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Carmen Panadero Delgado
Domingo, 30 de abril de 2017
Capricho del destino o azares de la Historia

El malogrado heredero de Alfonso VIII

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El rey Alfonso VIII de Castilla, casado en su adolescencia con doña Leonor de Plantagenet, tuvo de este matrimonio al menos diez hijos. El segundo varón, don Fernando, nacido en el séptimo parto de la reina, fue el heredero de la corona por haber fallecido el primer varón (Sancho) con pocos meses.

La mayor parte de los vástagos de esta pareja real fueron mujeres —la mayor, doña Berenguela, que llegaría a ser reina de León y regente de Castilla y León— y sólo tuvieron un varón más, Enrique, el menor de todos ellos.

 

Nació el infante heredero don Fernando en Cuenca, en noviembre de 1189, y fue desde niño muy parecido a su padre en vehemencia y arrojo.

 

Tras la derrota de Alarcos en 1195 y la firma de unas treguas con los almohades, disfrutaban en Castilla de un beneficioso periodo de paz, aunque el heredero no ocultaba desde su más tierna edad su deseo de romperlo. Ya en 1209, un año antes de cumplirse el plazo de dicha tregua, el infante don Fernando la había vulnerado, llevando a cabo varias algaras y arrastrando al rey, su padre, a raziar por tierras de moros. Ansiando hacer sus primeras armas, espoleaba a don Alfonso VIII donde más le dolía, Alarcos, para que olvidara las treguas, pues, con la impaciencia de los pocos años, no veía llegado el momento de participar en una gran campaña contra los musulmanes.

 

El malogrado heredero de Alfonso VIII

 

El rey Alfonso VIII, por su parte, que también ansiaba vengar la derrota de Alarcos y de paso complacer a su hijo, dejábase persuadir, y en 1210 comenzaron ambos las expediciones por tierras de al-Ándalus. Salieron de Toledo con su ejército, encaminándose hacia Jaén y Baeza, Entre tanto, el rey de León, Alfonso IX, que siempre aguardaba a que el de Castilla se moviera para invadir su reino, entró por tierras castellanas, pensando en recuperar las plazas que perdió al separarse de doña Berenguela (hija mayor de Alfonso VIII). Pero el conde Alvar Núñez de Lara lo contuvo, causándole graves pérdidas. Poco después, consiguió el rey castellano la villa de Moya, por tierras de Cuenca, repoblándola.

 

Pero estas algaras no eran la gran batalla con que soñaba el joven y vehemente infante, de modo que escribió al Papa Inocencio III su anhelo de dedicar las primicias de sus armas a una gran cruzada contra los infieles. Pedía auxilio al Papa también para que, mientras ellos combatían a los sarracenos, procurase contener al rey Alfonso IX de León, que siempre aprovechaba sus ausencias para irrumpir en Castilla. El Papa, por medio de una bula emitida el 10 de diciembre de 1210 y otra del 22 de febrero de 1211, encomendaba al arzobispo de Toledo y a los obispos de Zamora, Tarazona y Coimbra, que extendieran penas de excomunión, sin recurso de apelación, sobre los reyes que atacasen a Castilla mientras Alfonso VIII y su hijo se enfrentaban a los infieles; ya catorce años antes, en el invierno de 1196, su antecesor el Papa Celestino III, ante la denuncia de los obispos castellanos, había lanzado pena de excomunión al de León por aliarse con infieles contra reyes cristianos y dispensó a los leoneses del vínculo de lealtad a su rey.

 

El fin de las treguas y las nuevas provocaciones de los cristianos habían movido al Emir Amuminín (el Miramamolín de las crónicas cristianas) a acudir a al-Ándalus, en respuesta a las llamadas de socorro que le habían dirigido desde las numerosas comarcas saqueadas en las algaras de los cristianos.

 

El rey de Castilla y su hijo, por un lado, y, por otro, los caballeros-monjes calatravos desde Salvatierra no cesaban de hostigar a los muslimes. Sobre todo los calatravos, que habíanse hecho fuertes en esta plaza, aislada en medio de territorio musulmán, y habían logrado aterrorizar a toda la comarca con sus continuas correrías y sus saqueos, asolando a su paso e imponiendo sus cruces.

