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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 23 de abril de 2017
un juez decretando secreto de sumario filtrado por todas partes

Circo judicial al servicio de la corrupción política

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En España  cuando tañen estruendosamente las campanas de la Justicia contra la corrupción, los ciudadanos deberían advertir que detrás de la aparente funcionalidad de los tribunales subyace una oculta intención de persecución política.

  Los jueces convenidos ejercen de maestros de ceremonias en un aquelarre de oscurantismo donde los intereses tabernarios afloran zancadilleando el equilibrio institucional; para más inri con el panorama de dificultades que, desde las legislaturas de Zapatero, se incrementan enredando cada vez más la madeja de la indignación social. En realidad se disfraza de Justicia lo que es el toma y daca de intereses creados a la medida marrullera de nuestros impresentables politicastros.

 

  De jueces convenidos al poder que se dejan domar pasando por el aro, a otros que no comulgan con las conveniencias políticas de los bajos despachos y pretenden ejercer con imparcialidad el desempeño jurídico; está el precio de la traición con marchamo de honorabilidad, o la lealtad a la integridad jurídica que se paga con el aislamiento o la denostación. Por  un lado los impresentables con togas al servicio del mejor postor ideológico, al otro la Magistrada Mercedes Alaya y la Juez Coro Cillán; ambas destinadas a la suerte del ostracismo. La primera por pretender que la Justicia no se prostituya en el burdel inaugurado por el socialismo felipista, cuyas rameras siguen ejerciendo chulescamente en Andalucía; la segunda por intentar evitar  que se pasearan los responsables verdaderos, impunemente, entre los restos trágicos de la matanza del 11 de marzo.

 

  La misma jueza Mercedes Alaya ha denunciado públicamente la existencia de una justicia a la medida corrupta de los poderosos. En nuestro país no cabe más repulsivo surrealismo que el que nos obligan a vivir estos infectos parásitos,  arruinándonos tras las siglas políticas.

 

 

  La Justicia es un arma arrojadiza que gracias a su politización ha extraviado su razón de ser imparcial, transformada en un instrumento de coacción partidista  y manipulación pública. Seríamos imprudentemente ingenuos si pensáramos que alguna vez fue distinto, pero al menos existía antes el decoro de disimularlo. Ahora, definitivamente no. Porque en toda carpa circense que se precie poco importan los payasos y los ilusionistas si no existe un público que ría las gracias. Y maldita la gracia que se preste la gente a presenciar con expectación la repetida chapuza de la demonización personal,  cuando se acuerda en los despachos dar un golpe de efecto con la entrada triunfal de un juez al servicio de las componendas y corruptelas que buscan suciamente el asalto al poder. Eso es básicamente lo que hay detrás de las campanadas.

 

  Al menos habría que agradecer que se basen en la estafa promocional de la Justicia televisiva y no en los enrevesados presupuestos criminales de las bombas y el laberíntico proceso de confusión mezclando churras con merinas —Eta con islamismo— en el irresuelto 11-M; el punto de partida de esta degeneración de valores patrios que han de soportar ciudadanos que pagando religiosamente los impuestos,  son garrafalmente expuestos al riesgo de una debacle económica y social sin precedentes en la democracia española. Gracias a estos políticos sin vergüenza que se arrojan los trapos sucios creando una inmunda atmósfera de asfixia y repugnancia.

 

  La Guardia Civil y otras Fuerzas de Seguridad del Estado han de hacer su trabajo, pero no ser usado con segundas intenciones. Mariano Rajoy no es de fiar por sus actuaciones en contra del electorado, por su parquedad en explicar medidas inadmisibles y por cargar con presión insoportable la sufrida vida del pueblo español. Pero aun con estas carencias de confianza es harto sospechoso que se le llame a declarar años después de investigaciones es sobre la trama Gürtel y sus consecuencias jurídicas. Las nuevas intervenciones de la Operación Lezo huelen tan mal, como un juez decretando secreto de sumario filtrado por todas partes para que la televisión retransmita una detención. Una forma de actuar acostumbrada que busca erosionar la credibilidad pública de un Partido Popular que no necesita mucha ayuda para desencantar y decepcionar o levantar iracunda indignación, haciendo lo que le sale de las narices presidenciales, en contra de sus olvidadizas promesas electorales. Aunque otros son peores todavía.

 

   En el tramabus podemita debería figurar la cara de Pablo Iglesias: el listo del bajo pueblo que también refleja la picaresca e iniquidad  del trilero y el ánimo totalitarista del bolivarismo narcotraficante. 

 

  Ni un solo partido político con representación parlamentaria está libre de las corruptelas que denuncian contra el rival.  Pero parece existir una patente de corso para algunos que fletan autobuses con el fin  propalar una  trama que ellos ocultan, en el mismo fondo y con distintas formas, emanantes de  la misma peste que dicen aborrecer.

 

  Y que se haga mutis por el foro con la suciedad interna en tanto se escandalizan con las faltas ajenas es una cuestión de truhanería que simula una corrupción de mayor calado, habida cuenta de que el dinero ganado es a expensas de la ruina de Venezuela y el totalitarismo iraní.

 

  No hay partido político que no deba sacarse la viga del ojo, ni fariseo que esté libre de tirar la primera piedra, aunque la caradura sea la característica principal de los que gritan encorajinados contra la corrupción que les toca de pleno.  De esas corrupciones ya conocemos de todo. El problema es que cuando replican las campanas del templo de Satanás llamando a los fieles engañados es que se anuncia  un aquelarre que no presagia nada bueno. Cuando las fieras del circo andan fuera de las jaulas, es de temer que ataquen al público.

 

  Ya sea aquelarre o circo lo que se monten con esta nueva irrupción de este nuevo episodio de  justicia estrella, no sería de extrañar que terminara con perjuicios para el pueblo lo que estos parásitos y codiciosos de la política pergeñan permanentemente. Que de eso se trata: saber quién robará, en primera línea,  el dinero de la explotación a la que nos tienen hartamente sometidos.  Sandios.

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