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Ignacio Fernández Candela
Martes, 18 de abril de 2017
mezquindad, violencia, fanatismo, egoísmo, desorden y estupidez

Un mundo nuclear y belicista sin solución

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Nunca vislumbré una proyección conciliadora, de carácter universal, en una humanidad manifiestamente depredadora y absurda, ahora incrementada la necedad generalizada, desparramada sin freno, con estos tiempos apocalípticos en que estamos inmersos

   Si antes era un descreído sobre la eficacia humana para desarrollarse con un orden colaborador, al día de hoy me ratifico en mi incredulidad y doy por definitivamente  perdida la dignidad del rey de la Creación. Éste ya no engaña a nadie.  La perspectiva inmisericorde del paso de los siglos ha demostrado que toda la Historia de estos niñatos malcriados, humanos somos, es un compendio de mezquindad, violencia, fanatismo, egoísmo, desorden y estupidez avaladas por una inteligencia evolutiva, a su vez regida por los instintos de la conveniencia y de la manipulación. Principalmente,  instinto disfrazado.  El resto del propósito constructivo  es un artificio que escribe los pensamientos y dinamiza la cultura en apariencia porque la esencia pútrida, el origen beligerante de la raza, corrompe cuanto emana de la intención creadora: subyace una actitud destructiva que da al traste con la construcción civilizada de este revuelto de experiencias encontradas que es la Humanidad en proceso de autodestrucción.

 

El ser humano es la derrota de su destino imperfecto, un sucedáneo de una idea fracasada de identidad cuanto más se descubre a sí mismo.

 

Si es verdad que la Historia la escriben los vencedores, la síntesis de este bagaje histórico, en que desembocan inexorablemente dos mil años de generaciones terrenas, la escribirá el testigo implacable del fin de una era y los supervivientes de esta debacle a la que conduce una crisis mundial sin precedentes. Todos serán perdedores.

 

  Dentro o fuera de nuestras fronteras no existe en el mundo un remanso de paz o un lugar donde encontrar ese concierto que parecía hace unos años guiar el destino de Occidente. Mezclar las culturas ha supuesto facilitar la fagocitación de las identidades, el quebranto de la paz y la intensificación de las incertidumbres acerca de un futuro imprevisible y nada alentador. España, Europa, el mundo en general padecen cánceres que aglutinan todos los males inherentes a la podredumbre humana y que se multiplican sin atisbo de cura o intención de paliar los daños. Si los demonios fueran visibles poseerían apariencia humana, hechos a imagen y semejanza de este Diablo conjunto que conforma la intolerancia de gran parte de este engendro humano que puebla la Tierra. Ahora se contempla un futurible proceso de extinción.

 

  Al afán beligerante de la actitud depredadora ha de sumarse el instrumento armamentístico que prolifera sin control, con misiles nucleares de medio y largo alcance capaces de exterminar a la mayor parte de la población mundial. Si las casualidades no existen, tal vez la guerra fría entre Corea del Norte y Corea del Sur se ha mantenido bajo un alto el fuego temporal; una amenaza latente  que regresa por los fueros de la sintomática fanatización de líderes políticos sin escrúpulos, dispuestos a confrontar con armas de aniquilación masiva preconizando suicidamente  el fin del mundo. En Corea del Norte dicen estar preparados para una guerra total. La escalada de tensión se precipita hacia un pulso de egos donde Donald Trump no está acostumbrado a perder bajo la soberbia recalcitrante de un magnate acostumbrado a salirse con la suya; esta vez con el mando táctico de las Fuerzas Armadas que pueden precipitar una beligerancia incontrolada y exterminadora.

 

Un mundo  nuclear y belicista sin solución

 

  En un artículo anterior —Un mundo complejo por estallar, simplemente— exponía que en la actualidad existen más factores geopolíticos y sociales de mayor trascendencia y gravedad que los puntuales que se dieron en el siglo XX con el inicio de sendas guerras mundiales. La irrupción islamista con ánimo de dominación, la ruptura de los valores tradicionales de la moral cristiana que asentaron una civilización; el relativismo moral y la tergiversación de las doctrinas de la conciencia transformando el concepto del mal en bien y del bien en mal; la financiación de un nuevo orden mundial surgido de la radicalización de las sociedades y el derribo de la identidad y la tradición de los países; la provocación de crisis humanitarias para crear mareas de inmigración;  las desavenencias políticas de naciones amenazadoras de la paz mundial y el despropósito de líderes irresponsables que manejan las situaciones de divergencia internacional como si decidieran sobre la supervivencia o no de un negocio, son factores rocambolescos-impensables hace unas décadas- suficientes para que en el conjunto, o por la degeneración de cada uno de los problemas, se creen las condiciones de confrontación que arrastren a los protagonistas del enfrentamiento y aliados hacia un horizonte bélico de catastróficas y definitivas consecuencias. 

 

  Contemplando este mundo de locos a conveniencia, no sería extraño que un día amaneciéramos con el estallido de uno de de esos juguetes balísticos con ojiva nuclear. Son tiempos extraños a los que nos vamos acostumbrando porque en el destino de la Humanidad está implícita la adaptabilidad por la indiferencia, un sálvese quien pueda a cualquier precio; el precio que habrá de pagarse si continúa esta espiral de necedades que resume en un solo principio de siglo XXI el fracaso humano que vale por dos mil años. Una hipocresía históricamente mantenida y por lo visto sin solución.

 

  Otra cuestión es el sentido de la vida. Bienaventurados aquellos que no delimitan su existencia a este laberinto de ambiciones y fanatismos terrenos, porque hallarán razones más sólidas que el futuro desolador.

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