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José Rodríguez Infante
Viernes, 28 de abril de 2017

BIRULAS (1)

Guardar en Mis Noticias.

 Al despertar se encontró junto a él a su hija, que dormitaba sentada en una butaca de escay con los pies encima de una silla. Miró a su alrededor; el gran ventanal por el que penetraba una luz intensa  le resultaba desconocido, la fluorescencia del techo también y la cama sobre la que se hallaba postrado mucho más. En la mesita de noche, que hacía guardia a su derecha, reposaba una botella de agua, una bizcochada a medio comer, algunos clinex sueltos y diversas pastillas. Nada de aquello le era familiar, salvo su hija a la que reconoció de inmediato. Entornó los parpados, movió los dedos de las manos, luego los de los pies y trató de concentrarse en los sonidos que llegaban a sus oídos. Cuando alzó la vista, apenas se escuchaba nada: algunas voces en la lejanía, el tránsito de vehículos a motor muy debilitado y poco más. Le entró somnolencia. Al volver a abrir los ojos se topó con los de su hija, que de un salto se incorporó y se colocó junto a su almohada.

 

—¡Papá!

—¿Qué pasa Lucía? ¿Dónde estamos?

—¡Ay papá! Dame un beso ¿cómo te encuentras?

—Extraño, noto como si no me pudiera mover, tengo la garganta seca y me da la impresión que he perdido mi barba.

—¡Tu barba! ¿De verdad que no sabes nada de lo que ha pasado?

—¿Pasado? Sé que estoy tendido en una cama, que me estás mirando sin parar y que me da vueltas la cabeza…

—¡Espera, espera!, no sigas hablando que voy a llamar a las enfermeras.

 

Abdón pasó de un estado de tranquilidad y de ignorancia a encontrarse rodeado de batas blancas con bolsillos repletos de lápices y rotuladores, algún que otro fonendoscopio al cuello y caras sonrosadas que abrían la boca mostrando unos dientes de lujoso nacarado. Quería responder a unos y a otros, pero su mente no estaba en condiciones de atender a tanta demanda. En su despacho siempre tenía que pedir que las consultas se las formulasen una a una, nada de tumultos ni prisas. Así que fue saliendo de la habitación toda aquella jauría y tan sólo quedó junto a él una persona a la que pudo leer en el filo del bolsillo superior de la bata algo así como “jefe de servicio” o cosa parecida. Le dijo su nombre, le informó de algunos pormenores relacionados tanto con el motivo de su postración como de las causas que lo motivaron, pero Abdón no dejaba de pensar en aquellos ojos que encontró al abrir los suyos. ¿Cuánto tiempo hacía que no contemplaba la cara de su pequeña tan de cerca? El doctor Goyo insistía en recomendarle las pautas a seguir para una perfecta rehabilitación, siempre dentro de las circunstancias actuales, que  no se podían ocultar porque eran evidentes.

 

—¿Qué pierna es?

—La derecha.

—¿O sea, que la izquierda puedo moverla?

 

El doctor Goyo asentía, siguió explicándole, abriendo y cerrando una boca coronada de negro bigote, pero Abdón dejó de prestarle atención y ya no lo seguía en su discurso.

 

—¿Puede pasar mi hija?

—¿Eh?...¡Sí, si, claro!..Bueno mejor lo dejamos, recuerde lo que le he dicho y nos veremos mañana ¿de acuerdo Abdón?

—¡De acuerdo, de acuerdo!

 

 

La mañana estaba envuelta en una niebla poco habitual, por lo que el grupo marchaba tomando todas las precauciones posibles dado que ese tramo de carretera se consideraba como un punto negro entre los miembros del club, incluso se estaban esforzando por salir cuanto antes de allí. No se oía más que el jadeo de unos y otros y el trabajo mecánico que el piñón y el plato ejercían sobre la cadena. Era como penetrar en una cortina de agua, con los ojos puestos en la rueda del compañero que iba delante. No se daban ningún relevo, en aquel momento lo importante era tragarse aquellos endemoniados kilómetros de la forma que fuese. Las caderas, los brazos, las piernas y la cabeza formarían un todo con una única idea: salir de esa envoltura blanquecina, ver algo más que la línea lateral y las imperfecciones del asfalto.