 

El emir Al-Nasir hizo su entrada en Sevilla el 3 de junio de 1211. Se instaló en sus alcázares y acomodó a su ejército en la ciudad y sus alrededores. Durante su estancia en la capital sufrió la desdicha de perder a su hijo Yahyâ, el tercero de sus varones, su favorito entre ellos y al que tenía intenciones de nombrar heredero de sus reinos. Este doloroso acaecimiento trastocó su vida y retrasó sus planes de ataque.

 

El malogrado heredero de Alfonso VIII

 

 Entretanto, el príncipe heredero de Castilla, don Fernando, joven gallardo y apasionado, era el orgullo y la alegría de sus padres, los reyes, y esperanza de su reino. Como ya avanzamos, a sus casi veintidós años mostrábase impaciente por tomar parte en una gran cruzada, porque ya andaba hastiado de las pequeñas algaras sin esplendor ni trascendencia y, anhelante de gloria, parecía no tener la vida sino para exponerla, intrépido, en los mayores peligros de armas y combates.

 

“Viendo el rey glorioso el deseo de su hijo y su hermosura, pues era muy hermoso, y la fuerza de su edad juvenil, se deleitaba en él, dando gracias al Señor por haberle dado tal hijo, que pudiese ser su colaborador en el gobierno del reino y que pudiese suplir en parte sus veces en los asuntos bélicos”[1].

 

En la primavera de 1211 y mientras el Miramamolín Al-Nasir hacía cruzar el estrecho a su ejército, el rey Alfonso y su hijo don Fernando, con las gentes de Madrid, Guadalajara, Cuenca, Huete y Uclés, se dirigieron hacia la Axarquía de al-Ándalus y raziaron por tierras valencianas, aterrorizando el alfoz de Xátiva y alcanzando las orillas del mar. Antes de llegar el Emir a Sevilla, ya había recibido noticia de esta provocación y las quejas de los levantinos.

 

 En la primera quincena de agosto, estando ya el Emir en Córdoba, salió el infante don Fernando con gran séquito de nobles y mesnadas para llevar a cabo una razzia por tierras de Trujillo y Montánchez. Casi al mismo tiempo llegaron estas dos nuevas a conocimiento de los freires de Salvatierra. Ignorando el tiempo que duraría la estancia del Miramamolín en Córdoba y conociendo la calma de que hacía gala en sus desplazamientos, el infante disponía de tiempo de sobra para hacer su algara por tierras extremeñas y acudir más tarde a auxiliar a Salvatierra, si fuera necesario. A punto de acabar el mes de agosto, los almohades ponían cerco a dicha fortaleza de la Orden de Calatrava.

 

Capricho del destino o azares de la Historia

 

 Transcurrido un mes de asedio, los primeros días del mes de octubre se sucedían y los habitantes de Salvatierra, tan animosos al principio, comenzaban a mostrarse  desalentados. Se esperaba con impaciencia el regreso del infante don Fernando de su algara por Montánchez y Trujillo, con la certeza de que a su vuelta, y sabedor del cerco a que era sometida la fortaleza, acudiría en auxilio de la sede de la Orden de Calatrava.

 

 Pero el príncipe heredero retornó de su campaña extremeña aquejado de un extraño mal. En los primeros días de octubre, los reyes, sus padres, recibieron en Toledo nuevas de la enfermedad del hijo, que se encontraba muy postrado y arrebatado por aguda fiebre en la villa de Madrid. Mientras ellos se ponían en marcha, enviaron por delante a sus físicos, encabezados por Arnaldo y Abraham ben Al-Fakkar. Pero el mal avanzó inexorable y, a pesar de la denodada lucha de su naturaleza joven y fuerte, rindió el alma a su Creador sin haber cumplido los veintidós años[2].

 

Cuando los reyes don Alfonso y doña Leonor llegaron a Madrid, el infante ya había fallecido. Les habían seguido en el séquito el arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada y el leal caballero don Diego López de Haro, señor de Vizcaya.

 

“Se marchitó el corazón del rey, se pasmaron los príncipes y nobles de la tierra; los pueblos y las ciudades languidecieron al saberlo, y se aterraron al advertir que la ira de Dios había decretado dejar a la tierra desolada. En ninguna parte faltaba el llanto. Los mayores espolvoreaban sus cabezas con ceniza; se vistieron todos con sacos y cilicios, todas las doncellas se veían escuálidas, y la faz de la tierra cambió por completo”.

 

“La nobilísima reina, doña Leonor, al oír la muerte del fruto de su vientre, quiso morir con él y entró en el lecho en que yacía el hijo, y juntando la boca a su boca para darle aliento, y enlazando las manos con sus manos, intentaba resucitarlo o morir con él”.

