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Alonso Pinto Molina
Domingo, 23 de abril de 2017
el único tesoro es la búsqueda del tesoro

Otra forma de esperanza

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Noticia clasificada en: Narrativa

Es igual que en aquella antigua novela de aventuras, La isla del tesoro, donde unas cruces en el mapa del pirata señalaban el tesoro enterrado. En busca del tesoro salen los aventureros, los sábados por la mañana, reuniéndose en administraciones de lotería y en bares.

  Allí adquieren sus pequeños mapas, no sucios y decrépitos y con olor a tabaco rancio, sino limpios y con olor a imprenta; guardados no en un cofre de difícil adquisición, sino en un expositor a la vista de todos. Cierto: las cruces (en realidad X que, miradas oblicuamente, son cruces en perspectiva) no están marcadas; son los propios aventureros los que deben llenar el mapa con esas señales, marcando ciertos lugares que, acertados en conjunto y no aisladamente, pueden señalar el lugar del tesoro. Pero, salvo éstas y otras diferencias, es igual que en aquella antigua novela de aventuras.

 

   En las administraciones de lotería la búsqueda pierde mucho, por no decir todo, su carácter aventurero. Se convierte en algo mucho más frío, burocrático y formal. Es como la sala de dentista de la suerte; se percibe una niebla de anestesia en el ambiente que parece anticipar un remedio contra el dolor de la decepción de mañana, aplacando así esa esperanza necesaria para reunir fuerzas frente al futuro. Parece decirnos: «la suerte está echada . . . a perder». Otros dirán que se parece más bien a la cola que hacemos para recibir una vacuna. En cualquier caso, si bien es el lugar idóneo para comprar cualquier otra lotería donde todo está ya completo como en un manual de instrucciones, no es lugar para llenar de cruces el mapa del tesoro. Por eso los aventureros convergen en bares con administración de lotería incorporada, o bien primero adquieren el mapa en las propias administraciones, o en estancos, para luego estudiarlo detenidamente y señalarlo en cualquier bar cercano. Por qué se sienten atraídos hacia los bares es algo que no saben, pero sienten que es el lugar adecuado y connatural a la búsqueda. Preguntadle a esa persona que se dirige mapa en mano hacia el bar el porqué de su conducta, y obtendréis como respuesta el gesto de compasión que se dirige a un loco que ha perdido el sentido de la obviedad. Lo mismo podríais preguntarle por qué va al médico cuando sufre un esguince de tobillo. Pero, realmente, en este caso, no sabe el porqué, y en vano podréis esperar una respuesta razonada. Yo ya he dicho en cierta forma el porqué: es igual que en aquella antigua novela de aventuras.

 

   La taberna, las voces y la jarana, los clientes, el camarero, los camaradas y compañeros de aventuras, las bebidas. Ese es el escenario y ambiente para estudiar un mapa del tesoro, y ese es el lugar para hacer una quiniela. Quienes se sienten atraídos hacia los bares para llenar con varias cruces un pequeño papel que les puede hacer ricos, no saben que en realidad son personajes de La isla del tesoro reclamando el lugar original donde Stevenson desarrolló la escena del mapa. Es la única explicación que he encontrado al magnetismo que los bares ejercen sobre los modernos buscadores de tesoros. Tanto es así, que si viéramos en un bar de una ciudad sin mar a un pirata con pata de palo y loro al hombro rellenar una quiniela, nos parecería algo de lo más natural.

 

