes se llevan a cabo o se frustran, o hasta que tienen vida y voz y
empiezan a hablar, mal o bien, de sus dueños. El primer título que José Carlos ideó para
este amplio conjunto de sus escritos en los últimos diez años iba a ser El porvenir del
horizonte, nombre que ahora se reserva para el tercero de los volúmenes en que ha
quedado dividido. Me parece que el diario es también la búsqueda o el impulso hacia un
horizonte posible, el sueño de realizar ese contacto, esa alianza que se aleja a medida
que nos acercamos a ella, como la potencia que impulsaba hacia delante a los poetas
románticos. ¿Acaso es otra la naturaleza del deseo o el carácter de una vida que
siempre se entiende como continuidad, como preservación y como variante de los
mismos temas, como redundancia inédita de un lenguaje que se bifurca, y siempre tiene
el encanto de ofrecernos una ligereza nueva o un gesto distinto? Sobre esto escribe
Cataño el 31 de mayo de 2005:

La vida nos apura mientras nos arrastra. La literatura trata de fijarnos entre sus remolinos.


Creo que los diarios que hoy les presento a ustedes tienen mucho de exploración, de
meditación para después, de impresión ligera que en ocasiones se ahonda hasta límites
que ni siquiera el autor sospecha; pero pienso que justamente en esa aventura de
ahondamiento, de buceo, se alza todo el atractivo y la imantación de cualquier actividad
literaria. La intimidad de estos textos, ahora volcada hacia un destinatario posible, no
excluye el testimonio del autor sobre su tiempo, la observación de los pequeños
animales, la crítica civil, la exploración de muy distintas aficiones artísticas, los viajes,
las costumbres morales, e incluso el cuestionamiento de las viejas creencias e ideas,
siempre necesitadas de nuevas interrogaciones. Como en una novela, todo cabe en el
diario; y creo que puede verse en él un subgénero omnívoro donde las reglas, la
extensión, los temas, los ambientes o los personajes... aparecen, se mezclan, se
imponen o se ocultan caprichosamente, en un azar imposible de abolir en el simple
transcurso de los días. Sólo la necesidad, la voluntad de una libertad necesaria, guía
esta escritura mediante una conciencia imaginativa e intelectual que casi pinta lo que ve
por la fuerza con que los sentidos se abren al mundo.

 

Mientras se leen los diarios de José Carlos Cataño, a uno le parece estar asistiendo a
las peripecias cotidianas del voyeur o del flâneur de Walter Benjamin; una suerte de
exquisito canalla, en apariencia un transeúnte más, que observa la vida con unos ojos
siempre frescos, y de una plasticidad a flor de piel. Explorador de la erótica de una
realidad donde todo se enlaza y se dispersa a cada instante, Cataño, que también ha
escrito y escribe ficción (ahí están novelas como El exterminio de la luz, Madame o De
tu boca a los cielos) se muestra más libre y ligero que nunca en estos fragmentos, o se
tumba en los divanes de oriente y occidente para aplicarse su propia terapia, paciente y
doctor de sí mismo. Creo que la escritura de un diario no es otra cosa que el registro de
un pulso que intuye la desaparición angustiosa de todo. La literatura ya lo es, pero quizá
no haya género más ambicioso y ávido de que perdure nuestra realidad entera que el
diario. «Hay escritos que tienen el propósito de una publicación, e incluso de que esta
sea póstuma. Los grandes diarios literarios han sido escritos sin ninguna expectativa de
ser leídos. Algunos ejemplos son los de James Boswell y Samuel Pepys», ha escrito
William Boyd en su ensayo Bamboo (Duomo), y es que uno de los grandes problemas
que nos plantea cualquier diario es su propósito, la perspectiva o la finalidad con la que
se llevan a cabo.

El diario como estrategia para una vitalidad doble, para un programa de vida que se


contradice y se reformula, siempre ansioso por encontrar detalles inmensos. Los autores
grecolatinos no escribían diarios tal como los entendemos hoy, pero algunos textos de
Platón, las cartas de Cicerón, las Meditaciones de Marco Aurelio o las Confesiones de
San Agustín, aunque sin fechas, no estarían lejos del tono y los rasgos del género.
Podemos recordar también el cuaderno de bitácora como un precedente viajero del
diario: ahí está el de Colón, donde halla su arranque la amplísima y rica literatura
hispanoamericana. La aparición de la imprenta a mediados del siglo XV, la conquista y
el expolio de América, donde nace el comercio global de hoy, el pensamiento de
Descartes, la Revolución Francesa, los ilustrados, la implantación de los derechos
humanos y sociales... fueron el caldo de cultivo donde se van cociendo los primeros
diarios modernos.

