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Flavio Crescenzi
Sábado, 15 de abril de 2017
Un acercamiento a las relaciones entre Literatura y Religión

Las «sagradas escrituras»

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Quizá sea la piedad personal, es decir, aquella específica devoción que lleva al hombre a establecer un lazo entre su intimidad y su dios, la prueba mayor del influjo de la Religión sobre la Literatura

I

 

Las relaciones entre Literatura y Religión son tan antiguas como la misma humanidad. Tanto es así que muchos géneros poéticos no son sino la «literaturización» de formas propias del ritual religioso. Por otra parte, el sentimiento místico siempre aspiró a expresar los más íntimos anhelos del hombre y, para ello, muchas veces recurrió a comprobados recursos literarios.

 

Pero comencemos por el principio. Es un hecho que en muchas culturas (en especial, las arcaicas) existen ritos que, con el tiempo, logran liberarse de sus formatos litúrgicos para convertirse en auténtica literatura. Este fenómeno, en un primer momento, se produjo en el próximo Oriente, donde poemas como el Enuma Elish o la epopeya de Gilgamesh, pese a su origen litúrgico, se convirtieron con el paso de los siglos en textos canónicos de la literatura universal, pero sin perder del todo su esencia religiosa.[1] En Grecia, por el contrario —más allá de que en Hesíodo podemos advertir una marcada devoción por los dioses—, la poesía no parecía depender de círculos religiosos concretos.

 

Así, la poesía griega es en donde más claramente puede verse el proceso que conduce del canto ritual a la Literatura. En Homero y en otros poetas posteriores, por ejemplo, podemos encontrar cantos que fueron interpretados en ceremonias rituales para luego tomar una forma literaria. A partir de estos testimonios fue posible recuperar una serie de composiciones rituales antiquísimas: el treno (canto fúnebre), el peán (canto de victoria), el himno (canto dedicado a los dioses), el ditirambo (canto dedicado a Dioniso), el lino (marcha de los segadores), etc. La lírica ulterior los adoptó, los adornó y los dotó de otros elementos poéticos. El resultado fue el surgimiento de una lírica profana o, al menos, desasida del puro ritual, como pueden serlo los poemas de Safo o de Píndaro.[2]

 

En Roma, sin embargo, no se produjo este proceso de literaturización, ya que se perdieron los primitivos cantos rituales y se adoptó la literatura griega como base para su expresión literaria. De entre los cantos rituales que pudieron conservarse, cabe destacar, principalmente, el famoso Carmen Arvale, que los miembros de la cuasihomónima cofradía sacerdotal entonaban en honor del dios Marte.[3]

 

También en la Edad Media pueden hallarse vínculos entre el rito y la poesía. Destaco dos hechos que estimo fundamentales en ese sentido: la devoción a la Virgen, uno de los rasgos típicos de este período, y la poesía trovadoresca, a la que, a partir del tropos interpretado en las iglesias provenzales, se le ha podido rastrear su origen litúrgico.[4]

 

El teatro medieval sería otro caso digno de subrayar. En determinados días de fiesta, se añadían a los servicios religiosos representaciones dialogadas que ponían ante los ojos de los fieles los principales sucesos de la fecha que se conmemoraba. Así, en Navidad, se representaban escenas de la anunciación, del nacimiento, de la adoración de los reyes, etc. Estas representaciones constituyeron el antecedente de lo que después se conoció como «drama litúrgico».

 

Las «sagradas escrituras».

 

En España, la continuidad de una tradición religiosa y alegórica a lo largo de los tiempos puede explicar el surgimiento del auto sacramental, seguramente uno de los ejemplos más claros de la relación ente creencia religiosa y literatura en la Edad Moderna. Vossler, de hecho, define el auto sacramental como «una especialización genuinamente española del drama religioso, a cuya esencia pertenece la relación con la Eucaristía, y que está representada, en ocasión de su fiesta, el día de Corpus Christi»[5].

 

II

 

Quizá sea la piedad personal, es decir, aquella específica devoción que lleva al hombre a establecer un lazo entre su intimidad y su dios, la prueba mayor del influjo de la Religión sobre la Literatura.