 

“Como lo aseguran los que lo vieron, jamás se vio dolor semejante a aquel”.[3]

                 

Murió el heredero, don Fernando, el 12 de octubre de 1211, y nada cierto llegó a saberse de la naturaleza de su mal. Se habló de unas fiebres contraídas durante su algara por Montánchez y hasta llegó a circular el rumor de un envenenamiento, aunque no existía fundamento alguno para creer este extremo.  Ambrosio Huici Miranda (haciéndose eco de Lucas de Tuy) dice que el infante don Fernando, heredero de Alfonso VIII, murió envenenado en vida del rey por los judíos, debido al odio que mostraba hacia esta raza —que el príncipe nunca ocultó y hasta hizo público— a consecuencia del sufrimiento de su madre por causa de la judía Raquel, amante del rey castellano[4].

 

 Determinó el rey que el hijo fuera enterrado en el Real Monasterio de las Huelgas de Burgos, donde también aguardaban a él y a su esposa sendas tumbas para cuando Dios tuviese a bien llamarlos a su seno.

 

Se puso en marcha el cortejo fúnebre, pero los reyes no pasaron de la sierra y regresaron a Madrid con don Diego López de Haro. Prosiguió con el cadáver, presidiendo el duelo, la hermana del finado príncipe, la reina de León doña Berenguela, quien, acompañada por el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada, lo llevó hasta su destino final en el monasterio burgalés. Allí, de mano del arzobispo, recibió el malogrado heredero cristiana sepultura.

 

El malogrado heredero de Alfonso VIII

 

Fue señalado a partir de ese momento como sucesor el infante don Enrique, el benjamín, de tan solo siete años de edad. Le horrorizaba al rey Alfonso la idea de que a él pudiera llegarle su hora siendo el príncipe de tan corta edad, ya que parecíale gran calamidad para su hijo y para el reino volver a vivir una minoría de edad tan desastrosa como la que a él le tocó protagonizar.

 

Pasadas las fiestas de la Natividad, Alfonso VIII solicitó del Papa Inocencio III la convocatoria de una gran Cruzada entre todos los reinos cristianos, citándolos en Toledo para la octava de Pentecostés, entre el 20 y el 27 de mayo de 1212. El Papa accedió a sus deseos y en el mes de enero dio a todos los obispos de Francia orden de predicar la Cruzada, y les instaba a que exhortasen a sus fieles para acudir con sus personas y bienes en auxilio del rey de Castilla, garantizando para todo el que respondiera a esta llamada la remisión de sus pecados. Estaba gestándose la campaña de las Navas de Tolosa.

 

Capricho del destino o azares de la Historia parece el hecho de que los dos soberanos que iban a enfrentarse en tan decisiva contienda, sufrieran casi al mismo tiempo el paralelismo dramático en sus vidas de la pérdida de ambos herederos (el musulmán y el cristiano) meses antes de la crucial batalla de las Navas.

 

(cabecera: Alfonso VIII de Castilla)

 

 

[1] - Crónica Latina de los Reyes de Castilla.

[2] - "La Cruz y la Media Luna", de Carmen Panadero.

[3] -  Entre comillas, párrafos textuales de Crónica Latina de los Reyes de Castilla.- Edic. Çirot pág. 50.

[4] - "Las Grandes Batallas de la Reconquista", de Ambrosio Huici Miranda.


 

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2 Comentarios
Fecha: Miércoles, 3 de mayo de 2017 a las 19:50
Carmen Panadero Delgado
Buenas tardes, Bezudo, y gracias por su comentario. Sobre este particular de la judía Raquel y Alfonso VIII, ya le contesté en su momento en mi artículo titulado "La Toledo de Alfonso VIII". Tuve que repartir mi respuesta en tres mensajes consecutivos porque las normas de edición de mensajes tienen limitado el uso de caracteres. Si quiere conocerla, con toda la documentación que obra en mi poder sobre este asunto, puede acudir al citado artículo donde ya contesté a su mensaje de entonces. Gracias.
Fecha: Lunes, 1 de mayo de 2017 a las 15:02
Bezudo
Interesante el artículo.
Si me permite comento que los amoríos de Alfonso VIII con una judía toledana son leyenda, una bonita invención ya famosa por los muchos poemas, cantares, teatro, novelas y cine que de ese "cuento" se han hecho. La historiografía así lo demuestra.

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