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Alonso Pinto Molina
Viernes, 14 de abril de 2017
¿Hay quien ve Europa en el mapa y sufre un ataque epiléptico?

La unión y la desunión europea

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Noticia clasificada en: Comunicación

A los niños, justo después de enseñarles a leer, y por supuesto antes de inocularles el horror a la lectura a través de los análisis sintácticos, el profesor debería decirles: «Bien, niños, ahora olvidad todo lo que habéis aprendido, porque vamos a aprender cómo leer un periódico».

   O bien la profesora, después de dar unas lecciones sobre lógica elemental podría acabar diciendo: «Ahora, no olvidéis que estas reglas no tienen validez en el mundo de la radio y la televisión». Las generaciones futuras se ahorrarían la confusión que experimentamos hoy los que no recibimos esas pertinentes lecciones complementarias. Sin ir más lejos, me ofrezco como ejemplo.

 

   Cuando leo en los periódicos y escucho en la radio que Gran Bretaña ha abandonado Europa, no puedo evitar sentirme confundido. Sin duda debe ser un problema mío, porque hay una gran parte del mundo que parece entender la noticia. A mí, sin embargo, me cuesta creerla. Imagino a la isla de Gran Bretaña soltando las amarras que la unían a una zona concreta del mar del Norte y, vagando a su suerte, rebotar en las esquinas de los continentes como si fuera una bola de pinball, incrustándose un día en Filadelfia y otro en Shangai. Así, desde que los medios difundieron la noticia, lo primero que pienso cada mañana es: ¿Dónde se encontrará hoy Gran Bretaña?¿Pertenecerá hoy a Oceanía, o habrá cruzado el Trópico de Capricornio para pertenecer y alargar momentáneamente el continente africano? Sin duda ya no hablan inglés, ¿qué idioma hablarán? Ya no es un país de raíces y cultura cristianas, ¿qué leyes y moral exóticas regirán ahora su vida, las de ascendencia musulmana o las aztecas? Todas estas preguntas me hago cada mañana sobre la desaparecida Gran Bretaña.

 

   Sospecho, sin embargo, que los medios de comunicación usan Europa como metonimia de Unión Europea. Aunque no por un prurito poético. El excesivo gusto por los neologismos, por otra parte, no parece demasiado natural. Decir que los que piensan que abandonar la Unión Europea es una buena opción son «euroescépticos» o «eurófobos», creo que sorprenderá a quien tenga un mínimo de interés por la exactitud de las palabras. ¿No está seguro, efectivamente, el euroescéptico de que Europa exista? ¿Tiene una teoría según la cual los italianos son chinos que hacen los tallarines de otra forma? Me cuesta creerlo. Soy escéptico respecto al término «euroescepticismo». Y en cuanto a los eurófobos . . . bueno, existen tantas fobias como uno pueda imaginar, pero ¿realmente hay alguien al que se le pongan los pelos de punta al oír hablar de Europa? ¿Hay quien ve Europa en el mapa y sufre un ataque epiléptico?

 

   No se trata de una exhibición de retórica o una especial inclinación a la poesía por parte de los medios de comunicación. No es que hayan malinterpretado los versos de John Donne:

 

               Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda

              disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus

              amigos, o la tuya propia. 

 

   No es el caso. John Donne era un poeta metafísico, pero su imaginación no podía llegar a concebir  algo tan prosaico y pueril como la Unión Europea. Lo que los medios llevan a cabo es un estudiado aviso para navegantes. Con todo su arsenal de adjetivos negativos consiguen crear un sentimiento de culpa en los consumidores de información que tengan alguna idea sobre una España fuera de la Unión Europea. ¿Quién quiere que le llamen eurófobo, euroescéptico, o euroyoquesé? De esta forma consiguen derivar el amor a un país hacia un chauvinismo de la Unión Europea, aprovechando que ya existe una emoción que sólo hay que encauzar hacia otro lugar, extrapolando al continente el amor hacia un país determinado. Quizá sea la hora de atacar con su mismas armas, y algunos empecemos a llamarlos a ellos eurochauvinistas o euromajaderos. Porque nadie se cree el amor repentino por la Unión Europea, una unión que sólo beneficia a la plutocracia a través del mercado común. Es como enamorarse de la noche a la mañana de una raíz cuadrada, o sentir mariposas en el estómago por la ONU.