   Entramos los sábados por la mañana en esos bares que, bien por su ubicación estratégica, bien por su servicio interno de administración de lotería, son focos de quinielistas. Inmediatamente observamos los papeles rojiblancos extendidos sobre las mesas. Rodeamos parcialmente las mesas y las X se van convirtiendo en cruces lejanas y en perspectiva, como si viéramos el Calvario desde un lejano flanco del Gólgota. Sobre los papeles, precipitantes, las caras de los aventureros. En su gran mayoría hombres, solitarios o bien acompañados de su familia. Entonces podemos observar los distintos tipos o prototipos de quinielistas, como hechos en el mismo molde, y cuyos rasgos distintivos encontraremos una y otra vez en cualquier bar de cualquier ciudad. Un tipo de quinielista que no puede faltar es el quinielista erudito. Vamos a dedicarle especial atención en cuanto que se trata de uno de los más antiguos e inconfundibles prototipos de quinielista. A ese hombre le falta mesa para extender papeles y objetos sobre ella: varios periódicos deportivos abiertos, mechero y paquete de tabaco, un humeante café con leche, varias quinielas que sirven como borradores y, al fin, la quiniela a la que se va a "pasar a limpio" el fruto de tanta dedicación. Usa lo que podríamos llamar gafas de quiniela, ya que se las pone única y exclusivamente para ese momento; el resto de la semana leerá el periódico sin ellas y sin achinar los ojos, y es muy posible que vea los cinco céntimos que, al otro lado del bar, yacen en el suelo confundidos con las baldosas moteadas. Con estas gafas (suelen tener un cordón de seguridad) haciendo equilibrios sobre la punta de la nariz, el quinielista, alzando la cabeza a la vez que baja la mirada, estudia en los periódicos la clasificación y la información pormenorizada sobre cada equipo de fútbol. ¿Quién tiene más necesidad de ganar, en vista de un objetivo que puede conseguir? ¿Quién ha tenido menos descanso desde el último partido? ¿Qué pasó en su partido anterior? ¿Qué jugadores están lesionados? Preguntas son éstas obvias para cualquier quinielista. Pero el quinielista erudito va más allá. Se pregunta el tiempo que hará el día del partido y estudia los resultados de los equipos en cuestión en esas mismas coyunturas atmosféricas; se informa sobre el árbitro del partido (lugar de nacimiento, aficiones, comida preferida, signo del zodíaco) y rastrea cualquier barrunto de ojeriza contra uno de los equipos; piensa si en la ciudad del equipo local se celebra alguna fiesta que pueda indisponer a los jugadores, etc. Puede incluso rastrear cualquier patrón que uno de los equipos vaya repitiendo en las últimas jornadas. Por ejemplo, si los últimos cinco partidos de un equipo arrojan el siguiente patrón: victoria-derrota-empate-victoria-derrota, entonces o bien seguirá la secuencia lógica y marcará el empate, o bien dirá que los patrones son una tontería como una casa y marcará cualquier otra opción. En cualquier caso, el patrón queda hecho detrás de la quiniela-borrador, y lo seguirá apuntando por más veces que lo rechace. Porque lo primordial es dar una sensación de estudio y planificación, de reducción de las contingencias, de lógica exprimida, para que al entrar alguien en el bar y verlo en esas condiciones piense: «criaturita . . .  qué lástima de hombre. En fin, mañana seguirá siendo pobre, pero hay maneras y maneras de perder».

 

   Pero dejemos al Tomás de Aquino de las quinielas para fijar nuestra atención, algo más sucintamente, en otros quinielistas. A poco que paseemos nuestra mirada sobre el terreno, daremos con una muestra variada de otros prototipos representativos. Nos encontraremos con el prototipo familiar, que intenta concentrarse, con la frente derrumbada sobre la mano, mientras niños y niñas se arremolinan en torno a él, corriendo y cantando, y recordándonos una danza india alrededor del fuego; distinguiremos al veterano que está de vuelta de todo, sobre todo de vuelta de su mala suerte, y que rellena, pacienzudo, su papel como si estuviera firmando su propia condena; o bien al comentarista, que habla con el erudito, el familiar y el veterano, comentando sus pronósticos con independencia de que su interlocutor se encuentre en la mesa de al lado o bien detrás de una columna, convertido en punto difuso por la lejanía.

 

Otra forma de esperanza

 

   Para el lego en materia de fútbol y quinielas, ajeno a sus entresijos, las conversaciones entre estos buscadores de tesoros puede resultar de lo más desconcertante. Puede pensar que se trata de un trabalenguas o bien de un diálogo entre poetas surrealistas. El comentarista dice: «tengo uno de segunda con triple»; y el erudito, por su parte: «ese equipo fuera de casa se encierra». Sin duda que, para el desconocedor de tal argot, ese tipo de comentarios no está exento de una cegadora belleza poética. Es como si alguien nos dijera: «el jueves es un día muy octubre», o bien: «prefiero ir caminando para estirar las alas». De tal forma que, para un poeta abandonado por las musas, que ya no encuentra en los libros y recitales de poesía aliciente alguno, sentarse junto a unos quinielistas durante media hora puede significar toda una fuente de inspiración, de sugerencia y de positiva influencia, dotándole del estímulo suficiente para escribir su obra maestra.