 

Abdón marchaba el último, llevaba la luz roja de su lámpara led destellante y el maillot amarillo fosforescente como era preceptivo en aquellas circunstancias. En sus oídos se fue acumulando poco a poco una sensación que no por ser familiar dejaba de inquietar. Sudaba y respiraba con la boca abierta puesto que el repecho se dejaba notar en cada uno de los músculos. A medida que fue tomando conciencia de que el suave ronroneo se convertía en traqueteo de un motor de tracción mecánica, tenía ya preparada la voz de alarma que iba a trasmitir a su inmediato predecesor para que en cuestión se segundos llegase hasta la cabeza del grupo y se activaran las luces de emergencia. Abdón no sólo percibía ya con claridad la presencia de un vehículo de motor sino que además podía adivinar a la velocidad que venía por el roce del caucho sobre el asfalto y los cambios de aceleración. Lanzó la voz de alarma, que llegó hasta el primero del pelotón, se agarró firme al manillar, dejó una distancia prudente con su compañero y ciñó la rueda al límite discontinuo de la capa asfáltica y la piedra pedregosa del arcén. Lo siguiente fue el encuentro inevitable de una noche de juerga y una prometedora mañana de domingo. Tres de los componentes del pelotón de aficionados al noble deporte del pedaleo, acabaron rodando por el suelo, dando vueltas en un amasijo de chatarra, prendas deportivas y factor humano. Abdón era uno de ellos.

 

Cuando Abdón nació la partera advirtió una mueca en la planta de sus pies.

 

—Aquí tenemos a otro ciclista – manifestó a la concurrencia.

 

No le dio demasiada importancia, pero no pasó desapercibida esa circunstancia para una persona como ella tan experta en analizar la piel de una criatura recién llegada al mundo de los bípedos implumes. Distrajo su mente con otras ocupaciones y el niño se lo agradeció con un armonioso llanto que hizo las delicias de una madre satisfecha y de un padre gozoso por tan feliz acontecimiento.

 

A la edad de dos años, cuando aún le costaba pronunciar la mayoría de las palabras, exceptuando papá, mamá y todos aquellos sonidos próximos o parecidos, el padrino, persona siempre atenta a cualquier signo que pudiera significar un genuino avance en la evolución temporal de tan tierno infante, interrumpió a los comensales en una reunión familiar, para decirles:

 

—¡Atentos todos los presentes! Abdolito quiere decirles algo.

 

Tomó al niño en sus brazos y mostrándolo como si fuese el último juguete aparecido en los anuncios televisivos, le incitó a que pronunciase aquel fragmento bisilábico que momentos antes le había oído pronunciar. El chiquillo agachó la cabeza, se concentró en el penúltimo botón de la camisa de su padrino y quedó hipnotizado por el resplandor nacarado de esa cosa tan redonda.

 

—¡Vamos Abdolito! –dijo el padrino.

—¿Qué sabe decir mi niño? –animó la madre.

—¡Abdoliiito! –prosiguió el padre.

 

Sus labios no se despegaron, así que el padrino un tanto malhumorado por semejante plantada, lo bajó de sus brazos y lo dejó en el suelo para que el niño tomase la decisión que le viniese en ganas. Una vez libre Abdón se dirigió a los presentes, puso los hocicos como queriendo hacer círculos de humo y en dos impulsos continuados, expelió: “i-si”. Se hizo un silencio en la reunión hasta que alguien estalló en una sonora carcajada, a la que siguió otra y otra. El padrino para no ser menos se unió a la fiesta.

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