 

Como diría Festugière, el homo religiosus es «el que siente, más allá de las cosas terrenales, una Presencia, pero que, por sobre todas las cosas, necesita sentir esa Presencia»[6]. De esto se deduce que la piedad personal puede darse incluso en religiones politeístas.

 

En el mundo griego, Hesíodo presenta rasgos semejantes a los que acabamos de describir. Se ha observado que la época en que vivió —aproximadamente hacia el 760 a. de C.— coincide con la aparición de un movimiento encaminado hacia la predicación de una religión más depurada. Sea como sea, el hecho es que Hesíodo recibe una llamada de las Musas para cantar el mundo divino, que no es otro que el de Zeus. Al menos eso es lo que se desprende del comienzo de Los trabajos y los días, que aparte de contener un sentido himno a la más significativa deidad del monte Olimpo, incita a la humanidad (representada en la figura de Perses) a aceptar la ley de Zeus, que, como sabemos, está fundada en el trabajo y el esfuerzo. Aquí compartimos unos versos:

 

¡Oh Musas de Pieria, que obráis con los cantos la gloria,

venid y contadnos de Zeus, dando himnos al Padre!

Son por él los mortales oscuros, por él son ilustres,

nombrados o anónimos, gracias a Zeus prepotente.

Fácilmente da fuerzas y fácil al fuerte derrumba,

fácilmente confunde al soberbio y exalta al humilde,

fácilmente endereza al injusto y extingue al ufano,

Zeus, que truena en los cielos y altísimos lares habita.

Oye, mira y escucha: Justicia encamine tus normas,

¡oh Tú! Mientras, yo contaré unas verdades a Perses.[7]

 

Aunque en Grecia no existía propiamente un dogma, ni un libro sagrado, y, por consiguiente, no era necesario que el poeta se opusiera a un credo tradicional, sí es posible hallar en los grandes poetas helénicos expresiones de una piedad personal, concreta, capaz de elevarse por encima de la piedad colectiva. Solón, en su Elegía a las Musas, sabe dar expresión poética a sus más íntimas convicciones ético-religiosas; Píndaro se presenta como un profeta de las Musas; Esquilo, en sus tragedias, no ofrece dramas de contenido religioso, sino más bien obras profundamente dominadas por un sentimiento religioso; Sófocles, en las suyas, resalta la nulidad del hombre frente al poder de la divinidad, y Eurípides, en su Hipólito, da expresión plástica al sentimiento de amistad entre un hombre y su dios, en tanto que en las Bacantes sabe llevar a escena la fuerza irresistible de la religión dionisíaca.

 

En pleno siglo XIII, Gonzalo de Berceo, en sus Milagros de Nuestra Señora, ha sabido recoger el sentimiento popular de la devoción de la Virgen para darle un matiz personal, fundado en un pensamiento tan refinado como alegórico: Nuestra Señora es el descanso del peregrino en esta tierra y el agua que apaga su sed.

 

Ya en el siglo XVII, tenemos, en Francia, casos concretos de religión personal. Si, en los textos reflexivos, la obra de Pascal es el ejemplo más significativo de un modo particular de pensar los problemas religiosos, en el teatro, las obras de Corneille y de Racine serían su equivalente. Algo similar sucede en España con El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, y La devoción de la cruz, de Calderón. Si el primero plantea un hondo problema teológico —la predestinación—, que el talento dramático del autor sabe desarrollar magistralmente, en la pieza de Calderón es un fuerte aire popular —la fuerza de la devoción— el que resuelve el conflicto. Ambas piezas reflejan el modo del sentir popular de su tiempo y, a la vez, la visión personal de sus creadores acerca de complejísimos temas religiosos.

 

Ahora bien, en algunos casos, es una religiosidad panteísta —o, al menos, profundamente impregnada de la presencia de Dios en la Naturaleza— la que evoca el poeta. En este sentido, sin ir más lejos, podemos mencionar al Shelley de Defensa de la poesía o al Gabriel Miró de Años y leguas.

 

Percy Bysshe Shelley, retratado por Alfred Clint (1819).

