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Anna Rossell
Miércoles, 12 de abril de 2017
Kruso es un espíritu utópico, inquieto, culto y sensible

La isla de la libertad

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Noticia clasificada en: Crítica literaria Narrativa

El lector atento, sensible al detalle, aquel que disfruta de la escritura cuidadosa de los indicios, sin duda disfrutará de esta novela, la primera del poeta Lutz Seiler, con la que obtuvo el premio Deutscher Buchpreis 2014, el más prestigioso de la literatura en lengua alemana.

La escritura de Seiler (* Turingia, antigua RDA, 1963) es la de un poeta. Parecida a la de Friedrich Christian Delius, compatriota suyo, y al mismo tiempo en sus antípodas; Delius es un maestro de la concisión, Seiler se deleita en la prolijidad, la prosa de Seiler apuesta por la narrativa sensible, opuesta programáticamente a la de acción. El narrador omnisciente, alter ego del autor, así como Ed, uno de sus dos personajes principales, no se dirige a un lector amante de las historias fácilmente evidentes; quien emprenda la lectura de esta crónica no encontrará palabras que describan ostensiblemente el carácter de los personajes ni la razón de las situaciones; al contrario, deberá esforzarse en leer entre líneas, en relacionar atmósferas y determinados paisajes con sentimientos, en prestar atención a los repliegues de la escritura.

 

El tiempo del relato se sitúa entre el verano de 1989 y la actualidad (aproximadamente hasta 2014, año en que se publicó la versión original alemana). Sin embargo, contra lo que pueda parecer a primera vista, no trata de la caída del Muro ni de la reunificación (la caída del Muro está presente sólo de trasfondo, a través de esporádicas noticias radiofónicas de las señales que la precedieron). La historia se centra en la profunda relación de amistad que surge entre dos hombres sensibles, relata la crónica del hondo sentimiento de libertad generado por las consecuencias de la Guerra Fría, que derivó en la división de Alemania. La novela está repleta de iconos de la vida en la RDA, que proporcionan un valor añadido emocional a las generaciones que crecieron en ese contexto.

 

Seiler, también galardonado antes con varios premios por su obra (Premio Ingeborg-Bachmann, Premio literario de la ciudad de Bremen, Premio Fontane y Premio Uwe Johnson) hace con este libro un recorrido catártico personal.

 

Inspirado en su propia biografía -Seiler, como el Ed albañil antes de estudiar filología alemana y friegaplatos un verano en la isla de Hiddensee, el restaurante de nombre real Klausner, literato como él y como él admirador de los poetas reverenciados por su personaje- subraya el valor de la amistad como tabla de salvación en los momentos más críticos y rinde homenaje a las numerosísimas personas anónimas muertas para alcanzar una libertad, en el oeste, que nunca llegaría, en el intento de atravesar el Báltico hasta Dinamarca.

 

Seiler se inspira en la relación entre Crusoe y Viernes, y en la atmósfera isleña del relato de Defoe para crear sus personajes principales Alexander Krusowitsch —Kruso— y Ed —Edgard Bendler—. Kruso —Losch para los más amigos—, es un descendiente de los así llamados alemanes del Volga, los colonos que en 1764, invitados por la zarina de Rusia Catalina II, se asentaron en tierras del bajo Volga, conservando sus tradiciones. Ed, estudiante de filología alemana al comienzo de la novela, vive inmerso en el trauma que le ha producido la pérdida reciente de su pareja, muerta atropellada por un tranvía. La desorientación existencial en que se encuentra lo lleva a dejar sus estudios y buscar refugio en la isla de Hiddensee, en la costa del mar Báltico, desde donde se pueden ver tierras danesas. Es allí donde conoce a Kruso, que le proporciona trabajo de refuerzo veraniego en el Klausner durante la temporada alta.

 

La isla de Hiddensee, territorio de leyendas que se nos presenta como un mundo ideal, capaz de dar esperanza y refugio a los llamados náufragos, que llegan buscando ampliar los horizontes que no les proporciona su país en tierra firme -sobre todo jóvenes de todo tipo: punks, vagabundos, inadaptados, marginados, opositores al régimen-, ofrece al autor alemán el marco idóneo para su personaje más carismático, Kruso. Envuelto en un misterio especial, que el autor sabe desvelar progresivamente a las dosis adecuadas para mantener el interés del lector, Kruso es un espíritu utópico, inquieto, culto y sensible, que desde el principio se nos da a entender que tiene en la isla una especie de misión. Él es un profeta, un visionario, que, como el romántico personaje de Novalis, Heinrich von Ofterdingen, es capaz de presentir la realidad futura a través de los sueños. Él es quien con sus enseñanzas mantiene unidos a los náufragos, una especie de sociedad secreta, un grupo de conjurados a los que recibe con calidez cuando llegan y da cobijo; sus adeptos se encuentran periódicamente en la playa para oírlo hablar de su idea de libertad, una idea alimentada por las lecturas de los que le han servido de maestros: Leo Shestow, Gracchus Babeuf, Ernst Bloch y Carlos Castaneda.

 

La amistad entre Kruso y Ed se inicia por la poesía y se va consolidando y profundizando gracias a ella. A Ed, dotado de una memoria prodigiosa, se le activan sus reservas -poemas almacenados en su cerebro- en todo tipo de situaciones. Así el texto está salpicado de citas del expresionista austríaco Georg Trakl en primera línea, pero también del romántico Novalis, de Friedrich Nietzsche (el poema que dedicó al otoño) y de Peter Huchel. Pero el protagonismo de la poesía no se agota en los autores citados; podría decirse que es materia prima de la novela, de registro sensual por la importancia que los sentidos adquieren a lo largo del texto, sobre todo el oído y el tacto, cualidades sutilmente desarrolladas en los dos personajes principales, atentos al rumor del mar y al silbido del viento, haciendo en cada momento una lectura.

 

La mención de las muertes anónimas  de los que se aventuran en condiciones precarias y se lanzan al mar con la esperanza de llegar a tierras danesas burlando la estrecha vigilancia de la policía de marina de la RDA, es constante, pero sólo al final, en un epílogo dedicado exclusivamente a ellos (págs. 443 a 479), Seiler nos ilustra, cambiando la técnica narrativa, sobre la dificultad de seguir la pista de aquellos desaparecidos nunca identificados. Ahora es Ed, quien narra en primera persona, quien, veinte años después del verano y el otoño de 1989 pasados ​​a Hiddensee, retoma el hilo de la narración y nos conduce, de la mano de un grotesco funcionario danés, por la burocracia y el asfixiante laberinto kafkiano del sótano de la policía danesa en Copenhague, donde se guardan los archivos con las fichas descriptivas de personas no identificadas. Un capítulo destinado a la memoria de los sin nombre.

 

El libro, traducido cuidadosamente al catalán por Joan Ferrarons, de un léxico rico y fluida sintaxis, se lee con el gusto de disfrutar de un catalán minucioso y preciso. Ferrarons lo acompaña de un postfacio, que ilumina la comprensión de algunos aspectos del texto, fruto del buen conocimiento del traductor de personajes, datos históricos y culturales, así como de otras características de la RDA y del privilegio de haber participado en un seminario intensivo de cinco días convocado por el autor, dirigido a los traductores de esta novela. El sello Anagrama, en traducción de Carmen Gauger, lo ha publicado en español.

 

Lutz Seiler, Kruso

Edición catalana

Traducción de Joan Ferrarons

Club Editor, 2017, 497 pàgs.

 

Lutz Seiler, Kruso

Edición española

Traducción de Carmen Gauger

Ed. Anagrama, 2017

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