 

   No puedo extenderme en la enumeración de cada tipo característico. Pero no puedo olvidarme del conjunto que forma en sí el prototipo por antonomasia: el grupo de quinielistas. La quiniela en grupo es un deporte de riesgo; se han perdido amistades, hermanos, incluso primos segundos, por practicarlo. De repente un dechado de honradez, una persona noble y despreocupada de la riqueza, ha desaparecido con el botín dejando a su padre y abuelo, con quienes formaba el grupo, sin saber dónde les duele; o bien alguien ha llamado a su amigo de toda la vida para darle la noticia del premio conjunto, y su amigo, con un sospechoso acento dominicano, ha asegurado no conocerle de nada. Esto pasa en las mejores casas. Pero si he querido mencionar al grupo de quinielistas no es para recordar los casos en que la naturaleza humana nos muestra su cara más siniestra, sino para hacer notar que, por la variedad de combinaciones, nos podemos encontrar con este caso: el de un grupo formado por alguien con gafas y la mesa atestada de papeles, un tipo que aporta a la mesa la gravitación de niños hiperactivos, un jubilado que simula estar secuestrado para hacer la quiniela, y una cuarta persona que no para de hablar a los otros tres proponiendo ideas. Corre, amigo lector, corre fuerte si te encuentras con ese grupo.

 

   Pero no sin antes apreciar lo más importante que se esconde detrás de todas estas escenas. Porque tras el velo de la vulgaridad se encuentra esa hiedra que trepa en espiral alrededor de nuestro esqueleto, que se enrosca apretadamente a nuestras venas, y que cubre nuestro corazón como si lo acolchara de luz. En cada cara aparece, durante algunos segundos, como si se cubrieran con su máscara, el rostro de la esperanza. El erudito deja colgar sus gafas sobre el pecho y queda con la mirada perdida; el padre de familia, con una sonrisa que casi se deshace en llanto, detiene la órbita de sus hijos y los acaricia con ternura; en el veterano desencantado aparece una expresión de ilusión virginal; y el comentarista, durante unos instantes, enmudece de tal manera que el silencio es condecorado por Dios. Y al igual que es posible combinar en un mismo grupo a los quinielistas más prototípicos, es posible que en un mismo instante la esperanza se encarne en el rostro de cada uno de ellos. Entonces el bar, aunque sea un tugurio lóbrego y decadente, adquiere una súbita iluminación.

 

   He dicho que parece que los quinielistas se pusieran la máscara de la esperanza en ese momento; sería más exacto decir que es la esperanza la que llevaba puesta la máscara de los quinielistas durante todo el tiempo, y que en ese momento, en que la sorprendemos en cada uno de ellos, se la ha quitado para aliviarse del elástico que oprime sus sienes. Puede parecer a alguien que es ésta una esperanza degradada. Que no es la misma esperanza que nombramos al referirnos a la esperanza de un mundo mejor o a la esperanza de la paz en la tierra. Al lado de estas aspiraciones, la esperanza depositada en un premio económico se nos aparece como algo vulgar y mediocre. Somos un poco injustos con esa esperanza; nuestro pensamiento, algo vulgar y mediocre al juzgarla. Si antes hice referencia a las más bajas pasiones que puede despertar esta búsqueda del tesoro, no puedo cometer la injusticia de no hablar sobre las más altas intenciones que se encuentran tras la aparente vulgaridad de esta esperanza. Porque quizás el erudito sueña con ese dinero para sufragar la educación de sus hijos y que tengan acceso a esa erudición que él sólo puede simular. Y el padre de familia sueña con regalar a su madre un viaje homérico con el que agradecer tanto sacrificio heroico en su niñez. Puede ser que el veterano jubilado no pretenda tocar un céntimo de su premio imaginario, y en ese éxtasis de esperanza sólo visualice el futuro de sus nietos. Es posible que el comentarista sueñe con suturar la deuda de un familiar o con la alegría de su mujer al salvar la casa de las manos supurientas del banco.

 

   En algo se ennoblece la esperanza así pensada. Lo vulgar y mediocre puede ser nuestra mirada, incapaz de ver la complejidad que se esconde detrás de la llaneza. Porque yo he conocido, todavía, otra forma de esperanza que nunca imaginé encontrar entre ellos. He conocido quinielista que se iba entristeciendo a medida que iba acertando más y más resultados, de tal manera que al quedar tan sólo dos partidos ―dos pasos― para hacerse con el tesoro, ha cambiado de dirección su esperanza, fundándola ahora en el deseo de no acertar un solo resultado más. Y este retroceso de la esperanza le ha nacido de un miedo a perder muchas cosas: la propia esperanza, su aurea mediocritas, el valor de lo gratuito, su identidad, su condición de no envidiable, la emoción de una vida de búsqueda. Así las cosas. Por eso, cuando el sábado por la mañana entremos en un bar y reconozcamos a los prototipos, no olvidemos que dentro de cada uno de ellos puede haber un mundo de emociones, complejidades y ternuras insospechado, y que algunos de ellos pueden haber descubierto que el único tesoro es la búsqueda del tesoro. Igual que en aquella antigua novela de aventuras.

   

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