 

Pero otros espíritus han visto algo incluso más profundo en el universo. Fray Luis, por ejemplo, ha sabido percibir el empuje religioso que se encierra en la contemplación de la noche serena y en la apreciación de la música callada, empuje que lo eleva a las más altas esferas:

 

Cuando contemplo el cielo

de innumerables luces adornado,

y miro hacia el suelo

de noche rodeado,

en sueño y en silencio sepultado,

 

el amor y la pena

despiertan en mi pecho un ansia ardiente;

despiden larga vena

los ojos hechos fuente,

la lengua dice al fin con voz doliente:

 

Morada de grandeza,

templo de claridad y de hermosura,

mi alma que a tu alteza

nació, ¿qué desventura

la tiene en esa cárcel baja, oscura?[8]

 

III

 

De lo dicho en el aparatado anterior podemos inferir que una de las más claras manifestaciones de la piedad es la plegaria. En efecto, soy de la idea de que un estudio de las plegarias podría ilustrar mejor que cualquier otro las relaciones entre Literatura y Religión. Pero como no es éste el lugar más apropiado para hacerlo, me limitaré a esbozar un brevísimo resumen a modo de epílogo.

 

La plegaria puede adoptar una forma fija, ritual, que perdure a lo largo de los tiempos, y no me refiero sólo a la plegaria ritual de los pueblos primitivos o arcaicos, sino también a la de las culturas más elevadas. La plegaria, naturalmente, refleja el deseo del hombre de obtener un beneficio por parte de la divinidad; por consiguiente, es normal que toda plegaria fija contenga una serie de elementos característicos. Los elementos son: la invocación, el elogio del poder del dios, la enumeración de los sacrificios que se le han ofrecido con anterioridad a ese dios, el recuento de las ocasiones en las que se ha conseguido la ayuda divina, y, por último, la petición concreta. Éste es el esquema de la plegaria arcaica, del que tenemos un claro ejemplo en el ruego de Crises del canto I de la Ilíada:

 

¡Óyeme, tú, que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la diosa Cila, e imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esminteo! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas![9]

 

Pero es en el cristianismo donde la plegaria hallará su forma decisiva.[10] La plegaria cristiana parte de las grandes jaculatorias del Nuevo Testamento y llega hasta los poemas de los grandes místicos españoles, pasando por una serie de textos que hoy en día se consideran parte del canon literario de Occidente. Las Confesiones, de san Agustín, es uno de esos textos, y su comienzo, que a continuación transcribo, un claro ejemplo de las formas fijas de plegaria:

 

Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación; precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios. Pese a todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo lo estimulas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que en ti repose.[11]

 

Cabecera: tablillas del Enuma Elish 

 

[1] Es probable que el carácter hierático de las culturas orientales impidiera que los elementos rituales se emanciparan por completo del ámbito religioso del cual nacieron.

[2] Para un estudio detallado del proceso que conduce de una lírica religiosa y ritual al nacimiento de la gran poesía lírica arcaica, véase Rodríguez Adrados, F. Orígenes de la lírica griega, Madrid, Revista de Occidente, 1976.

[3] Para una lectura pormenorizada de este poema de los hermanos Arvales, véase Grenier, A. El genio romano, Barcelona, Editorial Cervantes, 1927.

[4] Sobre los tropos, véase Hélin M. Le littérature latine au Moyen Age, Paris, PUF, 1972. (No conozco ediciones en español.)

[5] Vossler, K. Formas poéticas de los pueblos románicos, Buenos Aires, Losada 1960.

[6] Festugière, A. J. Personal Religion among the Greeks, California, University Press, 1954. (La traducción es mía.)

[7] Hesíodo. Los trabajos y los días, Madrid, Aguilar, 1964.

[8] Fray Luis de León. «Noche serena», en Obras completas castellanas, Madrid, Editorial Católica, 1951.

[9] Homero. Obras completas, Barcelona, Montaner y Simón Editores, 1927.

[10] Aparte de las que recoge Prudencio en su Cathemerinon, hay algunas plegarias-himnos medievales que han merecido incluso ser orquestadas por su alto valor, como, por ejemplo, el Pange lingua, de santo Tomás.

[11] San Agustín. Confesiones, Buenos Aires, Losada, 2005.


 

 

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