 

Como ha escrito el profesor de la Universidad de Málaga Manuel Alberca en su libro La

escritura invisible. Testimonios sobre el diario íntimo (Sendoa), los libros de cuentas y de
familia fueron transformándose en anotaciones de carácter personal y expresivo. Los
diarios, como en Caro diario (1993), la extraordinaria película de Nanni Moretti; la Vida y
cartas de James David Forbes (1873); el Diario de un loco, de Nikolái Gógol; los
Diarios de León Tólstoi; los del pintor suizo Paul Klee; el Diario que Anna Frank
comienza con trece años; el Martirologio de Andrei Tarkovsky; el Diario de Susan
Sontag; los Cuadernos en octavo de Franz Kafka; los voluminosos Cahiers de Paul
Valéry; por no hablar de los de Katherine Mansfield, Yorgos Seféris, Thomas Mann,
Virginia Woolf, Robert Musil, Julien Green, André Gide, George Orwell, Cesare Pavese,
Ernst Jünger, James Salter, John Banville; los Carnets, de Albert Camus; el excepcional
Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa... En fin, cada uno de ellos los leo como
una contravención, una rebeldía narrativa, un narrar sin prevenciones ni servidumbres y
que quizá, como en la novela de Proust o en la parábola quijotesca de Ginés de
Pasamonte, sólo pueden cerrarse con la propia vida.

 

Numerosos poetas, narradores, ensayistas o pintores de lengua española, hoy escriben
su diario y lo van publicando, además de escribir ensayos sobre ello. En la época
moderna y contemporánea, me vienen a la memoria los diarios de Zenobia Camprubí; el
Diario de un pintor (1984), de Ramón Gaya; El Cuaderno gris (1966), de Josep Pla; La
gallina ciega (1971, 1975, 1995), de Max Aub, que el profesor y crítico Nilo Palenzuela
comentaba en sus clases de Literatura; el extraordinario La tentación del fracaso (1992),
de Julio Ramón Ribeyro; el diario-río de Andrés Trapiello, que lleva el título genérico de
El salón de los pasos perdidos (Pre-textos) y del que ya han aparecido hasta dieciséis
entregas; el Dietario voluble (2010), de Enrique Vila Matas; los de Alma Guillermoprieto,
José Luis García Martín, Alan Pauls, Justo Navarro; o los del lúcido e inconforme
Ricardo Piglia, un autor por el que siento verdadera pasión.

 

Lo que me parece muy interesante y atractivo de un diario, de su planteamiento o
ideación, es su asistematicidad, su disciplina abierta, su rostro poliédrico. En él podemos
narrar sueños, mentir, diseccionar e idear miniensayos sin la pesada carga de la
erudición y la minucia bibliográfica, donde a veces lo más accesorio es lo más jugoso, lo
más sustancial lo que en apariencia es menos trascendente. Dentro de una expresión
que suele ser coloquial y sin el incómodo oído de un público posible (al menos en
principio), el autor tiene ante sí muchas formas de elocución y de silencio. Se
argumenta, se narra, se explica, se describe, se comentan películas, se menudea en los
deseos, se fantasea. Muchas novelas, ensayos, libros de poemas, vocaciones y
aprendizajes, tienen lugar en un diario. Los diarios de hoy ya no son los de ayer.
Podríamos preguntarnos a dónde van los diarios hoy cuando se editan, y en manos de
quiénes ponemos nuestra intimidad.

Creo que muchos de los diarios que hoy se escriben ya no se hacen en esos


estrafalarios y siempre adornadísimos cuadernos que se guardaban en la mesilla de
noche. Los blogs, que proliferan hasta el infinito en la web, son los diarios de la
actualidad y es en ese nuevo formato donde escritores de toda clase y condición, de
cualquier edad y talento, vuelcan sus prácticas de escritura. Esto lo sabe muy bien José
Carlos Cataño, quien desde hace mucho mantiene uno en el que de vez en cuando nos
enseña algunas de sus impresiones, de sus paisajes, de sus pensamientos; pero que
luego va borrando de la misma manera que desaparece la estela de un barco que se
aleja en el mar. A todos los que conocemos y leemos a José Carlos nos resulta familiar
su afición marina, como lo son su fascinación por los viajes, los collages, la fotografía o
las ediciones y objetos antiguos. La próxima vez (2014) es la noticia inquieta y renovada
de su sensibilidad e inteligencia.

Esta próxima vez que ya fue o aún está llegando, esta ocasión que siempre queda
incompleta y pendiente para un encuentro con algo hermoso y duradero, es la que
celebra y promete la escritura como una estrategia de supervivencia, como una prueba
de vida. Ojalá su lectura permanezca en nuestra memoria y la ilumine porque, vuelvo a
Valéry, si es verdad que un gran poeta convierte a su lector en un inspirado, en Cataño encuentran su perfecta alianza ambos planos. Su vida desplegada y observada
minuciosamente en estas páginas también nos enseña a compartir la nuestra, y a
dejarla ser enlazada a muchas otras que nos acompañan, nos enseñan, y nos permiten
ser nosotros mismos. Así lo expresa el poeta en una nota escrita el viernes, 25 de
noviembre de 2005:

Las vidas que vamos abandonando, entregando a otros...

 

Iván Cabrera Cartaya

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