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Flavio Crescenzi
Domingo, 30 de abril de 2017
las técnicas de escritura pueden aprenderse

La escritura, la gramática, la estilística

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Desde épocas inmemoriales, la humanidad se ha preocupado por la propiedad y corrección del léxico que emplea al escribir, pero también por la disposición de cada una de las partes del discurso.

I - La lengua como materia viva

 

El cuidado del estilo, es decir, la búsqueda de la forma más depurada y convincente para llegar con la palabra al corazón de los lectores, ha sido siempre una de las aspiraciones fundamentales de cualquier escritor, incluso antes de que la técnica o la ciencia en la que se apoya este conocimiento se conociera con el nombre de estilística.

 

Todos experimentamos alguna vez deseos de poner por escrito lo que pensamos o sentimos, aquello que nos gustaría que los demás supieran sin que tuviésemos que vernos en la obligación de decírselo en la cara. Otras veces, en cambio, creemos que tenemos algo que reúne la belleza y el interés suficientes como para confiárselo a algún editor y dejar que  éste lo convierta en libro (con la indudable sobreexposición que esto supone). En cualquier caso, la escritura es siempre fruto de una necesidad expresiva y, como tal, puede valerse de técnicas que la ayuden a concretarse de la mejor manera.

 

Si bien la capacidad imaginativa es innata, las técnicas de escritura pueden aprenderse. Con la intención de allanar el difícil y encaramado camino que conduce a la expresión apropiada y a la riqueza de vocabulario, imprescindibles para una comunicación bella, la retórica, la gramática y la estilística han recogido y estudiado los saberes que todo aquel que quiera dedicarse a la escritura deberá aprender dominar, no sólo para escribir con propiedad y elegancia, sino también para conocer a fondo la materia viva en la que ha decidido adentrarse: la lengua.

 

II - La escritura frente a la normativa gramatical

 

Cuando utilizamos el verbo escribir solemos conferirle alguno de estos sentidos: el trazado de las letras (tener buena o mala caligrafía), la escritura de las palabras (tener buena o mala ortografía) o la expresión correcta y ordenada del pensamiento (el buen o mal uso de la gramática). Estas tres acepciones son correctas y definen tres aspectos concurrentes de la escritura.

 

El primer aspecto, el trazado de los signos, se consigue en los años de aprendizaje preescolar y de la enseñanza primaria, y se perfecciona con el paso de los años (de hecho, la letra de las personas cambia constantemente hasta adquirir cierta fijación). El segundo aspecto, la adquisición de la corrección ortográfica, es un hecho más consciente, y para su aprendizaje se requiere un mayor esfuerzo. El tercer aspecto, el buen uso de las normas gramaticales, es el más complejo de los tres, a tal punto que no siempre se consigue su total conocimiento.

 

Las personas que se dedican a escribir deben conocer lo mejor posible las tres técnicas, pero, especialmente, la tercera. Como bien sabemos, la caligrafía hoy en día ya no es tan importante, puesto que la mayoría de los textos se escriben con el teclado de una PC o de una laptop. La ortografía, por lo mismo, está cubierta en gran parte por los procesadores de textos, que pueden corregir automáticamente los errores de muchas palabras e incluso evitar el empleo de voces y términos repetidos. Sin embargo, el empleo adecuado la normativa gramatical sigue siendo un factor deficitario de la escritura.

 

La escritura, la gramática, la estilísticaQuizá, el hecho de que se hable de una «normativa» aterrorice un poco al escritor, que casi siempre prefiere afirmar su libertad expresiva antes que seguir reglas estrictas. Con todo, pensar la gramática en esos términos es un error que los mismísimos gramáticos condenan. Alarcos es muy claro al respecto:

 

Una gramática es, pues, normativa con independencia de que sus normas queden envueltas por fuerza en este o aquel excipiente metalingüístico. Ya no sería gramática el resultado de reducir la exposición de los hechos a un seco repertorio de usos correctos e incorrectos, sin dar ninguna explicación, como el viejísimo Appendix Probi. Y ya sabemos los hablantes neolatinos el brillante éxito práctico de los esfuerzos normativos del Pseudoprobo: casi todo lo que condenaba ha triunfado en los romances. Conviene así que el normativismo se forre de escéptica cautela. En el orden jerárquico interno de la gramática, primero viene la descripción de los hechos; de su peso y medida se desprenderá la norma, siempre provisional y a merced del uso.[1]

 

Como toda técnica, las del lenguaje son difíciles y requieren un cuidadoso aprendizaje. No obstante, si este aprendizaje se realiza ordenadamente, y sin prejuicios de ningún tipo, la adquisición de los conocimientos que nos permitan expresarnos con propiedad será más fácil y llevadera.  

 

III – La estilística: una disciplina ordenadora

 

La estilística estudia los procedimientos expresivos capaces de conferirle a un texto la belleza y propiedad que necesita. Para que éstos se produzcan, el escritor podrá disponer de todos los elementos de la lengua, siempre y cuando respete la corrección gramatical y el sentido. Karl Vossler, de hecho, consideró la estilística como el centro del estudio de la lengua y llegó a afirmar que de la estilística se puede descender a la semántica, la sintaxis, la morfología y la fonética.[2]

 

Charles BallyAhora bien, en sus comienzos, la estilística fue tenida apenas como una disciplina preceptiva, es decir, como un conjunto normas y modelos de escritura que se le imponía al escritor. Fue recién a fines del siglo XIX, gracias a los estudios de Charles Bally,[3] cuando la estilística evolucionó hacia un método crítico más complejo, dando como resultado una estilística descriptiva, una estilística interpretativa (próxima a la crítica literaria) y una estilística histórica. Ya en el siglo XX, como resultado de la necesidad de encontrar una excusa apropiada para convertir a la estilística en la ciencia del estilo, se habló de una estilística lingüística (que afecta al habla propiamente dicha) y una estilística literaria (que tiene que ver con el habla literaria, entendiendo por habla la utilización del sistema de la lengua por cada uno de los hablantes).

 

No obstante, las investigaciones acerca de los problemas que plantea la estilística no concluyen con las corrientes mencionadas; de hecho, otros autores, dentro de los cuales cabe mencionar a Rafael Lapesa,[4] partiendo de la distinción entre lenguaje afectivo e intelectual, tratan de encontrar capas y polivalencias estilísticas, pero circunscribiéndose a las particularidades sociales del habla. Es en este punto en el que la estilística —más allá de que en la actualidad haya perdido gran parte de su antiguo esplendor— sigue cumpliendo un decisivo papel ordenador, no sólo para las diferentes posibilidades expresivas del lenguaje, sino también para los distintos procesos cognoscitivos que normalmente las engendran.

 

[1] Alarcos Llorach, E. Gramática de la lengua española, Madrid, Espasa Calpe, 1999.

[2] Véase Vossler K. El lenguaje como creación y evolución,  Madrid, Poblet, 1929.

[3] Para obtener mayor información sobre Charles Bally, consúltese mi artículo «El estilo en el uso de la lengua», publicado en este mismo medio.

[4] Véase Lapesa R. Estudios lingüísticos, literarios y estilísticos, Valencia, Universidad de Valencia, 1987.


 

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