 

La unión y la desunión europea

 

   La línea editorial que siguen los medios respecto a la Unión Europea responde a puros intereses económicos, y no precisamente de ese tipo de intereses que benefician a todo un pueblo; representan la voz de la bancocracia europea, y se encargan de hacer atractiva y preferible una idea que de otra manera, sin el maquillaje de la apología periodística, es una aberración. Hay miedo, sin embargo; porque es un secreto a voces que una gran cantidad de españoles sigue traduciendo las cantidades económicas a pesetas. Son ya diecisiete los años que hace que la perdimos (requiescat in pace) y todavía no la hemos olvidado. Si eso no es amor, ¿qué demonios lo es? Una gran cantidad de españoles sigue pensando en el euro como en una moneda pasajera; parece como si la peseta estuviera en la tintorería y aceptáramos llevar mientras tanto ese euro que por todas partes nos queda pequeño y que resulta incómodo de llevar. Pero claro, hay que calcular los pros y los contras. Cierto que se nos hace la boca agua con el inolvidado billete de mil pesetas, con aquella estampa de Bécquer idealizado por su hermano Valeriano; y cierto también que echamos de menos aquella moneda de veinticinco pesetas que se podía colgar del dedo índice de San Pancracio. Pero los medios nos advierten: «¿estáis dispuestos a dejar de ser europeos?». Y entonces vemos a España cercenada en Los Pirineos, desgajada de Europa y a la deriva, arrastrada por el Océano Pacífico o llegando como un gigantesco cascote al Polo Sur. Nadie quiere una España invadida por pingüinos, sobre todo los políticos, que ven en la inmovilidad y la falta de ideas de esas aves vestidas de smoking unas aptitudes idóneas para su profesión y una seria competencia, y por lo tanto unos seres que pueden hacer su mismo trabajo a cambio de un cubo de pequeños peces al día. ¿Qué pasaría, además, con Baleares y las Islas Canarias? Cada isla quedaría abandonada a su suerte, e iría deambulando por los océanos sin paradero fijo. Mallorca podría quedar incrustada en el Polo Norte, y entonces ¿la encontrarían los extranjeros tan apetecible cuando un oso polar con hambre atrasada les sorprendiera al doblar una esquina? Sé que es el sueño de muchos mallorquines, pero ¿qué pasaría cuando a los cicloturistas, en medio de su perruna costumbre de orinar por los caminos y carreteras, se les helara en el aire el zumo de su vejiga? Sería una forma drástica pero efectiva de entrenar su continencia. Y si nuestra península amanece en Japón mientras las Islas Canarias se encuentran en México, ¿vamos a poder soportar que alguien diga que son 17 horas menos en Canarias? Es demasiado.

 

   Cuestiones son éstas que hay que resolver antes de precipitarnos. Porque, según los medios, España dejaría de ser europea si abandonara la Unión Europea.

 

    Y que no les venga un historiador hablándoles sobre las Guerras Médicas, el Mediterráneo, y el cristianismo como denominadores comunes de Europa, porque esa es una versión fantasiosa de la historia. Europa se formó en 1993, con el Tratado de la Unión Europea, y todo lo demás son ganas de complicar las cosas.

 

   Algunos, sin embargo, tenemos un vago recuerdo de que España era europea antes de pertenecer a la Unión Europea. Y que nuestro aprecio por los demás países europeos era más grande que nuestra actual consideración hacia ellos. En pocas palabras, la única manera de seguir siendo Europa es no seguir siendo Unión Europea. No se deben mezclar familia y negocios. Cuando una familia que comparte un negocio comienza a deteriorarse por los problemas que conlleva el mismo, lo mejor es dejar el negocio para conservar la familia. Hay que elegir qué es lo más importante. Y en este negocio de la Unión Europea apenas hay miembros que no estén siempre al filo de la ruina y la depresión. Claro que hay unos cuantos miembros de la familia que no están dispuestos a abandonar el negocio porque es particularmente rentable para ellos, pero cuando invocan la familia para convencer a los demás, pierden credibilidad. La familia estaba muy bien antes, nos queríamos y respetábamos. Si un miembro de la familia estaba en crisis nos preocupábamos por él, o bien no nos importaba, pero si nos preocupábamos no lo hacíamos sólo porque repercutiera en el negocio. Aceptábamos la personalidad de cada uno, con sus virtudes y defectos, y no pretendíamos crear una personalidad única para todos. Éramos una familia y no un negocio familiar.

 

   Es una perversión llamar «europeísta» a quien únicamente considera a Europa en su sentido arancelario y crematístico. La Unión Europea es un engendro que desintegra el sentido genuino e histórico de Europa, cuyo origen no es mera y exclusivamente comercial. No llamaríamos familiarista a quien antepusiera el negocio familiar a la familia, y me niego a llamar «europeísta» a quienes anteponen la Unión Europea a Europa. Puede que «unioneuropeísta» suene mal, pero es el término adecuado para ellos. Se siente.

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 3 de junio de 2017 a las 21:15
Blanca de las Heras Azofra
Interesante artículo aunque eche en falta mayor comentario sobre Gran Bretaña y sí coincido y defiendo el abuso del término fobia, sin embargo el vocablo filia apenas se utiliza en general lo que me hace pensar que se quiere psiquiatrizar/psicologizar todo.
Quizás sea prurito profesional

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